Ya saben que una servidora decidió en su día emprender la aventura (¡a mi edad!) de matricularse en (ahora con Bolonia) Historia del Arte. Bueno, sólo quería decirles que creo que he cumplido con la asignatura de Arte Antiguo a la que me he presentado este año (sí, sólo una pero densa y sustanciosa). Les dejo el comprobante del resultado con el que estoy tan contenta que pego uno y otro bote de alegría:
Hoy he acudido al dentista y ha utilizado un aparato similar a éste para calentar un clavo que luego ha introducido en mi boca. Mientras lo hacía, me he imaginado que sonreía al tiempo que una servidora, cual cerdo trufero, no paraba de menear la nariz a causa del olor a carne quemada. Si el soplete lo hubiera manejado el Ferrán Adriá no hubiera sido lo mismo, claro está. Sin embargo, por esas cosas que incluso se le escapaban al bueno de Kant, el dentista sigue siendo, aún fuera de la consulta, un querido amigo que como él dice, me hace endodoncias glassées.
Quien bien te quiere, te hará llorar reza el refrán patrio y si viajamos un poco más, existe una patología en Estocolmo convertida en síndrome que me viene al pelo: acudo al dentista en contra de mi voluntad, me tortura y al cabo de tres cuartos de hora retenida en un límpido habitáculo, le pago lo que su también sonriente compinche me pide.
Tio Petros, en uno de esos post que nos ha regalado últimamente, ya apuntaba –incluso de forma gráfica- la emoción de un encuentro estético tan esperado para mí tras meses de estudio. Para ser franca, fueron varios los encontronazos, si me permiten el término, que provocaron algo muy parecido a otra patología que muchos ahora conocen gracias a un anuncio publicitario. Sí, han acertado, me refiero al síndrome de Stendhal en el que de nuevo soy víctima que sufre una especie de vértigo, llanto, dolor en la boca del estómago y taquicardia. Créanme, no les miento ni exagero. Como las hijas de Elena, tres eran tres, las obras de arte con las que me faltó el aliento; con las que creí que se me iba la vida. La primera ya la conocen ustedes, la Estela de Naram-Sím, cuyo nombre ya sólo al pronunciarlo se me deshace en la boca. La segunda, las estatuas sedentes de Gudea de Lagash, el príncipe constructor de templos y, la tercera, los lamassus asirios de Sargón II, de los que hablaré, si ustedes quieren, próximamente.
“La tormenta estalló sin previo aviso. Con una rapidez que, en el momento, pareció increíble, e incluso ahora resulta imposible de comprender, todos los aspectos de la naturaleza se convulsionaron al unísono. Las olas se alzaron con una furia cada vez mayor, cada una alzándose sobre la anterior, hasta que en muy pocos minutos el cristalino mar se había convertido en una especie de monstruo rugiente y devorador. Olas de cresta blanca golpeaban alocadamente contra los bancos de arena y ascendían los acantilados escarpados; otras rompían sobre los malecones, y barrieron con su espuma las linternas de los faros que se levantan al final de cada malecón del puerto de Whitby.”
Cuando ayer leía en mi Drácula la descripción que la “periodista” Mina Murray hace de la tempestad en Whitby, no podía dejar de imaginármela con el cromatismo, la intensidad y la fuerza de cualquier obra de Turner.
Obras concebidas desde el agua, desde el líquido mismo no sólo conceptualmente hablando sino utilizando este medio en su factura, la acuarela, en el que la inmediatez y la ligereza le confieren un espíritu especial. Turner poseía, sin duda, una mente húmeda y tan poderoso estado se veía, ¿cómo decirlo?, recompensado por el opuesto destructor: el fuego.
El fuego reunía en sí mismo todo un cromatismo incandescente, ágil e impetuoso que tratado con el agua formaban un tandem explosivo. Agua y fuego, transparencias, manchas, inmediatez en su estado puro, la tempestad. Remolinos, torrentes, llamaradas que clama a gritos una naturaleza atormentada.
En Whitby o en cualquier otro lugar, da lo mismo, porque la visión de la naturaleza de Turner nada tiene que ver con un paisaje ni escenario concretos. Lo suyo es el vértigo sin respuesta, el exhibicionismo del color, del trazo. ¡Jabonaduras y encalados! ¿Y qué harían ellos? Me pregunto si saben cómo es el mar.
p.s. Una vez finalizado el post, busco -como en otras ocasiones- una obra de Turner para encabezarlo e ilustrarlo y cuál no es mi sorpresa cuando me encuentro con ésta que ejemplifica tan al detalle lo dicho. Su título (desconocido por mí hasta ese instante) ¡es Whitby!.
Decía Sartre que “hay una especie de desamparo en Venecia, como si todas sus voluptuosidades estuviesen sólo pintadas”. Y quién mejor que el Tintoretto para ejemplificar tal afirmación hasta el punto de que su falta de realidad convertía a Venecia en una ciudad siniestra.
No les voy a negar que me une al veneciano cierto respeto que marca distancias: hablo exclusivamente de su vertiente sacra, claro está, de esa tendencia suya a inventar espacios que no me placen pero admiro. Tiene algo, a pesar de que contrariamente me resulta simpático, que me hace compartir sentimientos con el francés y con uno de nuestros españoles más floridos (y entre ellos no incluyo ni a Bisbal ni a Aznar). A Picasso no le gustaba Tintoretto porque compartía con Sartre esa visión sobre el pintor por la que llegaban a calificar su obra de cinematografismo y al personaje como el primer director de cine. El pintor nace en una ciudad tan sumamente turbada que le carcome hasta el punto de no pintar otra cosa. Mucho peor, de no saber pintar otra cosa.
Frente al cinemascope veneciano de Robusti cuya existencia transcurre trabajosa y desalmadamente, su antagonista Tiziano tranquiliza a los príncipes expresándoles en sus telas que nada han de temer en éste, el mejor de los mundos posibles:“Obligado a su pincel a plasmar dolores tranquilos, dolores sin dolor, muertos sin muerte; a causa de él (del dolor) la Belleza traiciona a los hombres y se pone del lado de los dioses”.
Todo en él es decoración, dice Picasso del Tintoretto. Decoración y cine barato. “Causa efecto porque hay mucha gente (en los cuadros), mucho movimiento y gestos grandielocuentes (…) ¡Pero qué malo es todo, qué vulgar!”
Después de que estas palabras chirríen en mi cabeza, parto a buscar consuelo en Alberti que tras escucharme me dice:
"Rotos los cielos, rotos.
Sombras despedazadas,
acechadoras luces,
desgarradas.
(…)
Todo se cae, rueda.
Todo se precipita,
se violenta, se excita.
Y todo queda".
¿Y no será que al mirarlo respiro ese turbarse de Venecia?
¿Y no será que de puro miedo creo que “rotos los cielos, rotos” ha de devorarme mi conciencia?
Porque los dioses, amigos, reclaman para sí los dolores tranquilos y dejan que los hombres despachen con los sufridos. La Belleza traicionada y traicionera que bien acomodada se anega en ti, Tintoretto, el de “pincel arrebatado en un carro de fuego”. Y redimida y descansada, Picasso, una pregunta sin importancia: ¿le odias porque le temes, quizás? Y entra Cézanne, su amigo, y mirando al malagueño a los ojos, contesta:
“Aquí la esclavitud de Tintoretto. Era el tipo de individuo desgraciado que todo lo quería, pero cuya febril fogosidad consumía sus deseos en cuanto surgían. Mira su cielo… Esos buenos dioses se retuercen y dan vueltas. No tienen un paraíso tranquilo”
"DE TODA PALABRA OCIOSA, DARÁN LOS HOMBRES CUENTA RIGUROSA"
Sos del Rey Católico (Zaragoza). Iglesia de San Esteban
Una vez leída la advertencia, tomen nota. Mientras tanto, una servidora comienza hoy a disfrutar de parte de sus vacaciones estivales. Por supuesto, visita obligada a la Expo de Zaragoza con los infantes incluídos. Ya en agosto, Tio Petros y Vailima recorrerán solos nuevamente las tierras de Palencia y León. Románico, ya saben, daré cuenta.
Hemos vuelto de Praga, y hemos hecho más de quinientas fotos a esta ciudad más allá de todo epíteto. El Tio Petros se ha dedicado a photoshopear algunas de ellas, y añadir efectos, como si la realidad de la ciudad pudiera ser mejorada...
Este es el maravilloso puente medieval de Carlos IV, sobre el río Moldava:
sobre él, los músicos callejeros alegran la vida a los viandantes:
y éste es el callejón del oro, en el cual los alquimistas se afanaban en su búsqueda de la piedra filosofal y el elixir de la eterna juventud:
Pero nada nos ha sobrecogido tanto como el cementerio judío de Praga, en el que miles de lápidas compiten en su espacio vital (¿o debiera decir mortal?):
Praga es una ciudad que nos ha sorprendido, a pesar de las noticias que teníamos de ella. Una ciudad silenciosa en la que los ruidos existen, pero son amortiguados como cuando ha nevado. Una ciudad en la que la cerveza no se bebe por centímetros cúbicos, sino por litros. Una ciudad llena de turistas, pero llena de encanto; con huellas visibles de su pasado, de su sufrimiento y de su grandeza.
Ya sé, ya sé. Estoy descuidando esta casa pero es que otra vez estoy preparando las maletas. Tio Petros y la menda se van a pasar unos cuantos días a Praga.
Cuando volvamos, les cuento. Mientras tanto, que tengan una feliz semana.
Así, como en la ópera Rinaldo de Händel, déjenme que hable de libertad. Cada uno como pueda y sepa. Yo, hoy lunes, lo hago con música. De ésa que escucha Dios escondido detrás de la puerta.
Después de que contemplen el video que les presento hoy, no creo que haya mucho que decir. Proclamado como el mejor artista lírico del año en Francia en 2007, Philippe Jaroussky canta un aria de Vivaldi (1) que pone los pelos de punta. Dicción perfecta y timbre sublime, posee una naturalidad y una elegancia que sólo puede darse cuando se conjugan genialidad innata y cientos de horas de técnica y trabajo por detrás.
La música parece surgir de cualquier parte de su rostro y nos habla con la expresión de todo su cuerpo. Sin duda, se trata de uno de los mejores contratenores que haya escuchado jamás.
Para los que tengan el deseo de escucharle hablar, les invito a que contemplen la grabación hasta el final, cuando se dirige al público para agradecer el premio.
A Walt Disney le debemos el haber reinventado y redimido la honra y la figura de este simpático roedor cuya representación, a lo largo de la historia del arte, ha sido sinónimo de rebeldía, avaricia y maldad. Tal vez, ese color rojizo que cubre su piel o bien su rapidez y difícil captura o esa costumbre (modus vivendi) suya de acumular comida han sido la causa de que en la imaginería cristiana sea considerada como símbolo del mal y del mismo diablo.
En este lienzo de mi muy estimado Lorenzo Lotto tenemos un ejemplo de ello. Ejecutado en 1525, este óleo lleva por título Retrato conyugal de Niccolò Bonghi y de su mujer.
¿Qué vemos?: homenaje a Santo Tomás
Como siempre les sugiero, comencemos por lo que vemos. Un hombre y una mujer miran directamente al espectador. Se encuentran en una estancia cerrada cuya única conexión con el mundo exterior se abre a través de una pequeña ventana. Allí afuera se nos presenta un paisaje en tempestad en el que contemplamos dos árboles doblados por el fuerte viento. Por el contrario, dentro de la habitación de los esposos todo parece estar en calma. Ambos personajes están ricamente ataviados y el tapiz que cubre la mesa donde ambos se apoyan nos da una idea de su nivel social.
La esposa sujeta con su brazo izquierdo un perrito y su mano derecha se apoya, levemente, sobre el brazo de su marido. Éste, apunta con su mano derecha a un animal arremolinado sobre sí mismo situado sobre la mesa y que, desgraciadamente, no puede apreciarse en condiciones. No se preocupen, que les adelanto su naturaleza: se trata de una ardilla. Con la mano izquierda, justo en el centro de la obra y donde se recoge la mayor concentración de luminosidad, el señor Bonghi sostiene una hoja de papel en la que puede leerse la siguiente inscripción: “homo nunquam”.
¿Qué no vemos?: homenaje a San Agustín
Una vez recogidos todos los datos, pasemos a la fase de descifrar todo aquello que el artista nos dice a través de pequeños detalles.
Ya saben por ahora que se trata delretrato de un matrimonio. Entre los muchos lazos que lo componen, esta alianza entre dos personas conlleva el compromiso de la fidelidad. Pues bien, este es el tema en el que Lotto hace girar su obra y, es precisamente la figura situada en el centro del lienzo la que da sentido al resto de la obra: la ardilla pues según se decía, el macho de la ardilla, una vez bien provisto de comida, se aletarga en la madriguera y abandona a la hembra en la intemperie. A partir de aquí, se van desmadejando los significados de los demás elementos que forman la composición.
Como les he comentado al comienzo del post, la ardilla es sinónimo de maldad y avaricia. Pues bien, el paisaje en tempestad hace referencia a las adversidades de la vida y los dos árboles que el viento intenta abatir simbolizan la vida conyugal y la necesidad de enfrentarse juntos a cualquier contratiempo. La fidelidad de la que nos habla Lotto, queda manifiestamente representada en el perrito que porta la dama, como todos ya saben, y en ese leve apoyo con el que la mano derecha de la señora Bonghi se recoge sutilmente en el hombro de su esposo.
En cuanto a la figura masculina, sin duda es la figura más apasionante del cuadro. Con su dedo índice apunta directamente a la ardilla medio escondida y para que así conste ante nuestros ojos, una sentencia latina cierra su firme compromiso:
La imagen que les presento hoy forma parte de los frescos que Luca Signorelli pintó por encargo en 1499 para la Capella di San Brizio de la Catedral de Orvieto. Casi cinco años estuvo subido el pintor a un andamio para finalizar esta monumental obra y crear sobre el revoco fresco su dramática obra: el Fin del Mundo: Historia del Antricristo, el Juicio Final, la Resurrección de la carne, los Condenados, los Justos y la Coronación de los elegidos.
La obra que contemplamos corresponde a La resurrección de la carne y si la observan detenidamente, concluirán que no deja de tener su aquél enigmático. Como siempre, les aconsejo realizar un ejercicio primario, intentando responder a la pregunta del millón: ¿qué vemos?
Dos grandes ángeles, situados al nivel de la bóveda celeste, tocan sendos clarines llamando a los muertos. Abajo, los muertos hacen verdaderos esfuerzos por salir. Lo curioso, es que no salen de sus tumbas sino de un pavimento blanco cuya doble naturaleza es todo un misterio: por una parte,elástica y moldeable permite que los cuerpos de los resucitados emerjan y, por otra, pétrea y lisa una vez que los cuerpos posan sus pies o sus manos sobre ella.¿Han encontrado ustedes algún personaje, entre ellos, con las marcas de la vejez?
Les evito la búsqueda. No hay. Los cuerpos son jóvenes y, por su musculatura, están en la plenitud de la “vida” (si me permiten tomarme esta licencia). Surgen de esa materia siendo todavía esqueletos con un considerable esfuerzo y paulatinamente van recuperando músculos y piel. Fíjense en el hombre que aparece en primer plano, todavía cansado; o en ése que necesita apoyarse en su rodilla para terminar de sacar su pierna derecha.
El proceso es penoso y largo. En la parte inferior derecha tenemos la figura de un varón charlando con seis esqueletos. Todavía pueden apreciarse sus músculos sin piel y los huesos que conforman su columna vertebral. Una vez que la conversión ha finalizado, es cuando los cuerpos quedan de pie y miran hacia el cielo: la carne ha resucitado pero ninguno sabe a ciencia cierta, dónde habrán de morar para toda la eternidad. Condenados o elegidos. La pregunta.
La maestría de Signorelli a la hora de afrontar la anatomía humana es magnífica y todo un referente en cuanto al estudio de las diferentes poses y movimientos. Sin embargo –y de ahí el doble sentido del título del post de hoy-, la Resurrección de la carne se encuentra inmersa en una pérdida del todo irremediable. Como les decía al principio, el artista aplicaba su pintura sobre revoco fresco y aquellas partes que no conseguía terminar en una jornada de trabajo quedaban secas y endurecidas para la jornada siguiente. Como ese pavimento de donde surgen los resucitados, así todo lo pintado sobre los paramentos secos está condenado a perderse para siempre. Fíjense en los querubines por ejemplo.
Sin resurrección posible de esa “carne” de pigmentos que conforma esta obra maestra y, que espero, les haya gustado tanto como a mí.
Lujuria es el sobrenombre de la Alegoría de Venus y Cupido que Agnolo Bronzino pintara entre 1540 y 1545. Se trata de una de mis representaciones favoritas del tandem Venus/Cupido. Obsérvenla con detenimiento y alevosía pinchando sobre la imagen si desean ampliarla:
Las figuras principales protagonizan una escena cargada de erotismo y sensualidad y si no, fíjense en esa lengua de la diosa que está a punto de deslizarse por los jóvenes y carnosos labios de Cupido (“como los panaderos prueban el pan” que diría el recientemente fallecido Ángel González) o en la mano derecha de éste, que apresa con delicadeza el pecho de Venus liberando suavemente su pezón de esa cárcel de carne y hueso mientras sus miradas permanecen intactas, la una frente a la otra, ignorantes de cuanto les rodea.
Lujuria, aunque desde nuestros ojos del siglo XXI contemplemos la más tierna manifestación de expresión del amor. Amor que abarca con toda su luminosidad la obra. Sin embargo, este sentimiento parece no venir solo. Detrás de Cupido, en el borde izquierdo del cuadro, se encuentran los celos, personificados en una figura que grita y se tira del cabello. Detrás del muchacho que tira rosas, en el borde derecho, emerge una figura enigmática, de falsa inocencia y de manos invertidas, que ofrece a los protagonistas un panal de miel y un escorpión. Este cuerpo que surge como una quimera no es otro que el engaño.
Bronzino nos quiere decir algo, más bien nos advierte que este amor está sentenciado a perecer. Será la necedad (1), representada en la parte superior izquierda por una máscara con rostro de mujer y sin cerebro, la que intente ocultar ese amor ante la mirada del dios del tiempo, recurriendo para ello, a una cortina que el dios atrapa bruscamente. El reloj de arena nos avisa del irremediable final: la muerte.
Abajo, en la esquina inferior derecha, unas máscaras esparcidas por el suelo nos hablan de las apariencias: todo en este cuadro es símbolo. Aprendan de ellos y sepan ustedes que contemplan esta obra, que la lascivia y la lujuria están destinadas a ser desenmascaradas. Claro que eso en la visión de un manierista italiano que fue poeta además de pintor.
(1) sobre este enigmático personaje existe otra interpretación que lo identifica con la sífilis y los efectos que produce a aquél que la padece. Quédense con la explicación que a ustedes les guste más.
Ayer día 6, la menda cumplió un año más y, una vez más mi amigo Palimp me envió un regalo que aprecio mucho. Como amigos míos que son, quisiera compartirlo con todos ustedes. Pueden pinchar sobre la imagen para ampliarla y contemplar, como se merecen, todos los detalles: observen la pintada de la pared y los maravillosos tatuajes en el lomo de los gorrinos. Toda una obra de arte. Contemporánea, claro.
El regalo no tiene precio y lo atesoro ¡cómo no! como el regalo de un gran amigo y gran persona. Aquí el enlace del mismo en el Cuchitril Literario .
Gracias, Palimp.
NOTA: encontrarán el sentido de la foto si pinchan aquí .
Una vez más, gracias a todos y, en especial a Tio Petros, mi número 10: sin ti esta bitácora no hubiera nacido. Sin tu apoyo, habría dejado de existir.
El título del post no es el nombre de ningún lugar mágico de la península italiana, ni el de ninguna marca comercial de alta costura. No es más que el efecto producido por el video que les presento a continuación y que quiero compartir con todos ustedes y, especialmente, con aquellos héroes del absurdo, sísifos camusianos como yo, que me leen desde su puesto de trabajo: esa roca que nos cuesta subir, sobre todo, los lunes.
Paolo Caliari, conocido como el Veronés, pintó este magnífico lienzo por encargo de los monjes del claustro veneciano de San Giorgio Maggiore allá por 1563. La pintura tiene unas dimensiones gigantescas (6,69 m x 9,90 m), exactamente las mismas que el muro frontal del nuevo refectorio al que iba destinado.
En el siglo XVI, Venecia era la ciudad de la opulencia donde se construían espléndidos palacios y donde el arquitecto Andrea Palladio, inspirándose en los templos de la antigüedad, construiría el refectorio benedictino que lo haría famoso.
Pinceladas arquitectónicas palladinas pueden contemplarse en, ésta también, opulenta obra del Veronés que lleva por título, todavía no se lo había dicho, Las bodas de Canaá. Las columnas según el modelo antiguo enmarcan la plaza donde se celebra el gran banquete nupcial. Los sirvientes van de un lado para otro y en primer plano se nos presentan los invitados que dan debida cuenta de las viandas.
Si se fijan en el personaje ricamente ataviado situado de pie en la parte inferior derecha, ¿lo ven? ¡el de nariz aguileña!, sí ése, pues no es otro que el hermano del pintor, Benedetto Caliari, responsable de la composición de esta obra “de taller” y modelo ocasional haciendo las veces de maestro de sala o catador. Porta en su mano la copa donde se materializa el milagro de la transformación del agua en vino según el Evangelio. Es curioso, estos venecianos eran la leche. Apenas se consumía agua en la ciudad del agua y ¡cómo no! con gran tino y sabiduría, el vino era la bebida por excelencia. Observen ustedes la forma de mirar la copa que tiene el Benedetto. Precisamente cara de contemplar un milagro no tiene. Por el contrario, parece estar examinando con detenimiento el color, el gusto y la añada del vino. Si desplazan una vez más su mirada hacia el centro, el espectador avispado se encuentra con la figura de un Jesús que pasa inadvertido ante el animadísimo convite. Como no podía ser de otra forma, en Venecia prevalecía lo terrenal frente a lo espiritual y no conformándose con manteles adamascados, cubiertos de oro y plata, copas y fuentes de fino cristal, utilizaban incluso palillos de oro como el que se lleva a la boca esta discreta dama que parece aburrirse enormemente entre el caballero con cara de marido de su izquierda y el caballero cotilla que escucha la conversación ajena de su derecha.
(pinchen la imagen para ampliar)
Lo más pintoresco de esta obra, en mi opinión, es el detalle que les cuento a continuación. Como ya sabemos, en toda boda que se precie no puede faltar una buena orquestina. En las bodas que nos ocupan, tampoco. Pero lo curioso es que tenemos ante nuestros ojos a unos músicos sin igual. Un segundo que se los acerco para que no se me estropeen la vista. Ya está.
(pinchen la imagen para ampliar)
Aunque teoría poco probada, peregrina ella pero llena de gracia y atractivo, nos hallamos frente a una orquesta formada por tres magníficos venecianos que no se dedicaban precisamente adeleitarnos el oído sino los ojos. Nada más y nada menos les presento al contrabajista conocido por Tiziano, ataviado con un atuendo rojo; al violoncelista de manto blanco, llamado el Veronés y, a su lado y por último –como no podía ser de otro modo- al gran Jacopo Tintoretto. Los tres músicos del color reunidos para hacer las delicias de quienes hoy contemplan esta obra imaginándose el gozo de los monjes benedictinos que, digo yo, quebrantarían la ley de la orden y, de vez en cuando, levantandolos ojos del plato degustarían unos imaginarios manjares al son dela música de los tres grandes. El cielo.
Este último viaje al románico catalán tenía un doble atractivo para Tio Petros y para mí. Por una parte, la belleza de los edificios que por fin íbamos a poder degustar en vivo y, otra, tan importante o más que la anterior, el encuentro con amigos blogueros que tendría lugar en Barcelona. Amigos que ya teníamos el placer de conocer personalmente como Palimp y Ranxo y amigos a los que sólo nos faltaba poner un rostro ya que su voz, su carácter y su forma de ser eran conocidos por nosotros a través del teclado. Entre estos últimos se encontraban MeZKaL el aventurero, el premiado Omalaled , y Jafatron , el esclavo al que todas las madres les gustaría tener como yerno.
Después de unas cervezas y muchos cigarros, nos fuimos a cenar a un restaurante argentino (sugerencia de MeZKaL) donde compartimos unas magníficas viandas no sin antes inmortalizar nuestro encuentro con un baile nocturno a lo Matt Harding (con descojono incluido) que ustedes podrán ver próximamente en CPI si mi buen amigo Remo tiene a bien de publicar.
Mi limitada capacidad para narrar el evento queda suplida por unas cuantas fotografías que tomamos entre MeZKaL, Petros y una servidora y que con el permiso de los protagonistas paso a mostrarles.
¿Por qué el título del post? Elemental, queridos lectores, el sueño que inmediatamente sucede a éste es el que nos proporcionará un nuevo encuentro.
Comienzan las vacaciones en la Divina Comedia pero Tio Petros y Vailima tendrán que esperar todavía a la segunda quincena de julio. Este año nos recorremos el románico de Cataluña y aquí les dejo una parte del itinerario:
- Seu D´Urgell
- Andorra
- Solsona
- Cardona
- Berga
- San Fruitós de Bagés
- L´estany
- Vic
- Sant Cugat del Vallés
- Barberá del Vallés
- Barcelona
- y otros... que ya comentaré a la vuelta.
Como siempre les recuerdo que si alguien quiere tomarse unas cañitas con nosotros, no dude en ponerse en contacto conmigo a través del correo electrónico (vailima(arroba)gmail.com).
Que pasen ustedes un buen verano y séanme felices.
Han transcurrido siete días desde que Nastagio presenciara la cruel escena de caza. Vuelve a ser viernes y el pragmático muchacho no deja escapar el momento. Organiza un gran banquete en el campo al que invita a Paolo Traversaro y su familia. Las mesas se disponen a la sombra de los pinos justo en el mismo lugar donde la doncella fue capturada y coloca a su escurridiza amada “frente al sitio donde debía desarrollarse la escena”.
A la hora establecida por el joven muchacho, justo cuando los postres acababan de ser servidos, aparece en escena una joven desnuda, sus cabellos revueltos e implorando piedad entre lágrimas desconsoladas. Junto a ella, dos perros de caza desgarran su blanca piel con sus terribles fauces. Todos los comensales quedan impresionados. Un caballero, furioso y gritando insultos atroces, blande su espada con la que quiere dar fin a la vida de la hermosa doncella.Los invitados no pueden guardar asiento, los músicos dejan de tocar y las damiselas gritan y sollozan ante el espantoso espectáculo. Todos parecen haberse vuelto locos de miedo ante la terrible matanza, todos menos uno. El joven Nastagio es el único que guarda la calma porque su plan ha surtido el efecto deseado: “todas las mujeres vertieron las lágrimas más amargas como si fuera su propia pena… pero la amada de Nastagio se dio buena cuenta de que, entre todos los presentes, era ella a quien iba dirigida la escena, también fue la que más se asustó. Ya le parecía huir de la ira de Nastagio y sentir a los perros a su lado. Fue tal su angustia pensando que podría sufrir un destino parecido, que se apresuró a informar a Nastagio que su odio había mudado en amor”
En el capítulo siguiente…
El domingo siguiente Nastagio degli Onesti celebrará su matrimonio rodeado de amigos y familiares. Y bajo una magnífica arquitectura renacentista, los dos jóvenes muchachos se jurarán amor eterno.
El joven Nastagio degli Onesti es el protagonista de la octava narración que Boccaccio cuenta en la quinta jornada del Decamerón donde se habla de “la felicidad que encuentran los amantes después de ciertos infortunios y percances”.
El infortunio del joven no era otro que el rechazo de la hija de Paolo Traversaro que bien por el orgullo de su belleza o bien por el de su linaje, habíase negado a contraer matrimonio con él.
Desesperado y contemplando como única alternativa el suicidio, se deja aconsejar por sus amigos que le proponen pase un tiempo de paz y tranquilidad en la soledad de un pinar a orillas del mar.
Un día en el que el joven Nastagio se encontraba paseando por el pinar se topa con una cacería inusualmente despiadada.
De entre los pinos surge la figura desnuda de una mujer que está siendo atacada por un feroz perro de caza. Nastagio queda atónito ante la escena que contempla. De cerca, un caballero montado en su corcel blande su espada furioso con la intención de dar caza a su víctima indefensa.
Cuando intenta defender a la dama, el joven degli Onesti es advertido por el malhumorado cazador:
-dejádme cumplir la justicia divina!
y tras lo dicho, el caballero que se presenta como Guido de Nastagi, pasa a contarle su triste historia y el motivo de su maldición: el cazador y la joven murieron hace tiempo y están condenados para toda la eternidad. En el momento en que el caballero alcanza la presa, la traspasa con el acero de su espada y le arranca el corazón que da a comer a los perros. Inmediatamente después, empero, la joven se levanta como si nada hubiera pasado y retoma la sísifa huida.
Nastagio no puede dar crédito a lo que ven sus ojos: el hombre ha sido condenado a vivir una y otra vez esta pena por haberse suicidado a consecuencia de un desengaño amoroso. La mujer sufre igualmente el castigo por poseer un corazón tan duro que no pudo albergar en su seno ni el amor ni la piedad de aquél que la amaba.
Con el rostro desolado, Guido de Nastagi, finaliza su relato diciendo:
-debo ejecutar sin descanso el castigo que merece esta mala mujer. Cada viernes a la misma hora la alcanzo en este lugar.
Por lo que una vez repuesto de lo vivido, Nastagio dispone sacar provecho de su insólita experiencia en el bosque y decide…continuará.
Nos hallamos ante el mural de una de las salas del palacio veneciano de los Labia. El palacio acaba de ser restaurado y las pinturas murales, como no podía ser de otro modo,se han encargado al artista veneciano más célebre: Giambattista Tiepolo. Corre el año 1746 y el pintor decora para esta familia, nada más y nada menos que500 metros cuadrados de murales convirtiendo el salón palatino en un gran teatro. La protagonista indiscutible es la dama que tienen ustedes ante sí. ¿Qué mejor que representar a la figura histórica por antonomasia del poder, el lujo y el placer para ser contemplada por una sociedad que tenía estos como verdaderos pilares de su naturaleza?
Cleopatra VII, reina de Egipto, asiste a un gran banquete. Sentados alrededor de la opulenta mesa se encuentran el general romano Marco Antonio y un tercer personaje que se nos muestra de espaldas. Conocemos su identidad, pero permítanme que antes de darla a conocer, les presente el motivo del encuentro.
Según nos cuenta Plinio el Viejo en su Historia natural nos encontramos ante el desenlace de una famosa apuesta. Cleopatra se había jactado ante el general romano de poder “comer en una sola comida cien veces cien mil sestercios” y estaba a punto de demostrárselo. El cónsul romano Lucius Munatius Plancus haría de árbitro entre las dos partes.La estupefacción del hombre más poderoso del mundo no se haría esperar: la exótica anfitriona mandó servir “una comida magnífica pero no excepcional” y en el momento en que Marco Antonio se disponía a pedir la cuenta, Cleopatra, quien aseguraba que “todo aquello no había sido sino un acompañamiento y que la comida valdría la suma convenida”, solicitó servir el postre. “Siguiendo sus órdenes, los sirvientes pusieron ante ella un único recipiente con vinagre”.
Para los lectores de este post que no hayan reparado en ello por no haber desviado la vista del terso pecho derecho de nuestra famosa reina, les diré que apenas un palmo a la izquierda, la soberana egipcia sostiene entre sus dedos el objeto que le acarreará la victoria en esta apuesta tan especial. El objeto en cuestión es un pendiente, una perla en forma de lágrima (tan típicas en Vermeer, recuerden) que acaba de desprenderse de su oreja izquierda. Sujetando, como digo, la perla, la introdujo en la copa de vinagre y, dejando que se deshiciera, bebió.
Esta forma de arte particularmente refinada, como sugiere el título del post de hoy, tiene un nombre que todos los venecianos del siglo XVIII conocían muy bien: derroche. La señora de la opulencia no había dudado en sacrificar una valiosa perla, de tamaño excepcional, para demostrar al mundo que viene de occidente, el tamaño también excepcional de todo su poder.
Curiosamente, un antepasado de la familia Labia había rememorado este episodio de derroche y despilfarro cuando el anfitrión,en el cenit de un banquete,ordenó tirar por la ventana que daba al Gran Canal, todos los platos de oro donde sus 40 invitados habían comido. No es de extrañar, entonces, que el episodio abordado por Tiepolo para decorar el palacio, fuera del agrado de esta familia poseedora de una similar tradición en su haber.
Sin embargo, me dirán ustedes, es imposible –en el caso de la reina de Egipto- que la perla se deshiciera en vinagre. Llevan razón, efectivamente, pero es sabido que además de belleza, la hermosa soberana poseía otras armas de mujer que la hacían inteligente y astuta. Lo más probable es que con una hábil maniobra (1) desviara la atención del romano y escondiera la perla como si de un truco de magia se tratara con tan buen resultado como la red que el antepasado de los Labia colocó en la fachada de su palacio tan ilustre para impedir que los platos de oro se desperdigaran, rotos, en el Gran Canal.
Espero haberles entretenido.
(1) por hábil maniobra puede entenderse, tal vez, dejar caer la seda del vestido que cubre su pecho. Vamos, digo yo, que podía tomarse como tal…
Jean Cocteau calificaba a Fabricio Clerici de príncipe del realismo fantástico del siglo XX porque “su tinta tiene algo de la lenta y negra corriente del río de los muertos”.
La fantasía de este italiano, tan impulsiva, tan personal, no nos habla de penumbras ni oscuridades, de juegos esotéricos ni de mágicos misterios sino que la suya se torna en visión exacta, por precisa,de una forma de mirar desapasionada.
La obra que les traigo hoy es un sueño melancólico que ya soñara Arnold Böcklin en 1880 cuando éramos transportados en una barca, entre los últimos rayos de sol, hacia un pequeño islote donde arropadas por cipreses, asomaban las losas de mármol blanquecino que serían nuestra última morada.
En el sueño de Clerici, por el contrario, la luz se apodera del islote y nos ilumina el lugar con un sol meridional. Las sombras y la oscuridad de la despedida de Böcklin abandonan la obra para recibir, sin miedo, las luces de nuestro destino. Siguen estando ahí aunque haya cambiado el escenario ahora más sutil, más somnoliento pero igualmente elegíaco. Nadie conduce la barca que parece ser llevada por la lenta corriente. Estamos a salvo. Hemos llegado.
Hay veces que una se descubre ante la maestría de ciertos escritores a la hora de plasmar una buena idea en pocas palabras. En este sentido Fredric Brown es uno de los indiscutibles maestros. Mago de finales sorprendentes, siempre con un toque de humor, nos sigue entusiasmando treinta y cinco años después de su muerte. Tras una semana entre bernardinas y forgianas, disfruten de este relato. ¡Ah! Permítanme darles un consejo:
APRENDED GEOMETRÍA
“Henry miró el reloj, a las dos de la mañana cerró el libro desesperado.
Seguramente lo suspenderían al día siguiente. Cuanto más estudiaba geometría, menos la comprendía. Había fracasado ya dos veces. Con seguridad lo echarían de la Universidad. Sólo un milagro podía salvarlo. Se enderezó.
¿Un milagro? ¿Por qué no? Siempre se había interesado por la magia. Tenía libros. Había encontrado instrucciones muy sencillas para llamar a los demonios y someterlos a su voluntad. Nunca había probado. Y aquel era el momento o nunca. Tomó de la estantería su mejor obra de magia negra. Era sencillo. Algunas fórmulas. Ponerse a cubierto en un pentágono. Llega el demonio, no puede hacernos nada y se obtiene lo que se desea. - ¡El triunfo es vuestro!
Despejó el piso retirando los muebles contra las paredes. Luego dibujó en el suelo, con tiza, el pentágono protector. Por fin pronunció los encantamientos.
El demonio era verdaderamente horrible, pero Henry se armó de coraje.
-Siempre he sido un inútil en geometría –comenzó…
-¡A quién se lo dices! –replicó el demonio, riendo burlonamente.
Y cruzó, para devorarse a Henry, las líneas del hexágono que aquel idiota había dibujado en vez del pentágono”.
Soy siempre la odalisca que despierta de un dulce sueño bajo la atenta mirada de mi guardián mientras la música que tañe mi esclava me devuelve a este mundo de rojos, verdes y dorados. Me contoneo como un instrumento que arrastrara las notas suaves que me acarician. Estoy casi desnuda, porque si ustedes lo quieren, he amado y la sensualidad y la indolencia me acompañan en el retorno.
Nazco a través de un dibujo –como mi esclava- y os ofrezco mi cuerpo al que apenas vistieron enredándome entre sedas y finas telas, encuadrándome en un perezoso contorno entre el mango del laúd y la columna de roja tela.
Mi eunuco me contempla con privación y en silencio mientras el fuego de su deseo imposible se agolpa entre sus piernas. Mi tañedora desvía su mirada para no caer también rendida ante el deseo y yo la miro, inclinando mi cabeza, jugando con mi cintura, a ofrecerle lo prohibido mientras mi cabello se desborda entre almohadones de plumas. Con un simple movimiento, las sábanas descubrirían el fruto tan anhelado, el sueño inacabado en esta estancia oriental también tan imposible entre rojos, verdes y dorados ingres. La balaustrada renacentista me dice que ni el tiempo puede impedirme que ustedes me contemplen de este modo y así traigo conmigo los versos de Théophile Gautier quien en su obra Esmaltes y Camafeos,conserva viva en la memoria esta escena en la que me desperezo y me ofrezco como soy siempre, la odalisca que despierta entre rojos, verdes y dorados sueños.
Cabeza de muchacha representa el segundo ejemplo de un lienzo de Vermeer donde se niega al espectador la clave de su secreto. La muchacha se nos presenta ataviada con lo que podría ser un echarpe gris y podemos adivinar entre sombras la presencia de una perla como pendiente que, sin lugar a dudas, quiere el artista que pase desapercibida. El rostro de la joven se nos muestra de frente aunque es imposible que nuestras miradas se crucen. Sonríe levemente, como forzada ante el artista que trabaja ante ella. Su velo nos dice que se trata de una novia, de una muchacha a la que quizás le apetece tanto unirse en matrimonio como sonreír para nosotros como si fuera consciente de que en ambos casos es irremediable la pérdida de su inocencia. Quizás de su felicidad.
En Muchacha con sombrero rojo, Vermeer sigue el modelo de retrato que Tiziano había iniciado con su Ariosto . La dama apoya su brazo derecho sobre el respaldo de una silla adornada con cabezas de león de cuyos hocicos cuelgan unos aros. Coincidirán conmigo en que la joven es fea con ganas, pero ya hemos aprendido que la fealdad en arte puede ser extremadamente bella. Pues bien, lo curioso de este lienzo radica en el hecho de que está realizado con la ayuda de una cámara oscura. Observen los puntos luminosos de la cabeza del león donde ella apoya su mano y en los exagerados pliegues de su vestido así como en el plumaje del sombrero rojo. La luz parece derramarse desde lo alto jugando a las sombras con los ojos de la joven que permanecen en la penumbra para quien los contempla.
De ella nada sabemos y son los rayos del sol quienes nos la muestran y quienes nos la quitan. Todo y nada, luz (pointillé) y oscuridad, presencia y disimulo.
Es de sobra conocida la tendencia o inclinación de Vermeer por representar, sobre todo, mujeres jóvenes. En casi todas sus obras las muchachas están integradas en un entorno narrativo por muy disimulado que esté y la clave de la historia que se nos quiere contar viene dado, generalmente, por un atributo que nos llama la atención en forma de bastidor, de báscula, de carta o de instrumento musical. Sin embargo, existen tres lienzos que carecen de esta llave para abrir el mundo que encierra cualquiera de sus otras obras.
El primero de estos lienzos –del que hablaremos hoy-, archiconocido incluso literaria y cinematográficamente, se titula La muchacha con el pendiente de perla o simplemente, La joven de la perla:
El fondo, como vemos, es absolutamente neutral. No se nos da la oportunidad ni de imaginar dónde se encuentra la joven, no sabemos si está acompañada o no, sólo que gracias a un efecto plástico de contrastes, la muchacha se nos presenta única, sin darse del todo (de perfil) pero con la absoluta seguridad de quien puede mirar de frente. Su boca, ligeramente abierta y su cabeza inclinadanos quieren decir algo y traspasando los propios límites del cuadro, calla y nos contempla hasta tal punto que consigue incomodarnos.
La joven de los contrastes se nos presenta perfilada en colores casi simples, su chaqueta amarillenta, el blanco de su camisa, su turbante azul. Pero de toda ella, es la perla de su pendiente la que llora en blanco, en dorado y en silencio.
Francisco de Sales en su “Introduction à la vie dévote” advertía:
“Tanto en el pasado como en el presente, era y es costumbre entre las mujeres colgarse perlas de las orejas por el placer causado –como ya había observado Plinio- cuando las perlas tocan la piel al moverse. Pero dado que yo sé que Isaac, gran amigo de Dios, envió pendientes a la pura Rebeca como signo de su amor, pienso que esta joya significa en sentido espiritual que la oreja es la primera parte que un hombre quiere tener de su mujer y que la mujer debe conservar más fielmente, de tal modo que no debe traspasarla ningún discurso o tono que no sea el dulce sonido de las palabras castas, que son las perlas orientales del Evangelio”.
Según lo dicho, la perla constituiría un símbolo de castidad. Pero estarán conmigo, aunque demos por buena la interpretación del santo, que existen miradas y gestos, poses y maneras que, en absoluto silencio, nos cuentan una historia –quizás velada por las circunstancias- que es imposible disimular. Y la mirada de esa muchacha, su boca y su perla no mentían cuando, pensativa, se dejaban acariciar por la delicada maestría del pintor de Delft.
El 7 de julio de este año se dará a conocer el nombre de las nuevas siete maravillas del mundo moderno. El murmullo del agua y el sigilo vigilante de leones hacen que el silencio se torne en grito para que la Alhambra, su casa, sea una de las siete. Y hablando de Ella y del arte, comento con Tio Petros que nunca ví Granada y él me devuelve mi pena consolada y me susurra como el agua: yo te llevo, yo te llevo… y de su mano, como siempre, me habla de bellezas matemáticas escondidas en la Alhambra:
“Un mosaico es una composición con losetas que reproduce un paisaje o una figura. Cuando las losetas llenan el plano basándose en simetrías, desplazamientos y rotaciones, estamos ante un mosaico geométrico. De estos últimos vamos a hablar ahora.
Para rellenar un plano con losetas (teselar el plano) de forma periódica, existen cuatro estrategias:
1.-Traslación. Es como si la nueva loseta que añadimos fuera una anterior desplazada a una nueva posición sin giros de ningún tipo. 2.-Rotación. La nueva loseta surge por el giro de una anterior con centro en algún punto determinado y con un ángulo concreto. 3.-Reflexión. Cada loseta nueva es la imagen especular de una anterior, con un eje de simetría dado. 4.-Simetría con deslizamiento. Se trata de una reflexión seguida de una traslación en la dirección del eje de reflexión.
Estas cuatro estrategias se denominan movimientos en el plano, y son isometrías: conservan las distancias. Los dos primeros conservan la orientación (movimientos directos), y los dos últimos la invierten (movimientos inversos). Esto es importante, porque cada loseta puede tener dibujos asimétricos que hagan variar la composición.
Estas transformaciones se combinan entre ellas dando lugar a estructuras algebraicas que se denominan grupos de simetrías, en este caso Grupos cristalográficos planos. Pues bien, Fedorov demostró en 1891 que no hay más de 17 estructuras básicas para las infinitas decoraciones posibles del plano formando mosaicos periódicos. Son los 17 grupos cristalográficos planos. Cada uno de ellos recibe una denominación que procede de la cristalografía, y se pueden clasificar según la naturaleza de sus giros.
Los árabes fueron unos excelentes creadores de mosaicos geométricos. Dado que su religión les impedía dibujar personas o animales, su creatividad se decantó hacia la caligrafía y los dibujos geométricos, en los que alcanzaron cotas de belleza y complejidad difícilmente superables. Los creadores de los mosaicos de la Alhambrano podían conocer el teorema de clasificación de Fedorov, y por lo tanto no conocían cuántos grupos de simetrías podían usarse para rellenar el plano con losetas (teselación del plano), por eso resulta impactante que conocieran todos y cada uno de los 17 existentes.
Efectivamente, todos ellos pueden contemplarse en los variados y bellísimos mosaicos de la Alhambra. Abundan los que tienen giros de 90º mientras que algunos grupos aparecen escasamente, pero absolutamente todos están representados”.
Observemos la obra. Un corro de personajes contempla la actuación. Una dama baila un minueto con un joven. Esto sólo pasa en Italia pues en el resto de Europa se baila formando filas de parejas. El joven es un aventurero o chevalier d´industrie. Procede de una clase baja y su objetivo en la vida es conseguir la riqueza de los nobles con una extraña capacidad: hablar. Nuestro hombre baila bien y lo hace ricamente ataviado, de ahí que lo admiren las mujeres (incluso) de buena posición. Su arma, como digo, el arte de contar fascinantes historias basadas en su propia vida, sus viajes y sus campañas contra los acreedores. Sin oficio conocido dedica su existencia a no aburrirse y el carnaval constituye el medio propicio para ello. ¿Recuerdan a Casanova? Hijo de una pareja de actores adoptó el título de Chevalier de Seingalt y supo hacerse con la amistad de nobles y patricios haciéndose pasar por erudito en medicina y numerología cabalística pero lo que mejor sabía hacer era correr por los tejados de Venecia. Como Casanova, encontramos nombres de aventureros como el de Giuseppe Balsamo y Lorenzo Da Ponte que disfrutaron de una juventud exitosa que desembocó en triste vejez.
La bailarina que hace pareja de baile con nuestro mozo chevalier d´industrie tiene la tez pálida como era costumbre y un lunar postizo nos llama la atención. No es la única, observen a otras damas del cuadro. El lunar postizo constituye, además de una cuestión estética, todo un código que nos cuenta aspectos sobre la dama que lo porta. Nos dice de qué humor está, su estado e, incluso, lo que ella piensa de sí misma. Los lunares postizos tenían diferentes nombres según el lugar donde se colocaran, así el de nuestra dama, colocado debajo del ojo, se denominaba irresistibile y otros, colocados justo en la comisura del ojo, daban en llamarse appasionata.
Las mujeres mozalbetas tenían el camino más fácil para escalar en sociedad. La danza, el canto y la interpretación constituían un marketing perfecto para exhibir su atractivo. La gran mayoría de estas muchachas ejercían de cortesanas y sin lugar a dudas, Venecia en carnaval se convertía en el mejor escenario. Desde los balcones del Gran Canal, ataviadas entre rojos y amarillos, lucían sus encantos con escotes de vértigo. Bellos y hermosos tulipanes cuya vejez correría igual suerte que la de sus parejas de baile. Ser puta y mediocre es lo que tenía. Puta, mediocre y sin programas del corazón ni pruebas de ADN…
Espero que hayan pasado un estupendo fin de semana y comiencen la semana con fuerzas renovadas. Yo, por mi parte, remato flecos que dejé aparcados la semana pasada y que no hubieran sido posibles sin la inestimable colaboración de Tio Petros que se ha convertido en un mago de photoshop. Los flecos, en este caso, eran siete y aquí se los muestro:
1- Ovni
2- Vailima
3- Botella de coca-cola
4- Antena de televisión
5- Darth Vader
6- Nemo
7- Mr. Bean
Gracias a todos por participar y como premio... la de verdad:
EL ESCENARIO
Hoy les propongo un viaje. ¿Les parece bien Venecia en época de carnaval? Cierto es que no he afinado demasiado en la pregunta, porque en el siglo XVIII, el carnaval de esta maravillosa ciudad duraba entre pitos y flautas hasta cuatro meses. Créanme, los pitos comenzaban cada 26 de diciembre cuando un empleado de la República veneciana, ataviado para la ocasión, anunciaba desde el palacio del dux a un público enfebrecido que a partir de ese momento quedaba inaugurado el carnaval hasta el miércoles de ceniza. Y ustedes me reprocharán que las cuentas no les salen y con toda la razón porque además de ese tiempo también habría que sumar un carnaval previo que duraba del 5 de octubre al 16 de diciembre en el que sólo se permitían los disfraces por las tardes. Además, existía un carnaval posterior durante las dos semanas de Pentecostés donde se desarrollaba una feria importante. Dentro de este cómputo carnavalero existían, además, algunas fiestas entre las que se encontraban la elección del dux y la de los procuradores.
Casi nada ¿eh? La ciudad era un hervidero de gente que acogía a tantos “turistas” como propios residentes y todos dejaban sus buenos dineros en la ciudad. Tanto es así que en 1789 se mantuvo en secreto la muerte del dux para que “la noticia” no afectara al carnaval.
LOS ACTORES
A los venecianos les encantaba el teatro. Fíjense si les gustaba que la ciudad contaba con catorce teatros mientras que París sólo tenía tres y no hablemos ya del teatro en la calle. Si observanla obra, verán un personaje en la parte central izquierda: Pantaleón lleva un gorro de lana y una barba très, très afilée. El personaje representa al marido cornudo y al viejo verde que corre tras las niñas. Junto al antipático personaje se encuentra Arlequín portando un palo en su mano. Para quien no lo sepa, este último personaje es torpe pero astuto, glotón pero ágil. Y pobre, también era pobre como dicta su procedencia: Bérgamo y como los campesinos de su tierra, tal cual está ataviado. Su papel en el teatro era de criado y su máscara negra nos da respuesta de las horas que el desgraciado debe de trabajar al sol.
Y como no hay dos sin tres, corran la vista hacia el lado derecho del cuadro. Ahí, ahí, justo en el centro. ¿Lo ven? Es Polichinela. Inconfundible con su gorro blanco, su nariz puntiaguda, su vestimenta también blanca y su joroba. Napolitano de origen, su nombre significa pollo de ahí sus quiquiriquís y sus volteretas. Se les mataba y se volvían a levantar como un ave fénix (¡quién pudiera!)
LA REPRESENTACIÓN
Contemplemos la obra. Un corro de personajes contempla la actuación. Una dama baila un minueto con un joven. Pero mejor lo dejamos para mañana. ¿Me permiten?
Mientras cerramos los ojos, oigamos la voz de un violín. Relajados los párpados, les sugiero que huyamos del torbellino de El Bosco y nos refugiemos, en blanco y negro, en las imágenes de Man Ray.
Comienza el juego del extrañamiento mientras pasan, una a una, las palabras del Conde de Lautréamont que deja un legado de significados que un fotógrafo captura en la extraña reciprocidad de imágenes y títulos.
Nombrar. ¿También la fotografía tiene esa capacidad? “Fotografío las cosas que no quiero pintar, cosas que de por sí existen” –dice el de Filadelfia-. Como el hombre, esa “bestia salvaje”, como el Creador, que “no hubiera debido engendrar semejante basura” –le replica el Conde-.
El mal. El horror. Sabemos que está ahí pero no lo vemos. Lo presentimos como un susurro tras nuestro cuello y lo llamamos Maldoror.Man Ray trabaja en sus confines y crea El enigma de Isidore Ducasse: un objeto envuelto y atado del que no sabemos nada. Sólo conocemos a quién pertenecería el derecho de cortar la cuerda en caso de que no hubiera muerto un 24 de noviembre a los 24 años de edad.
En papel gelatinado de plata, retocado con lápiz y tinta china El violin de Ingres suena a seducción, a carne, al sentido del tacto y del oído.
Retumban finas las notas de Maldoror gracias a las dos aberturas que Man Ray dibuja en la espalda de un desnudo femenino. El hermoso violín, redondeado en sus formas, constituye un instrumento sonoro especial por su naturaleza, un instrumento de cuerda para que sean los dedos quienes hagan el milagro de alumbrar la música que esconde en silencio. No se trata de un objeto muerto porque la sensualidad es sinónimo de vida. Bien lo sabía Jean Auguste Ingres cuando nos mostraba la erótica musicalidad de su famoso perfil:
La extensa tradición de la música como metáfora del juego amoroso se recoge en esta, por otra parte, fría visión del fotógrafo bajo una nueva perspectiva: el solista tiene a su disposición el instrumento. Ven y tócame.
Doce cuarenta y cinco. No sé si del mediodía o de la noche. Estoy sola, lo presiento. Como en una casa museo miro el reloj y pienso que posiblemente esté parado muriéndose en tiempo pasado sobre la chimenea de mármol. No hay más gente, me digo. Y lo afirmo con la misma precisión con la que las agujas del reloj señalan una hora. Todos los relojes detienen su manecilla de los minutos a su paso por este tramo. No ocurre nada en donde estoy salvo que una locomotora atraviesa la pared de la chimenea. Entre el hastío que me produce la habitación a solas, la locomotora alivia la sensación de misterio porque encaja perfectamente en el hueco por el que pasa. Las formas perfectas y precisas de su estructura presentan cierta afinidad con los restantes objetos de su alrededor: el reloj oscuro, la chimenea clasicista, el sutil marco del espejo y los modestos candelabros.
Decido marcharme no sin antes echar un último vistazo a la máquina. No me atrevo a acercarme y ver más allá de la rendija de la nada por la que surge. Quizás me encuentre con la penumbra de los miedos y los peligros de mi imaginación.
¿A dónde se dirigirá? –me pregunto-, si al menos supiera si el reloj sigue en marcha…
No podemos hablar de El Bosco sin hacer referencia a un mundo particular en el que lo fantástico todo lo domina. Entre los elementos naturales que lo conforman, la música está tan presente como las tentaciones, los demonios, la avaricia o la carne. A este respecto, en 1988 salieron a la luz y, por separado, dos trabajos que abordaban este tema. El trabajo de Planer ofrecía una relación exhaustiva de los instrumentos musicales pintados por el artista desde el punto de vista simbólico y basado en el uso histórico de los mismos. Entre ellos, hace hincapié en la gaita de la que ya hablaremos más adelante. En el trabajo de Dobbins, El concierto del huevo merece toda su atención. Veámoslo:
De esta obra existen dos copias realizadas tras la muerte del pintor. Una copia se conserva en Lille y la otra en París. En ambas, el concierto tiene lugar encima de un huevo como han visto más arriba pero en la copia de Lille, podemos contemplar un libro de música del que conocemos la obra y el compositor. Se trata de una canción de Thomas Crecquillon (1510-1557) y que dice así:
“Touttes les nuictz que sans vous je me couche”
Dejando a un lado la erótica anécdota (porque no hablamos de melancolía sino de amor carnal), los instrumentos musicales adoptados por El Bosco son representaciones simbólicas que Fernández de la Cuesta clasifica de la siguiente manera: aquellos instrumentos que no son tocados por nadie y que denomina símbolos estáticos y aquellos otros que son representados en movimiento, bien sea por el canto, la danza o la mera interpretación de los mismos. En cualquier caso, el simbolismo les viene dado por sí mismos o como elementos que él denomina, subsidiarios, al participar en una escena con intérpretes en acción.
Como dato curioso, en el universo del artista aparecen pintados los aerófonos veintinueve veces, dieciocho los cordófonos, dos veces los membranófonos y una vez los idiófonos. Partituras escritas quedan representadas en cuatro ocasiones y también cuatro veces aparecen personajes cantando y otras tantas bailando.
De los instrumentos que nadie toca podemos hablar del arpa, la chirimía, el tambor, la zanfoña, la bombarda, el laúd, el sacabuche y la gaita. E instrumentos con intérprete, Fdez. de la Cuesta, nos dice que la trompeta, el arpa, el salterio, la chirimía, la gaita, la zanfoña, el laúd, el cuerno, el triángulo y el tambor.
En el magnífico estudio del que recojo estos datos, titulado La música, elemento natural de lo fantástico en la pintura de El Bosco perteneciente al libro El Bosco y la tradición pictórica de lo fantástico y que los Magos de Oriente han tenido la bondad de regalarme, se apunta no sólo la presencia de dichos instrumentos sino la ausencia de otros bien conocidos en la época del pintor. Entre ellos, el órgano de tubos en cualquiera de sus modalidades. Parece ser que la razón de esta ausencia podría responder al carácter del propio instrumento. Su uso en la liturgia le hubiera “librado de la quema”, no así otros instrumentos interpretados por ministriles de diversa condición.
Los cordófonos (instrumentos de tecla) tampoco son muy frecuentes. Ni el clavicordio, ni el clavicytherium, aunque la zanfoña (instrumento de tecla que se toca con una sola mano mientras la otra impulsa una manivela) es representada en varias ocasiones. Es particularmente excitante la descripción de este último ¿no creen, amigos aretinos?, de ahí que también los cuernos (cornettos) y otros aerófonos acompañen las tareas paródicas de aquellos ministriles que los Santos Padres de la Iglesia consideraban, con acierto o no –según se mire-, representaciones de la lascivia y el pecado y bajo la sutil capa de la fe fueran carne de la crítica y de la burla.
No, no se preocupen. No se trata de ninguna lección de Barrio Sésamo. El título del post simplemente hace referencia a una sucesión de actos y de hechos que tienen lugar en el transcurso de la vida de una mujer. De todas las mujeres en general y alguna en particular, como ésta de Klimt:
O ésta de Hans Balduin Grien, allá por 1510:
Después de la fiesta de ayer, hoy jueves es también día de transición. Cerramos los ojos y me encuentro con otra mujer del siglo XXI. Una mujer por la que no pasan los años, sino su estado. Una mujer también desconocida cuya vida transcurre de dentro a fuera. Que la disfruten:
Nos encontramos en el rincón de la mesa (Coin de table)donde Henri Fantin-Latour está pintando a un grupo de hombres. No se trata de unos hombres cualesquiera. Son poetas.La luz del cuadro forma una magnífica unidad con el espíritu poético de los personajes retratados y la belleza de la composición está invadida por el sentimiento de cansancio y desmoronamiento del mundo en el que estos hombres viven. La decadencia.
Desde su languidez, Verlaine se autoproclama como “el Imperio al fin de la decadencia que mira pasar a los grandes Bárbaros Blancos” desde donde contempla la historia como algo demasiado largo y demasiado grande. Todo ha sido dicho y ha sido probado y los heraldos negros de otro poeta cabalgan en dirección a una civilización cansada que no podrá detenerlos. Entreguémonos a los placeres sensuales, busquemos los tesoros escondidos del arte para pasar –como dice Eco- “las manos hastiadas entre las joyas acumuladas por las generaciones pasadas”. El poeta prefiere la boca que le sepa besar aunque le mienta.
Junto a Verlaine, surge un Rimbaud pensativo y ensimismado. Entre relicarios e iluminaciones, el joven poeta convierte su corta vida en una temporada en el infierno y el desorden de sus sentidos es el camino que le conducirá, no sin dolor, al ideal estético. Hay que pagar un precio y para ello hace arder su juventud. La vida no es la revancha del sueño literario. Rimbaud lo sabe y una tarde…
“Una tarde, me senté a la Belleza en las rodillas. Y la encontré amarga. Y la cubrí de insultos. Me armé contra la justicia. Escapé. ¡Oh brujas, miseria, odio: a vosotros se os confió mi tesoro! Logré que se desvaneciera en mi espíritu toda la esperanza humana. (…) La desgracia fue mi dios. Me tendí en el lodo. Me dejé secar por el aire del crimen. Y le hice muy malas pasadas a la locura.Y la primavera me trajo la horrorosa risa del idiota.”
No quieren mostrar el mundo con la claridad cristalina del verso clásico. Nombrar un objeto es sustraer el corazón a un poema. El símbolo y sus misterios. La oscuridad de una poesía de la ausencia. Los versos deben caer al mundo con la misión adivinatoria del sueño. El taciturno Rimbaud sueña con cruzadas, con viajes de exploración cuya crónica no nos ha llegado: “creía en todos los encantamientos” nos confiesa. Otra vez el desencanto.
Absortos y ensimismados todos nuestros poetas malditos se dispersan sobre la mesa como la Mujer flor de Zola: “con la cabeza vuelta en un espasmo de pasión, en un esparcimiento de soberbia cabellera, dispersa como un estanque de perfumes”. Elzéar, Blémont, Valade, Aicard, D´Hervilly y Pelletan juegan tras la comida a la poesía con la única espada que encuentran en el mundo: la evocación, el objeto escondido detrás del símbolo.
Sugerir, ese el sueño -les dice Mallarmé- mientras Paul Valéry contempla las húmedas palabras que brotan de su Narciso:
Hermanos, tristes lirios,
Languidezco de belleza…
Mientras mezcla aceites y pigmentos, Fantin-Latour los contempla y hace suyas las palabras que poco antes escuchaba de los labios del muchacho Rimbaud. Una tarde, como aquélla, me senté a la Belleza en las rodillas. Y la encontré amarga.
Magritte realiza a lo largo de su vida varias versiones de Le Domaine D´Arnheim, título basado en un relato homónimo de Edgar Allan Poe. El cuadro no ilustra el relato del americano pero guarda una estrecha relación con el escritor si nos referimos al clima inquietante, casi mortífero de éste y la fría tristeza de la imagen pintada por Magritte. El pájaro-montaña extiende sus alas heladas en señal de protección hacia el nido donde reposan varios huevos. La prole, sin embargo, deberá contentarse con un maternage(*) a distancia, con la única protección de una sóla mirada. La ternura es glacial y lo bello domina la escena produciendo en el espectador una especie de emoción indecible.
Poe pierde a su madre muy joven. La madre de Magritte se suicida cuando éste cuenta tan sólo 14 años.La ausencia de la madre, de su afecto y su calor plantean un problema en ambos: la pérdida es desgarradora y en lugar de ese afecto y ese calor, la nieve y la piedra constituyen el espantoso plumón y el desolador regazo. Poe alucina, delira, pero calcula fríamente las fases de su vértigo y la velocidad de sus caídas. Magritte, de la misma forma, convierte su pintura en fantasía con la minuciosidad de un pintor clásico.
Hacia el final de su vida, Magritte visita Estados Unidos. Sólo desea visitar un edificio: la casa de Poe, aquélla donde un negro cuervo se posaba sobre los versos de un poema: Never more.
Never.
Raven.
El anagrama es doloroso. Las palabras reversibles.
“Nunca más” dijo el cuervo.
La separación es irreversible como una dulce glaciación de la desesperanza.
(*) maternage (fr.), arte de ocuparse de un niño a la manera de una madre.
Una vez finalizadas las fiestas de la ciudad en la que vivo, Tio Petros, Vailima y toda su troupe se disponen a hacer las maletas como todos los veranos. Pasaremos una semana curándonos de las heridas del año en el balneario al que acudimos siempre: sol, hamacas, lectura sin subrayados, piscina, siesta y actividades varias. Aunque llevaremos el portátil, no daré de comer a La Divina Comedia: ya es mayorcita y durante unos días pienso que podrá prescindir de mí. Así pues, amigos, Vailima se despide y les desea lo mejor. Como siempre.
En los años noventa (de mil ochocientos, claro), Monetexponía una serie de obras de idéntico motivo aunque en cada cuadro se modificaba la iluminación por la hora del día o por la estación del año, el punto de vista y la perspectiva. Aunque las figuras pudieran repetirse nunca eran utilizadas como yuxtaposiciones compositivas, puesto que para el pintor impresionista la unidad de la atmósfera en la que se veían envueltas aquéllas era primordial. Degas , por ejemplo,fue más atrevido en este sentido al reutilizar sus figuras sin llegar a cambiarlas aunque el precedente de tal “reciclaje” de materiales lo encontramos en Ingres:
“Se me ha hecho observar, y quizá con razón, que yo reproducía demasiado a menudo mis composiciones, en lugar de hacer obras nuevas. He aquí mi razón: la mayor parte de estas obras, cuyo tema me gusta, me ha parecido que merecía la pena que las hiciera mejores repitiéndolas o retocándolas”
Toda su producción está impregnada por la recurrencia de ciertas figuras hasta llegar a El baño turco donde aparece la Bañista de Valpinçon (con el pecho y la cintura de la Bañista de Bayona); la Odalisca de la esclava; el ángel de ojos almendrados del Voto de Luis XIII; el muslo de la Gran Odalisca; la Venus Anadiómena y la bailarina de la Odalisca de la esclava y hasta la réplica del retrato de Madame Moitessier.
Tanto en Monet, Degas, Ingres o Gauguin queda, pues, en entredicho la cuestión de la originalidad. Desde el punto de vista naturalista, la originalidad sería sinónimo de ingenuidad tal y como dejara escrito Leonardo da Vinci, advirtiendo al artista del riesgo que corre cuando todas las figuras parecen hermanas de pincel. Por el contrario, hay que emular a la propia naturaleza y crear, en el plano estético, la variedad y universalidad con la que aquélla nos regala.
La repetición de motivos y materiales produce un déjà vu inquietante en el espectador abortando tras de sí toda sensación de verosimilitud y naturalidad, y tanto es así,que su artificiosidad se pone al descubierto, es decir, se convierte en lo que los clásicos llamaron maniera. Pues bien, esta visión manierista fue defendida por Gauguin hasta el punto de considerarla no sólo legítima sino además inevitable. Frente al naturalismo, la originalidad impulsada por Gauguin, como producto del arte mismo y no como una consecuencia de darse a la naturaleza. La memoria personal es la clave de esta concepción; la memoria como recopilatorio, como un museo propio en el que la novedad no ha de encontrarse en la obra aislada sino en el conjunto, en su coherencia interna que la hace oeuvre ante nuestros ojos:
“Todo esto es quizá amanerado (manieré), pero en el cuadro ¿dónde está lo natural? Todo, desde las épocas más remotas, es en los cuadros completamente convencional, deliberado de cabo a rabo y muy lejos del natural, por consiguiente amanerado”
El título del post de hoy hace referencia a una frase pronunciada por Pissarro sobre la exposición de Gauguin a su regreso de Tahití. En sus impresiones (negativas, muy negativas) acusaba a Gauguin de saquear el arte polinesio, de tomar prestados elementos que a él, como ser “civilizado” no le pertenecían y terminaba su discurso con estas palabras:
“A Gauguin ciertamente no le falta talento, pero cuánto le cuesta recobrarse (quel mal a à se ressaisir), siempre a la caza furtiva en los terrenos de otros, ¡ahora saquea a los salvajes de Oceanía!”
En este sentido, Pissarro no podía estar más equivocado. Su acusación o su reproche lejos de acercarse a la realidad, describe perfectamente el espíritu pictórico que impulsa a Gauguin porque su arte se desarrolla a lo largo de todo su período polinesio justamente en aquello que Pissarro le niega: Gauguin lucha por recobrarse y en cada obra nueva se esfuerza por crear algo nuevo como producto de un conjunto anterior, como una herencia en la que recoge y recupera, colecciona y rehace su pintura desde ella misma.
La pintura de Gauguin se basa en aislar las figuras sobre el plano mediante contornos oscuros que hace que cada figura parezca recortada. El mismo aislamiento queda reflejado en los pies de sus personajes que no se muestran descansando sobre el suelo sino como vistos desde arriba produciendo igualmente el efecto de recortable además de que los tamaños de las figuras presentan evidentes desproporciones entre sí que añaden otro ingrediente más a su aislamiento e inmovilidad en el plano. Sin embargo, esta soledad compositiva y estructural de las figuras constituye en sí misma una forma específica de creación, un proceso semejante al collage. Desde 1888, Gauguin compone muchos de sus cuadros sumando sobre el fondo las figuras de dibujos y apuntes anteriores de tal forma, que llega un momento en que las figuras provienen de otros cuadros anteriores. Bien es cierto que su pintura, retomando las palabras de Pissarro, no progresa linealmente aunque, por el contrario, vuelve sobre sí misma, una y otra vez, y en esto también puede vislumbrarse un “recobrarse” del artista.
Quizás, la originalidad del pintor estuviera impregnada de cierta autarquía, es decir, de la constante persecución de su ideal de bastarse a sí mismo. Sin duda, su obra podría calificarse de ser como un extraño organismo que vive, crece y se desarrolla alimentándose de su propia sustancia, como un autófago, como un caníbal de sí mismo.
Quien quiera pensarque la suntuosidad, sensualidad y lujuria de los cuerpos desnudos de Modigliani constituían una huída del academicismo imperante, que lo piense. Son aquellos ojos de los que hablábamos ayer,ésos que no permiten ver la realidad, la verdad y la belleza, los que nos ciegan a la hora de apreciar las diferencias con otros contemporáneos suyos.
El pintor nunca asistió a una academia estatal, pero sus representaciones del cuerpo desnudo no constituían sino un heroico acercamiento a los maestros renacentistas italianos como Botticelli, Tiziano o Giorgione. Modigliani confiere a sus obras la elegancia y delicadeza necesarias para que el espectador no se distraiga con ornamentos y, reduce la composición hasta el grado de dejarnos a solas con la modelo. El color tampoco nos ofrece ningún refugio confortable sino que es la forma, esa forma estilizada tan característica en él, la que nos atrapa inexorablemente ante la desnudez de una mujer.
Ojos cerrados y entrecerrados, grandes ojos abiertos buscando nuestro contacto, nuestro consentimiento para sentirse cómodas con quienes las admiramos en silencio. En su intento por seducirnos se contonean con esa naturalidad que nos atemoriza, con esa naturalidad con la que la amante se entrega llevando al límite el artificio. Al comisario de la Rue Taitbout no le faltaba razón: Modigliani nos muestra la identidad entre verdad y belleza y el simbolismo que nos descubre no responde más que a su propia realidad. La carnalidad sin adornos ante un paisaje exento donde la pintura y más concretamente, el cuerpo desnudo de una mujer, nos arrastra a una especie de esculturalismo que no entendemos. Tan cercanas como una amante y tan lejanas como una escultura; tan coquetas y tan frías, tanto como una esfinge secreta, con la frialdad y dignidad que les permiten su melancólica gracia y su artificialidad.
Venus modernas bajo la poética mirada de un hombre que supo ver y quiso compartir con nosotros todo aquello que creaba con su mirada. Naturalidad y artificio, carne y piedra. ¿Acaso el hombre no se erige entre ambos mundos? Vivimos como marionetas mientras soñamos con ser dioses con el único instrumento que disponemos: la belleza que nos impulsa y nos frena, nos libera y ahoga.
Soy hermosa, oh mortales, como un sueño de piedra,
y mi pecho en que todos encontraron su herida
nació para inspirar al poeta un amor
silencioso y eterno como lo es la materia.
El azul es mi reino, soy esfinge secreta,
corazón como nieve y blancura de cisne;
odio cuanto se mueve y desplaza las líneas,
no he llorado jamás ni jamás he reído.
Los poetas, al ver mi actitud majestuosa
que parezco copiar a la altiva estatuaria,
quemarán su existencia en austeros estudios.
Porque yo sé hechizar al amante y esclavo
con espejos purísimos que hacen más bello el mundo:
¡Estos ojos tan grandes de fulgores eternos!
La belleza nos habla desde los versos de Baudelaire para abandonarse, como ella sabe, en los brazos de algún artista que utiliza su mirada para atraerla hacia nosotros y hacerla realidad. En Modigliani la belleza se convierte en mujer. En mujer desnuda y palpitante con aroma a aceites, en hembra que nos hechiza haciéndonos creer su amante y arrastrándonos a la inconsciente esclavitud del reflejo ilusorio de su naturaleza. La belleza, la mujer y el deseo. He aquí los tres puntos fundamentales del triángulo de donde Modigliani no puede huir, el triángulo con vello púbico desde donde nos escandaliza.
El pintor lejos de querer provocar, anhela la belleza y el idealismo de los renacentistas. Sus jóvenes desnudos femeninos parecen estar pensando mientras plácidamente reposan, transformándose así en individualidades divinas en las que se ve reflejada la perfecta unión entre el artista y su modelo. Cuentan de él que no se conformaba con pintar a las mujeres que le servían de modelo y antes de enfrentarse al caballete, las amaba con pasión. Este hecho no nos importa, como tampoco nos importan las habladurías de su descontrolada vida que lo calificaban de drogadicto, alcohólico, mujeriego y bohemio. ¿Quiénes somos nosotros para juzgarlo moralmente?
A pesar de ello, los desnudos de Modigliani no pueden escapar de este juicio de valor como si la condena de las generaciones futuras no le permitiera morir en paz y sus obras le robaran el descanso que todo hombre se merece desde el arte y desde la historia. El pecado del pintor de Liorna no es otro que introducir en sus desnudos un fragmento de esa realidad que el canon establecido en la época obliga a obviar y olvidar a la sociedad en general y al artista en particular. Como apuntábamos en otro post , la reacción del comisario de policía sólo se entiende desde el puritanismo académico y la mojigatería de una sociedad que se agolpa tras los cristales de una exposición que muestra cuerpos femeninos y no “desnudos” y que adoptan posturas y sugieren sin tapujos, una interrelación con el espectador que nada tenía que ver con la tradición, las costumbres y la moral. La verdad nos escandaliza. La belleza también.
Mañana miraremos con otros ojos. Con los ojos que consienten; con aquéllos que saben perdonar y perdonan.
París, 1917. Es exactamente el lunes 3 de diciembre cuando por primera y última vez en su vida Modigliani, el pintor mujeriego y bohemio, presenta ante la sociedad parisina una exposición de sus cuadros y dibujos en la galería de la marchante Berthe Weill. El acontecimiento termina como el rosario de la aurora puesto que si consideramos la Ley de Murphy, lo que tiene que salir mal, sale mal. La sala estaba situada justo enfrente de la comisaría de policía y la afluencia de clientes en la galería respondía a una cuestión bien simple: no sólo se exhibían cuadros de desnudos en su interior sino que uno y bien grande presidía el escaparate donde cada vez más curiosos se agolpaban para contemplarlo. El comisario ordenó clausurar la exposición y mandó llamar a su despacho a la responsable del escándalo entre los gritos y mofas de la multitud:
-¿Me ha pedido que viniera?
-¡Sí! ¡Y le ordeno descolgar toda esa basura!
-Me atrevo a hacer un comentario: hay expertos que no comparten esa opinión. Pero ¿qué es lo que le parece tan grave en estos cuadros de desnudos?
-Estos desnudos, estos desnudos… ¡Tienen vello púbico!
El post de hoy jueves es el último de esta semana. El viernes a las 8:30 h. de la mañana, Tio Petros y yo estaremos oliendo Sevilla y, admirándola, como se admira un desnudo de Modigliani. Dejaré para un futuro post el tema del desnudo en el pintor de Liorna, para esos momentos sosegados de lucidez apolínea que seguirán al sueño ditirámbico sevillano. Hoy, un apunte solamente, uno que debo reconocer ha sido inspirado por un meritorio observador (desde la ciencia, me dice) como es Tio Petros cuando yendo más allá de la apreciación del comisario de policía me comenta:
-No sólo tienen vello púbico sino que además la ingle derecha está sensiblemente más “despoblada” que la izquierda. Bello vello, púbico e impúdico para el gran público.
Y entonces yo le digo, ole, ole y olé y para que así conste, firmo el presente documento en el lugar y fecha que lo encabeza y como rúbrica baste un beso que le planto en la boca con tal transitividad que me olvido de Modigliani mientras Sevilla me espera:
nota: se me olvidaba. Si alguien quiere tomarse unas cañitas con nosotros, basta con escribirme un email (eso sí, salimos de madrugada a coger el avión).
Si ayer decíamos que Dioniso constituía lo romántico de lo clásico, Apolo es lo clásico de lo romántico: la luz frente a la noche del hombre. Si Dioniso nos obsequia con el desorden de elementos dolorosos y placenteros de lo trágico, Apolo, por el contrario, los recoge otorgándoles una dimensión heroica. Frente a la primacía de los sentidos que disgregan la realidad en el primero, la fuerza “articuladora” de la voluntad en el segundo.Dioniso es el portador de la devastación mientras que Apolo representa el retorno de la acción individual, aquella que en la búsqueda de su propia identidad, intenta salvar al hombre sumido en su experiencia trágica. La universalidad frente a la individualidad, pero el hombre no puede perderse entre turbulencias sensualesy oníricas que lo transporten irremediablemente hacia el abismo de ahí que, en un acto de voluntad, se vuelva hacia sí mismo para ordenar las fuerzas oscuras de la naturaleza y salvarse.
Apolo “nace según una ley dialéctica de la belleza (…) y su nacimiento, es, paradójicamente, una agonía en la vida” nos dice Argullol por eso no podemos considerar a Apolo al margen de Dioniso. El Yo heroico-trágico de la razón romántica no puede entenderse sin la unidad entre ambos dioses. Los dos proceden de un tronco común en el que Apolo puede ser, como Dioniso, fuente de dolor. Para el pensamiento romántico no cabe duda de que “la belleza es trágica y lo trágico es necesariamente bello”. Pero ¿por qué consideramos a Apolo fuente de dolor? Si hilamos razonamientos encontraremos la respuesta: Apolo es despertar, el despertar del sueño, de la embriaguez; la vuelta a la soledad tras un estado de ilusión donde la individualidad se ha visto quebrantada. ¿Acaso la resaca onírico-sexual del hombre no produce dolor? Quizás el mayor de los posibles, la certidumbre de la muerte. Ante ella, la voluntad del hombre trágico se erige triunfante gracias a su identidad individual y su subjetividad autoordenada ante el mundo que la disgrega y debilita. El poeta, el héroe romántico reconciliador podrá entonces proclamar: “El enorme conocimiento hace un Dios de mí”, porque a través del conocimiento las sensaciones oscuras no producen horror.
El juego ha terminado, los dos impulsos constituyen el embrión de la condición humana. Podrán ser negados pero aquel que los acepte tendrá en su mano la fuerza motriz del quehacer trágico. La belleza es sublime, es separación y reencuentro.
Más allá del dolor reside la gran esperanza del poeta: hacer prevalecer por encima del triunfo de la muerte, el poder de la palabra.
El título del post de hoy se lo debo a un verso de Victor Hugo. Lo he elegido porque quiero hablarles de abismos y de genios. En particular, aquellos que hicieron del siglo XIX un período histórico que siempre me ha atraído y del que guardo grato recuerdo desde mis tiempos de estudiante de Filosofía: el Romanticismo.
Desde la melancolía que me trajo ayer nuestro joven de Moretto da Brescia, he recuperado un espléndido ensayo de Rafael Argullol titulado El Héroe y el Único. El espíritu trágico del Romanticismo que adquirí allá por el año 84 en un ataque de nihilismo y juventud nietzscheanos que es lo que uno debe tener con diecinueve años. La apostilla de la aclaración y de la edad viene a cuento porque en la actualidad –y habiendo transcurrido bastantes años, algo así como un Aleph 0- mi atracción por el tema no se ha visto disminuida en nada. La única explicación que se me ocurre es que me meo fuera del tiesto lo mismo que si tuviera el pelo por la cintura, me adornara el pelo con una guirnalda de flores y fumara canutos por doquier. En fin, así soy.
En el capítulo dedicado a los dioses románticos, Argullol habla de Dioniso, Apolo, Prometeo y Zeus como aquella teogonía básica que inspira la lírica trágica del movimiento romántico. Ya no son dioses, en el sentido sagrado o religioso, sino “impulsos meramente humanos nacidos de una conciencia poética que, eso sí, tiene una desesperada y frustrada necesidad de aquéllos”. Una vez definida la idea, permítanme que hoy les hable del primero.
El Dionisoromántico encarna la turbulencia, lo que el autor denomina “lo romántico de lo clásico”. Por su naturaleza, Dioniso impulsa la creatividad primaria, desordenada; aquello que se desborda del inconsciente y del sueño, del misterio del sexo y la locura sensitiva. Una estética de la pasión en un espacio sin límites donde coexisten el fondo sin forma y la libertad sin moralidad, lo que Herder definiría como el inicio mítico-histórico de una nueva clase de poética cuya novedad estaría basada en la liberación incondicional de nuestras emociones:
“Lo verdaderamente ditirámbico desciende probablemente de la más remota forma de expresión poética derivada de la sensualidad instintiva en busca de sus objetivos; se dirigía sólo al ojo, al oído, al gusto; siempre hablaba el lenguaje de las emociones, raramente el del intelecto, nunca el de la razón”
Dioniso se sienta en el trono de la poesía y en contraposición con las “luces”, su reino es la penumbra, invitándonos a los hombres a un viaje a los infiernos, a los abismos de la sensitividad y de la inconsciencia donde el afán de totalidad trae consigo el vértigo y el sufrimiento en un ascenso a la cima de la sensualidad y un descenso simultáneo al abismo del dolor. No en vano a Dioniso se le considera la unión de lo que construye y de lo que destruye; el nexo entre la muerte y el amor como en el caso de “intoxicación báquica” de Novalis; la reconciliación de las fuerzas de la luz y de la oscuridad si hablamos de Hölderlin; la culminación del sueño como capacidad de autodestrucción a través de él en Keats o aquel deseo de liberar la exaltación y el sufrimiento que se hallan en la esencia última del ser humano si nos referimos a Leopardi.
Nietzsche dará el gran paso ampliando la naturaleza dionisíaca del hombre afirmando:
“es lícito decir Yo: sólo que esta yoidad no es la misma que la del hombre despierto, empírico-real, sino la única yoidad verdaderamente existente y eterna que reposa en el fondo de las cosas”
porque existe en nosotros, los hombres, un impulso que nos vincula a los abismos de nuestro propio ser, a través de lo misterioso, de lo sexual y lo delirante y a las altas cotas del placer mientras descendemos por los desfiladeros del horror a la muerte.
Porque siempre la tratamos de “tú”, como a alguien cercano, como de confianza. Tan cercana que cualquiera de nosotros hemos disfrutado de su compañía en un momento u otro.
El lienzo que les traigo hoy, lunes melancólico de un pasado fin de semana,modelado en sombra y en olvido, se titula Retrato de un joven y fue ejecutado hacia 1530-40 por Moretto da Brescia. La influencia de Tiziano es innegable en la obra de este pintor, pero si no les importa, asociaremos su nombre con el de otro pintor que ya conocemos, Lorenzo Lotto porque se puede afirmar que sus retratos psicológicos son las obras más fascinantes de la primera mitad del siglo XVI en cuanto a este género se refiere.
Da Brescianos presenta a un joven con la mirada perdida. Se trata de un rico noble italiano lujosamente vestido y aparentemente sentado ante una cortina de brocado, decorada con granadas y claveles. Digo “aparentemente” porque en realidad se encuentra de pie, apoyando su mano izquierda en el brazo del sillón e inclinando ligeramente en diagonal su cuerpo hacia la izquierda. Apoya la cabeza en su mano derecha posando el codo sobre los cojines dispuestos al afecto encima de la mesa. Sin lugar a dudas, la postura corresponde al hombre melancólico . Su estado taciturno, su abatimiento (inclinado como un sauce o un ciprés) nos dan muestra de ello, además de la inscripción en letras griegas que aparece en un letrero cosido al ala de su sombrero adornado éste con una hermosa pluma. La inscripción ha sido traducida como “¡Ay! Pido demasiado”, una divisa, una especie de confesión que el joven nos hace. Íntima, casi escondida. De una tristeza que hace blancos nuestros cabellos.
¿Qué es lo que pide el muchacho? ¿Bienes materiales o el favor de un amor no correspondido? ¿Qué poder alberga la melancolía para que debamos soportar hasta nuestro propio cuerpo?
Modelada en sombra y en olvido, tenías que ser tú, melancolía, quien resucitase…
“A mis costados, sin cesar, se agita el Demonio; flota alrededor mío como un aire impalpable; lo aspiro y siento que abrasa mis pulmones y los llena de un deseo eterno y culpable.
A veces toma (conoce mi gran amor por el Arte) la forma de la más seductora de las mujeres y, bajo especioso pretexto de aburrimiento, acostumbra mis labios a filtros infames.
Me conduce así lejos de la mirada de Dios, jadeante y rendido de fatiga, en medio de las llanuras del Hastío, profundas y desiertas, y lanza a mis ojos llenos de confusión ¡vestidos manchados, heridas abiertas y el parto sangriento de la Destrucción!”
Charles Baudelaire
¿Ustedes, amigos míos, ya tienen su demonio particular? Si no es así, no se preocupen, salgan a la calle a descubrirlo. Siempre hay uno suelto esperándonos mientras nosotros, inconscientes, creemos estar viviendo unas horas más de nuestra vida. Yo tengo uno, lo aspiro y siento que abrasa mil pulmones y los llena de un deseo eterno. No existe en nosotros la culpa: él por su propia naturaleza de ser infernal y yo, por esta inconsciencia que sufrimos los que amamos tanto.
Pasen un buen fin de semana y sigan la recomendación de esta su servidora: séanme felices.
NOTA: el caballo que compró Kokoschka con el dinero de la venta de La novia del viento se llamaba Minden Lo.
Estos versos pertenecen al poema de Juana de Ibarbourou titulado La cita. Como todas las palabras de amor no son otra cosa que una excusa, aquella de la que nos servimos para hacer conocer al otro nuestro deseo. Los deseos nacen sueños, historias irreales a las que damos forma a nuestro antojo. De estos sueños surgen las palabras, los versos torpes con los que queremos atrapar una realidad aún no concebida pero esperada e intranquila como la voluntad de un niño.
Ayer recibí un regalo con aromas de azahar. Con un olor intenso a cuerpos entremezclados, como debe oler el deseo. Ayer recibí un regalo de quien surgiré como una estatua vibrante sobre un plinto negro. Tio Petros me lleva a Sevilla y una vez más comprobaremos juntos que Itaca está allá donde nosotros estamos.
Emile Zola fue representado por Manet en muestra de gratitud por un artículo publicado por el primero en L´Evénement illustré en 1868. El escritor había sido amigo de juventud de Cézanne y siempre había mostrado un gran interés por la pintura. Cuando Manet presenta en sociedad a su Olympia, los críticos se le echan encima. Zola acude a su defensa como había hecho tantas otras veces con otros pintores rechazados por la crítica oficial.
Zola tiene 27 años cuando Manet pinta su retrato en el taller del pintor. Un retrato que no se limita al propio personaje sino que acapara las pasiones que impulsan su pluma: aparece sentado junto a un escritorio sobre el que reposan diversos objetos entre los que podemos distinguir un tintero de porcelana, libros y diversos cahiers, uno de los cuales es el artículo de referencia. El escritor sostiene en sus manos un ejemplar de la Histoire des peintres de toutes les écoles, obra de Charles Blanc.
A pesar de lo que pueda indicarnos su postura, Zola no posa. Piensa. Su estatismo responde a uno de esos momentos en los que la mirada no ve nada y se enreda en el ajetreado laberinto de un pensamiento que va tomando vida al punto que nos arrebata la nuestra. Sobre la cabeza del escritor, una estampa japonesa y quizás el objeto de su pensamiento: la Olympia de Manet como definición de lo bello, de aquello –como decía Baudelaire- que tiene algo de ardiente y triste, esa cosa un tanto vaga que deja su espacio a cualquier conjetura. Voluptuosidad y lasitud; melancolía y saciedad; privación y desesperanza porque “el misterio, el pesar son también caracteres de lo Bello”. Bajo el boceto de la Olympia, a modo de metáfora, se esconde lo que podría considerarse ese estado de embriaguez creadora que ambos artistas comparten y comprenden. El triunfo de Baco de Velázquez es el pretexto del que se vale Manet para hacer ver a aquél que contemple el cuadro, el peligro que encierra la belleza, ese arma de doble filo cuyo carácter demoníaco nos hace aparecer como borrachos dioses de la máscara y del disfraz. Para Rilke, no es más que el comienzo de lo terrible que aún podemos soportar. Para Stendhal, sin embargo, no es más que una promesa de felicidad. El límite siempre culpó al límite, de que la vida estuviera al otro lado.
¿En qué lado están ustedes?
Allá donde se encuentren les espero mañana en La Parte por el Todo. No me fallen.
Todos los estudios concluyen en que la joven representada es Cecilia Gallerani, la amante de Ludovico Sforza, regente de Milán. Como ya habíamos descubierto por nosotros mismos, el peinado y, sobre todo, su mirada esquiva le hacen aparecer casta y pudorosa. Nuestra impresión, además, se ve corroborada por el animal que sujeta entre sus brazos. No se trata de un animal cualquiera elegido al azar. Sin ánimo de generalizar, dudo mucho quecualquier obra de arte muestre elementos (en este caso compartiendo el protagonismo con el personaje principal) al azar.
El animal es un armiño que como símbolo de castidad, refuerza la intención semántica tanto del artista como del propio cliente, como ya veremos. Desde la Antigüedad, el armiño estaba considerado como atributo de pureza por su blanca piel. Además, por llamarse galé en griego, su nombre podría referirse a las primeras letras del apellido de la muchacha (Galle-rani), recurso retórico muy extendido en las cortes italianas. El armiño era, también, el animal heráldico de Ludovico por lo que podía ser identificado con él.
Observen cómo está modelada la musculatura del animal a base de ricos matices y cómo están acentuadas sus uñas extendidas, subrayando así el carácter del animal de rapiña. Es curioso que el significado de este último aspecto sea contrario a su significación religiosa y moral. El simbolismo sexual se hace patente en el cuadro. La garra deja al descubierto la manga hendida de la muchacha como un signo vaginal.
A estas alturas, ustedes ya habrán podido comprobar dónde radica el interés de esta obra. Además de en su cuidada ejecución, lo interesante es el secreto a voces que presenta, rico en ambivalencias y contradicciones de la moral oficial: la mujer debía ser casta, pero al mismo tiempo darse como amante. De ahí, que nuestra joven protagonista, nos muestre su huidiza mirada, primero por timidez (juventud y castidad), por temor a ser reconocida (como partícipe de un hecho pecaminoso) y, por último, porque tiene algo que ocultar (es la amante de un hombre poderoso a pesar de su corta edad).
El fondo del cuadro fue añadido posteriormente con la inscripción a la que hacíamos referencia en el post de ayer:
y no se debe a la mano de Leonardo (de ahí el tono afrancesado de la misma). Literalmente significa “la bella comerciante en hierro”, apodo éste de una querida de Enrique II y nombre que lleva aún en el Louvre, el retrato de una mujer, pintado por Leonardo entre 1485 y 1488.
Llegados a este punto en el que disponemos de las claves de la obra, les recomiendo que pasen de nuevo a la primera fase, es decir, a la mera contemplación del cuadro. Si lo ven diferente, si les gusta más, será que esta serie de post habrá cumplido su objetivo. Si no es así, no crean que han perdido el tiempo, quién sabe, quizás se presenten algún día a un concurso de televisión y ganen muchos millones de euros gracias a la bele feroniere y su armiño blanco.
Cuando comenzaba a perfilar el post de hoy decidí llevar a cabo un experimento: llamé a mi hijo J. de 9 años y le mostré la imagen.
-¿Qué ves? –le pregunté-.
-Una señora que tiene un bicho blanco en brazos.
-¿No ves nada más?
-Sí. La señora era rica porque lleva un collar.
-¿Te gusta el cuadro?
-…
Además de deducir que mi hijo considera que no somos ricos porque su madre no lleva esos collares y de que una madre no debe formular nunca a su hijo ciertas preguntas comprometedoras (y chorras, para qué engañarnos), me percaté de que la visión ante una obra de arte de un niño de 9 años no difiere mucho de la de un adulto. Quizás, tras unos instantes observando con detenimiento el cuadro, pudiéramos ofrecer algún dato más. Quizás, digo, algo sobre que la dama no es una sirvienta (aunque J. ya se percató de ello); que ladea ligeramente la cabeza en un gesto que puede ser forzado aunque aparentemente,a pesar de la torsión,el hombro izquierdo parece relajado o que la primera impresión nos habla de una mujer con un rostro infantil.
Si haciendo alarde de nuestra supuesta madurez, no “nos pica el asiento” y decidimos concederle unos momentos más aobservar la obra, podremos llegar a ciertas conclusiones sobre la desconocida: su peinado, abarcando su rostro adolescente, no es en absoluto descuidado, sino que en forma de cofia y enmarcando su barbilla, reproduce el collar de azabache que recorre su cuello y su pecho. Además, también podríamos aventurarnos a afirmar (porque de esto ya sabemos un rato…) que el serio peinado va acompañado de una mirada que está evitando cualquier contacto con el observador. ¿Por qué una muchacha no querría mirarnos de frente? Se me ocurren tres supuestos: el primero, por timidez; el segundo, por temor a ser reconocida y, el tercero, porque tiene algo que ocultar.
Cuando comenzamos la andadura de esta tercera fase, no hace falta ser muy inteligente (bastan 9 añitos) para reconocer que no disponemos de más datos y concluir que “hasta aquí hemos llegado”.Incluso, haciendo un último esfuerzo, de carácter más visual que intelectual, podríamos afirmar con toda seguridad, que el cuadro, que a primera vista parece un óleo, se titula LA BELE FERONIERE y que un tal LEONARD D´AVINCI lo pintó. Pero, amigos, no me cuadra nada. El título parece francés y el artista se asemeja mucho al nombre de un italiano universal aunque está mal escrito. Vamos al Google. Escribimos leonard d´avinci y nos aparece:
Usted quiso decir: leonard da vinci
Cliqueamos (más que nada por no hacerle un feo al tío que escribió eso) y nos aparece la página con las entradas al polifacético renacentista.
Algo es algo pero “hasta aquí puedo leer” y es aquí, precisamente, donde empezamos a sentir placer con una obra de arte, en el momento justo en que damos con las respuestas del secreto que guardan. ¿Me acompañan?
“Las formas bellas son superficies planas con redondeces” Ingres
Ingres: Detalle de Júpiter y Thetis
Los contemporáneos del francés afirmaban que su Gran Odalisca tenía tres vértebras de más y que el cuello de Thetis era demasiado largo. ¿Demasiado largo?: “un cuello de mujer no es nunca lo bastante largo” –nos reprocharía-. Las líneas que quizás nosotros encontremos exageradas no son para el artista más que correcciones de la naturaleza por sí misma, punto éste al que Baudelaire criticaría con su demoledor estilo: “aquí (en los modernos), tenemos un ombligo que se extravía en las costillas, allí un seno que apunta al sobaco”. Lo que está claro es que Lempicka hacía oídos sordos a estos y otros reproches y en sus obras puede contemplarse la exaltación de espaldas, muslos, caderas y brazos que, como buena alumna, ha atesorado para sí de su maestro.
La identificación llega incluso a reproducir en más de una ocasión una deformación típica del francés como en el caso de Andrómeda con respecto a Angélique: la misma carnosidad, las mismas deformaciones en brazos y cuerpo e, incluso, el mismo bocio, hipertrofia de la glándula tiroides que las predispone a una vida sexual especialmente activa.
Mujeres que esperan el placer o se recrean en su recuerdo. Individualidades que en su voluptuosidad nos alertan entremezclando sus cuerpos desnudos mientras se acarician y se huelen. Heroínas del erotismo creadas desde la mirada de Lempicka, desde el secreto más oscuro de la ancianidad de Ingres.
Alrededor de estas formas perfectas, merodea el deseo.
“No hay nada tan excitante, tan sutil, tan ´ingresco´ como el momento en que se establece una perfecta armonía entre un cuello y un collar, entre un terciopelo y un trozo de carne desnuda, entre un chal y un mechón de pelo; como la línea de encuentro entre un comienzo del pecho y un escote, entre un brazo y un guante alto. Si los retratos de mujeres tienen una irradiación particular, es porque, como los desnudos –si bien con menos franqueza- proceden de la luz del deseo” Gaétan Picon
Tamara de Lempicka: Mujeres bañándose, hacia 1929
Los cuerpos desnudos femeninos tanto de Ingres como de Lempicka ignoran el deseo que suscitan. Las miradas, las zonas desnudas del cuerpo o las ropas ceñidas fundidas en una segunda piel despiertan el deseo sin saberlo. Ambos artistas impregnan sus trabajos con una gran dosis de erotismo y de sensualidad, pero mientras que Ingres disimula constantemente la suya propia, Tamara la proyecta. El poder de la carne se mezcla con la tela; los hombros y los brazos resultan tan sutiles como los terciopelos y las sedas y, los pliegues de los tejidos se confunden con los pliegues de la piel. Parafraseando al célebre Picon, podría decirse que no es tanto el cuerpo quien parece querer manifestarse en cualquier momento sino que es el vestido quien, a punto de caer, retrocede a la vista de su aparición triunfante.
El perverso ingrismo de Lempicka invade muchas de sus obras: retratos de mujeres en los que uno no sabe dónde comienza la carne y dónde termina el vestido como en el caso de Retrato de Ira P. o en los que la modelo parece tatuada por los encajes transparentes que la envuelven al igual que una criatura de Botticelli como en el caso de Nana de Herrera . El vestido de tirantes del retrato de Mrs. Alan Bott nos revela más que lo que oculta y la consonancia plástica que Tamara tan bien maneja queda patente entre el respaldo del sillón y el cuello de piel de la baronesa Renata Trévès .
J.A. Ingres: Baño turco, 1862
Por su parte, Ingres, burgués y decoroso, defensor de la tradición y del orden establecidos se llevaría las manos a la cabeza si hubiera sabido que la desvergonzada polaca, la marginada como gustaba proclamarse, se habría sumergido en su Baño turco para inspirarse en sus grupos de desnudos. Su obra maestra, pintada a la edad de ochenta y dos años, constituye el erotismo puro tanto en su forma como en su contenido: cuerpos desnudos de mujer formando una masa compacta y circular. Sensualidad cerrando un círculo como un himen inmenso.
Y ella hizo el milagro. Su objetivo en la vida consistía en tener éxito y prosperar. Tal y como revelara su hija Kizette en el libro de memorias dedicado a su madre, Tamara de Lempicka se había propuestocomprar un brazalete tras cada dos cuadros vendidos, hasta estar cubierta de joyas y diamantes desde la muñeca hasta el hombro. Nada ni nadie haría que la “pequeña patata caliente”polaca desperdiciara una sola oportunidad para hacerse un nombre. Para conseguirlo debía elaborar la receta con los ingredientes necesarios y, para comenzar, habría de definir su estilo.
El vanguardismo, sinónimo para Lempicka de “ser un muerto de hambre”,estaba demasiado expuesto a fluctuaciones como para seguir por su camino y lo que hace, entonces, es entregarse a una mezcla sutil entre el postcubismo y el neoclasicismo (de moda en ese momento), con un toque del genial Ingres. ¿Por qué Ingres? Dos razones poderosas daban respuesta a la incógnita: por un lado satisfacía sus propios impulsos eróticos y, por otro, satisfacía los libidinosos sueños de su futura clientela con poder de compra, a saber, la burguesía.
Ingres: detalle de Angélica, 1819
A través de su amigo André Lhote, Tamara aprende a conocer y a apreciar a Ingres, al pìntor que demostró ser tan erótico como ella misma y para la aventura, la diosa de ojos de acero, hace su apuesta y gana. Uno y otro comparten la misma perversidad que dará como resultado el que los críticos se entusiasmen con sus obras proporcionándole así la publicidad tan anhelada. Sin embargo, diferencias conceptuales hacen diferentes sus obras. Ingres estaba ligado al arte virtuoso (no es éste el caso de Tamara) y a las formas puras de Rafael. La terrible consciencia del significado de “pecado” le convertía en un ser moral en su esfuerzo por dominar los sentimientos de concupiscencia que las imágenes de sus damas pudieran suscitar.
A Tamara no le importa lo más mínimo el sentido del pecado. No le importa en su vida privada, mucho menos en sus obras. Sin embargo, por razones radicalmente opuestas, el resultado de ambos artistas confluye en un lugar común: la hipocresía, una “virtud” terriblemente eficaz para los dos. Pero de eso ya seguiremos hablando mañana.
A penas una luz tenue sobre la pobre habitación de una sirvienta. Todo está desordenado a su alrededor, varias prendas y objetos domésticos cuelgan de una pared de ladrillo o de un tosco taburete y algunos objetos personales constituyen la única decoración de la estancia. Todo está revuelto y huele a humedad. En el centro de la imagen, una mujer sentada en el borde de una cama deshecha, aparece vestida tan sólo con un camisón. Se afana por atrapar la pulga que al parecer se encuentra bajo uno de sus pechos. En el intento, deja al descubierto sus brazos vigorosos, su redondeado hombro y sus carnosas rodillas. Ajena a nuestra presencia, la joven sirvienta se empeña en la captura de la molesta criatura mientras el espectador, a su vez, captura la perfecta intimidad de la escena para admirar y hacernos poseedores, en secreto, de la inocencia de la muchacha, inocencia que no nos pertenece. ¿Por qué no puede tratarse de la hermosa Venus? ¿Acaso el perro acostado sobre la cama o las rosas del jarrón junto al recipiente de maquillaje no podrían ser lejanas reminiscencias de esa identidad?
Nosotros decidiremos, pues, espías de lo íntimo, desde nuestra privilegiada perspectiva, qué deseamos contemplar desde el agujero de nuestra cerradura. El arte es curiosidad y tenemos hambre. De eso no hay duda.
En puertas ya de un espléndido fin de semana, les dejo esta imagen tan bella y tan comestible. Se trata de un manjar que conviene degustar en caliente aunque previamente haya que manipularlo para que expulse el líquido casi amargo que contiene en su interior. No es necesario quitarle la piel, eso sería una aberración por nuestra parte, simplemente basta con una buena limpieza debajo del grifo.
Para saber si el producto está en condiciones para ser ingerido, basta con comprobar si su piel está tersa y su corpus duro, bien duro. Estas dos características constituyen la base de su éxito gustativo.
Sobre el tamaño no hay una opinión unánime. Los hombres dicen que no importa su tamaño, por el contrario, las mujeres las preferimos grandes y cuanto más consistentes mejor, por aquello de que nos dure para otras ocasiones sin perder ninguna de sus propiedades principales.
Un consejo más, aunque arriba les comentabaque es preferible su consumo en caliente, les diré que puede ingerirse también en frío aunque naturalmente es menos placentero porque en la boca se producen unos extraños vacíos que obligan a trabajar más la mandíbula y con mayor rapidez.
Espero que les haya gustado el producto. Se lo recomiendo encarecidamente. Eso sí, les propongo compartir este plato con otra persona de confianza, de esta manera uno pone la materia prima y el otro cocina.
Cuando tengo un nuevo post en mente, lo primero que hago es acudir a la web para capturar la imagen que me parezca más apropiada en cuanto a dimensiones, colores y nitidez. En este universo al alcance ya de muchos, Dante lo hubiera tenido difícil: las cosas no son siempre como se nos muestran y en cuanto a imágenes se refiere, le hubiera resultado penoso discernir entre el paraíso, el purgatorio y el infierno.
Hoy quería hablarles de una obra de Jan van Eyck titulada Retrato de Jan de Leeuw. Como es mi costumbre he acudido a mi particular museo virtual y compruebo atónita que me han robado. Sí, robado. Pero no sólo a mí, sino a todos ustedes también. Me explico.
De la obra en cuestión, me interesaba más que el lienzo, el marco. No es que la edad me haga delirar, ni tan siquiera he pasado mala noche, ni tengo enfermo a ninguno de mis vástagos, de ahí que el post de hoy no verse ni de Tita Cervera ni de la real familia. El robo se explica porque las imágenes que se ofrecen de la obra aparecen sin marcoy sin él, no tengo post. Solucionado este punto, gracias a una dosis de paciente búsqueda y al photoshop, comienzo con el mismo.
El hombre del lienzo, ricamente vestido, nos dirige una mirada penetrante. Acostumbrados como nos tiene van Eyck a los detalles, la descripción de los rasgos faciales del retratado es minuciosa: boca carnosa, cejas bien definidas, el nacimiento del pelo apenas visible bajo el cubrecabezas…
La mano izquierda se encuentra en reposo y, la derecha muestra un anillo que alude a la profesión del caballero. Jan de Leeuw era uno de los mejores orfebres de Brujas, un burgués que quiso ser inmortalizado gracias al arte.
Hasta aquí el lienzo que, como les decía al comienzo del post, es lo menos interesante de esta obra. Lo que me llama verdaderamente la atención es el marco.
No se trata de un marco corriente ya que fue pintado por el propio artista. Fingiendo metal, rodea el marco una inscripción en verso que nos informa, además del nombre del artista y la fecha de ejecución, de la identidad y hasta la fecha de nacimiento del retratado. Curiosamente, valiéndose de un original recurso, el apellido no está escrito sino figurado mediante un pequeño león. La inscripción es perfectamente legible:
JAN DE (LEEUW) OP SANT ORSELEN DACH DAT CLAER EERST MET OGHEN SACH 1401 GHECONTERFEIT NU HEEFT MI IAN VAN EYCK WEL BLIICT WANNWEERT BEGA(N) 1436
y de ella podemos deducir el impulso que mueve al artista hacia una perfección del resultado: según la inscripción, la fisonomía del orfebre no ha sido “retratada” sino “gheconterfeit”, imitada, aludiendo a la absoluta fidelidad con que ha sido representado.
Siempre más allá, exquisitamente más allá –diría yo-, van Eyck pinta o mejor “graba” de forma ilusoria las palabras alrededor del marco. Las del borde inferior se encuentran al revés por lo que para seguir leyendo uno tiene que coger el cuadro e irle dando la vuelta mientras lee.
¿Comprenden ahora porqué era tan importante mi marco? Porque sin él, el cuadro no está completo al tratarse no sólo de una superficie pintada sino de un objeto tridimensional que además de contemplar podemos tocar.
Como las joyas creadas por el mejor orfebre de Brujas.
pd. Para mañana les tengo preparado un post de lo más jugoso.
Despidamos la semana con una imagen y dos poemas de Ángel González que espero sean del agrado de todos ustedes y, en especial, de mi estimado Herri Otrow, para resarcirle de los versos de algún poeta mediocre.
ESO ERA AMOR (1969)
“Le comenté:
-Me entusiasman tus ojos.
Y ella dijo:
-¿Te gustan solos o con rimel?
-Grandes,
Respondí sin dudar.
Y también sin dudar
Me los dejó en un plato y se fue a tientas.”
CANCIÓN, GLOSA Y CUESTIONES (1983)
“Ese lugar que tienes,
cielito lindo,
entre las piernas,
ese lugar tan íntimo
y querido,
es un lugar común.
Por lo citado y por lo concurrido.
Al fin, nada me importa:
me gusta en cualquier caso.
Pero hay algo que intriga.
¿Cómo
solar tan diminuto
puede ser compartido
por una población tan numerosa?
¿Qué estatutos regulan el prodigio?”
Pásenme un buen fin de semana. Empléenlo en lo que les produzca mayor placer:
una buena mirada al mundo desde un jardín púbico no estaría nada mal.
Eso sí, comprueben antes que en el jardín no haya nadie más.
Las mujeres también sabemos pasar un buen fin de semana. Si en el post del viernes pasado mis amigos lectores disfrutaban con un buen escote literario, la imagen de hoy nos propone, amigas lectoras, otra forma de disfrutar… y que nadie me acuse de sexista, que este divertimento puede compartirse. Tío Petros y yo lo practicamos: tenemos nuestros ordenadores en red.
Séanme buenos.
nota: no se olviden de consultar la lista de ganadores del post anterior (La parte por el Todo)
Me van a permitir la licencia que me he tomado hoy a la hora de titular el post de forma menos poética que lo acostumbrado, pero es que al Sr. Brueghel le hubiera parecido bien.
Los pintores, como cualquier otro ser humano, pueden reconocerse también en aquello que no pintan. Brueghel no pintó ningún retrato ni ningún desnudo. A contracorriente de la moda impuesta en el Renacimiento, el cuerpo humano desnudo era uno de los temas más pintados. El cuerpo perfecto, la belleza ideal. El hombre debía ser más perfecto que la propia naturaleza. Nada de esta idea podemos encontrar en Brueghel, por el contrario, sólo sus famosos demonios aparecen desnudos, los hombres están siempre vestidos y se mueven de tal forma que no es posible apreciar los contornos de sus cuerpos. Los hombres de Brueghel son el Hombre. La idea de individuo –tan renacentista ella- no tiene cabida en su ideario estético.
Si uno pasea (más bien, mariposea) por la obra de este genial artista, podrá deducir el gusto o tendencia de Brueghel por pintar labriegos, hombres del campo,en general y se percatará de que el campesino es un ser ocupado exclusivamente en satisfacer sus necesidades más urgentes o más bajas, llámenlo como quieran. Sin embargo, quien no se conforme solamente con mariposear y observe los lienzos más detenidamente y, sobre todo, con más cariño, llegará a la conclusión de que más que hacer reír a un espectador cultivado, lo que Brueghel pretende es enseñarnos que en esto de las bajezas, todos los hombres somos iguales.
En su lienzo titulado En Jauja, se pone en evidencia la necesidad universal de comer.
Universal porque junto al labriego yacen dormidos un noble caballero y un erudito, cada uno en un lecho distinto, cada uno en su lugar. El noble, observen, duerme sobre una almohada, el erudito sobre su abrigo de piel y el campesino sobre el látigo de trillar. Los tres han atravesado la montaña de masa para beber vino, comer huevos, carne y pollo antes de echarse a la bartola a dormir.
Hasta aquí la primera parte del exabruptario título de hoy. Pero como todos sabemos, y Brueghel también lo sabía, tras el proceso digestivo se concluye con un acto evacuatorio.
En varios lienzos pueden verse figuras masculinas junto a muros dando la espalda al espectador, como en el caso de La matanza de los inocentes , Día sombrío o El censo de Belén ; o incluso en cuclillas con el culo al descubierto como en su famosa La urraca sobre la horca . Les emplazo a que descubran a estos tan humanos personajes. Recalco lo de “masculinas” porque la indiscreción de Brueghel tenía un límite: omite a las mujeres y nunca estas acciones son representadas de manera que parezca un espectáculo (¿Acaso no cerramos nosotros, hombres del siglo XXI, la puerta del baño cuando vamos a orinar o defecar?).
Que Brueghel optara por pintar estas acciones lo distingue de casi todos sus contemporáneos, sobre todo de los llamados romanistas. Si éstos acentuaban todo aquello que distingue al hombre del animal, Brueghel, por el contrario, pone de relieve lo que tienen en común: el lado natural del hombre y lo que hace de él una criatura.
Ya ven, amigos, todos los hombres debemos de atender, irremediablemente, nuestras necesidades más urgentes. Todos, sin excepción, comemos, cagamos y orinamos. Incluso la Schiffer.
César Vallejo, “La copa negra” en Los heraldos negros
El 1 de junio de 1841 fallecía a bordo del vapor que le traía de regreso de su viaje a Palestina, David Wilkie , gran amigo y colega de Turner. Llegado al puerto de Gibraltar, el navío se ve obligado a seguir su camino de muerte y no puede atracar por la negativa de las autoridades ante el temor a la peste que está haciendo estragos en el Próximo Oriente. El cadáver del escocés es sepultado, esa misma noche, en el mar.
En 1842 pinta Turner este óleo sobre lienzo a modo de elegía por la muerte de su amigo. La escena está dominada por una luz turbia y mortecina que cielo y agua recogen con la fría claridad de la muerte. Sólo un punto cálido se concentra en el centro mismo del cuadro coincidiendo con la sepultura de su gran amigo, al descender su cuerpo al agua, iluminado por el fuego de las antorchas.
El luto del casco del barco se rompe en dos por el cono de luz. Como el corazón de Turner. Como el corazón de cualquiera de nosotros ante cualquier tipo de orfandad y abandono. De todo el cuadro, las dos velas negras de proa se destacan de forma especial. Su nítido contorno contrasta con la difuminación de todo aquello que vemos. El reflejo de la embarcación en el agua se extiende peligrosamente hacia nosotros, espectadores mudos del velatorio: la muerte vendrá a recogernos tarde o temprano porque la tierra tiene bordes de féretro en la sombra.
Hoy les presento una historia inacabada. Entiéndanme, no se trata de que la obra –en este caso un óleo sobre tabla- no esté terminada, sino de que la historia que narra queda en suspenso. Pero si les parece, hablemos de esto un poco más tarde, tras una breve introducción.
Gerard Terborch pertenecía a la generación de Vermeer, magnífico artista del que ya hemos hablado en más de una ocasión, y encarnó la última fase importante de la pintura holandesa de género. A partir de mediados del siglo XVII, el cuadro holandés de género y sociedad experimentó ciertos cambios. Desde el punto de vista formal la importancia dada a los materiales y al tratamiento de superficies era prioritaria y, desde el plano temático, se observa una preferencia por los ambientes nobles, prácticamente cortesanos. Desde este punto debemos contemplar hoy La carta rehusada, ejecutada por Terborch hacia 1655.
Como es nuestra costumbre, pasemos a detallar qué vemos: un hombre joven, ataviado con un pintoresco uniforme de soldado, ha sido recibido por una dama en una estancia burguesa para entregar una carta. Se trata de un mensajero, sin lugar a dudas. Si nos ocupamos en contemplar el gesto de la dama, pronto advertimos que éste no deja de ser un tanto extraño: la mujer retrocede ligeramente y esconde la mano en lugar de adelantarla para coger la carta. La criada muestra su sorpresa, expectante ante la actitud de su señora. El perro, cómodamente tumbado entre terciopelo, ladra al mensajero.
Si perteneciéramos a la sociedad de la época, podríamos interpretar las claves sin dificultad. Se trata, a todas luces, de una carta de amor. Nos lo dice un objeto presente en el fondo del cuadro: la cama. A pesar de ello, nuestra joven dama camina por los senderos de la virtud, como demuestran los objetos que se encuentran sobre la mesa: el lavabo y el cepillo simbolizan limpieza y pureza aunque, el espejo y el collar de perlas nos dicen que la dama no carece de un puntito de vanidad.
Como expertos observadores que somos ya, no se nos puede escapar que este óleo nos está contando una historia, pero la narración se ha convertido en cuadro en un momento de la acción en que se ha producido una pausa; como si Terborch jugara con nosotros, espectadores ávidos de información, y hubiera congelado la imagen de su película.
¿Qué hará el mensajero con la misiva? No lo sabemos, la dama se encuentra reticente a aceptarla y la criada espera expectante la decisión de su ama. Dada esta situación, el climax de la historia no se ha podido alcanzar y en este punto podríamos hablar de un “punto de naturaleza muerta” característica de la pintura holandesa en la que todo, objetos y personajes, parece haberse detenido.
Dejemos, pues, que la narración continúe en cada uno de nosotros, mientras tanto, mantengamos los cinco sentidos atentos y despiertos.
Si me lo permiten, para que el desenlace sea más sugerente, yo por mi parte estoy convencida de que la dama no va a coger la carta. Su fidelidad queda demostrada por algo que Terborch se encarga de colocar en el cuadro mismo. ¿Saben de qué les hablo?
Miércoles 18 de enero: efectivamente, como apuntaba ayer en su comentario Francisco, se trata del perro. No deja de ser una interpretación propia... El perro desde la Edad Media, se ha considerado símbolo de fidelidad y ha sido asociado, en la mayoría de los casos, a la figura femenina (fidelidad conyugal). Si observan con detenimiento, el perro ladra al mensajero de la misiva de amor, pero está seguro dentro de la estancia: continua acostado sobre el taburete de terciopelo aunque avisa, con sus ladridos, al intruso. En fin, amigos, el amante en cuestión tendrá que esperar por más tiempo a su amada.
Hay deseos que nadie plasma por escrito en su carta a los Magos. Deseos no solicitados expresamente pero al fin y al cabo deseos. Un año más, sin pedirlo, el Rey Palimp , aquél que vive en Oriente, me ha dejado un presente. Un hermoso regalo de amistad que no se encontraba debajo del árbol, sino dentro de esta máquina que nos acerca a todos. Mientras escucho Moon River interpretado por Louis Armstrong cuelgo este mensaje de gratitud y les hago partícipes del presente. Los que me conocen sabrán leer entre líneas .
Gracias a todos por vuestras felicitaciones, gracias a tí, Palimp, por lo que nos regalas a todos, todos los días.
nota: para que nadie ponga en duda la magia y la inteligencia de este Rey, les haré una confesión: la performance data del mismo año de mi nacimiento.
Este óleo sobre lienzo fue ejecutado en 1763 por Joseph-Marie Vien como encargo directo de Madame Pompidou. Es una obra cuya temática me sorprende y conmueve. Espero que los Magos dejen un cestillo como ése a quien haya solicitado este regalo, mientras tanto les dejo la imagen para su disfrute.
Yo, por mi parte, obtendré de los tres Reyes un regalo que no quiero dejar de recibir: un año más.
Soy afortunada… me lo traen de muy, muy lejos.
Séanme buenos, que los tres de Oriente todo lo ven.
Hoy, veintinueve de diciembre, mientras escucho Les avions en papier escribo estas líneas para decirles que esta tarde recibo un regalo –a modo de encuentro- de Navidad. No concibo mejor regalo ni mayor alegría.
Hoy, veintinueve de diciembre, voy a conocer a Palimp .
Hoy finalizamos con la serie de post dedicados al vino en la obra de Vermeer. La obra que hoy vamos a contemplar se titula Caballero y dama tomando vino y observen cómo el artista nos obliga, como testigos mudos de nuevo, a alejarnos aún más de la escena representada de tal forma que las figuras que la componen no advierten nuestra presencia. Dejémoslo estar…
La distancia a la que hago referencia arriba nos permite contemplar en esta ocasión el suelo de la estancia. Se trata de un embaldosado que forma un tablero de ajedrez tan famoso en la obra de Pieter de Hooch que sin duda el pintor de Delft se inspiró en ellos cuando ideó la obra de hoy (les dejo cuatro ejemplos para que puedan comprobarlo: uno , dos , tres y cuatro ).
En el lienzo de hoy, es el caballero quien sirve vino a la mujer para que ésta, y permítanme ser mal pensada, relaje su resistencia. Su mano sostiene el asa de la jarra, de una jarra de porcelana que es leitmotiven tantas otras obras de Vermeer como En casa de la alcahueta, Joven durmiendo, La clase de música (Caballero y dama tocando el virginal), La muchacha con el vaso de vino (La dama con dos caballeros) oLa clase de música interrumpida . En la escena que hoy contemplamos, la jarra se sitúa en el centro del cuadro (hagan dos ejes imaginarios y compruébenlo) y es imposible ignorarla. El caballero contempla a la joven dama que ya se ha llevado a la boca la fina copa de cristal que cubre su rostro a modo de máscara.
Por los objetos que se encuentran en la sala podemos deducir que está a punto de comenzar una deliciosa velada musical. El laúd sobre la silla y las partituras sobre la mesa nos dan fe de ello. La penumbra parece adueñarse de la habitación gracias a una contraventana cerrada situada al fondo a la izquierda. Aunque este detalle pueda parecernos de escaso interés, todo en Vermeer tiene un sentido y contiene una clave que debemos descifrar. En La tasadora de perlasel artista confiere al cuadro la misma intensidad de luz utilizando idéntico recurso. Parece ser (ya saben que esto no es ciencia como mi querido Tio Petros quisiera), que con él se alude al Libro de los Proverbios 4,19 en el que se dice que el camino de los impíos es tenebroso. Es decir, aquí está ocurriendo algo que ha de ocultarse a la luz del día. Esta explicación también tiene su base en el Universal Lexikon de Zedler, donde se asocia la oscuridad de una habitación con la infidelidad conyugal basándose a su vez en Job 24,15 :
“El ojo del adúltero el crepúsculo espía: ningún ojo –dice- me divisa”
Si ahora dirigimos nuestra discreta mirada y recuerden, silenciosa, hasta el foco de luz de la estancia, es decir, la ventana, en ella, semiabierta (tal y como la joven dama debe de empezar a estar), podemos ver un cudrilóbulo que alberga un contenido moral bastante especial. Además de la figura del escudo de Jannet-je Vogel, fallecida en 1611, primera esposa de Moses J. Nederveen, vecino éste de Vermeer, encontramos un motivo simbólico que se remonta a una ilustración del libro de emblemas de Gabriel Rollenhagen de 1611 titulado Nucleus Emblematum donde se representa a la templanza con sus dos atributos: la escuadra como símbolo del recto obrar y la brida, símbolo del control de los afectos. Si además de estas claves, atamos cabos escénicos, podemos observar cómo la ventana se encuentra exactamente en el eje visual de la muchacha, sin duda, a modo de prevención y de guía del camino que debe seguir.
Podríamos hablar más extensamente de los tipos de bebidas o “filtros de amor”, incluso del poder de la música imprescindible en estos lances amorosos, pero descansemos, y dejémoslos para otros post, cuando la Musa duerma, ahora, amigos, a disfrutar, y por supuesto, a beber.
Como comprenderán, una vez que las fieras diminutas, es decir, mis hijos, comiencen el período vacacional, mi ritmo de posteo bajará hasta cotas insospechadas pues la infancia de la que soy responsable tiene la virtud de transformar todo mi tiempo en un agujero negro, incluso –y no me malinterpreten- en un himen inmenso (parafraseando a algún poeta al que admiro) que todo lo traga: hasta la vida de este blog. Así pues, hasta que me dejen.
Si en el post de ayer abandonábamos a una joven dama en los brazos de un delicioso sueño, en la obra que hoy quiero mostrarles la muchacha, aún despierta, es seducida mediante el vino. En El soldado y la muchacha sonriendo, Vermeer retoma la temática de La joven durmiendo . Así como en esta última obra la situación aparece aislada de cualquier contexto narrativo, en El soldado y la muchacha sonriendo, el artista representa sin escrúpulos el proceso de la seducción gracias al vino.
Un caballero con sombrero de ala ancha se encuentra sentado ofreciéndonos su espalda y una parte de su rostro aparece oscurecida por la sombra. La mano derecha, apoyada en su cadera, sueña seguro con posarse en otro lugar propiedad de la joven. No nos precipitemos, todavía está conversando con una muchacha que le sonríe con la luz que la pañoleta blanca confiere a su rostro. El tamaño del caballero comparado con el de la muchacha, otorga al galán un punto de dominio: Su poder acaba de servirlo en la copa que la dama sostiene en sus manos. Las sombras proyectadas en uno y la luz de la ventana y el pañuelo sobre la cabeza de ella nos hablan de las intenciones del caballero: el poder de uno; la pureza y la ingenuidad de la otra. Pero dejémosles solos, nuestra cercanía puede perturbarles…
Si me lo permiten, acompáñenme a otra estancia contigua de la casa. Esta vezguardaremos una distancia respetable y contemplaremos una situación más explícita si cabe de la seducción mediante el vino.
En La muchacha con el vaso de vino o La dama con dos caballeros presenciamos una escena similar a la que Vermeer nos describía en En casa de la alcahueta con la diferencia de que en esta ocasión, la persona que presta los servicios de alcahuetería es el caballero sentado al fondo. La situación representada no difiere mucho de lo que hemos visto hasta ahora, pero se dan varios detalles que hacen de este lienzo algo especial.
Lo primero, advertir que, aunque a distancia (los personajes no aparecen recortados en la composición), nos encontramos –nosotros, los espectadores- en la misma estancia que los representados y, como testigos de la historia que se narra, la joven nos mira, sonriendo, mientras que con su mano derecha sujeta la copa de fino cristal y sus oídos seguro se deleitan con las palabras que le susurra el caballero. ¿Por qué nos mira?, ¿acaso espera nuestro beneplácito?
El segundo detalle y que puede pasarnos desapercibido, es la presencia de otro personaje más en la sala. Quizás la muchacha tampoco se haya percatado de ella, quizás la muchacha nos sonría porque sepa que está ahí presenciándolo todo.
La figura a la que me refiero es la representada en el cuadro colgado en la pared solitaria: el marido. Ausente en la realidad pero presente y admonitorio en el cuadro. ¿Será casualidad que su mirada se dirija a la joven dama? Fíjense bien y hagan sus conjeturas.
Una muchacha borracha durmiendo nos presenta a un ama de casa y no a una criada, a juzgar por el elegante vestido, con el gesto de apoyar la cabeza en la mano siguiendo la tradición de la acedia, de la ociosidad como consecuencia del vicio de la bebida al que alude la jarra que el pintor coloca en primer término.
Observen la forma en que Vermeer trata la composición del lienzo: pocos objetos, ninguna figura más. Sólo la mujer aislada de cualquier actividad y silencio, mucho silencio. Si bien podríamos imaginar que la mujer se encuentra melancólica o pensativa, la copa que tiene ante sí nos aclara este punto. El tema de la acedia se explicaba en la teología de la Edad Media como uno de los vicios del ser humano, considerándolo, incluso, como pecado mortal. Las autoridades eclesiásticas, en esa época, promulgaban un principio ético de trabajo estricto y de alguna forma ascético, con normas que también se proyectaban al trabajo casero. La violación de estas normas por las amas de casa como la de nuestra obra, era considerada un pecado contra la ley divina.
La acedia era una de las consecuencias de la embriaguez. El sueño, consecuencia de –y permítanme la expresión- levantar el codo, provocaba el descuido de los deberes y el orden “divino” de la casa se encuentra fuera de control. De nuestra ama y señora de Vermeer, sabemos algo más. Celebrando un sueño reparador fruto del vino de la jarra colocada en primer término, el ama de casa guarda un secreto: un secreto de amor extramatrimonial. El cuadro que cuelga de la pared, aunque difícilmente reconocible por la sombra, hace de clavis interpretando, ofreciéndonos un indicio del contexto erótico. Vermeer pinta (el cuadro dentro del cuadro ¿les suena?) un lienzo de Cesar van Everdingen que representa un angelote o un Eros en miniatura con una máscara, símbolo de la simulación. La consigna se remonta a otro emblema de Otto van Veen que decía así: “El amor requiere rectitud”.
Otro elemento que apunta al carácter erótico del cuadro es la bandeja de frutas a modo de naturaleza muerta (las frutas del mal) y el huevo que aparece junta a ella, envuelto entre telas, símbolo de que hay que frenar la líbido. Sin duda, el artista conocía estas claves gracias a la literatura antigua, claves citadas por literatos de su época con fines pedagógicos. Entre ellas se citaba un antiguo refrán que, amigas, no tiene desperdicio:
Mulier si temetum biberit domi ut adulteram puniunta
que, sin apenas conocimientos de latín, podemos traducir como “si una mujer bebe vino en casa, ha de ser castigada como una adúltera”.
En fin, amigos lectoras y lectores, aplíquense el cuento y tengan en cuenta las primeras que no deben beber del dulce vino en casa propia ni ajena porque atentarán contra la ley de Dios y, los segundos, que si vienen de trabajar y encuentran a su esposa de esta guisa, lo mejor que pueden hacer es calentarse la comida en el microondas y regarla con el escaso vino que encuentren en la jarra. Aunque yo les confieso una cosa: si el placer del vino se comparte con el otro no habrá frutas ni huevos entelados que puedan frenar nada porque el sueñollegará a ser más que reparador.
Durante la pasada semana, ya saben, ese puente infinito de infinitas posibilidades, Tio Petros y una servidora estuvieron en Valladolid. Una de las mañanas, la dedicamos a visitar y conocer las entrañas de una bodega de vinos de la Ribera del Duero. El vino nos apasiona. La buena comida debe ir acompañada siempre de un buen vino: La conversación fluye por sí sola, el talante (¿dónde habré oído yo esta palabra…?) se suaviza y el temperamento se dulcifica. El vino, además, nos produce un estado de atontamiento tal que puede hacer que empresas en principio arriesgadas, lleguen felizmente a buen término. Vermeer trató el tema del placer que proporciona el vino en varias de sus obras y me gustaría compartirlas con ustedes, amigos míos, sirviéndonos una copa invisible digna del mejor traje del rey ideado por Molière.
En casa de la alcahueta, nos muestra la venalidad del amor. La mujer de mejillas sonrojadas por el vino, está abriendo la mano para recoger las monedas del pago por los servicios prestados al caballero con sombrero de plumas y jubón rojo bermellón. Tras él, la alcahueta vestida de negro sigue con atención el desenlace de su intermediación. “Va por buen camino…” pensará la anciana, y si no, fíjense en la mano izquierda del caballero que paga. Sin duda alguna, el vino ha hecho que se le caiga la mano… y esperemos, por el bien de la empresa, que no se le caigan miembros más imprescindibles en estos lances. Nunca se sabe…
En el post de ayer dejamos a nuestro hombre inclinado sobre la mesa donde reposa su codo. Frente a la tranquilidad del adolescente que proporciona una impresión de duración, la inestabilidad del hombre despierta cierta sensación de momentaneidad. La diagonal que resulta de su postura inquieta viene reforzada por su mirada inquisitiva y un raro mutismo en el gesto de sus manos. Mientras que con la derecha, apoyada sobre su pecho, denota quizás un signo de sincerità (ponemos la mano en el corazón cuando queremos hacer ver que somos sinceros), la izquierda está extendida sosteniendo la dorada garra de un animal.¿Qué nos quiere decir el caballero con este detalle?
Es patente la agresividad con que se nos muestra la garra, tan extendida que parece que va a arañar. A pesar de su pequeño tamaño frente a la imponente figura masculina, la garra está dotada de una luminosidad que contrasta firmemente con el oscuro atuendo de quien la porta. Sin duda alguna, en esa pequeña insignificancia se encuentra escondida la clave del cuadro.
Ya saben que a la hora de interpretar una obra de arte y más si estamos hablando de simbolismo pictórico, sólo existen acercamientos más o menos certeros pero no una verdad matemática de ésas que tanto gustan a Tio Petros . La verdad en arte se insinúa como la mirada de una buena amante. Pues bien, acerquémonos sigilosamente hacia ella.
La garra podría significar, en una primera instancia, el símbolo del atributo de la profesión del representado. En este caso, podríamos imaginar que puede tratarse de un escultor o de un orfebre en relación con un nombre concreto. Así, la garra de león podría referirse a Leone Leoni, fabricante de medallas cuya predilección por los emblemas y divisas era famosa, escogiendo al león como alusión a su nombre y motivo heráldico.…y hasta aquí puedo leer porque aunque personaje y pintor coincidieron en el mismo tiempo en Venecia, la afirmación rigurosa del hecho no puede mantenerse con los datos de los que se dispone.
En una segunda instancia, la garra del león podría interpretarse como una alusión oculta a una locución latina a modo de divisa:
“Ex ungue leonem” (reconocer “por la garra de un animal”) o la sinécdoque
“Pars pro toto” que ya utilizaban Plutarco y Luciano en el sentido figurado del trazo de un pintor que permitía reconocer al maestro.
Ninguna de las dos interpretaciones se excluye entre sí aunque no podamos afirmar que una o ambas sean verdaderas. Lo que sí podemos decir con rotundidad es que nos faltan las claves para esclarecer el enigma.
El principio de la dissimulatio, de velar y ocultar el interior de la psique se establece en esta obra “sin disimulos” si me permiten la expresión. Lotto no pretende revelar nada de la persona, sólo insinúa con discreción y reserva.
Así pues, amigos, disfruten de lo que ven y de lo que saben que existe pero no se les muestra. Ese es el principio del camino de la seducción.
Espero que estos post les hayan entretenido y un saludo.
Lorenzo Lotto es el autor de este óleo sobre lienzo fechado hacia 1527. Su título, El hombre con la garra dorada , es tan enigmático como el propio cuadro.
A Lorenzo Lotto se le puede considerar el fundador del retrato psicológico del Renacimiento teniendo en cuenta, a la hora de realizar esta afirmación, incluso a Giorgone y Tiziano. Retrato psicológico no desde el punto de vista moderno, más bien lo contrario. Me explico. No se trata de que el pintor nos muestre un estado de ánimo de forma “desveladora” sino de una forma enigmática, tendencia que viene a reforzar constantes referencias misteriosas, simbólicas o jeroglíficas del resto de la obra. Estos referentes eran conocidos por los iniciados que podían dar un significado estricto a lo representado pero para el espectador actual, ignorante de dicha semántica, tiene un potencial asociativo que desconcierta y fascina al mismo tiempo.
Vayamos con la obra. Fíjense en lo que se nos muestra. Al igual que en Adolescente delante de una cortina blanca , obra del mismo autor, un hombre con barba, elegantemente vestido y de cutis pálido, ha sido retratado ante una cortina esta vez de color rojo. La cortina desempeña un papel importante en la iconografía de este artista. Tomado el símbolo de la pintura religiosa en la que aparece de forma frecuente como símbolo de santos y personajes bíblicos, también este icono toma el significado de velum , es decir, que oculta y,al mismo tiempo, de revelatio, ya que cuando la retiramos, descubre.
En El hombre con la garra dorada, la cortina llega hasta el centro del cuadro llegando a tocar la mesa sobre la que el hombre apoya su codo, adoptando de esta manera una posición oblicua hacia el interior de la estancia.
Bien, amigos, corramos la cortina nosotros también y dejemos a nuestro hombre en la misma posición hasta mañana,donde revelaremos más datos sobre él y sobre la obra misma.
“Los objetos visibles pueden ser invisibles. Cuando alguien va a caballo por un bosque, lo vemos un momento y luego lo dejamos de ver, y sin embargo sabemos que está ahí. En Firma en blanco la jinete oculta los árboles, y los árboles la ocultan a ella. Pero nuestro intelecto comprende ambas cosas, lo visible y lo invisible. Mi propósito al pintar es hacer visible el pensamiento”
René Magritte
Ya nos explica en su cita el artista cuál es el trasfondo del cuadro. Cuadro al que tengo especial cariño.
Las demostraciones de la invisibilidad, del error y del engaño son muchas a lo largo de la historia del arte y otras disciplinas como la psicología. Como hoy es lunes, les propongo dar un paseo por algunas de ellas. Lo que contemplemos puede resultar interesante. Que ustedes cabalguen bien.
La obra que hoy les presento es especial. En realidad no es un cuadro, sino un dibujo donde se han definido los más mínimos detalles bajo un cielo ligeramente acuarelado. El dibujo fue ejecutado por Jan van Eyck en 1437 utilizando la pluma sobre tabla. Si bien podría pensarse en que es un boceto, la firma del autor en el marco nos despeja esta duda.
Obra acabada o no, la excepcionalidad de Santa Bárbara viene dada por la yuxtaposición en el primer plano de la monumentalidad de la figura de la Santa y en el fondo intensamente narrativo que obliga al espectador a detener su mirada en cada detalle. Observemos la escena:
La Santa está sentada en un repecho leyendo un libro voluminoso con la cabeza inclinada. En su mano, la palma, símbolo de su martirio. La joven, que se niega a casarse, es encerrada por su padre en una torre y tiempo después, la manda matar.
El lugar del encierro es transformado por van Eyck en un torreón gótico en construcción. En medio de una llanura, en la que se alza majestuoso, innumerables figuras se encuentran ocupadas llevando materiales, picando piedra o, simplemente, admirando el edificio. La escena que se nos presenta no es en absoluto fruto de la imaginación del genial artista: ése es el escenario real donde canteros, albañiles e incluso un arquitecto con el compás en la mano (derecha del dibujo) cumplen cada uno con su cometido. A lo lejos, el espacio parece prolongarse hasta el infinito.
La joven está esperando su destino y todos trabajan para que así sea.
¿No les recuerda esta obra a La Torre de Babel de Brueghel el Viejo que ya vimos en otros post ?
Aunque haya abandonado el blog durante un mes por los motivos que ya les apunté en algún post, no me he vuelto loca. Todavía, digo. El título del post de hoy no hace referencia a ningún tipo de técnica de horneado (grill) especial del bueno de Giuseppe sino más bien, a alguna “grillada” de este pintor del siglo XVI. Me explico.
La obra que encabeza el post es el retrato de Rodolfo II representado como Vertumnus y fue ejecutado por Giuseppe Arcimboldo hacia 1590. Si bien en la actualidad podríamos tacharlo de parodia del género del retrato, en la época del pintor estaba considerado como algo positivo y en ningún caso insultante. Las teste compostede Arcimboldo fueron calificadas de grilli, es decir, de caprichos, quimeras o asombros y estaban basados en el principio horaciano de delectare et prodesse (deleitar y ser útiles) por el cual su aparente banalidad se transforma en un discurso artístico erudito.
En ningún caso estas obras podían considerarse retratos per se, sino una especie de homenaje al modelo cuya apariencia distaba mucho de calificarse como blasfema. No olvidemos que Arcimboldo era el pintor oficial del emperador y no podía permitirse la “ligereza” de jugarse las alubias dando rienda suelta a su insaciable imaginación.
En la obra que hoy nos ocupa, fue el mismo Rodolfo II quien encargó al artista que le hiciera una obra divertida y caprichosa. Así pues, Arcimboldo pincel en ristre, pintó un dios de la vegetación en el que los mitógrafos no dudaron en ver a su emperador convertido en Vertumnio, por la capacidad del monarca de abarcar diversas áreas de actividad. El supuesto caos compositivo forma una unidad armoniosa y ordenada donde coliflores, peras, cerezas, berenjenas, espigas y muchos otros elementos de la naturaleza conforman un personaje célebre por crear la variedad desde la unidad misma.
En fin, hasta aquí un breve apunte sobre un grilli del siglo XVI, incomparable desde el punto de vista estético (y desde cualquier otro punto) con las mariconadas de algún grillado de nuestro tiempo que puestos a perder la dignidad y la decencia, adivina el sexo de nuestro esperado principito colocándose un nabo en la cabeza.
Richard Estes es un mago. Desde su mirada interior diseña paisajes urbanos que luego construye en el lienzo con la ayuda de los pigmentos de su paleta y la dedicación prerrafaelita de su pincel. Me lo imagino pintando en su taller con la misma delicadeza con la que se abraza a un recién nacido. Considerado uno de los principales hiperrealistas de la primera época junto con Audrey Flack y Chuck Close, fue en 1967 cuando encontró la veta de su arte: los paisajes urbanos de finales del siglo XX. Sus pinturas son el producto de los modelos fotográficos tomados por él mismo. Su interés no incluye al ser humano. Sencillamente la gente no le interesa y sus obras así lo corroboran. Todos y cada uno de los elementos de sus cuadros están ejecutados con precisión y exactitud, cuestión que responde a la filosofía del artista:
”No me gusta que ciertas cosas aparezcan desenfocadas y otras enfocadas, ya que ello marca de forma muy específica lo que se supone que uno debería mirar, cosa que intento evitar. Quiero que uno lo mire todo. Todo está en el punto de mira”
Por lo tanto, la obviedad de lo representado en su vertiente hiperrealista tiene su equivalente en la estructura total de la pintura abstracta ya que en ambas no se concibe una jerarquía de la mirada. Sin embargo, no debemos caer en el error de pensar su obra como una mera copia de la realidad y de identificar esa obviedad de la que hablo con la simple ampliación de una fotografía. Lo que mueve a Estes no es reproducir de forma idéntica algo que ya existe sino de mostrar una realidad ideal (ideal reality) cuya estructura ordenada pueda interiorizarse con nuestra realidad más allá de lo puramente observado. Retomando la tradición del trompe-l´oeil, sus cuadros son ilusionistas desde el momento en que nos parecen surgidos de una fotografía gracias a los efectos pictóricos empleados aunque, a veces, la vista global carezca de la perspectiva correcta. Aún y todo sus obras convencen y nos conducen a una suprarrealidad que las distingue a pesar de una renuncia expresa a cualquier elemento narrativo. El efecto de los reflejos, los paisajes urbanos sin seres humanos y la mirada simétrica (“todo está en el punto de mira”) de un artista de lo real: así se da Richard Estes; de ello trata su realidad ideal.
”Bell siempre estuvo entre los pocos artistas que siguió rigiéndose por los estándares tradicionales de calidad en el arte” Louis K. Meisel
Él mismo decía que aunque sus cuadros parecían reales, no dejaba de ser una realidad subjetiva. Sin duda que es así, pero no me negarán que tan sólo nos falta la moneda para poder meternos a la boca un chicle de su máquina. La obra que hoy les presento se titula Gumball XV (Máquina de chicles) y forma parte de una serie de naturalezas muertas de estilo hiperrealista que el pintor inicó en 1973 junto a sus también conocidos cuadros de pinballs (petacos para nosotros) y juguetes de lata. Este óleo sobre lienzo (226 x 155 cm) fechado en 1983 está pintado con la minuciosidad de un orfebre: fíjense en la laca roja que recubre la máquina, sus desconchados, la ranura metálica parece albergar aún el eco de la última moneda... El contenido, amén de brillante, es tentador: bolas de chicle de diferentes colores, regalos sorpresa, un colgante en forma de elefante, un chiflo, lo que podría ser un yo-yo y dos anillos que convertirían en princesas a las niñas que los pudieran conseguir. Además, a modo de guiño estético, un elemento que simboliza el concepto de vanitas renacentista. ¿Lo identifican? Todos los elementos del contenedor de vidrio están dispuestos de tal forma que es imposible que el espectador no evoque su infancia, el poder de atracción de una máquina como ésta y el sabor y la textura de la bola en el interior de la boca. Bell parte de la fotografía para realizar su cuadro, sin embargo, todo elemento está donde tiene que estar y el caos aparente no responde a otra cosa que no sea orden. El orden de la mirada del artista. El tema no es nuevo en el arte norteamericano, ya Wayne Thiebaud nos había presentado su Máquina rompemandíbulas
Idéntico motivo: una máquina de chicles de vivos colores representada frontalmente pero ante un fondo neutral. Bell pinta los reflejos del cristal y sus efectos sobre los objetos con tanta delicadeza que bien podríamos levantar las tapas y, clandestinamente, robar unas piruletas o unos cuantos cacahuetes. Esta pasión por las superficies también fue tratada por Audrey Flack
El tratamiento del pigmento en el lienzo parece convertir, por arte de magia (o por la magia del arte), una imagen en un trozo de tarta de fresas tan real y opulenta que uno se imagina con los labios y dedos pegagosos por la mermelada transformada en gelatina. Todo un lujo de detalles para los sentidos; realidades creadas desde la subjetividad y, sin embargo, ausencia de un lenguaje simbólico que nos diga “esto no es un chicle” o “esto no es una tarta”. Prueben, prueben a meter una moneda...
”El pintor perfecto debe estar en condiciones de rascar su mejor cuadro y volver a pintarlo diez veces una tras otra para demostrar que no depende ni de los nervios ni de la casualidad” G. Courbet
Para qué nos vamos a engarñar: los artistas que son y que del mundo han sido, son muchos y muy buenos. Pero como en todo (deporte, música, etc.) una tiene sus favoritos, aquellos ante los cuales se inclina con total devoción y, que conste, que quizás se trate, a veces, de admiración sólo ante una obra de ese artista, como si ella fuera justificación suficiente para subirle a los altares. Como han podido apreciar en los últimos post (excluyendo el dedicado a la devoradora de libros británica, naturalmente) he escogido el realismo como tema de los mismos. Si alquien, en un afán psicoanalizador, piensa que mi elección es producto del término del período vacacional y su consiguiente “vuelta a la realidad”, puede pensarlo: hay que sacar provecho de nuestra vida cotidiana. Lo que quiero decirles con este preámbulo es que me gustaría presentarles a tres de mis artistas favoritos que han concebido sus obras dentro del realismo o del hiperrealismo: Cagnaccio di San Pietro, Charles Bell y Richard Estes. ¿Me acompañan?
CAGNACCIO DI SAN PIETRO: LA TENSIÓN ENTRE LA IDEA Y LA REALIDAD
El nombre con el que fue bautizado era Natale Bentivoglio Scarpa y en 1920 decidió sustituirlo por el que hoy conocemos al artista que tras alguna incursión en la pintura de salón y el futurismo, se le considera como el representante del realismo (nueva objetividad, quédense con el término) italiano.
Después de la orgía (Dopo l´orgía) es la obra que quiero mostrarles hoy. Ejecutada en 1928, este óleo sobre lienzo de 140 x 180 cm, está considerado como ejemplo del sugestivo (y en cierto modo sugerente) realismo mágico made in Italy. Como en casi todos los cuadros, nuestra mirada tiene que abarcar varios frentes. El primero de ellos respondería a la cuestión de qué estamos viendo. La pregunta no es en modo alguno banal. Féneon, el crítico apologista del impresionismo decía, en referencia a los hábitos visuales del público que, quien pega sus narices a un cuadro queda cegado por la luminosidad, lo mismo que no es aconsejable sentarse en medio de los metales cuando uno quiere oir una sinfonía y este planteamiento vale tanto para una obra impresionista como para otra realista como en nuestro caso. A primera vista aparecen ante el espectador tres mujeres que duermen su sueño (permítanme la transitividad) en diferentes posturas. Sin embargo, no se trata de tres mujeres sino de la misma mujer. Su piel, su pelo, su constitución y el dibujo de sus músculos nos hacen pensar en la misma modelo y en tres visiones de la misma persona agotada. Cada figura mantiene una posición diferente dentro de un ambiente que pudiera ser un escenario. El telón semiabierto, el pavimento aparentemente aterciopelado acogen para sí los restos del libertinaje de esa burguesía italiana de los años 20 que esperaba el apoyo de Mussolini. Dos copas, un sombrero hongo sobre unos guantes de cabritilla blancos, naipes, un cubrepuños y en un trozo de papel, la firma del autor. El escenario resulta más deprimente que voluptuoso. La precisión de los detalles y, por sobre todo la luz, crean una atmósfera de decadencia que se convertirá en desencanto cuando las figuras despierten. Podría decirse que las tres mujeres representan tres momentos de la misma persona en el que el repliegue hacia sí misma comienza con la distensión de la figura de nuestra derecha, pasando por la que se encuentra encima de la alfombra, para terminar en la que de espaldas al espectador se repliega sobre sí misma en actitud defensiva.
La representación femenina que Cagnaccio nos muestra está sola. Huir de la realidad sólo comporta soledad. Tres figuras, dos copas, ningún hombre, un sueño.
Es uno de los artistas más vendidos y ha estado presente en la Bienal de Venecia de este año. Lucian Freud nació en Berlín en 1922 y, como les podrá sugerir su apellido, es nieto de Sigmund Freud. Considerado como “el mejor pintor realista vivo”, sus desnudos (naked portraits) nada tienen que ver con los desnudos convencionales. Hoy les propongo un paseo por una obra apasionante, a través de la cual podremos conocerle mejor. La obra en cuestión, un óleo sobre lienzo de 182 x 228,5 cm, lleva como título Desnudo con una pierna levantada (Leigh Bowery)Nude with Leg up-L.B. ejecutada en 1992 y nos va a servir para ilustrar otro tipo de realismo que no tiene que ver con la reproducción minuciosa de un Chuck Close como vimos ayer, sino con un modo de transformación artística muy personal. Degústenla a placer (con todos mis respetos):
La persona representada es Leigh Bowery, legendario actor de performance y del arte del disfraz, diseñador de moda y líder de un grupo musical que murió de sida en 1994 con tan sólo 33 años. Freud lo apreciaba muchísimo y le sirvió de modelo en más de una ocasión.
El personaje se convierte en soberano del lienzo. Sus conocimientos en danza y su gran personalidad se ponen de manifiesto en el cuadro y el artista deja que “acampe” a sus anchas: a Freud no le gusta imponer poses sino que se deja dirigir por el personaje que le incita tanto como al espectador. Recorramos la obra: Bowery se nos presenta tumbado en un suelo de madera con su pierna derecha, en ángulo marcado pero relajada, reposa sobre el colchón de rayas de una cama metálica. El resto de su cuerpo descansa sobre una amalgama de telas, escenario que se repite más de una vez en los lienzos de Freud. A pesar de su desnudez, Bowery no mira al pintor, no nos mira a nosotros, sino que la pierde en un punto que no vemos con una gran naturalidad. Sus piernas abiertas al mundo dejan al descubierto su sexo, tal y como la modelo de G. Courbet lo hiciera en el lienzo titulado El origen del mundo (1866) y que encabeza el post de hoy. A diferencia de éste último, el desnudo de Freud no parece atacarnos (si me permiten el término) ya que la naturalidad de lo representado de la que hablaba más arriba va acompañada de cierta carga erótica pero en ningún caso de forma descarada. El tratamiento de la piel nos muestra una gran variedad de tonalidades que la plagan de matices. Para pintarla, Freud utiliza el blanco cromo con el fin de dotar de materialidad y pastosidad a las capas de pigmento. Es curioso que con este lienzo Freud quiera representar desnudo a un rey de las máscaras y del disfraz creando una fuerza que irradia desde el personaje mismo logrando traspasar la tela hasta la retina del espectador. Una obra espléndida, espléndidamente tratada. Bien, espero que les haya gustado y sepan un poquito más de este gran artista. En mi caso, para demostrar al bueno de Palimp que también me apasiona el arte después de Gauguin. Nos vemos pronto. Durante estos días (hasta la semana que viene) mi pueblo, Fuenterrabía (Hondarribia en euskera) celebra sus fiestas. Yo también soy humana.
”La fotografía no es un recurso de la pintura, sino que la pintura es un recurso para una fotografía realizada con medios pictóricos”
Por un momento abandonemos mi querido cambio de siglo y adentrémonos (con grandes pinceladas) en el siglo XX. Hoy quiero hablarles de un tipo de realismo que a mí me fascina particularmente y que tiene al norteamericano Chuck Close uno de sus máximos exponentes. Fíjense en la obra siguiente:
Seguramente que, si no conocen al autor, piensen que se trata de una fotografía. Su título Gran autorretrato no nos dice lo contrario. Sin embargo, esta obra de grandes dimensiones (como es costumbre en este artista) 274 x 213 cm., está ejecutada en pintura acrílica sobre lienzo. Por lo tanto, no es una fotografía en el sentido estricto sino que estamos ante “una fotografía realizada con medios pictóricos”. El arte de Close consiste en reproducir reproducciones a partir de fotografías generalmente de conocidos y de sí mismo. La objetividad, como bien puede comprobarse, es su meta, trasladando a estos lienzos de grandes dimensiones proyecciones reticuladas muy ampliadas de tal modo que la fidelidad en los detalles es absoluta. Esta obra que hoy les presento fue realizada en 1968 y está ejecutada con una precisión de cirujano. Sobre la cara descienden mechones grasos de cabellos que enmarcan la cabeza, en principio, de forma descuidada. Se distingue cada cañón de la barba; se pueden observar los pelos del pecho y una afilada nariz brillante de grasa. Close trabaja a partir de varias fotografías y reproduce con exactitud los fallos específicos del modelo como puede apreciarse en las orejas, que aparecen con falta de nitidez, tal y como una cámara no es capaz de captarlo todo con la misma profundidad de campo. A los que denominaron al realismo del siglo XIX como de “espejo muerto” por reproducir la naturaleza con tanta fidelidad negando en la figura representada cualquier atisbo de individualidad(1), el realismo fotográfico de Close:
”La cámara es objetiva. Cuando capta una cara no adopta decisiones jerárquicas acerca de si la nariz es más importante que la mejilla. La cámara no es consciente de lo que ve. Registra todo. Quiero enfrentarme a la imagen que ha captado, que está en blanco y negro, es bidimensional y está llena de detalles de superficie”
Como les decía más arriba, Close utiliza diferentes fotografías para las distintas partes del cuadro, de modo que el procedimiento analítico se combina con un método sintético que opera en diversos focos interrelacionándolos entre sí, de ahí que su técnica se haya denominado sharp-focus realism. Tenemos, pues, a un artista que define su método como aquel intento de filtrar sus ideas a través de la cámara, mimando, en última instancia, no la ilusión sino la artificiosidad.
(1) La cita de Close es la contestación a una crítica mordaz al realismo en la que Friedrich Hebbel (1859) afirmaba lo siguiente: el realismo...”romo que concede la misma importancia a la verruga que a la nariz en que se encuentra”
Cuando algún alma despiadada y con hambre se siente preparada para ejercer de sacamuelas bastan unas pocas monedas para hacerse con todo el material necesario: botes, vasos, papeles y, fundamentalmente, los medios para una medicina denominada “teriaca” que se supone que ayuda contra la pestilencia y demás ponzoñas y un agua azul contra el escorbuto, la caries y el dolor de ojo. La venta de estos “medicamentos” constituye la mayor parte de los ingresos de un médico respetable de esta calaña. Los remedios se guardan en cajas como el cofrecillo rojo que Tiépolo situa sobre el paño azul. Bajo el mismo, un gran baúl que, junto al caballo y al carro engloban el total de pertenencias de estos charlatanes. Además de los medicamentos, comercian con otro tipo de productos como tintes de belleza y juventud o elixires de la vida o filtros de amor. Si alguien tiene reparos a la hora de comprar estos milagros no tiene más que plantarse una máscara para conseguir el anonimato deseado. Ya ven ustedes que el siglo XVIII no difiere gran cosa del nuestro en cuanto a magufería milagrera se refiere. Incluso, como en la actualidad, estos charlatanes disfrazos de ciencia, garantizaban su eficacia mediante alusiones a su éxito en otros lugares, aportando un documento sellado como el que el pintor nos presenta junto al cofrecillo rojo. Por si esta “garantía” nos pareciera insuficiente, se repartían folletos publicitarios ensalzando la profesionalidad y eficacia del charlatán y sus medios. Como hoy en día también, la facilidad de palabra y la improvisación (como los del personaje que levanta su mano sujetando unas tenazas con una muela) eran condición sine qua non dentro de este mundo del médico sacamuelas charlatán que, a modo de actores, lograban engañar a la población incauta e ingenua, en nombre de la razón y de la ciencia. Piensen ustedes que el vocablo charlatán proviene del verbo ciarlare, que además de “hablar” significa “engatusar”. El lienzo de Tiépolo ofrece al espectador todo un lujo de detalles. Desde el mono hasta el estandarte, la pompa y el barullo: ruido y animales exóticos despiertan la curiosidad del populacho y la apariencia de haber conseguido el éxito en otros lugares y haberse enriquecido otorgan al charlatán la confianza suficiente. Sobre los incautos pacientes, se erigen tres actores que componen además el elenco de pertenencias (a modo de séquito) del engañador. En el cuadro los vemos: un arlequín con máscara oscura gesticulando, una joven abanicándose y una dama que nos da la espalda y que sujeta sendos pañuelos que, a cambio de dinero, recogen de las víctimas una vez que han suministrado sus milagrosos medicamentos. Ya ven, sacamuelas, charlatanes, exotismo, actores, músicos y mucho marketing: todo un “Crónicas marcianas” en la Venecia del dieciocho con el pudor que las máscaras regalan a su portador. Eso sí, por encima de todo y en todo se encuentran la Ciencia y la Razón. Pónganles, si ustedes lo desean, nombres y apellidos a los personajes de este lienzo de Tiépolo. Comprobarán que no resulta tan difícil. Hasta pronto p.d. no lo saben, pero mañana viernes tengo mi cita trimestral con mi cirujano periodontólogo. Después de esta serie de post, quizás le mire con otros ojos aunque ahora, en el siglo XXI, quien se ponga la máscara verde sea él y no yo. Deséenme suerte.
El paciente que retrata Tiépolo, si logra superar la extracción, seguro que muere por la infección. Así es este oficio: sangriento y brutal por lo que como ustedes podrán imaginar, uno no recurre a ello salvo cuando el dolor es tan insoportable que apenas puede pararse a pensar en el sufrimiento de la intervención. De esta guisa debe encontrarse la mujer que está frente al paciente y se aprieta la mejilla con un pañuelo. Cuando alguien no se siente con las fuerzas suficientes como para afrontar tal trance o, simplemente el dolor no ha llegado todavía a ese estadio de locura, el sacamuelas ofrece toda una serie de medicamentos para superar el dolor: raíces, polvos (en el sentido literal, claro), preparados de ojo de cangrejo, nácar, conchas e incluso cuernos de ciervo a los que se añaden gotas de canela o aceite de tronco de rosal para camuflar el hedor de las pócimas.
Si consideran que llegados hasta este punto del post la repugnancia ha conseguido su cota más alta, todavía debo de informarles sobre una pequeña cuestión contra la que la mayoría de los médicos ponían todo su empeño: los gusanos. Los gusanos se comen los dientes y hay que fumigarlos. No, no es coña ni me quiero quedar con el personal. Contra el gusano dental, un tratamiento radical: sangrías y lavativas ya que el origen de la enfermedad no es otro que el desequilibrio de los fluidos corporales, pudiéndose corregir sacando sangre y acelerando la digestión. Y ¿cómo detectan estos hombres que existe un desequilibrio en mis fluidos corporales? se preguntarán ustedes. Pues más o menos como en la actualidad, es decir, a través de la orina que se “analiza” (¿la probarán?) en un recipiente abombado de cristal (más o menos como un orinal) que Tiépolo tiene la amabilidad de mostrarnos en el lienzo. Todo un mundo este de la odontología dieciochesca. Como dato curioso les diré que los progresos de esta rama de la medicina no se dieron ni en las universidades ni en las ferias, sino precisamente en aquellas ciudades imperiales como Londres, París o Viena donde había un rey que sufría dolor de muelas (incluso se sacaban dientes sanos a los pobres para implantárselos a los ricos, ajjjjjj, ¡hombres sin escrúpulos!). Amigos, hoy como ayer, y sintiéndolo mucho, ha llegado el momento en que entre infecciones, gusanos y lavativas, mi estómago ha dicho “hasta aquí hemos llegado”. No les digo adiós, sólo hasta mañana.
”Trabajando con la boca y con la mano, el charlatán saca dientes y dinero”
Venecia, siglo XVIII. Es carnaval, aunque hacer esta afirmación es como no decir nada respecto a un tiempo concreto. El carnaval dura casi cuatro meses y durante este período, los venecianos viven ilusiones y glorias ya perdidas. El casino está abierto, las compañías de teatro representan sus obras y toda la gente lleva máscara o se disfraza, las calles se inundan de forasteros, feriantes, comerciantes, músicos y médicos ambulantes. La Serenísima necesita llenar sus arcas y, propios y extraños pasan desapercibidos unos bajo falsas personalidades de polichinelas con sus trajes blancos y sombreros altos o de turcos (los antiguos enemigos de los venecianos) o de dominós con sus capas negras, máscaras blancas y sombreros de tres picos y, otros con las apreciadas máscaras de feo vendedor de rosquillas... Hacia 1754 Giandomenico Tiépolo pinta El charlatán o El sacamuelas como se le conoce también. El lienzo captura una de tantas situaciones que se viven en esa Venecia de carnaval en la que medicuchos, curanderos y charlatanes ambulantes hacen su agosto. El pintor conoce, casi con toda seguridad, a Giuseppe Colombani, personaje que bajo las arcadas de la plaza de San Marcos (exactamente en la tercera columna), dedicó 24 años de su vida a arrancar muelas a doloridos individuos. Giuseppe, a diferencia de otros muchos que huían despavoridos antes de que les alcanzase la cólera de sus clientes, era un especialista y, además, honrado. Los sacamuelas trabajan sentados por encima del cliente y, como supondrán, no utilizan anestésicos. Si uno quiere hacerse una leve idea de lo que debe sentir el paciente, basta con que se fijen en el lienzo: Tiépolo lo representa con el brazo derecho levantado en un gesto de dolor. Sacar muelas se considera el trabajo más indigno de un médico al igual que intervenir quirúrgicamente: sólo les diré que dentistas, cirujanos y barberos pertenecen al mismo gremio; un gremio donde sus miembros no saben latín y no han pisado universidad alguna. ¿Cómo aprenden, pues, el oficio? Observando las operaciones de otro que, por otra parte, tampoco tienen tanto misterio: se golpea el diente y se afloja con un pelícano o con un extractor dental. Seguido se arranca la pieza con unas tenazas o pinzas y es entonces cuando el paciente se enjuaga la boca con agua templada o, a veces si hay suerte, con un poco de alcohol. En fin, que creo que me estoy mareando. Mejor continúo mañana con la extracción...y con el post. Hasta mañana, amigos.
”La tranquilidad es la primera belleza del cuerpo, lo mismo que en la vida la sabiduría es la más elevada expresión del alma.”
Podemos afirmar con toda seguridad que los retratos de Ingres son lo mejor de su producción pictórica. Verdaderas obras maestras herederas de los retratos de David y motivo de orgullo del pintor. La maestría del estilo con la que retrata a aristócratas, nobles, burgueses o diplomáticos hace de sus retratados, una clientela fiel y recurrente.
Existen en sus retratos dos rasgos que mantendrá como una constante estética a lo largo de su trayectoria artística. El primero, la intensidad formal de la línea para perfilar y sintetizar en un solo rasgo la silueta del modelo. Esta cuestión tiene posiblemente su origen en aquellas figuras en miniatura de cajas y joyeros o en los camafeos que en aquella época adornaban los cuellos, las pulseras o los anillos de las damas y que servían a los artistas como “modelos fotográficos”. De ahí, el segundo de los rasgos de los que hablábamos: el formato de sus retratos ovalados. Además de estas dos características que he resumido brevemente, hay otra específica del estilo de Ingres como retratista que ya anunciaba con sus propias palabras al comienzo del post. El sentido del reposo, de la calma psicológica, de la elegancia de las expresiones del retratado. Para Ingres, el movimiento es sinónimo de desorden y expresión inevitable del paso de tiempo por lo que origina, como consecuencia, un deterioro de la belleza. En su mayoría, los retratados poseen una expresión de soberbia intemporalidad a la vez que descubren con naturalidad su pertenencia a un determinado tiempo histórico y condición social. El retrato que hoy quiero mostrarles es uno de mis preferidos. Ejecutado sobre una tela de 116 x 95 cm, este óleo se conserva en el Louvre. Admírenlo, por favor.
El retrato de Louis-François Bertin es uno de los más logrados dadas su sobriedad compositiva y cromática como por la enérgica expresión que han convertido este lienzo en paradigma del retrato psicológico o de carácter, yendo (no tengo ninguna duda al respecto) más allá de la similitud física. Realismo y naturalidad se dan cita en esta obra cuya compostura y pose tuvieron que ser porfiadas más de una vez con el influyente hombre de negocios. Su alto registro expresivo nos muestra una imagen de solidez de carácter y presencia. Para ello, inscribe su figura en un esquema piramidal cuyos vértices van a parar en las partes iluminadas de su cabeza y manos. Las manos se asemejan a las garras de un ave rapaz, apoyadas en las rodillas, proyectando el rostro a un primer plano. La mirada de Monsieur Bertin se clava en la mirada del espectador sobrevolando una afilada nariz que hizo rico a este burgués amigo del pintor. Su aspecto dominador, duro y severo se nos presenta sobre un fondo desnudo, en casi total monocromía de negros y marrones con los que pinta el sillón donde reposa su voluminosa silueta y su sobrio traje burgués. Fíjense en la ausencia total de paisaje o de cualquier accesorio en el lienzo. Según Ingres ”tampoco debe uno preocuparse demasiado por los accesorios; hay que sacrificarlos a lo esencial, y lo esencial es la construcción, el contorno y el modelado de las figuras. (…). Los accesorios deben jugar en un cuadro el mismo papel que los confidentes en las tragedias. Los autores los ponen allí para flanquear a los héroes y hacerlos destacar.”
Pues bien, a pesar de las palabras del mismo artista y a pesar de lo que nuestros sentidos puedan sugerirnos, Ingres se tomó la libertad (suya la licencia) de reproducir en este lienzo, con un gran refinamiento, un elemento de la estancia donde Monsieur Bertin nos contempla desde 1832. ¿Sabrían decirme cuál? Con el fin de que puedan visualizar mejor el lienzo les dejo aquí un enlace con la imagen a mayor tamaño. Hasta manaña.
”Soñar despierto es más o menos lo mismo que soñar dormido. El sueño dormido es a menudo más audaz, a veces un poco más lógico”
Se dice que Gauguin pintó este lienzo en diez días y a pesar de lo que se pueda pensar, el artista lo consideraba como una de sus obras maestras. El cuadro cierra un ciclo ya iniciado con Manao tupapau (pensamiento y aparecido):
El tupapau, el espíritu de los muertos, es el demonio que puebla las noches de insomnio. Es el miedo. Aunque en este lienzo el tupapau consigue aterrorizar a la muchacha que duerme desnuda, en Te rerioa no ocurre lo mismo. La escena se nos presenta menos demoníaca. En el interior de una casa tahitiana un niño duerme en una cuna tallada con formas extrañas. La madre mece la cuna con su mano derecha. Tras ella, se nos muestra otra figura enfundada en un casquete similar al espíritu de los muertos pero de aspecto más humano que en Manao tupapau. Mientras que el niño y la madre se nos presentan tumbado y de frente respectivamente, tupapau se nos aparece de perfil. Alrededor de las figuras, diferentes imágenes cubren las paredes. Es difícil adivinar si se trata de pinturas o de relieves esculpidos. A la izquierda se distingue una pareja abrazada y una figura femenina que brota de las hojas de un árbol; debajo, a modo de rodapié, una hilera de figuras de animales. En el otro muro (derecha del cuadro), hombres y bestias se confunden sobre la mirada atenta de la diosa Hina que alza sus brazos. En la misma pared, se nos abre un paisaje con un jinete. No podemos apreciar si se trata de una pintura o de una ventana. La temática de este enigma nada tiene que ver con el decorado del resto de la estancia.
Gauguin describía de este modo el lienzo:
”El título es Te rerioa (El sueño). Todo es sueño en esta tela; lo es el niño, la madre, el caballero en el camino e incluso ¡es el sueño del pintor! Todo eso está al margen de la pintura, dirá alguno. Quién sabe. Tal vez no”
El término rêve es utilizado en la literatura simbolista no como un ensueño nocturno sino como aquel estado de exaltación de la imaginación donde se confunden lo real y lo irreal. Así es como debemos interpretar Te rerioa. sus figuras no comparten su existencia en un mundo real, sino a diferentes ámbitos a su vez diferentes sólo conectados por la imaginación. Soñadores y sueños comparten un mismo escenario interpretando cada uno escenas diferentes: si se fijan cada personaje se encuentra de espaldas o con los ojos cerrados tras la imagen que proyecta para así subrayar su carácter exclusivamente mental. El niño en la cuna sueña a su madre; la madre a su vez, parece presentir la extraña figura que tras ella, la contempla de perfil. Tal vez todos sueñen con las imágenes de los frisos o con el jinete que se aleja. Tal vez todo sea un sueño del pintor. Fíjense en la parte inferior izquierda del lienzo. Aquí les dejo una imagen del mismo de gran tamaño para que lo puedan apreciar mejor. Pegado al culito del bebé podemos entrever una figura, un perfil oculto que mira hacia el muro izquierdo y que parece llevar como sombrero las figuras talladas de la cuna. Ese perfil sombrío no es otro que el de Gauguin. Entre lo real y lo imaginario, el pintor proyecta una especie de laberinto onírico del que no puede salir. Al modo de un dios omnipotente preside la existencia (o no-existencia) de los seres que ha creado. Todo es contenido y a la vez continente. El cuadro dentro del cuadro (¿ recuerdan ?) y el propio Gauguin, se encuentra inmerso, como otra sombra, entre las sombras. El sueño dentro de un sueño.
Esta joven es la protagonista de una deliciosa película titulada “La joven de la perla” cuya historia dirigió Meter Webber (2003) de forma magistral. La película recreaba la novela homónima escrita por Tracy Chevalier. Tio Petros nos habló de ello en su día y hoy me gustaría hablarles no sólo de ella, sino de otras muchachas que como ella poseyeron su mismo distintivo: las perlas. Para ello remontémonos a la Holanda del siglo XVII. Con quince hijos que alimentar, el pintor de Delft no podía vivir con los ingresos que le reportaba la venta de los dos cuadros que pintaba al año, por lo que casi con total seguridad, Vermeer debió seguir con el oficio de su padre: comerciante de objetos de arte. Su escasa producción artística responde posiblemente a que pintara poco para el mercado público del arte y que la mayoría de sus obras fueran destinadas a mecenas o promotores que apreciaban, en minoría, su arte. Como tema principal de la mayoría de sus obras, Vermeer eligió a la mujer. Lienzos de mujeres jóvenes integradas en un contexto narrativo algunas veces, otras en ausencia de cualquier decorado tras un primer plano lleno de contrastes cromáticos donde la retratada nos mira, de frente o de soslayo, a los ojos o por encima del hombro, con la boca entreabierta para hablarnos y superar de este modo, los límites del cuadro. Ante un fondo neutral, oscuro, con tendencia al negro como si Da Vinci le susurrara al oído un capítulo de su tratado de pintura, Vermeer nos muestra a sus mujeres con el rostro de Jano: por una parte irradiando una sublime sensualidad gracias a sus labios carnosos entreabiertos y a esa mirada, sin pudor alguno, con la quiere atrapar al espectador y, por otra, mostrándonos la pureza y la castidad de la modelo gracias al atributo que las distingue por encima de otros: las perlas. Francisco de Sales escribía en su Introduction à la vie dévote:
”Tanto en el pasado como en el presente, era y es costumbre entre las mujeres colgarse perlas de las orejas por el placer causado –como ya había observado Plinio- cuando las perlas tocan la piel al moverse. Pero dado que yo sé que Isaac, gran amigo de Dios, envió pendientes a la pura Rebeca como signo de su amor, pienso que esta joya significa en sentido espiritual que la oreja es la primera parte que un hombre quiere tener de su mujer y que la mujer debe conservar más fielmente, de tal modo que no debe traspasarla ningún discurso o tono que no sea el dulce sonido de las palabras castas, que son las perlas orientales del Evangelio”.
Así pues, debemos de interpretar las perlas de los cuadros de Vermeer, no como símbolo de vanidad, sino de una castidad como parte de la naturaleza propia de la mujer. Las perlas que rodean su cuello, las perlas en forma de lágrima balanceándose y concentrando en su interior la luz y el camino de Dios.
Individualidades anónimas, las perlas, que contienen un mensaje oculto de luces y sombras; el juego estético en torno al amarillo, de ricas y variadas gradaciones que hacen de éste un color amantibus et scortis aptus (“apto para amantes y putas”); la plasticidad de esos rostros que parecen surgir de oscuros escenarios de otros lienzos de Tiziano en una huída furtiva, hacia la luz y, que constituyen la firma del enigmático Vermeer. Para terminar, aquí les dejo una relación de lienzos de Vermeer donde pueden encontrar valiosas perlas, aquellas que tango gustaban al pintor.
Estos versos tan hermosos de Rafael Alberti concentran, gracias a la magia de la palabra, los rasgos de la existencia artística de Durero. Si en el post de ayer hablábamos de su exquisito tratamiento de la naturaleza de plantas y animales, con el de hoy quisiera acercarles a otro campo de su producción pictórica que, al menos a mí, me llena de admiración.
Estudio de manos. 1506
Las manos es un tema de gran interés para Durero. A veces a modo de ejercicio de digitación (manos que trabajan o que gesticulan), como la polaroid de un buen cronista; a veces a modo de estudios previos para cuadros de gran formato, sus manos constituyen pequeñas/grandes obras de arte todas ellas analizadas en sus estudios de proporciones. Los modelos de manos para dibujar se organizan como exvotos flotantes ocultando mensajes que pueden transmitir las mismas pasiones del rostro. Cabeza y manos compitiendo entre sí en belleza y expresividad.
Manos orando. 1508
Estudio de manos con Biblia
Detalle de “Cristo entre los Doctores”. 1506
Para finalizar también, unos versos que Alberti dedica a la mano del artista, a la mano del creador. Hasta mañana.
A LA MANO
A ti, firmeza y tiemblo, conductiva de ese enhebrado, misterioso hilo que de los ojos fluye y prende al filo del pincel una luz germinativa.
A ti, flor en acción, copulativa cómplice permanente del estilo; tacto, obediencia, lentitud, sigilo, cuando no disparada disyuntiva.
A ti, siempre solícita viajera, llevadora del tallo que genera la más maravillosa criatura.
No eres para el pincel la abierta rosa. Semicerrarte es tu vivir dichosa. A ti, alma del jardín de la Pintura.
Ala de una carraca (Corracias gerula). 1512. acuarela y aguada sobre pergamino. 19,7 x 20 cm. Viena, Graphische Sammlung Albertina.
Durero fue, si me permiten la afirmación, el primer prerrafaelita de la historia. “Cuanto más fiel sea tu obra a la figura viviente, -rezaba uno de sus principios-, tanto mejor será”. Y sin ninguna duda nadie puede negar que su “fidelidad” era absoluta. El pintor obsesionado con su imagen quizás quiso jugar a ser Dios; o retar a Dios. El caso es que su destreza con el dibujo y, con ésa técnica tan escurridiza y frágil como es la acuarela, hizo que de su mano surgieran plantas y animales que hubieran confundido al Todopoderoso. Su magia a la hora de crear y recrear las figuras (llámenlo como quieran), su minuciosidad en hacer brotar del pincel una hoja o un pétalo; el detalle y el mimo con el que dotaba a cualquier ave de una pluma e incluso un plumón más, hacen de este artista al que tanto admiro un pintor excepcional.
¿Acaso Dios apoyaba su mano sobre la del pintor de Nuremberg?
Sólo Él lo supo.
Gran tabla de césped
Iris
Cabeza de ciervo
Pájaro azul muerto
El interés por el estudio de la naturaleza de Durero llega a tal nivel de perfección que ya en 1502 crea esta liebre tan famosa en los últimos tiempos. La piel del animal, realizada a la acuarela y aguada utilizando un finísimo pincel produce un efecto de realidad en el espectador que la contempla. No sabemos de qué artimañas se valió el Creador en su obra, pero sí sabemos el truco que utilizó Durero en esta obra. ¿Sabrían decirme cuál?
La liebre
Nota: aunque la visualización de las imágenes sea un tanto incómoda por las dimensiones de éstas, he preferido reproducirlas de este modo para que puedan apreciarse los detalles sin dificultad. Gracias.
Para Tio Petros, por su interés prerrafaelita por la verdad
La playa de Pegwell Bay, Kent. Una rememoración del 5 de octubre de 1858, William Dyce Óleo sobre lienzo, 63,5 x 88,9 cm. Royal Academy, 1860 Tate, Londres.
La playa de Pegwell Bay, situada al sur de Ramsgate, en la costa oriental de Kent, constituía un importante destino para aquellos que quisieran pasar sus vacaciones comiendo gambas y paseando en burro. William Dyce también viajó hasta allí en otoño de 1858 donde confeccionó la acuarela que más tarde le serviría de modelo (a pesar del firme principio prerrafaelita de pintar al natural) para ejecutar, pues, en retrospectiva, el lienzo del que quiero hablarles hoy.
Acuarela sobre papel, 24,4 x 34,4 cm. Aberdeen Art Gallery and Museum
Aún hoy podríamos reconocer la cadena de acantilados víctimas de la erosión que aparecen en una y otra composición. Pero hablemos de la principal, al menos de la más famosa y, a mi juicio, mejor composición de las dos.
A estas alturas ya sabemos qué debemos hacer cuando contemplamos una obra: preguntarnos por lo que se representa en ella. Pues bien, en el cuadro de Dyce podemos ver una figura a nuestra derecha, con total seguridad podemos afirmar que se trata del propio pintor cargando con los aparejos de pintura; en un primer plano su esposa, las dos hermanas de ésta y el hijo de Dyce. La imagen que nos ofrece sugiere tranquilidad y cierta melancolía que se ven reforzadas por las figuras que aparecen diseminadas por la playa. Está atardeciendo. La playa de Pegwell Bay ilustra la afición victoriana de coleccionar caracolas donde las figuras se afanan por buscar conchas retirando, para ello, las piedras encharcadas. Si pudieran contemplar esta obra al natural, se quedarían maravillados por el exceso de mimo y el detallismo (recuerden “la lupa prerrafaelita”) con el que Dyce pinta las rocas, las piedras, las caracolas, las conchas y las algas marinas del litoral. Debo decirles que éste es el cuadro preferido de Tio Petros, por la razón que acabo de explicarles y por algún detalle del que hablaremos después. Tal es la maestría del dibujo que si se fijan en la parte inferior izquierda (para nosotros) del lienzo podrán contemplar un “monedero de sirena”, es decir, una especie de funda con huevas de raya con aspecto de cuero propia de esta zona. Peinar la playa de conchas y caracolas era una afición de las damas de mediados del siglo XIX, actividad recomendada, por otra parte, por los naturalistas del momento aunque nos resulten un tanto chocantes los atuendos con los que iban ataviadas: faldas de miriñaque, estupendos sombreros y chales de colores que se integran con hábil sutileza con los colores apagados del paisaje. La modernidad de este lienzo se debe, por un lado, al efecto que producen las figuras casi planas, como superpuestas sobre la escena y, por otro, por la mirada casi microscópica con la que el artista ejecuta todos los elementos que intervienen en la composición. Dyce sentía un intenso interés por la geología. Miren los estratos incrustados de sílex y la erosión de la roca caliza. Entre el boceto de acuarela que le sirvió de modelo y el lienzo acabado existen unas diferencias en la reproducción de los acantilados que podrían interpretarse como un deseo de Dyce por reflejar la desintegración de la roca donde diminutas figuras humanas nos recuerdan lo insignificante de su existencia frente a las capas y fragmentos del extenso período de tiempo que las contempla. A pesar de que Pegwell Bay era conocida como el lugar donde San Agustín desembarcó para introducir el cristianismo en Inglaterra, en el lienzo no existe ninguna referencia en este sentido. Según dijera Dyce, sus montañas de granito no habían sido redondeadas por la acción de un ser divino, sino por las leyes de la naturaleza. Les decía más arriba el interés que despierta esta obra en Tio Petros. Les explico el asunto en cuestión. El título del lienzo, así como la estela que cruza el cielo, apenas perceptible y vista sólo por el artista (fíjense que es la única figura del cuadro que alza su mirada sobre la estela), hacen referencia al cometa de Donati. El cometa más grande y más brillante que se había contemplado jamás fue visto la noche del 5 de octubre de 1858. Fiel amante de las ciencias, Dyce tendría conocimiento de las teorías más recientes sobre cometas que postulaban su existencia como el resultado de alguna catástrofe planetaria o simplemente como cuerpos celestes errando en el espacio como consecuencia de alguna ley que viniera a regir la evolución del sistema solar. En cualquier caso, astronomía y poesía se mezclan en este lienzo magnífico donde Dyce nos deja testimonio de un fenómeno del que hoy, casi siglo y medio después, podemos disfrutar.
Pues eso era todo. Espero que les haya gustado la obra; espero, también, no haberles aburrido demasido con la extensión del post. Sólo una curiosidad quedaría pendiente. ¿A qué creen que hace referencia el término “rememoración” del título del lienzo? Les dejo una pista: mandamiento prerrafaelita. Hasta mañana.
Acabo de llegar a casa. He estado, desde las diez de la mañana, disfrutando del sol y de una brisa maravillosa en la playa de Hendaya. Vamos, mi playa, y me he dicho: ¿por qué no compartir este lugar espléndido con mis amigos? Y nada, que aquí me tienen a mí y, arriba, la costa. A Hopper le hubiera gustado: azules con tintes rosáceos, un mar cantarín y un paisaje de cuadro prerrafaelita. Buen fin de semana.
”Quizá yo no sea muy humano. Mi deseo era pintar la luz del sol sobre una pared”
Hopper es uno de mis pintores favoritos. Me cae bien, con su sombrero calado a los James Stewart y aspecto de investigador privado. En el fondo así habría que considerarle, aunque sus pesquisas irían dirigidas más bien a la búsqueda de la luz y al juego incondicional de su gemela, la sombra. Hoy quiero hablarles de una de sus obras, para mí magnífica, que aunque considerada de “transición” no deja de tener su importancia. La obra se titula Lighthouse Hill, un óleo sobre lienzo de 71,8 x 100,3 cm., ejecutada en 1927 y donada por Mr. Y Mrs. Purnell al Museo de Arte de Dallas.
Quien contempla Lighthouse Hill lo hace de abajo a arriba. Se lo aseguro. El monte separa al espectador del faro y de la casa aneja y se nos antoja un mar con las crestas de sus olas precipitándose hacia nosotros recogiendo una luz que hace imposible captar nada más en sus partes bajas. A pesar de ello, Hopper nos permite acceder a las dos edificaciones con intenso olor a mar, a la mar en femenino como gustan los poetas, a la mar que se esconde detrás de la pendiente donde se sitúa el faro. El escenario es perfecto con su juego magistral de luces y sombras sobre el faro y la casa, proporcionándonos nítidos perfiles y límites de sombras cuyo efecto nos puede resultar chocante. ”Luz por la sombra herida de repente.” ¡De qué manera nos podría servir este verso de Alberti para describir lo que vemos! La sombra que parece partir el faro en dos (”…adverso que al morder a su a su adversario/clava la sombra en una luz segura”) nos recuerda el juego de luces y sombras que pone de relieve Giorgio de Chirico en Nostalgia dell´infinito (1913-1914)
también en la figura de un faro. Y aquí también la perspectiva nos obliga a contemplar un fragmento cualquiera donde un ruborizado rojo rotundo (¡va por ti Cristina!) hace destacar el extremo superior del faro con respecto al color del cielo de forma similar al rosa que Hopper hace partir directamente de la punta del suyo. Pintura “metafísica” la de Chirico como la Lighthouse Hill de Hopper por sus conceptos plásticos que ponen de relieve el decorado de un sueño, como un presentimiento que nos inquieta. Todo está en calma y hace calor. No lo vemos, pero huele a mar. Hasta mañana.
”Hay mujeres con quienes apenas deberíamos hablar; sólo acariciarlas”
La mujer no es un tema ni un motivo para Degas: es una obsesión. Desde lo más alto a lo más bajo de la escala social, desde una punta a otra de la ciudad, el pintor de mujeres las vigila con su mirada indiscreta sin otorgarles tregua alguna: las espía cuando planchan, cuando bostezan, cuando tras duras horas de baile sus riñones las traicionan... Degas el coleccionista. Y como buen coleccionista clasifica su material, taxonomiza y controla todo ritual que cualquier mujer del París del Segundo Imperio lleve a cabo cotidianamente. Pero en contra de lo que ustedes puedan pensar y al hilo del encabezamiento de este post las relaciones del pintor con el sexo opuesto eran difíciles. De lenguaje procaz y atrevido pero de modales exquisitos, Degas no necesita maîtresse alguna:
”El arte es el vicio. No nos casamos con él. Lo violamos. Quien dice arte, dice artimaña. El arte es desleal y cruel.”
Mucho se ha pensado y dicho sobre su posible misoginia. Picasso incluso realizó una serie de grabados en 1971 con el título Degas en la Maison Teiller donde el famoso pintor estaría tomando notas en un burdel. El malagueño diría al respecto: ”Me hubiera dado una patada en el culo si se hubiera visto así”. Y posiblemente fuera verdad. Degas estaba convencido de que una “ley natural” regía la jerarquía social. De este modo las sirvientas sirven a las mujeres, las mujeres a los hombres y, ambas a los pintores. De ahí que una y otra vez hable a través de sus composiciones del pilar de esta sociedad, de la sirvienta que asiste y soporta los juegos de diagonal que debe realizar una mujer secándose o peinándose. De sus retratos, seis de cada ocho lo eran de una mujer, pero de una mujer que él mismo debía de conocer, de una individualidad colocada en primer plano, sobre un entorno neutro donde el pintor pudiera, desde la horizontalidad, compartir el mismo estatus y decir somos nosotros. Desde Nueva Orleáns nos dirá que ”el arte no se expande. Se repite a sí mismo” porque el sólo es posible infundir arte a los objetos a los que uno se ha acostumbrado.
Se ha dicho de Degas que tenía un ojo Kodak. Un ojo inteligente desde el que “vemos como queremos ver y esta falsedad constituye el arte”. Esta cuestión es la única a la que debemos atender. A Degas le gusta ver y lo que para nosotros constituye siempre la misma visión, a él le parece el fundamento de su concepto de arte. La cotidianidad, la acción y el reposo, la obsesión del coleccionista de mujeres. La próxima vez que tengan la oportunidad de contemplar “un degas”, háganlo con los ojos del espectador que a Edgar le habría complacido. Aquel que cuando acompaña a las damas de la alta sociedad a la modista, lo único que ve son “las manos rojas de la niña que sujeta los alfileres”. C´est Degas.
El muchacho que tan ingenuamente está siendo desplumado es tan sólo un niño. Un niño de catorce o quince años. Un niño para nosotros pero un hombre para sus coetáneos. Fíjense (si la imagen se lo permite) en los rasgos de su cara. Bajo las ondas de su cabello no ha surgido todavía ningún pliegue. Sus mejillas, excesivamente redondeadas, parecen encontrarse en una boca infantil de labios carnosos. Como les digo, el joven ya es un hombre. La infancia era muy corta en aquellos tiempos. Para que se hagan una idea, el futuro Luis XIII, a la edad de siete años, había prescindido de la tutela de las mujeres y de los ropajes de niño: vestía jubón, calzas, capa y espada; sus muñecos habían sido abandonados por los naipes y las armas y eran frecuentes sus salidas para cazar. ¡Siete años! No quiero pensar qué haría mi J. con capa y espada jugando con sus preciados playmobils en mitad del salón...
Bien, continuemos. Aunque no nos lo parezca, la baraja francesa con diamantes, picas, corazones y tréboles no se impuso en Europa hasta el siglo XVII. En Alemania sustituyó a la baraja con palos de cascabeles, corazones, hojas y bellotas. Se sabe que aunque prohibidos, había naipes en Florencia desde el siglo XIV: pintados a mano y muy, muy caros. Ya en siglo XV con la invención del grabado al cobre y de la xilografía, la fabricación de cartas era masiva por lo que el juego de naipes se hizo muy popular entre nobles y burgueses que podían permitirse su coste, no así para soldados, campesinos y sirvientes que seguían utilizando los dados que eran más duraderos. Algún historiador se atreve a afirmar que posiblemente es el 21 el juego que se traen entre manos. En este juego, el as tiene un valor especial ya que puede valer indistintamente 1 ó 10 puntos para conseguir los 21 necesarios. Si observan al tramposo de nuestro lienzo comprobarán que el truhán intenta dar el cambiazo de una carta sin valor por nuestro famoso as del mismo palo. Los trucos, por supuesto, estaban a la orden del día. Entre ellos, se encontraba uno que requería de una gran experiencia y memoria además de una notable capacidad de observación por parte del tramposo. Me estoy refiriendo al truco de marcar los naipes. Si se fijan, la dama nos muestra el reverso de la baraja. Nos parece blanca. Pero para un experimentado tahúr como el de nuestro lienzo no lo es del todo. Las cartas solían mostrar manchas de sudor y de suciedad por las que podía descifrarse el triunfo que el rival poseía. Nuestro tramposo debe de actuar con destreza y gran precisión. El joven acaudalado no debe darse cuenta del truco porque de ser descubierto, el intrépido tahúr podría perder el dedo pulgar o toda la mano (literalmente hablando), podría ser marcado con hierro candente o incluso, sufrir pena de muerte. ¿No les resulta escalofriante? Aún hay más. Así como el juego era contrario a la ley, del mismo modo la religión y la superstición eran contrarias al juego. Las cartas cogidas a modo de abanico se conocían por el nombre de “el devocionario del diablo” ya que era el mismo Satán quien había inventado el juego y quien en él apostaba las almas. Aquel que utilizara una baraja cedía el poder de su persona al maligno, de ahí que los soldados que se dirigían a la batalla se deshacían de sus naipes porque las balas de los cañones eran atraídos por ellos, acarreándoles la muerte y, sin ninguna duda, negándoles la vida eterna.
Para finalizar apuntar la cuestión con la que comenzábamos ayer el post. Fíjense en las miradas. Mientras que el joven parece absorto dirigiendo su mirada al centro del tapete, la dama muestra una mirada fría y calculadora hacia los ojos de la criada que, a su vez, observan con curiosidad e interés a la víctima. El tahúr es el único que vuelve la vista hacia nosotros haciéndonos sus cómplices. Tengan cuidado, amigos. El post termina pero la partida no ha hecho más que comenzar. Que la disfruten.
Georges de La Tour El tramposo con el as de diamantes
Tres personas se sientan a la mesa y se comunican con guiños y señales que en principio resultan discretas. Los tres se están jugando una considerable suma de dinero como atestiguan las monedas de oro que vemos encima de la mesa: un montoncito delante del joven ricamente ataviado; otro delante de la dama y, otro bien protegido por el codo del personaje que intenta introducir una carta en el juego sin ser visto: el as de diamantes.
El lienzo no nos ofrece ninguna pista sobre el escenario donde transcurre la partida. Por su fondo oscuro podría tratarse igualmente de un salón, de una taberna o de un burdel. Nos da lo mismo, porque lo que sí sabemos a ciencia cierta es cómo se desarrolla esta historia: una cortesana invitaba a un joven inexperto a una cena galante. Después le proponía jugar una partida de cartas con un “amigo que había encontrado por casualidad”. Entre los dos desplumaban al joven quien, al menos esa noche, perdería todo su dinero y no su virginidad. Lástima...
Las manos de la dama, la doncella y el tahúr se encuentran sincronizadas de forma excelente para buscar la ruina del ingenuo joven. La blanca y delicada mano de la dama da la señal para que el tahúr de morena mano introduzca en el juego el as de diamantes. Mientras tanto, la ruda mano de la doncella escancia vino tinto en una copa de cristal veneciano. La una seduce al joven con su blancura y su “manera”; la otra con la bebida que sin duda hará que el buen juicio del muchacho se nuble; el otro, con la trampa que le espera discreta y sin remedio...
Fíjense en el lienzo. La dama porta perlas tanto en su tocado, como en su cuello y manos. La doncella, por el contrario, lleva una pulsera de grandes piedras que en modo alguno son valiosas. Sin embargo, ambas van discretamente vestidas sin lucir los amplios escotes a los que estaban acostumbrados los habitantes del París del siglo XVII. Incluso el tapete se encuentra perfectamente extendido. No hay signo de caos ni desorden alguno: no hay vasos caídos, ni viandas desparramadas ni melenas sueltas ni corsés abiertos. El vicio se nos presenta con el mayor de los decoros... Ya está todo dispuesto para estafar al muchacho. Le robarán hasta la última moneda de oro e, incluso, toda su lujosa vestimenta. El pobrecillo se ha puesto sus mejores galas para una cena que le costará muy cara: un brillante jubón de satén gris ricamente bordado en oro y plata, con corbatín y cintas de seda roja colgando de las hombreras. Rematando el jubón, luce puñetas de finos pliegues ribeteados en oro viejo. Sin duda estamos jugando con un miembro de la nobleza o con el hijo de un rico comerciante. Interesante partida ¿verdad?
Nos han pedido silencio. Yo por mi parte les espero mañana para continuar con la historia. ¡Que gane el mejor!
Un joven de clara piel resplandeciente por el sol aparece tendido en una pose que se me antoja de abandono. Su cuerpo medio inclinado reposa sobre un paño de seda. Su delicadeza y afeminamiento se traducen en la posición de su pierna y brazo derechos y en unos ojos ligeramente entornados. Su muerte está próxima. En la parte inferior derecha una raqueta abandonada en el pavimento. Junto a ésta y en el extremo opuesto, el arma letal: la diminuta pelota que va a separar definitivamente a los dos amantes. El “jeu de paume” que así se denomina lo que para ustedes es el tenis, no es un pasatiempo obligatorio de nuestra nobleza a diferencia de la equitación, la caza o la danza. Sin embargo, está considerado como un ejercicio corporal que además de divertir el espíritu, es beneficioso para la salud. El conde Guillermo lo juega de forma magistral. Los partidos no se celebran al aire libre sino en lo que los franceses han denominado “salles de jeu de paume” y sus características no están normalizadas como las de ustedes. La red se tensa a la altura del pecho y, como en su moderno squash, los jugadores dejan rebotar la pelota contra las paredes. Cada sala dispone de una galería cubierta para los espectadores que he pensado reproducir en mi obra. No crean que es una exageración pensar que una pelota de ese tamaño puede producir semejante desenlace. Las pelotas son de cuero y están rellenas de lana, pelo y arena. Son extremadamente duras y peligrosas, tanto es así que el joven mecenas habrá recordado sin duda la trágica muerte que tuvo lugar el año pasado de Federico, príncipe de Gales, al morir a consecuencia de una hemorragia interna que un pelotazo en el estómago le provocó.
Estoy pensando que los dos jóvenes amantes irán ataviados al uso, es decir, como los jugadores de paume de nuestro querido siglo XVIII. Ligeramente vestidos con un cinturón atado fuertemente a la cintura con dos nudos alrededor de la cadera. Ninguno de ellos habrá de quitarse el cinturón puesto que tal ligadura protege sus vísceras y el hígado. Apolo reaparecerá, como en otros cuadros míos, con un paño largo que lo distingue como dios mitológico. Jacinto, sin embargo, llevará falda corta y estrecha. Su cinturón estará aflojado por la situación y en su extremo reflejaré un anillo colgado de la cabeza de un sátiro. Otro sátiro, esta vez en forma de estatua, aparecerá a la derecha del dios, con una sonrisa burlona dirigida a ambos jóvenes. Le he dado muchas vueltas al asunto y creo que voy a incluir esta estatua además del papagayo (como homenaje al continente americano) y el frontón partido tal y como los pinté en mi Rinaldo preso de los sortilegios de Armidas. ¿Por qué un sátiro? Creo que encaja perfectamente con el joven Guillermo: los sátiros con cuernos, colas de buey y pezuñas son criaturas salvajes, incapaces de llevar una vida civilizada y siempre dispuestos a seguir sus instintos sexuales. Sí, definitivamente lo incluiré en el lienzo. Al igual que estos seres, el conde es enemigo de reglas y convenciones. A los 18 años montó un caballo al revés y galopó de esta manera de Londres hasta Edimburgo. En otra ocasión dicen que disfrazado de mendigo recorrió todo el país por diversión. ¡Ay la juventud...!
Apolo es uno de mis dioses favoritos. Es el dios de la luz y, la luminosidad y la claridad dominan todas mis obras. Mi simpatía por él también responde a otro motivo. Personifica la Ilustración (no olviden que estamos en el Siglo de las Luces) y el progreso de la razón y de la ciencia hará que se disipen de nuestras vidas la ignorancia y la superstición. Como jefe de las musas, Apolo representa el triunfo del arte y de la cultura. Y llegamos otra vez a la figura de mi comitente. Ya les informé sobre su elevada cultura que, incluso, hizo que contratara a un hijo de Bach, que fuera amigo del filósofo Herder, precursor del clasicismo alemán, y que estudiara filosofía y ciencias naturales. Tantos laureles sobre su cabeza como Apolo, ambos dioses de la belleza y la juventud. Cuando contemple esta obra mía en su palacio de Bückeburg le asaltarán recuerdos entrañables de su vida. Morirá a los 53 años y un sobrino suyo se hará cargo del gobierno. No sé si Apolo será quien lo disponga así, pero este familiar de Guillermo se llamará Jacinto. Bella historia, y siempre bella también para los siglos venideros esta obra mía que finalizaré en 1753. Contémplenla. Espero que la disfruten.
¡por cierto! Se me olvidaba. Mi nombre es Giambattista Tiepolo.
Aprovecho un momento antes de acostarme para continuar escribiendo esta carta. Como les he dicho ya, y dejando a un lado las frivolidades y excesos de mi comitente, la formación clásica del joven conde puede definirse como exquisita. Por esta razón desea que el tema de la obra de la que tengo el honor de ejecutar para su graciosa persona me viene impuesto en el pliego de condiciones que la misiva adjunta. En el Libro X, capítulo V (v. 162-219) de Las Metamorfosis, ha encontrado el conde Guillermo la inspiración a su deseo. Si así me lo permiten, a continuación les transcribo el relato en el que tan magistralmente el poeta Ovidio relataba la muerte de Jacinto:
”A ti también, nieto de Amiclas, Febo te hubiera colocado en los cielos si los tristes hados le hubiesen dado la ocasión de hacerlo. A pesar de ello, sin embargo, también gozas de la inmortalidad; porque tantas veces como la primavera empuja al invierno y Aires sucede a Piscis acuoso, naces y floreces en el verde césped. Mi padre te ha querido más que a todos, y Delfos, colocado en el centro del mundo, fue privado de su protector, mientras el dios frecuentaba el Eurotas y Esparta sin murallas; no le tiene preocupado ni la cítara ni las flechas; olvidándose de sí mismo, no rehúsa llevar tus redes, ni retener a los perros, ni acompañarte por las cimas de un monte escarpado y la prolongada costumbre de tu presencia alimenta sus fuegos. Ya el Titán estaba ya casi a igual distancia entre la noche que se acerca y la que ha pasado; ellos se despojan de sus vestiduras; luego se untan con la grasa del aceite de oliva y se disponen a la competición del ancho disco. Primeramente Febo, tras balancearlo, lo envía a través de los espacios etéreos y con su peso hiende las nubes que encuentra; cae de nuevo después de largo tiempo el peso, dando muestras de la fuerza y destreza del dios. A continuación, el imprudente hijo del Tenaro, impulsado por el ardor del juego, se apresuraba a recoger el disco; pero la dureza del suelo lo hizo rebotar en el aire contra tu rostro, ¡oh jacinto!. Palideció como el jovencito el mismo dios y recogió su cuerpo desfallecido; trata en seguida de reanimarlo, le enjuga las tristes heridas, o bien le aplica unas hierbas tratando de que no escape su alma. De nada sirven las artes, es mortal la herida. Si en un jardín bien regado alguno troncha los alhelíes, las adormideras y los lirios que muestran sus amarillas lenguas, marchitos caen sobre su cabeza lánguida y no se sostienen e inclinan sus puntas hacia la tierra, del mismo modo yace la cabeza del joven moribundo, pues, perdida su fuerza, el cuello es un peso para él, abatiéndosele sobre los hombros. Entonces, Febo exclama: “Tú caes, hijo de Ebalo, arrebatado en la flor de tu juventud; yo estoy viendo la herida que me acusa. Tú eres mi dolor y mi crimen; necesario será que se escriba sobre tu tumba que mi mano te ha matado; soy yo el autor de tu muerte. Y, no obstante, ¿cuál es mi culpa?, si es que a jugar puede llamarse culpa, si es que culpa es amar. ¡Y ojalá, tal como me merezco, me fuera permitido a mí abandonar la vida contigo! Ya que me liga una ley fatal, siempre estarás conmigo y vivirás por siempre en mi pensamiento y en mis labios fieles. Para ti sonará mi lira al vibrar bajo mi mano; para ti sonarán mis cantos y transformado en una flor nueva, recordarás mis lamentos por medio de una palabra escrita sobre ti. Llegará un día en que un valiente héroe tomará también la forma de esta flor, en cuyos pétalos se leerá su nombre. Y mientras la boca veraz de Apolo profería tales cosas, he aquí que la sangre que, manando, caía en el suelo y había manchado la hierba ya no era sangre; más brillante que la púrpura aparecía una flor parecida al lirio, si aquélla no fuera más roja y éste plateado. Esto no era suficiente para Febo (pues era él el autor de este homenaje); aquél recuerda sus lamentos por medio de una palabra que se lee sobre sus pétalos: “AI AI”, letras fúnebres trazadas por el dios. Y Esparta no se avergüenza de haber producido el Jacinto y su gloria perdura en la actualidad y cada año brotan los Jacintos para celebrarse según el rito antiguo con ceremonias solemnes.”
El caprichoso Guillermo me solicita encarecidamente que la versión del mito que yo le presente sea de un modo especial. De esta manera, el joven conde propone que no sea un disco el causante de la muerte de Jacinto, sino una pelota de tenis lanzada por Apolo con demasiada fuerza. Cuando cierro los ojos contemplo la escena en mi pensamiento. Dispongo de un gran lienzo en mi taller, de 287 por 235 centímetros que seguro, dentro de unos siglos, verán ustedes colgado en la ciudad de Madrid y, que pertenecerá a la colección de la casa Thyssen-Bornemisza. Pero no quiero adelantar acontecimientos...
Vaya..., se me ha hecho demasiado tarde. Mañana he de levantarme temprano para comenzar a hacer realidad los deseos de mi díscolo cliente.
Cuando llamó a la puerta no me lo podía creer. Un mensajero extendió su mano para entregarme una carta. No me percaté del sello del sobre ni pude identificar las iniciales que encabezaban la misiva. Sólo al final comprobé su identidad: Guillermo de Schaumburg-Lippe. El conde Guillermo tiene 28 años. Nació en Londres, allá donde su padre ocupaba un cargo de consideración en la corte de la casa de Hanover (si no me equivoco tienen ustedes un miembro de esta familia entre sus coetáneos aficionado a cometer excesos de todo tipo. El tiempo pasa pero hay cosas que no cambian). Bueno, a lo que íbamos. Creció en la ciudad de Bückeburg y fue educado por un preceptor que era pastor. Estudió en Ginebra y Leyden. Dicen que su francés es elegante pero que su alemán deja mucho que desear. Eso sí, es un gran amante de la música y la pintura. Gracias a su meticulosa formación clásica no es de extrañar que conozca las Metamorfosis del poeta romano Ovidio. Pero de esto ya les hablaré más adelante. He de reconocer, con falsa modestia, que me encuentro entre los artistas más famosos de Europa. La luminosidad de mis obras, el brillante colorido y el gusto por los personajes hermosos e idealizados responden punto por punto a los gustos de los aficionados al arte. Y por lo que compruebo en la misiva del conde, al suyo. En ella se me encarga una nueva obra (el conde desconoce mi práctica de reproducir una y otra vez los motivos de mis cuadros). ¿A qué responderá este interés del joven conde? Goethe diría al respecto que no hay nada más gratificante para una fantasía juvenil que perderse en lugares serenos y llenos de esplendor, en compañía de dioses y ser testigo de sus acciones y de sus pasiones. Pero ya saben, Goethe es, ante todo, un poeta. Yo me inclino a pensar (como toda Europa) que el sentimiento que inspira al joven Guillermo no es tan elevado. Su apasionamiento por los varones es vox populi. Se cuenta que ya con 22 años describió a un joven amigo húngaro como “mi querido Festetics”. Éste iba a contraer matrimonio y el conde le instó a morir antes que unirse con una mujer en contra de su voluntad. No es de extrañar que su “froideur pour les femmes” esté en boca de todos. No quisiera ser irrespetuoso con aquel que me pagará 200 zecchini venecianos por la obra, pero con su juventud y su rango puede acometer empresas que ningún otro podría permitirse. Como aquella vez que raptó en Viena a una “princesa del teatro” y se la trajo consigo aquí, a Venecia. Sus inclinaciones dieron cobijo al mismo tiempo a un director de orquesta español con el que el triángulo amoroso se cerraba. El triángulo, para nada equilátero, les condujo a la ciudad de Londres pero la muerte, dama paciente donde las haya, esperaba al músico con los brazos abiertos. Se me hace tarde y tengo que empezar a preparar los pigmentos. El trabajo es lo primero.
No, no se lleven a engaño. No se trata de ninguna foto reciente de la reciente Duquesa de Cornualles aunque de cuernos tratemos. El escenario tampoco tiene que ver con la campiña inglesa. Ya ven, nuestros sentidos pueden jugarnos, a veces, una mala pasada. El lienzo que hoy quiero presentarles fue pintado, eso sí, por un inglés llamado William Holman Hunt entre 1854 y 1855. Entre el período que iba de junio a octubre de dichos años, Hunt vivió en Jerusalén. Aunque el motivo de su estancia fuera otro, dedicó su tiempo a pintar una obra que no precisara de modelos humanos para su ejecución. El chivo expiatorio -que así se titula el cuadro- le llevó más tiempo del que creyó en un principio. El tema del lienzo fue adjuntado al cuadro mediante una nota con citas del Levítico y el Talmud: el chivo expiatorio del Antiguo Testamento que había sido expulsado del Templo el Día de la Expiación para redimir los pecados de su pueblo. La nota también señalaba el lugar como Oosdoom, en las orillas -cubiertas de sal- del mar Muerto. Al fondo, las montañas de Edom. Hunt dejó constancia del lugar, tal y como él lo contempló en 1854:
era un lugar “que pocos viajeros visitan y ninguno repite (...) el lugar más horrible del mundo.”
Precisamente el paraje fue escogido por su fealdad, porque sin ninguna duda el lugar había recibido la maldición de Dios al tratarse del emplazamiento de la antigua Sodoma. A finales de octubre de 1854, el pintor visitó el mar Muerto y un mes más tarde acampó en aquel lugar confeccionando un diario detallado tanto de su aventura como del desarrollo del cuadro. Allí pintó la mayor parte del fondo. Un fondo que calificaría de ”horrible yermo de tan bella ordenación”. La figura del chivo fue ejecutada en Jerusalén, de pie dentro de una cubeta de barro cubierto con sal que se había llevado del mismo Oosdoom. Gran parte del cielo es el de la misma ciudad ya que fue pintado desde la casa de un amigo donde se podían divisar las montañas detrás del mar. Finalmente, el lienzo fue terminado después de siete largos meses de viajar al mar Muerto. Cuando fue expuesto, las críticas expresaban en su mayoría perplejidad y antagonismo. En lo que sí estaban todos de acuerdo fue en el valor e interés del paisaje representado que venían dados por esa fidelidad naturalista que distinguía a la hermandad prerrafaelita.
A pesar de los siglos transcurridos, la “misión” del chivo expiatorio está aún por cumplir. Y para cumplir como Dios manda, ustedes me dirán la razón por la que Hunt representó al chivo con un hilo de lana roja entre los cuernos. Les ofrezco una pista: no se trata de coquetería. Un saludo
John Everett Millais pintó este lienzo con tan solo 22 años. Se trata de una interpretación del suicidio de la Ofelia de Hamlet en la que el artista, huyendo de las convenciones aceptadas de la tragedia schakespeariana, efectúa una transposición literal de la muerte de la joven tal y como nos informa la reina Gertrudis en su monólogo. Sin duda no encontramos suficientes calificativos para ensalzar la belleza de esta obra. Spielmann hablaba de ella como uno de los “estudios de la naturaleza más bellos, fieles y elaborados jamás realizados por la mano del hombre”. Y no es para menos. Entre julio y noviembre de 1851, Millais y su compañero de hermandad William Holman Hunt trabajaron juntos en Ewell, cerca de Kingston en el condado de Surrey, pintando fondos de paisajes. Entre ambos sumaron más de mil quinientas horas de trabajo al aire libre para ejecutar la vegetación de Ofelia y El pastor a jornal respectivamente. La primera, a la que desde aquí rindo mi personal homenaje, personifica la extrema miopía de la mirada prerrafaelita de la que ya hablamos en un post anterior. Sin embargo, dejando a un lado la belleza de toda la composición, hay un hecho que la hace especial. Como les digo, el fondo fue creado durante su estancia en Ewell, la figura a su regreso a Londres, invirtiendo de esta manera el proceso natural de creación según rige la norma académica de subordinar los elementos del fondo al argumento de la figura humana protagonista. Además, el lienzo de Millais difiere en otra cuestión. Salvo algunos estudios preliminares, la composición fue ejecutada directamente sobre la tela, pintando fragmento por fragmento a partir del anterior. ¿Una prueba? Fíjense, por favor, en la vegetación. Millais adoptó un fondo de blanco húmedo sobre el que todas las plantas se asientan, consiguiendo de esta forma la excepcional luminosidad del color, sobre todo del verde claro, combinación ésta de amarillo cromo y azul prusiano. La figura de Ofelia fue pintada en menor tiempo que el fondo vegetal. Sólo cuando el encuadre estuvo terminado, Millais hizo surgir a la muchacha, de ahí esa especie de exuberancia claustrofóbica en la que se encuentra envuelta. Con el fin de atenerse al principio prerrafaelita de la observación escrupulosa de la naturaleza, Millais tuvo que enfrentarse a una denuncia por violar una propiedad privada, al viento, a un toro, a las moscas y a dos cisnes que le observaban descaradamente justo en el lugar preciso donde quería pintar. Desgraciadamente, estos obstáculos no le impidieron realizar esta magnífica obra donde están plasmados, con todo lujo de detalles, los amplios conocimientos que el artista poseía en cuestión de botánica. Conocimientos que, por otra parte, fue ampliando a lo largo del desarrollo del cuadro y perfeccionados por algunos de sus amigos que llegaron a advertir que ciertos narcisos que había incorporado a la tela eran incoherentes con las demás flores de verano que aparecían en ella, por lo que Millais no tuvo más remedio que eliminarlos. La individualidad de cada planta o flor es lo que importa al pintor y no el lugar concreto donde se encuentra en contra de toda convención paisajística, por lo que Ofelia ha sido incluso calificada de “poco natural”. Es más, al apurar al máximo la claridad de cada figura, la luz y la sombra adquieren la misma importancia produciendo, pues, un extraño efecto de bidimensionalidad en todo el cuadro que anula cualquier tipo de organización jerárquica.
La muchacha que acaba de suicidarse vuelve a la tierra. A una tierra plena de vida que la acoge cuando a ella no le queda nada. Sus manos parecen implorar un deseo que se escapa de su boca entreabierta, como si de un susurro se tratara. Es precisamente la conciencia de Millais sobre la fragilidad y fugacidad de la existencia lo que otorga patetismo y tintes de tragedia a su Ofelia, a esa Ofelia que es la nuestra: la de la dama de Ewill.
Cuando echamos la vista atrás, tan atrás como el final del siglo XIX, somos espectadores de un mismo guión artístico: Los impresionistas deshacían el ovillo de la tradición pictórica, los nabís jugaban con formas primitivas, los fauvistas nos perseguían con su violencia cromática, los cubistas hacían malabarismos con las formas y, de ahí, se llegaba a la abstracción como una especie de tierra prometida, de un El Dorado del arte. Sin embargo, en medio de esta función del arte, surge, como en la isla que les vio nacer, un grupo de “incómodos” artistas ingleses que, a modo de hermandad medievaloide, se organizaron alrededor de 1848 bajo el nombre de Pre-Raphaelite Brotherhood (P.R.B.) (“Hermandad Pre-Rafaelita”). Su original calificativo se debía a la voluntad de todos ellos de remontarse a la pintura italiana anterior a Rafael Sanzio, pues consideraban que a partir de este gran pintor italiano la pintura había perdido su frescura y una sinceridad que era necesario corregir. La P.R.B. se constituyó en un verdadero movimiento organizado. Los miembros y adeptos a la hermandad eran numerosos aunque los cuatro miembros centrales del grupo fueron, sin lugar a dudas, William Holman Hunt, John Everett Millais, Dante Gabriel Rossetti y John Ruskin.
La hermandad como tal duró poco tiempo pero el legado pictórico que nos han dejado es importante. ¿Quién no conoce la famosa y dramática (en tanto que teatral) Ofelia de Millais?
Una vez que sabemos cuándo se formó y quiénes la formaron, demos un repaso del cómo. Si hay algo que caracteriza la obra de estos pintores es su visión de la naturaleza, la exquisita minuciosidad con la que la representan en sus lienzos. Lo innovador de esta agrupación fue precisamente –al contrario de lo que se pudiera pensar- esa atención suprema a la naturaleza como nunca antes se había prestado en la historia de la pintura, de tal forma que hasta el más mínimo detalle, el elemento más insignificante, quedaba reflejado en la obra (”No rechazar nada, no escoger nada” diría Ruskin). De ahí su tendencia “primitivista” al igual que los pintores anteriores a Rafael, en los que se intuía una pureza semejante a la que años más tarde encontraría Gauguin en otra latitud.
Su rechazo manifiesto a la idea de trabajar desde la memoria o la imaginación les llevó a plasmar la naturaleza desde la misma naturaleza, sin estudios preparatorios y con la dificultad añadida de que las estaciones cambiaban y la vegetación moría antes de que su obra hubiera finalizado. Para una sociedad acostumbrada a contemplar la naturaleza desde una perspectiva aérea, la estructura de unas obras en las que tanto el primer plano como el fondo eran realizados con el mismo detalle constituía todo un reto. Su pintura no contaminada de tradición les llevó a los Alpes o a Tierra Santa para pintar sus paisajes sublimes. Su representación del ser humano, rodeado de una naturaleza de millones de años, se cobija entre fósiles, conchas o el frente erosionado de acantilados, quizás en un intento melancólico de plasmar lo efímero sin transfigurar el entorno mediante estrategias pictóricas al uso.
A pesar de que su pintura fue calificada de “aberración” precisamente por ese espíritu de perfeccionismo técnico que durante un siglo les ha proscrito del orden artístico, hay que valorar y calibrar lo que sus obras contienen de bello y de moderno. Si ustedes han tenido el placer de visitar la exposición que la Fundación La Caixa nos ha presentado de estos artistas y sus obras, sabrán de qué les hablo. Si me permiten, les dejo mis obras favoritas. Sorprendentes y enigmáticas todas ellas: “Ofelia” y “Fernando seducido por Ariel” de Millais, “La casa embrujada” y “Nuestras costas inglesas 1852”de Hunt, “La Capilla, Bolton” y “En plena primavera” de Inchbold, “La guarida del dragón” y “El patio de Speke Hall” de Campbell, “Las canteras de Siracusa” de Lear, “Florencia desde Bellosguardo” (impresionante) y “El glaciar de Rosenlaui” de Brett, “Los tres arcos de Santa María Novella” de Newman y, “La playa de Pegwell Bay, Kent (Una rememoración del 5 de octubre de 1858)” de Dyce que, seguro, siempre guardará Tio Petros en su memoria. Si me dejan, ya hablaremos de todas ellas. Hasta pronto.
La Virgen es la protagonista indiscutible del batiente derecho. Con un pecho al descubierto sostiene en su regazo al niño Jesús que señala con el índice de su mano izquierda al tesorero para indicar que sus plegarias han sido escuchadas gracias a su Madre y a la misericordia de Dios. Sin embargo, la imagen de la Virgen se nos presenta de forma “demasiado” atractiva. Como dijera el medievalista Huizinga, como “un soplo de decadente irreligiosidad”. Y no es para menos. Fouquet no la representó como madre nodriza ya que el niño Jesús no está siendo amamantado. Si tenemos que encontrar una justificación teológica que explique el pecho desnudo (a lo “vigilantes de la playa”), diremos que así como Jesucristo mostró a su Padre la herida de su costado, de esta forma María muestra su seno a los hombres para mostrarles su intercesión en la tierra. Cójanla con pinzas (la explicación, por supuesto) y vayamos a descubrir a quién perteneció el rostro enigmático propietario de tan siliconada teta.
Se ha dicho a este respecto que podría tratarse de Catherina, sumisa esposa de Chevalier que abandonó este mundo en 1452 y fue enterrada en Melun. Pero lo más probable es que perteneciera a la modelo Agnès Sorel, dama que prestó su apoyo en más de una ocasión a Chevalier, tanto en su carrera profesional como en alguna otra carrera de índole más personal. Esta suposición se basa en una inscripción certificada ante notario que se encuentra en la parte posterior de la tabla:
”La santísima Virgen con los rasgos de Agnès Sorel, favorita de Carlos VII, rey de Francia, muerta en 1450.”
Agnès Sorel era considerada como la mujer más bella del mundo. Contaba con veinte años cuando llegó a la corte. El rey se enamoró de ella aunque le doblaba la edad (y no lo digo como una crítica sino como una curiosidad). El papa Pio II incluso escribiría de ella:
”A la mesa, en la cama, en el consejo, ella siempre tenía que estar a su lado”
y se preguntarán ustedes que si su relación fálico/monárquica era de dedicación exclusiva, dónde puñetas se encontraba la esposa del rey. Pues bien, la reina María d´Anjou se encontraba demasiado ocupada con la educación de sus catorce hijos y con una apariencia –cuenta Chastellain- “que asustaría incluso a los ingleses” (¡Dios mío, una especie de Camilla Parker con la matriz en el suelo...ajjjjj!)
Sabemos ya a quien pertenecía ese rostro y esa teta tan magníficos. La favorita del rey fue la única mujer que apareció a caballo en un torneo, protegida por una armadura de plata adornada con perlas. Acostumbraba también a lucir unos escotes tan generosos (de vértigo diríamos ahora) que en una ocasión un obispo se quejó al rey de tal estupendas aberturas que mostraban pechos y pezones... El que la bellísima cortesana aparezca como representación de la mismísima Virgen María era del todo legítimo pues el monarca, ungido de la gracia de Dios, era considerado santo y por ende, santificaba todo lo que tocaba. Además, fíjense que pleitesía, echen un vistazo a los colores que predominan en ambos batientes: el rojo, el azul y el blanco, esto es, los colores del escudo del rey.
Así pues, para terminar, sólo nos falta por descubrir porqué fueron separadas las partes del díptico. ”Para toda la eternidad” debía conservarse el recuerdo del donante, por el que cada mañana se celebraba una misa para su salvación. Pero a pesar de la voluntad del donante, donde manda capitán no manda marinero. En 1775, cuando los monjes de Notre Dame de Melun tuvieron que restaurar la iglesia, el díptico se dividió y se vendió haciendo caso omiso del deseo del bueno de Chevalier. Tras la Revolución, aparecieron en el mercado del arte. Un alcalde de París originario de Amberes adquirió el batiente derecho (no por cuestiones de teta, claro...) y el batiente izquierdo fue descubierto por un poeta alemán. Como no podía ser de otro modo y conociendo mi afán acertijero ¿me podrían decir cuál era el nombre de dicho poeta?
Espero que les haya gustado la historia relacionada con el díptico: la del tal Chevalier acompañado por un patrón que contempla, con mirada inquietante, quién sabe qué forma redonda y sonrosada. Hasta pronto.
Nota final: no se lo he dicho, pero los angelotes que acompañan a la frágil María son de un feo que dan miedo. ¿No les parece?
Nos encontramos de vuelta al siglo XV. Más concretamente alrededor del año 1456 y estamos contemplando en Melun, ciudad situada al sur de París, un díptico un tanto singular. La obra se encuentra colgada en la iglesia de Notre Dame. Exactamente sobre la tumba de Étienne Chevalier, caballero oriundo del lugar.
Durante siglos las dos partes del díptico han estado separadas, de forma que el batiente izquierdo se expone en Berlín y, el derecho, en Amberes. Sin embargo, los historiadores de arte suponían que ambas pertenecían a un solo cuadro y este hecho pudo ser demostrado con métodos de análisis de la madera que determinaron que ambos batientes proceden del mismo árbol: un roble que fue talado allá por 1446 y almacenado en el taller de un pintor llamado Jean Fouquet. El comitente de Fouquet fue el tesorero real Étienne Chevalier, que aparece de rodillas rezando en el batiente izquierdo. Junto a él se encuentra San Esteban, santo de su onomástica, portando los Evangelios y una de las piedras con las que fue martirizado. Así pues, la lectura del batiente izquierdo es sencilla: el mártir debe interceder por el alma del ilustre caballero.
Fíjense en las letras del nombre del comitente. Primero se cincelaron y más tarde fueron pintadas con oro en el pilar que se sitúa detrás de él. El traje de terciopelo con el que va ataviado es de fiesta, ribeteado en piel, con amplias hombreras y pliegues rígidos según la moda. La estancia parece la de un palacio, revestidos suelo y paredes en mármol al más puro estilo renacentista. Si bien en el París del siglo XV no había edificios de estas características, la casa de Chevalier era del todo magnífica, tanto es así que existe un dato curioso sobre ella. ¿Querrían decirme cuál?
La fortuna acumulada de este “sencillo” burgués nacido hacia 1400 provenía de los cargos que fue desempeñando desde el reinado de Carlos VII. Ejerció de secretario real, notario e inspector fiscal. Fue responsable de las finanzas del reino como tesorero y pertenecía al consejo real. Todo un hombre de confianza para un rey tachado por algunos de desgraciado y ridículo que no sólo ganó una guerra civil sino también la guerra de los Cien Años. Un hombre, Mr. Chevalier, como digo, tachado de insobornable por sus propios coetáneos que, incluso, fue nombrado albacea testamentario no sólo del médico de cámara y de la favorita del rey sino del propio monarca Carlos VII. Un personaje de estas características que mantenía una posición tan comprometedora en una corte de intrigas, bien debía necesitar la intermediación de un patrón como San Esteban. A su izquierda, el santo se nos presenta con su mano apoyada sobre el hombro del burgués y ataviado con una dalmática azul con galón de oro. Portando en su mano izquierda además de la piedra que le define, un libro de piel roja, con los cantos dorados y un punto de lectura. Sin duda, se trata de un ejemplar muy especial ya que no nos equivocaríamos si afirmáramos que es, nada más y nada menos, que un manuscrito miniado que el mismo Chevalier había encargado en 1448 al pintor Jean Fouquet: Libro de horas de Étienne Chevalier, un libro de horas ilustrado y con oraciones que usaban los grandes señores para sus rezos en privado. Seguro que Chevalier no ha de temer nada. Su santo protector está junto a él mirando fijamente a algo o a alguien situado fuera del propio cuadro. ¿Quieren saber de qué se trata?
El título del post ya les ofrece una pista del artista del que hoy quiero hablarles. Efectivamente, se trata de René Magritte y, en concreto de su obra L´Arbre ejecutada en 1959.
Al contrario de lo que opina algún buen amigo, yo considero que después del arte también ha habido arte. Y del bueno. Esta obra, sorprendentemente bella, nos muestra, con el uso casi rebuscado de los tonos graduales y de los colores, lo brillante de la maestría de este artista en pintura. Un único árbol domina un paisaje de bajas montañas destacándose bajo un cielo sosegado. Como si Magritte hubiera capturado una imagen del tiempo que pasa de forma fluida, como si de un extraordinario hechizo se tratara rescatando los paisajes crepusculares del pintor romántico Caspar David Friedrich.
”Todo lo visible esconde alguna otra cosa visible. Vemos el mundo como exterior a nosotros, mientras que en realidad lo único que tenemos son impresiones de nuestro espíritu. Verdadero empuje de la tierra hacia el cielo, un árbol es una imagen y una expresión de gozo. Para aprehender esta imagen, debemos quedarnos inmóviles al igual que el árbol. Hasta que nos movamos nuevamente, el árbol será el espectador. En forma de sillas, de una mesa o de una puerta, el árbol continuará mirando el espectáculo de nuestra vida. Más tarde, cuando el árbol se haya convertido en un féretro, desaparecerá de nuevo en la tierra y cuando se consuma en llamas, se desvanecerá en el aire.”
Existe una cualidad poética implícita en esta pintura que sólo se ve perturbada por la intrusión de una cavidad abierta en el tronco del árbol. Los objetos que pueden verse allí ponen en peligro la quietud que se desprende de esta composición. Como la caja que contiene los secretos de nuestra vida. Encendidos en su interior. Siempre presentes aunque secretamente resguardados. Guarden silencio. El árbol lo prefiere así.
...versos extraídos del poema de Ángel González Ya nada ahora.
”Iba caminando con dos amigos por el paseo, el sol se ponía, el cielo se volvió de pronto rojo, yo me paré, cansado me apoyé en una baranda, sobre la ciudad y el fiordo azul oscuro no veía sino sangre y lenguas de fuego, mis amigos continuaban su marcha y yo seguía detenido en el mismo lugar temblando de miedo, y sentía que un alarido infinito penetraba toda la naturaleza.”
Estas notas fueron escritas allá por 1892 durante la estancia de Munch en un sanatorio en Niza. La descripción de la situación no deja lugar a dudas. Se trata del estado que inspiró un año más tarde la obra más famosa de este pintor del dolor. La más famosa para nosotros, no la más querida para él.
Como ya vimos en otro post, la peculiaridad del arte de Munch no estriba en la sensibilidad con la que expresa las vivencias de su infancia ni en el contundente análisis psicológico de sus personajes. Bien al contrario, su genialidad (permítanme que así lo califique) radica en dos problemas estrictamente artísticos: la composición y la técnica pictórica. En este sentido, leamos las palabras que Rainer Maria Rilke decía en 1920 refiriéndose a esta obra:
”Munch había introducido ya esa violencia del terror en sus líneas, pero es infinitamente más naturaleza que Kokoschka; así, ha logrado desarmar en pintura el antagonismo entre lo que preserva y lo que destruye, siempre en el marco del acontecer espacial...”
Supongo que habrán reconocido la obra de la que hablamos: El grito cuya primera versión se ejecutó en 1893 y tras ésta alrededor de cincuenta copias.
Las palabras del mismo Munch con las que encabezaba el post nos describen de forma soberbia el cuadro. Una ensenada con veleros que apenas se insinuan. Una barandilla corta el lienzo en diagonal. Es Nordstrand. Bajo un cielo volcánico prendido en llamas de lava, como lenguas de fuego pesadas, un personaje nos descubre el dolor. Dos figuras de espaldas se alejan. La soledad del individuo no encuentra consuelo. Si en Atardecer en el Paseo Karl Johan (1892) nos había mostrado el miedo y la soledad del individuo entre la masa de la sociedad, en El grito nos presenta los mismos elementos enfrentándose a una naturaleza que no conforta, que no presta su cobijo sino que envuelve el grito del ser humano en soledad arrastrándolo hacia la ensenada sobre la que pesa un gran cielo teñido de sangre. Óleo, temple y pastel sobre cartón se mezclan en los límites de una pintura no objetiva para potenciar la expresividad del drama del hombre que tapa sus oídos para no escuchar el grito de su propio ser. Taparse los oídos y aislarse de lo que les amenaza como la protagonista de La Tormenta (1893), como la hija en Madre muerta con niña (1897-1899) en medio de una violencia de líneas que les arrastra a lo irremediable.
”Es tanto el peso de mi alma que ningún pensamiento puede transportarla, y no hay alas capaces de elevarla a lo inmaterial. Si se conmueve, parece acariciar el suelo con sus alas, como el vuelo bajo de los pájaros cuando presienten la tormenta. En mi pecho anida una opresión, un temor que adivina un terremoto”.
Con estas palabras de Kierkegaard doy por finalizado el post. Mañana viernes Tio Petros y yo salimos con rumbo al románico burgalés. De deberes, amigos míos, les dejo una pregunta en el aire a modo de curiosidad sobre el cuadro que hemos tratado hoy:
¿Sabrían decirme quién fue el modelo en el que Munch se inspiró para crear la figura central del lienzo? La respuesta tiene tela.
Música recomendada: Cantique de Jean Racine de Fauré.
”Sin el miedo y la enfermedad mi vida sería como un bote sin remos”
Con estas palabras resumía Eduard Munch el sentido de su pintura. Al igual que otros artistas, el dolor y el sufrimiento marcaron de tal forma su vida que el pintor nunca pudo deshacerse del hombre que lo envolvía. Como aquel Vincent Van Gogh, contemplando día tras día la lápida del cementerio en la que podía leerse su nombre... así Munch desde las luces del norte de Europa alimentaba de recuerdos los pigmentos de su paleta. ”Yo no pinto lo que veo, sino lo que vi” nos dice. Y lo que vio fue plasmado en su pintura como una percepción momentánea de una escena de la existencia humana. Quizás estemos acostumbrados al dolor, al dolor en soledad. Imagínense ahora, durante apenas un instante, lo irremediablemente difícil que sería expresarnos desde cualquier técnica artística obviando el sufrimiento, la melancolía y la soledad del dolor. Como un acto agónico, como el protagonista de una tragedia griega, Munch pinta lo que vio: un grito callado desde la cama, un marco inamovible de blancos radiantes, un soporte para la composición del lienzo y de su vida. Munch, el pintor de almohadas. Desde su niñez, la muerte y la enfermedad ocuparon un lugar central en su vida. Con cinco años ve cómo su madre muere de tuberculosis, enfermedad que se llevará también a su hermana Sophie a la edad de 15 años. En noviembre de 1889 muere también su padre. Si alguien nos habla de Munch, inmediatamente visualizamos El grito, pero a mi juicio, pintó una obra anterior a ésta que produce en mi espíritu un sentimiento que me perturba por su alto grado de realismo desgarrador: crudo realismo desde el impresionismo. Su primera obra maestra: La niña enferma. Véanla conmigo:
¿Recuerdan las palabras del padre de Ramón Sampedro en la galardonada y oscarizada “Mar Adentro” ? sonaba algo así:
”Hay algo peor que la muerte de un hijo. Y es que ese hijo se quiera morir”
De esta forma veo yo este lienzo pintado entre 1885 y 1886. La niña enferma (por supuesto evocando la enfermedad de su hermana Sophie) está sentada en la cama, enderezada por una gran almohada de plumas que la sujeta. Su cara vuelta hacia el lado donde una mujer sin rostro parece estar sentada o arrodillada. En la parte izquierda, una cómoda en la que reposa una botella nos da pie a pensar en un estrecho espacio; un trozo de pared que parece confundirse con la almohada; en la parte derecha, una superficie verdosa, quizás una cortina cerrada y en primer plano, una mesita con un vaso de agua. Ese es el mundo del dolor: cerrado, sin respiración, sin esperanza. Como peces en un acuario –se diría después-. El dolor incontenible de una madre sin rostro inclinada ante lo irremediable, ante el respeto que nos produce la muerte y, entregada (las manos de ambas están entrelazadas) a una hija que la contempla con resignación y paciencia. El dolor del que produce dolor. Fíjense en los ojos de la niña. Su mirada tranquila y sosegada. La mirada de la aceptación, del peor dolor del otro: querer morirse. A pesar de lo que pueda sugerirnos este lienzo, fue fuertemente criticado cuando en 1886 fue exhibido por primera vez durante la Exposición de Otoño de Cristianía. Ni el tema ni la composición eran motivo de escándalo. La forma que fue ejecutado con sólo esbozos escarbados en el lienzo y los surcos que parecían arañar la tela poniendo de manifiesto una intensa agitación nerviosa pueden explicar el desasosiego de los críticos. Ahora, les invito a que lo contemplen con los ojos de Munch. Los múltiples retoques, los rasguños que penetran en todas las capas de pintura, las sombras capaces de modelar los cuerpos y, la luz. Una luz que no incide desde fuera sino del interior de las figuras, de la gran almohada y del rostro trasparente de la niña enferma. El cuadro no es un garabateo ni una obra inconclusa. Nada en Munch queda inacabado. Una obra de arte está completa cuando el artista ha dicho todo lo que tenía en su corazón. Y en “La niña enferma” no quedó nada por decir.
En 1930 escribe Munch al Director de la Galería Nacional de Oslo:
”En cuanto al niño enfermo, se vivía entonces en un tiempo que yo he llamado la época de las almohadas. Muchos pintores representaban en sus cuadros niños enfermos con una almohada detrás...”
A este propósito cabría mencionar a Christian Krohg tan estimado por Munch. Su Niña enferma nos hace estremecer.
La niña mira al espectador a los ojos desde su mecedora. La almohada donde se apoya sirve de marco a la cabeza y al busto. Como las aureolas medievales, distintivos para las personas que fueron santas en vida, la gran aureola cuadrada nos manifiesta la “pasión” en vida de la hermana del pintor. Una rosa se deshoja en sus manos, expresión inequívoca de que su tiempo termina. La niña nos mira fijamente y con temor, recostada entre las plumas que, irremediablemente, la harán volar hacia la muerte.
“Pintores de almohadas” que han pintado el dolor, la enfermedad y la muerte. Pintores como Tissot
como Millais
como Hale
como María Blanchard
como Gwen
que al igual que Munch dirían:
”Cuando paseo bajo el brillo de la luna -entre viejas construcciones cubiertas de musgo, que entre tanto me son familiares- me da miedo mi propia sombra. Cuando enciendo la lámpara, veo de repente mi propia sombra proyectada sobre la pared y el techo y en el gran espejo que cuelga sobre la estufa me contemplo a mí mismo ,mi propio rostro de fantasma. Y vivo con los muertos, con mi madre, con mi hermana, con mi abuelo, con mi padre –sobre todo con mi padre-. Todos los recuerdos, los más pequeños detalles, desfilan ante mis ojos.”
Con el post de hoy doy por finalizada la serie dedicada a Los refranes flamencos de Bruegel. Coleccionar refranes se consideraba en tiempos del pintor una actividad científica. Erasmo de Rotterdam publica en 1500 una colección de dichos y adagios latinos y en 1564 Rabelais escribe Pantagruel donde se describe una isla de los adagios. Espero que les haya gustado y entretenido, ese era el objetivo de ésta quien suscribe. Y ahora demos paso a los últimos refranes que con tanta minuciosidad pintó Bruegel para nosotros, para contemplar con mirada escéptica, las maneras “desatinadas” de proceder de su sociedad, de una sociedad que en poco se diferencia de la nuestra. ¿No creen?
88- Pescar detrás de la red (desaprovechar la actividad; actividad inútil). 89- Los peces grandes devoran a los pequeños. 90- Ofenderse de que el sol se refleje en el agua (enfermar de envidia). 91- Arrojar el dinero al agua (echar la casa por la ventana). 92- Cagan por el mismo agujero (ser compañeros inseparables). 93- Sobresalir como cagadero sobre el foso (el asunto está bien claro).
94- pretender matar dos moscas de un golpe y no matar ninguna (la ambición desmesurada se paga cara). 95- Mirar la cigüeña (malgastar el tiempo). 96- Al pájaro se le reconoce por el plumaje. 97- Poner la capa como venga el viento. 98- Esparcir sus plumas al viento (esforzarse vanamente, trabajar sin método).
99- de los cueros ajenos se hacen buenas correas (es fácil ser generoso con la propiedad ajena). 100- Tanto va el cántaro a la fuente, que al fin se quiebra. 101- Coger la anguila por la cola (un asunto complicado que al final saldrá mal). 102- Es difícil nadar contra la corriente (quien no se aviene a las circunstancias y usos comunes, tiene muchas dificultades en la vida). 103- Colgar el hábito en la cerca (romper con su modo de vida habitual, sin saber si será posible adaptarse a las nuevas circunstancias). 104- Refrán de interpretación incierta. Puede entenderse en dos sentidos: a)ver osos bailando (padecer alucinaciones a causa del hambre). b) a los osos salvajes les gusta la compañía (debería avergonzar a los hombres el no poder vivir armónicamente).
105- a) corre como si tuviese lumbre en el trasero (estar en apuros). b) el que come fuego, caga chispas (no debe maravillarse del resultado quien se mete en negocios arriesgados). 106- a) si la puerta está abierta, los cerdos se meten en el trigal (sin vigilancia, no es posible mantener orden).b) si el trigo disminuye, aumentan los cerdos (las desventajas de uno son el provecho del otro).
107- con tal de calentarse, le da igual de quién sea la casa que se quema (aprovecha cualquier oportunidad para sacar su propio provecho). 108- Pronto cae el muro con grietas. 109- Es fácil navegar cuando sopla el viento (es fácil obtener éxito cuando las condiciones son favorables).
110- Tener un ojo en la vela (permanecer vigilante). 111- a) quién sabe por qué andan descalzos los gansos (¿). b) si no tengo vocación para cuidar gansos, los dejo hacer lo que quieren. 112- Las bostas de caballos no son higos (no dejarse engañar). 113- Arrastrar el tajo (pretendiente engañado; esforzarse por una cosa inútil). 114- Vieja con cuita trota. 115- Cagar junto a la horca (no temer ningún castigo; ser carne de horca). 116- Donde hay carroña vuelan los cuervos. 117- Si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en el foso. 118- El viaje no termina con avistar la torre (no se alcanza la meta hasta no haberse completado la tarea propuesta). Al sol se refiere el refrán: el sol saca todo a relucir (todo saldrá en la colada).
A pesar de que en el post anterior nuestro amigo Carl Philip nos amenazaba en su primer comentario con no poder jugar por falta de tiempo, una vez más nos ha demostrado su valía. Ha vuelto a acertar (aunque más que acertar es dejar patente su inteligencia y su agudeza). El filósofo que buscábamos no era otro que Cicerón (la cita pertenece a su obra De natura deorum) y, el amigo de Bruegel, Abraham Ortelius, famoso por ser el autor del primer atlas universal.
Una vez que hemos publicado la respuesta, centrémonos en nuestra disección refranera que, si quieren que les sea sincera, se me está haciendo más larga que un día sin pan (creo que ya no sé hablar sin echar mano del refranero o de expresiones populares).
70- Caer en cesto y romperlo (fracasar; recibir calabazas). 71- Estar suspendido entre el cielo y la tierra (encontrarse en situación apurada y no saber qué hacer). 72- Tratar de coger el huevo de gallina y dejar ir el del ganso (elegir equivocadamente por codicia). 73- Bostezar delante del horno; mucho tiene que bostezar el que quiere abrir más su boca que la del horno (sobreestimar sus capacidades; también, luchar inútilmente contra el más fuerte).
74- No alcanzar de un pan a otro (no saber administrar su dinero). 75- A)buscar la hachuela (buscar una excusa o un pretexto). B)andar con su linterna (tener ocasión de lucirse). 76- Hacha con mango (algo completo; significado todavía sin aclarar). 77- Rastrillo sin mango (algo inutilizable?. Significado todavía sin aclarar. El objeto reproducido es un rascador de pasta). 78- Quien derrama la masa, difícilmente podrá recogerla toda de nuevo (sardina que lleva el gato, tarde o nunca vuelve al plato).
79- Cada uno tira por su lado (buscar su propio provecho). 80- Aferrarse? Quizás: el amor está del lado del portamonedas más grande. 81- A)hacerse sombra a sí mismo. B)nadie busca a otro en el horno a menos que también haya estado allí (sólo el que también es malo piensa mal de los demás).
82- Tocar en la picota (no debería llamar la atención quien está en la picota; también: tomarse indebidamente libertades). 83- Caerse del buey al asno (hacer malos negocios). 84- El mendigo se compadece del mendigo. 85- Poder ver a través del madero si tiene agujero. 86- A) rascarse el trasero con la puerta (reírse de todo). B) cada cual carga su paquetito (tiene su cruz). 87- Besar el anillo (fingir o exagerar respeto).
Hoy no hay acertijo. Sólo una curiosidad. En la parte superior izquierda del lienzo que nos ocupa, Bruegel nos muestra unas tartas sobre el tejado en una perspectiva truncada por la que aparecen de frente al espectador y no escorzadas como en rigor debieran haberse pintado. ¿Creen ustedes que se trata de un fallo? ¿de una broma? ¿querrá el Viejo confundirnos? Trabajen la imaginación...
Una vez más los geniales Carl Philip y Palimp han dado con la respuesta a la pregunta que lanzaba al aire en el post anterior. Efectivamente y como ambos apuntaban, los animales a los que me refería eran monos. El premio Nobel que dedicó un poema a estos desdichados animales fue Wilslawa Szymborska como bien sabía nuestro maestro y amigo Carl. ¿Las cáscaras de avellanas? No, no piensen que los monos eran tan caprichosos. El caprichoso era Bruegel que las pintó para aludir al refrán flamenco “ir a los tribunales por una avellana”. De esta manera los monos habrían perdido su libertad por un asunto insignificante.
”Pareja de monos” (1562)
Bien, continuemos pues con el leitmotiv de esta serie de post: los refranes. Si les parece sigamos el orden. Hoy conoceremos del 50 al 69 (...bonito número para reposar hasta el siguiente...):
50- Ponerle velas al diablo (adular a todo el mundo). 51- Confesarse con el diablo (revelar secretos al enemigo). 52- Un soplón (chismoso). 53- El zorro visita a la grulla (Bruegel utiliza el motivo de la fábula de Esopo: dos impostores buscan siempre su propia ventaja). 54- ¿De qué sirve un hermoso plato si está vacío?. 55- Ser una espumadera (un charlatán). 56- Anotar con tiza (apuntar una deuda).
57- Tapar el pozo cuando se ha ahogado el ternero (acudir con el agua cuando ha ardido la casa). 58- Hacer girar el mundo sobre su pulgar (todos bailan al compás de su música). 59- Echar un palo a la rueda (poner trabas a alguien). 60- A rastras debe andar quien se abre camino por el mundo (al arribista le sobra astucia y le faltan escrúpulos).
61- Poner a Dios barbas postizas (el engaño a menudo lleva la máscara de la santurronería). 62- Echar margaritas a los cerdos (cf. S. Mat. 7,6). 63- Le pone a su marido la capa azul (lo engaña). 64- Cortar la barriga al cerdo (son habas contadas; ser irrevocable). 65- Dos perros rara vez se ponen de acuerdo sobre el mismo hueso (reñir enconadamente por algo; la envidia engendra avaricia y rivalidad).
66- Estar en ascuas. 67- A) la carne en asador hay que mojarla. B) es sano mear en el fuego. C)se mearon en su fuego (se lo extinguieron). 68- No se le puede volver el asado (no es posible doblarle la hoja). 69- A)coge pescados con las manos (es astuto; mientras los otros arrojan las redes, saca los peces atrapados en ellas).b) echar un eperlano para pescar un bacalao (cf. 28ª).
Para terminar por hoy les dejo la siguiente cita:
”El caballo ha sido creado para tirar y llevar cargas; el buey para arar; el perro, para vigilar y cazar; el hombre, sin embargo, nació para abarcar el mundo con su mirada.”
Esta cita de un filósofo –del que ustedes me dirán el nombre- adorna un ejemplar muy especial, obra de un buen amigo de Bruegel que, de ser contemporáneo nuestro, hubiera entrado en el libro de los records. Para que ustedes no se me pierdan en el mundo y puedan abarcar con su mirada una superficie del mismo lo más amplia posible, les aconsejo que su punto de vista sea elevado. ¿De qué famoso personaje hablamos y cuál fue su obra? Tienen deberes para mañana, tres preguntas totalmente gratis. ¿No es un chollo? Un abrazo
Una medalla de honor. A la antigua usanza. Carl Philip ha vuelto y se nota. Con sutileza, con la misma delicadeza que me imagino a Leda acariciando al cisne, como la sonrisa de un anciano, toda llena de tiempo... A continuación les transcribo el comentario que nos dejó como respuesta al acertijo del post anterior:
”Bueno, no sé, no tenía por qué ser un timo siempre y cuando la medium fuese competente. En cuanto a lo que dices de Palimp, ya sabemos todos que el pez grande se come al chico. Cosa de hacerse valer.”
Simplicidad. Como bien nos ha dicho Carl Philip, el pobre cliente necesitaría de los servicios de una médium para que El Bosco ejecutara el famoso grabado ya que había muerto unos diez años antes del nacimiento de Bruegel. ¿El título del grabado?:
Los peces grandes devoran a los pequeños.
A tu lado, siempre seremos peces pequeños...
Bien, amigos, después de esta breve ceremonia, vayamos a por la tercera entrega de esta serie: refranes del 25 al 49.
25- Atar al mismo diablo a la almohada (la obstinación maliciosa logra vencer incluso al diablo). 26- Gusta de morder pilares (es un santurrón, un hipócrita). 27- Trae fuego en una mano y agua en la otra (no es de fiar). 28- A) fríe el arenque por las huevas (sacrificar una pequeñez para obtener un provecho mayor). B) no puede freír su arenque (no marcha todo como se deseaba). 29- A) tiene más contenido que un arenque vacío (muchas cosas encierran un sentido más profundo que lo que a primera vista parece). B) está colgado el arenque de su propia agalla (a lo hecho, pecho). 30- En medio de dos sillas, se sienta en la ceniza (desperdiciar una oportunidad). 31- ¿Qué puede hacerle el humo al hierro? (no tiene sentido tratar de alterar lo irremediable). 32- Los husos caen en la ceniza (se malogró la empresa). 33- Si se deja entrar al perro, se mete en el armario (ser indulgente; al último los huesos). 34- El cerdo abre la canilla (la mala administración y la negligencia se pagan caro). 35- Dar de cabezadas contra la pared (encapricharse furiosamente por algo). 36- Ponerse la coraza (exasperarse, indignarse). 37- Ponerle un cascabel al gato (obrar sin cautela; tb. Abocarse a una tarea difícil). 38- Armado hasta los dientes. 39- Morder hierro (aunque la lima muerde, aluna vez se le quiebra el diente). 40- Preocuparse por huevos todavía no puestos (hablar prematuramente de algo). 41- Morder siempre el mismo hueso (trabajo inútil y fastidioso; tb. Repetir siempre lo mismo). 42- Están colgadas las tijeras (robo). 43- Hablar por dos bocas (hacer las cosas con dos caras). 44- Uno esquila ovejas, otro cerdos (uno se queda con las ventajas, el otro sale perdiendo; tb. Uno vive en la abundancia, el otro en la pobreza). 45- Muchos gritos y poca lana (mucho ruido y pocas nueces). 46- Córtales la lana, pero no los maltrates (no pienses sólo en sacar provecho). 47- Paciente como un cordero. 48- A) lo que la una hila, lo tuerce la otra (pasar chismes, murmurar). B) cuidar de que no se interponga un perro negro (las cosas pueden salir mal; tb. Donde se juntan dos viejas, no hace falta perro que ladre). 49- Sacar luz en cestos (malgastar el tiempo).
Si se han fijado bien en el grabado de los peces, un padre parece mostrar con el dedo a su hijo un mundo cruel e inhumano dominado por la codicia. Es el mundo que mostraba Bruegel en todas sus obras. Jamás pintó la ciudad de Amberes salvo en una ocasión. En 20 cm de ancho por 23 cm de largo, nuestro querido artista nos mostraba la ciudad por medio de un tema enigmático inspirado también por un refrán. ¿qué animales son los protagonistas del cuadro? Una pista: avellanas. Hasta mañana.
Lo primero es lo primero y voy a dar la solución del acertijo con el que finalizaba el post anterior. Como ya sugirió nuestro estimado Palimp en sus comentarios, el título del lienzo que nos ocupa es Los refranes flamencos (de ahí el término “palimpiano” de “lolailo”) o también “Los refranes neerlandeses u holandeses). El segundo título al que hacíamos referencia es El mundo al revés de ahí que a modo de pista sugiriera la presencia en el cuadro de dos esferas que representan al mundo: una en la parte superior izquierda cuya cruz está boca abajo y, la otra, con la cruz hacia arriba, sujeta por la mano de un noble caballero en la parte inferior derecha. Como el maestro Palimp nos decía que en el centro del cuadro se encuentra una imagen que hace referencia a otro título, le insto desde aquí a que nos lo cuente (como sólo él sabe contar las cosas). Una vez hechos los deberes del día pasado, sigamos con nuestra disección. En el post de hoy veremos los refranes del 14 al 24.
14- Dejar un huevo en el nido (la gallina pone sobre un huevo). 15- Hombre vendado con dolor de muelas (ser una mosca muerta). 16- Mearse en la luna (a) esforzarse por lograr algo imposible. b) malograrse una empresa. 17- Tejado con agujero. 18- Un tejado viejo necesita reparaciones. 19- Tener el tejado latas (las paredes oyen). 20- Tener colgado un orinal (en lugar de una jarra). 21- Afeitar sin jabón al necio (en la barba del necio aprende a rapar el barbero). 22- Crecer por la ventana (no puede permanecer secreto). 23- Dos necios en una caperuza (el necio ama la compañía del necio). 24- a) tirar un dardo tras otro (perseverar en algo que no vale la pena). b) tirar todos los dardos (gastar toda la pólvora en salvas).
Lo del arte ha sido un negocio durante toda la historia. No vayan a pensar que sólo actualmente el mercado del arte sufre de trapicheos y meriendas entre unos cuantos. En tiempos de Brueguel también funcionaba de este modo. Los grabados y dibujos se hacían por encargo en su mayoría. En el comercio de Amberes que regentaba el comitente Hieronymus Cock se vendieron (1557) a un incauto cliente, un grabado y su estampa correspondiente ejecutados por un joven Bruegel con la firma de un tal Hieronymus Bosch. Y díganme:
¿por qué sabemos que se trataba de un timo? ¿a qué grabado nos referimos?
p.d. está claro que el cliente no tenía asesores tan bien documentados como nuestra Tita Cervera, pero seguro que a ustedes no les habría pasado lo mismo ¿verdad Palimp? p.d.2. Carl, amigo mío, un refrán (ya que estamos en ellos) a modo de consejo: aquí el que no corre, vuela...y nuestro amigo del Cuchitril es un ave rapaz. Un abrazo.
Este hombre me encanta. Es uno de los artistas más cachondos que conozco y tengan en cuenta que ser “cachondo” en el siglo XVI tiene más mérito que serlo ahora. Con él nos reimos. De algún otro contemporáneo nuestro deberíamos reírnos de él (y entiéndase el “deberíamos” como imperativo categórico al puro estilo kantiano). A lo que vamos. Hoy les propongo una forma diferente de contemplar un cuadro. Como si estuviéramos inmersos en un capítulo del CSI Miami, les invito a diseccionar una obra de mi amigo Peter, dulcemente, con humor y con todo el respeto que me merece un maestro de la pintura universal como es él.
La obra que nos ocupa tiene un precedente. En 1558 Bruegel ensambló en un cuadro doce objetos que originariamente hubieran servido de platos. La imagen de cada uno de los doce platos representa un refrán de la época. Un año después retoma el tema de los refranes. Esta vez sobre un lienzo en el que se ven representados más de 100 refranes y giros idiomáticos muchos de ellos en desuso. Se trataría pues de representar actos estúpidos, inmorales y maneras tan desatinadas de proceder que podríamos pensar en el artista como un coleccionista minucioso de mirada escéptica con la que contemplaba a sus contemporáneos.
Antes de nada, una advertencia. Por las limitaciones de la administración de este blog, me es imposible colgar imágenes que sobrepasen los 20 k por lo que he tenido que reducir cada fragmento prácticamente a su mínima expresión. Espero, no obstante, que a pesar de ello les sea agradable o al menos simpática la disección que nos ocupa. ¿Comenzamos?
1- Cuando el techo está cubierto de tartas (vivir en jauja). 2- Casarse bajo una escoba (sin la bendición de la Iglesia; donde hay tejas hay putas). 3- Tener colgada la escoba (los señores no se encuentran en la casa). 4- Mirar por los dedos de la mano (no mirar con cuidado ya que de cualquier forma saca provecho). 5- Cuchillo colgado (desafío). 6- Zapatos sin calzar (esperar en vano). 7- Tomarse de las narices (engañarse mutuamente). 8- La suerte está echada. 9- A los necios les tocan las mejores cartas. 10- Depende de cómo caigan las cartas. 11- Cagarse en el mundo (despreciar el mundo). 12- El mundo está al revés (lo contrario de lo que debería ser). 13- Tirar por los ojos de las tijeras (obtener ganancias fraudulentamente; o también ojo por ojo).
Bien, por hoy y para ir abriendo boca es suficiente. En próximos post iremos contemplando la maestría de nuestro artista plasmada en 118 imágenes donde –como ya sabemos- el azar no existe. Por cierto, no les he dicho cómo se titula el cuadro. Tampoco se lo voy a decir. Lo van a tener que descubrir ustedes. Y como en este lienzo el “número” es el rey, no sólo me van a decir uno sino los dos títulos con los que se conoce a esta preciosa obra. Un saludo
Ayer terminábamos buscando un “donde”. A este respecto, la comunidad podría por fin materializar el sueño de compartir sus respectivas vidas artísticas. Heckel, que fue el administrador del grupo, encontró en septiembre de 1906 un antiguo almacén de calzado en la Berliner Strasse nº 65 en pleno centro del barrio obrero y cercano al ferrocarril. Arte y vida, taller y vivienda, pintura y poesía se daban cita cotidianamente en el nº 65, tanto es así que, como no podía ser de otra forma, los diversos estilos se fueron homogeneizando hasta hacerse uno. Pero como en todas las comunidades, no quitemos mérito a los verdaderos artífices: a Kirchner se le deben los temas y a Heckel las novedades formales. De este modo transcurrió sus vidas hasta que en 1911 abandonaron el antiguo almacén y se trasladaron a la capital del imperio: Berlín. Como en todas las grandes ciudades el anonimato, la diferencia de clases, la vida nocturna y la presencia de otros grupos artísticos y otro estilo, en general, de vida fueron –en un primer momento- el primer obstáculo al que pensaban hacer frente los jóvenes de Dresde. Poco tardaron en darse cuenta de que sólo aquel que pudiera hacer algo nuevo tenía la batalla ganada. Por lo tanto, la vida-arte en común constituyó un impedimento más que su tabla de salvación. Había que librarse del estilo colectivo y hacerse individual.
Ya saben ustedes el final. Como la crónica de una muerte anunciada el espíritu del cual nacieron y alimentaron fue asestado con un golpe mortal. Lejos quedaban ya las estancias en los estanques de Moritzburg, en Dangast, en Nidden o en la isla Fehmarn. En 1913 destruyeron su propio puente: al cruzar la otra orilla se olvidaron de lo que dejaban atrás.
”Con fe en el desarrollo, en una generación creativa y capaz de disfrutar de la vida, convocamos a toda la juventud; y nosotros, como juventud portadora del futuro, queremos procurarnos vida y brazos libres frente a las viejas fuerzas establecidas. Todo aquel que exprese directamente y sin falsías lo que le mueve a crear, pertenece a nuestro grupo”
“Expresionismo”, sin duda, es un término difícil de precisar. Quedémonos con la definición que dio Edvar Munch: expresionismo es lo contrario de impresionismo, de esta forma sabemos “lo que no es” (algo es algo). De igual manera, jamás podremos hablar de un estilo expresionista con unos rasgos característicos precisos pues bastaría con observar a unos y otros artistas para afirmar sus grandes diferencias formales. Por todo ello, hablemos de expresionismo como la manifestación de una determinada percepción de la vida de una joven generación que si en algo coincidía era en negar (desde su campo) la estructura sociopolítica de su tiempo. Este es el espíritu con el que nace El Puente.
La simpleza de una vida en común marcada fuertemente por el motor de la naturaleza les llevaría a formular un mundo utópico fuera del alcance del trabajo industrial y el sistema socioeconómico de Guillermo II. El intento (aunque frustrado) de Van Gogh de fundar una comunidad artística con Gauguin en Arlès constituía el modelo a seguir de los jóvenes expresionistas. Sus maestros: Munch y Ensor quienes traspasaban los límites de la percepción de la realidad para llegar al carácter psicológico de la impresión sensorial. Ahí es donde ellos querían estar.
Los componentes del Puente no intelectualizaron su obra tanto como los del Jinete Azul (del que ya hablaremos otro día), ni confeccionaron manifiestos ni escritos como estos últimos. Su trabajo consistía en plasmar por medio de imágenes sus experiencias sensoriales y las impresiones visuales. El único manifiesto (si puede llamársele así) fueron las pocas frases de Kirchner que encabezan este post. Recuerden, amigos, que al leer esta declaración de intenciones, esta llamada, esta petición de ayuda frente al aislamiento en que se encuentran, son jóvenes artistas de 21 a 25 años los que gritan libertad y exigen un cambio social. El hombre en su ambiente natural, apartado de la corrupción de la industria y, el desnudo al modo de Gauguin, el retorno al paraíso, constituían sus motivos predilectos. ¿De qué manera adaptaron sus ideales teóricos a su obra? Al comienzo del post decíamos que expresionismo constituía la franca oposición al impresionismo. Los trazos pastosos del último impedían la rapidez y la espontaneidad anhelada. De ahí que la mezcla del óleo con gasolina permitiera que el pincel de estos jóvenes recorriera la superficie del lienzo de manera fluida y suave con ayuda de la brocha o de la espátula. Ya disponían de un “porqué”, también de un “cómo”. Sólo les faltaba un “dónde”. Yo les diré “cuándo”: mañana, por supuesto.
p.d.¡Ah! Para no perder la costumbre, díganme una cosa: ¿sabe alguien la forma en que fue escrita la cita que encabeza este post?
Este año se celebra el centenario de El Puente. No, no se asusten. El tiempo corre rápido pero no tanto. No se trata del ya famoso viaducto de Millau diseñado por Norman Foster e inaugurado el diciembre pasado. Me refiero al grupo o asociación de artistas El Puente, fundado en Dresde el 7 de junio de 1905. ¿Les suena el término ”expresionismo”? Cuatro estudiantes de arquitectura, a saber, Fritz Bleyl, Ernst Ludwig Kirchner, Erich Heckel y Karl Schmitdt-Rottluff emprendieron juntos un camino que revolucionó la historia del arte del siglo XX. ¿Por qué estudiantes de arquitectura? De algún modo tenían que justificar las asignaciones mensuales de sus respectivos padres. Sin embargo, ellos no se sentían arquitectos, sino pintores, artistas jóvenes, iguales entre sí y con un deseo de reconocimiento y amistad que la sociedad burguesa jamás otorgaría a nadie que se alejara del academicismo establecido. La iniciativa de formar la comunidad artística fue de Kirchner. El nombre fue idea de Schmidt-Rottluff. Toda una metáfora para decirnos que ellos cruzarían a la otra orilla del arte. Y lo consiguieron, vaya si lo consiguieron... En 1907 Bleyl se separó del grupo. Con su título de arquitecto se mudó a Silesia donde impartiría clases de Ingeniería Civil. Otros artistas, por el contrario, se unieron a la comunidad, quizás por acentuar la internacionalidad de la misma más que por su efectiva participación en la vida de la comunidad. Entre ellos el suizo Cuno Amiet, el finlandés Axel Gallin-Kallela, el holandés Kees van Dongen y el checoslovaco Bohumil Cubista. De igual forma descubrieron la genialidad de Emil Nolde, pintor mucho mayor que ellos que había llegado a sus mismas conclusiones en solitario. Su participación apenas duró un año (1906-1907). Aparte de los fundadores fueron solamente Pechstein ( desde 1906) y Otto Mueller (desde 1910) quienes jugaron un papel importante tanto en el desarrollo como en la configuración del estilo colectivo del Puente. Con la Chronik KG Brücke (Crónica del Grupo de Artistas del Puente), texto redactado por Kirchner en 1913 en el que se describía el desarrollo del grupo, llegó –paradójicamente- su desintegración. Heckel, Schmidt-Rottluff y Mueller achacaban a Kirchner el haber elaborado una crónica no ajustada a la realidad del grupo sino a la suya propia y sobrevalorar su trabajo por encima del de los demás. El 27 de mayo de 1913, Die Brücke comunicaba su disolución. Faltaba la firma de Kirchner. Si hoy hiciéramos una lectura de la crónica, afirmaríamos con rotundidad que la sospecha de estos artistas no estaba de ningún modo justificada. Sin embargo, les sirvió como excusa para exteriorizar las contradicciones interiores que hacían que la comunidad hubiera llegado a su fin. Ellos también eran humanos.
Hemos visto nacer al Puente. Hemos presenciado su muerte. Sabemos ya quienes son. Mañana nos enfrentaremos con lo más importante: sus inquietudes, sus deseos, sus miedos...su obra. Su arte. Hasta mañana.
”A menudo nos repetía Otto-Venius: que vuestras composiciones sean conformes a las costumbres y los tiempos… imitad en esto a la Tragedia, hermana de la Pintura; (…) el fin de la Pintura consiste tanto en iluminar el espíritu como en engañar a los ojos; la ilusión que en los ojos nos produce en la manera en la que ven se funda; y ellos mismos han sido los que aprendieron el modo de engañarse” P. RUBENS, Leçons, 1858
Observen la imagen que Rita deja tras de sí. Me refiero al hombre de trasero oviforme con el que finalizábamos el post anterior. Apenas podemos verle el rostro. Soporta sobre sus espaldas una nave sobre la que se asienta un globo. Bien, amigos, este era el doble guiño que Bruegel dedica al Bosco. por una parte, la figura del hombre representa al San Cristóbal del Bosco donde el santo portaba sobre sus hombros una esfera de vidrio (símbolo del mundo) dentro de la cual está sentado el Niño Jesús. Sin embargo, Bruegel rompe el símbolo y nos presenta no a un santo, sino a un patético codicioso soportando sobre sus lomos el peso de un globo con seres mitad humanos dominados por la gula (uno sostiene una bandeja con un pollo asado) y la codicia. Albergando el globo y sus habitantes, una barca. ¿Se acuerdan de la famosa “nave de los locos” del Bosco?. Pues aquí tenemos el segundo de los guiños que Bruegel nos regala de su admirado Hieronymus. Pero la barca, al igual que veíamos ayer en el caso de las tinajas, tiene un doble significado. Si en principio, en su vertiente positiva pudiéramos pensar que la nave representa a la Iglesia como aliada infatigable de los propósitos celestiales luchando contra las arremetidas del tiempo, en verdad (quiero decir, en la “verdad” de Bruegel) no simboliza otra cosa que la nave de los locos. Locos, personas que no saben su destino y que en cualquier momento naufragarán. Fíjense si no en la poca estabilidad que se nos sugiere, primero el globo con respecto a la barca, y segundo, la barca respecto a la espalda del hombre.
Existe otro símbolo que se repite en el lienzo: la esfera de vidrio. En la parte superior izquierda del cuadro aparece una pendiendo, como un farolillo, del gorro de la cabeza infernal. La bola encierra varias figuras humanas. El Bosco también pintó este motivo en varias ocasiones. Pudiera ser que quisieran representar el poder del imperio pero la tesis que más me place es la que afirma que el globo procede del Lejano Oriente puesto que allí hay signos pictóricos aparecidos con anterioridad (siglos XI y XII) a la época del Bosco y de Bruegel. No es de extrañar esta “importación” ya que hacía siglos que se mantenía un intercambio comercial constante con Oriente a través del Mediterráneo. Pero la influencia de motivos orientales no acaba aquí. Observen más abajo. El gorro con borla, muy similar al gorro frigio y el aro prendido de la aleta de la nariz de la cabeza del infierno. ¿Casualidad? En absoluto. Todos los pueblos de las regiones situadas fuera de los confines del Occidente cristiano estaban a merced del diablo.
¿Se han dado cuenta de que en este lienzo tan caótico –aparentemente-, nada está supeditado al azar? Magnífico.
Observen la imagen que ocupa la parte izquierda del lienzo. Como si de un gran espectador se tratara, el príncipe de los infiernos lo abarca todo con su mirada impasible. Unas tablas de madera le sirven de párpados, su piel está hecha de piedras y de su oreja incandescente brota un árbol. Lo orgánico y lo inorgánico se mezclan entre sí de igual manera que las formas animales y vegetales. El orden del mundo ha desaparecido y la cabeza-fortaleza espera, con la boca abierta, a que entremos en él como en una trampa del más sofisticado ser vivo –y lugar al mismo tiempo- que espera, complaciente, a engullirnos sin piedad.
Una serie de tinajas componen sus cejas. Las mismas tinajas que cuelgan de los muros de muchos hogares de la época. Servían de incubadoras donde las aves depositaban sus huevos. El lienzo está lleno de tinajas. Fíjense en la que hay de tamaño espectacular en el fondo a la izquierda semejante a la torre de refrigeración de una gran central nuclear o, la que sirve de estandarte al puñado de soldados que se agolpan sobre una olla a la derecha del cuadro. En una época en la que no existían ni envases de plástico ni botellas de vidrio, las tinajas se constituían en objetos de uso corriente para guardar alimentos. Sin embargo, sus significados en el lenguaje alegórico del momento eran bien distintos. Por un lado, como manifestación del poder de Dios tal y como se relata en el capítulo 2 del Evangelio de San Juan, donde Jesucristo transforma el agua de seis tinajas en vino para la boda de Caná. Por otro, como recipiente donde se conserva y se atesora. Las tinajas simbolizaban la codicia y eran signo de prosperidad. En los grabados antiguos la personificación de la avaricia solía estar representada con sacos, cestos y tinajas a su alrededor. Con las tinajas tenemos, pues, una doble advertencia de Bruegel: la omnipotencia de Dios y lo demoníaco del materialismo. Rita va cargada de enseres domésticos, dinero y joyas. Dios la ha abandonado por culpa de la avaricia. A ella y a todos los seres monstruosos que componen el lienzo. Fíjense en los huevos que aparecen en el cuadro. Al igual que las tinajas, tampoco están pintados al azar. El huevo simbolizaba la resurrección de Jesucristo en la mañana del día de Pascua y era signo de fertilidad y vitalidad. Pero el viejo Bruegel los ha pintado todos con la cáscara rota. Incluso el de gran tamaño del fondo desde donde emerge un diablo, o el de la parte inferior izquierda donde, contra natura, unos polluelos esperan su ración de comida o, aquel otro del centro del lienzo donde con avidez un individuo extrae de su culo oviforme dinero, dinero y más dinero. El infierno, los seres monstruosos y la avaricia conforman el mundo que Rita atraviesa con paso decidido. A sus espaldas deja un guiño pictórico con el que Bruegel homenajea a otro pintor que ustedes ya conocen. ¿Sabrían decirme a quién y a qué me refiero?
PIETER BRUEGEL: LA CAIDA DE LOS ANGELES REBELDES (Detalle)
”El principio, el medio y el final, el nacimiento, el aumento y la perfección de cuanto vemos resulta de contrarios, por los contrarios, en los contrarios y a los contrarios” Giordano Bruno:Spaccio de la bestia triunfante
Se llama Rita y lleva sobre sus espaldas el apodo de “la loca”. Conocida como Dulle Griet ha tenido el honor de pasar a la historia del arte no como una ninfa, ni bajo la figura de una Venus, ni como una Virgen ni como mártir. Tampoco nos ha llegado con aspecto de pastorcilla ni de donna angelicata. Su belleza radica en la forma misma en que fue pintada, en el hecho de que constituye una excepción.
Durero, Hans Bandung y El Bosco pintaron damas poco agraciadas y deliberadamente repulsivas como nuestra Rita pero por las dimensiones del lugar donde habita (un lienzo de 115 x 161 cm) es única incluso hasta en el norte de la Europa del siglo XVI. Todo en ella va en contra de las normas de cualquier teoría de la belleza: El cabello no es capaz de enmarcar su frente, la piel ajada y estropeada, la boca desdentada y permanentemente abierta; la coraza le cuelga sobre una barriga donde reposan sus senos y su actitud es tan altiva que, con un andar cansino, osa pasar de largo sin fijarse, si quiera, en nosotros. Pero Rita es un ser humano al igual que el resto de mujeres que hay detrás de ella; no así los hombres –en su mayoría- que han sido representados con aspecto de demonios, diablos mitad animales o como soldados cuyas armaduras los hacen irreconocibles. ¿Será que el paisaje caótico que está atravesando Rita con paso decidido no es otro que el propio infierno?
El pintor no nos ofrece ninguna pista para responder afirmativamente, pero mucho me temo que Bruegel quiere transmitirnos algún mensaje. Un mensaje que debe quedar lo suficientemente oculto para no delatarse a primera vista. Un mensaje que debe quedar lo suficientemente a la vista como para no pasarlo por alto.
¿Acaso se ha olvidado Dios de la desgraciada Dulle Griet? Hasta mañana amigos.
El título del post nos conduce a un tema tan amplio que, a mi pesar, he de ponerle límites. Por este motivo, voy a intentar ceñirme al concepto de lo feo como antítesis de lo bello y ejemplificarles el asunto a través de un lienzo que quiero presentarles. Empecemos por encuadrar el concepto. Según diferentes corrientes estéticas, lo feo como hemos dicho, sería una antítesis de lo bello si en un ser u objeto apreciamos la carencia de armonía que viola las reglas de la proporción en las que se basa la belleza, tanto física como moral, o la carencia que niega a ese ser u objeto lo que por naturaleza debería tener. A este respecto Guillermo de Auvernia (1180-1249) nos dice en su Tractatus de bono et malo
”Llamaríamos deforme al que tuviera tres ojos o un ojo solo: al primero por tener lo que desdice, al segundo por no tener lo que conviene”
Piensen por un momento en nuestra patria belleza grífica (termino acuñado por mí y que significa “en forma de grifo de lavabo”) Rossy de Palma o en nuestra velazquiana infanta Doña Elena de Bombón. En cualquier caso, como afirma U. Eco, estarán de acuerdo en que “si bien existen cosas o seres feos, el arte tiene el poder de representarlos de manera hermosa, y la belleza (o, al menos, la fidelidad realista) de esta imitación hace aceptable lo feo” (ECO, U.: Historia de la belleza, Lumen, Barcelona, 2004, p.133). Tenemos pues que si bien en la naturaleza encontramos seres feos, su representación por medio del arte nos puede resultar agradable. Hagan memoria y repasen algunas de las muestras de la iconografía cristiana (incluso tenemos ejemplos de bellas representaciones del diablo); piensen también en aquellos textos de la Edad Media donde aparecen hombres y animales monstruosos con los que se ilustrarán los bestiarios. Eco confecciona una relación asombrosamente bella de seres monstruosos: faunos, acéfalos, andróginos, artabantes de Etiopía, astomates, astomores, bicéfalos, blemmes, centauros, quimeras, cíclopes, cinocéfalos, poncios, esciápodos… Y bien, llegados a este punto podríamos preguntarnos cuál es la justificación que explicaría el porqué de estas representaciones. Por un lado nos encontramos con la tradición del simbolismo universal en la que nuestros monstruos adquieren, por otro lado, un significado moralizante o alegórico que daría respuesta a ciertas virtudes o vicios y realidades sobrenaturales pertenecientes al reino de Dios. Esto quiere decir que al igual que las sombras hacen que la luz resplandezca mejor, los seres monstruosos (tanto hombres como animales) y feos son necesarios a la belleza en igual proporción. Es el orden del universo el que importa y en este orden tienen cabida los monstruos y la seducción que nos provocan cuando los contemplamos bellamente reproducidos en cualquier tipo de expresión artística desde Dante hasta el Bosco.
Una vez hecha esta pequeña introducción hablaremos de una obra peculiar, ejecutada hacia 1562 por Pieter Bruegel el Viejo donde se hace un homenaje bellísimo a la fealdad absoluta. Su nombre… bueno, más detalles mañana, cuando presente a la dama formalmente. En cualquier caso y como diría el poeta ”no lo toques ya más, que así es la rosa” (se premiará a quien me diga a qué hace referencia ese “lo” de la frase anterior. Venga, anímense, es fácil)…y hasta mañana amigos.
Mujer en el baño (La Gran Bañista o La Bañista de Valpinçon), 1808, óleo sobre tela, 146 x 97,5, París, Louvre
Ingres sentía veneración por los clásicos y por su propio arte. No permitía que nada ni nadie se interpusiera entre su pintura y su persona. Y nada era también su vida privada. Tras romper su compromiso con una bailarina que, a juicio del pintor, constituía una amenaza para su pintura, confió a sus amigos la elección de una nueva esposa que le garantizara el reposo emocional y la exclusividad que él se merecía. La joven Madelaine que le acompañara durante 36 años le sería fiel al artista y le garantizaría la tranquilidad que su esposo tanto requería. Cuentan que por sus paseos por Roma, la dedicada Madelaine acostumbraba a cubrir los ojos del pintor con la punta de su chal para preservarle de la desagradable visión de contemplar a un mendigo por la calle. Ya ven ustedes que las excentricidades de nuestro Ingres no tienen nada que envidiar a las de nuestros famosos de hoy en día. A su vuelta de París en 1824, Ingres gozaba de una gran reputación y era aceptado por el público de forma incondicional. Géricault con su Balsa de La Medusa (que ya tuvimos ocasión de ver) y Delacroix con La matanza de Quíos habían incomodado sobradamente al poder político con su rebeldía mostrando el caos, el dolor y la fealdad. Al contrario que éstos, Ingres fue recibido con los brazos abiertos por la clase dirigente en una retroalimentación que permitía al pintor dedicarse cada vez con más entrega a su arte. Se dice que sus alumnos le consideraban demasiado severo ya que les hacía copiar y copiar sin descanso porque “el arte (según Ingres), para vivir, ha de volverse hacia el pasado”. Ayer me preguntaba un lector la razón por la que Ingres repetía en muchas de sus obras la misma figura. Muchos han sido los que han reprochado al pintor su falta de fantasía y la ausencia de imaginación. La arrogancia de Ingres queda patente incluso cuando retoma motivos de otros artistas y dice: ”Mi cuadro me pertenece, le he impuesto mi garra”. Su reputación como retratista de personajes adinerados de la época de la Restauración y el segundo Imperio le hacía gozar de una situación privilegiada. Como diríamos ahora, los tenía en el bote. Cómo no va a ser así si como dijera el crítico Elie Faure, Ingres sabía como nadie ”cómo balancear las barrigas de los burgueses y el pecho de sus señoras”. Sin embargo no le gustaba hacer retratos pero esta labor le permitía estar cerca de hermosas damas de la alta sociedad. Aunque Baudelaire escribiera sobre Ingres que las mujeres hermosas, radiantes de salud y de naturaleza sosegada constituían la alegría del pintor, el médico francés Laignel-Lavastine pone en tela de juicio la salud de estas modelos. El diagnóstico: una deficiencia de tiroides cuya descripción concuerda íntegramente con la odalisca de los brazos levantados que se estira en la parte inferior derecha de “El baño turco”. Su esposa Madelaine fue la modelo en esta ocasión según un boceto de 1818. según Laignel-Lavastine, la actividad favorita de la joven esposa era tumbarse en el sofá y pensar lo menos posible. ¡Buen tipo este médico! Aunque desconozco los nombres de aquellos que hablaron sobre “El baño turco”, no quiero negarles el placer de hacerles partícipes de algunos de los comentarios que suscitó la obra. Desde “representación de bestias sin cerebro” a “lata llena de gusanos” pasando por “criadero de champiñones”. Ni qué decir tiene que aquellos que la aclamaron la definieron como “la novena sinfonía del eterno femenino”.
Sin duda Ingres nos ha demostrado su pasión por las mujeres y por la arquitectura del cuerpo femenino desnudo en particular, complaciente y reposado. AETATIS LXXXII ¡Quién los pillara con esa maestría! Espero haberles entretenido y, por favor, no tomen en cuenta las excentricidades de este cascarrabias de Ingres. Nos queda su obra. Al hombre que se escondía en una funda de pintor ya lo tuvo que aguantar su resignada Madelaine.
"La Gran Odalisca", 1814, óleo sobre tela, 91x162, París, Museo del Louvre
Durante los primeros años de su estancia en Roma, Ingres sentaba las bases para su idea del desnudo, desarrollándola y alcanzando su máxima expresión en sus años de ancianidad. Si bien ignoramos cuándo comenzó a trabajar realmente en El baño turco, podemos afirmar que cincuenta años antes ya se había dedicado a los personajes, decorado y ambiente de esta obra singular. Se cree que el pintor se inspiró en un texto de la esposa de un diplomático destinado al imperio otomano. En Las cartas de Oriente de Lady Mary Montagu quedaba reflejado el interés creciente por lo oriental que ya desde el siglo anterior se iba adaptando al gusto rococó en la sociedad europea. Victor Hugo, Lord Byron y Delacroix son ejemplos de ello junto a las esclavas blancas y odaliscas de Ingres. Al contrario que otros artistas más comprometidos con lo oriental desde el punto de vista político, Ingres introduce en sus lienzos motivos exóticos de forma moderada y estéticamente prudente: a lo sumo pañuelos con motivos orientales y pesadas joyas que cubren delicadamente los cuerpos de las odaliscas. Lo importante es el cuerpo desnudo femenino en reposo. Sensualidad y erotismo que los contemporáneos del artista veían tan sólo en las musulmanas. Delacroix decía al respecto:
”Un instante de felicidad y extraña fascinación… He aquí la mujer como yo la imagino que ya no se lanza de lleno a la vida, sino que se retira al corazón de la misma, allí donde se consuma con el mayor secreto, voluptuosidad y emoción.”
No vayan a pensar ustedes que a pesar del auge de la estética oriental, la sociedad de la época la imitaba de natural manera. En la Europa de Ingres no se disfrutaba en público de los placeres del baño. Es más, los parisinos solían bañarse una vez al año (evitaré comentario alguno al respecto y al mundo de los perfumes) y encerrados en sus dormitorios, aunque en 1831 ya utilizaban una de las 1059 bañeras que 78 empresas especializadas les hacían llegar a sus domicilios con agua caliente incorporada. ¡Un lujo asiático! ¿no creen? Además de esta especie de Telepizza de bañeras existía un baño turco en la Rue du Temple. La media luna que resplandecía sobre la puerta de entrada permitía que por treinta sous se disfrutara de un baño “à la Mahoma” con esencias orientales y acompañamiento musical. Así como Lady Montagu relataba que en el baño de mujeres de Adrianópolis no se permitía la entrada a los hombres bajo pena de muerte, en el establecimiento de la Rue du Temple, los encuentros secretos entre amantes era de lo más frecuente. Vestidos con indumentaria femenina, los hombres accedían al local furtivamente donde su amada les recibía complaciente en la bañera. Ni qué decir tiene que las bañeras estaban divididas en compartimentos separados. Independientemente de la existencia de este local, Ingres y sus contemporáneos conocían los baños turcos sólo a través de los autores de la Antigüedad que habían resurgido en su memoria en el siglo XVIII con las excavaciones de Pompeya y Herculano y con el impulso hacia lo clásico de la Revolución Francesa.
Al igual que en lienzo que comentamos, Ingres tiene en la línea su reina y en el color la sirviente. A pesar de las numerosas figuras que conforman el escenario de El baño turco, el orden y la calma rigen este cuadro que concebido en principio como rectangular pasó en 1863 a convertirse en un tondo.
Hasta aquí llegamos hoy. Les deseo que este lunes les sea leve y que disfruten, a pesar de ello, de un voluptuoso descanso “à la Mahoma” de Ingres. Hasta mañana.
Contemplen la escena. Más de uno estaría encantado de estar ahí. No se apuren, que no puede ser. Sólo miren, como lo hizo el anciano que pintó el cuadro y que, con orgullo escribía AETATIS LXXXII (a la edad de 82 años). Pocos años antes de su muerte, Ingres todavía pasaba a diario hasta seis horas pintando al caballete y disfrutando de su reconocida fama como “representante de las bellas artes del Senado” según el título que le fue otorgado por Napoleón III.
Aunque la obra que nos ocupa fue firmada en 1862, Ingres continuó retocándola durante un año más. Sin duda poco tiempo para un cuadro que, según su creador, constituía la síntesis de toda su carrera. Por este motivo, el pintor no tuvo la necesidad de recurrir a modelo alguna ya que echó mano de los bocetos y cuadros que había ido reuniendo a lo largo de su vida. Los 108 cm. de diámetro albergan las 20 figuras de bañistas, odaliscas y sultanas exóticas que el anciano pintaría por última vez.
Quisiera que me permitieran un breve paseo por el concepto del desnudo antes de entrar más a fondo