Vailima |
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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Tusitala. Gracias a todos por vuestras felicitaciones y palabras de ánimo. Estaba tan contenta con la calificación que -aunque el Petros me ha puesto verde por ello- no dudé en colgarlas para compartir mi entusiasmo. Entre el trabajo, la casa, la familia y las crisis de vértigo que me tuvieron más de mes y medio anulada completamente, el esfuerzo ha sido recompensado. Además, nuestra familia se ha visto incrementada con un miembro más de nombre Sabu, que aunque se empeñe en parecer un cachorro de boxer, nosotros sabemos que se trata de un cruce entre un cocodrilo y un velocirraptor. Juzguen ustedes mismos a este monstruo de tres meses. Un día como hoy hace quince años nacía un primogénito. Nacía sin pelo y con ojos verdes y rasgados. Quince años después, tal que hoy, su madre lo tiene cabreado porque apenas dentro de una hora debe enfrentarse a su peor pesadilla: un examen de literatura que en su lenguaje particular es sinónimo de parir a pelo. En casa le llaman “el rey de la metáfora” por esa capacidad suya de no ver más allá de lo que le ofrecen los sentidos. Este Santo Tomás adolescente va a lidiar con la novela renacentista española y créanme, ni el pobre Lázaro ni el bonachón de Sancho han conseguido despertarle un mínimo interés, claro que ni uno juega al balonmano ni el otro al fútbol. Al menos si Dulcinea del Toboso se pareciera a la Pataky… Intentará salir del paso y matar el hambre, como el pícaro de Tormes, maldiciendo esa mala fortuna suya por la que la vida le hace enfrentarse a esos amos imaginarios sin entrañas, ciegos por la sinrazón que alimentan sus vacías existencias a base de propinar palos del cero al diez. Lo peor de todo, amigos, es que su escudera madre, sabe de corazón que en estas lides lo que realmente contempla su quinceañero hidalgo, son gigantes de verdad y no molinos de viento. Sin embargo, allá que estará ella siempre a su lado, para curarle las heridas en Barataria o donde haga falta; para ver cómo se arma caballero siendo zurdo y lateral; para ser testigo de cómo roba el corazón de una dama (¡se le da tan bien al condenado!) y para buscarle información también, de un pardal que tenía como nombre Josema Enrique. - sí, ama, ése que escribió una cosa cuando se le murió su padre. Zorionak I., maite zaitut Para Koke con olor Cuando uno es joven, decía Camus, se está en la edad de las opiniones tajantes. Además, y esto es una verdad universal, el joven rechaza y huye de aquello que lo pueda convertir en un ser diferente a los demás, o mejor dicho, en un ser socialmente distinto para los demás. A medida que abandonamos este estadio y vamos adquiriendo años y, supuestamente, un mayor grado de madurez, vemos claro “que la experiencia es una derrota y que hay que perderlo todo para saber un poco”(sic). Sin embargo, como contrapartida, comenzamos a albergar cierta necesidad por ser diferentes, por ser especiales. Esta necesidad se cubre, la mayoría de las veces, a golpe de talonario en una confusión ontológica que no distingue entre el ser y el poseer. A diferencia de Camus, yo sí sé poseer, pero al igual que éste, soy avariciosa de esa libertad que se esfuma en cuanto aparece el exceso de bienes. De ahí que mi bien más preciado sea aquél que alimenta mi espíritu, es decir, mi ser: prefiero (como en un programa reciente de televisión) no confundir a Maradona con Evo Morales que tener un par de melones operados espectaculares. En resumidas cuentas, a la hora de sentirme especial, opto por sutilezas estéticas de otra índole que nada tienen que ver con lo que gano y en qué gasto lo que gano. En nuestra visita al MNAC de este verano, acompañados y arropados por la calidez y hospitalidad de nuestra amiga Koke, experimenté una nueva (para mí) forma de ser especial, una nueva manera de distinguirme de los demás que hizo que estallara en gozo existencial y eso que acababa de contemplar el magnífico ábside de Sant Climent de Taüll, el original, del cual ya les hablaré a su debido tiempo. Pues bien, como les decía, de golpe y porrazo tomo consciencia de que soy (otra vez el verbo ser) sinestésica. Para aquellos que no lo sepan, la sinestesia es la mezcla de impresiones de sentidos diferentes. Como dice la Wikipedia, un sinestésico puede, por ejemplo, oír colores, ver sonidos, y percibir sensaciones gustativas al tocar un objeto con una textura determinada (sic) y Vailima es capaz de oler el aroma afrutado de un grupo de capiteles del claustro de Sant Pere de les Puel·les ejecutados alrededor del 1187. Impresionante, amigos. No sólo huelo a frutas cuando me acerco a las piedras sino que además debo ser una sinestésica cojonuda –pienso para mis adentros- porque ya tiene mérito que el aroma a limones me sea tan acusado después de tantos siglos. Así me encontraba yo, como un ángel con cientos de ojos vigilantes, de ésos que acababa de contemplar en el ábside de Santa Maria d´Àneu, casi levitando con tanta pluma, cuando transformóse mi verbo ser en estar para mi desgracia, acordándome de la lengua de Cervantes y en su diferenciación inmisericorde que otros pueblos y otras lenguas omiten e ignoran. Ni sinestesia, ni capiteles oliendo a limón, sino el intenso perfume del ambientador frutal que disipaba los efluvios fecales (y orinales) del retrete contiguo al conjunto arquitectónico del claustro de Sant Pere. En esos momentos, cuando uno se encuentra con su ser cara a cara como los valientes, cuando la vida se hace transparente, agaché la cabeza en señal de duelo y tristemente me dije: - ¿qué soy? - Sinestésica, no. - ¿qué poseo? - Un par de melones espectaculares, tampoco. Y a fin de cuentas –pensé mientras Camus me susurraba al oído-, me favorece “esa libertad del corazón, ese leve distanciamiento de los intereses humanos que siempre me protegió del resentimiento”. Todavía recuerdo –de esto hace ya muchos años- el ejercicio de filosofía de selectividad de una adolescente que había cursado sus estudios en las Escuelas Pías de San Sebastián. Tan píos debían ser sus conocimientos que desarrolló en el examen toda una nueva teoría en torno a lo apolíneo y lo afrodisíaco. Frente a la razón teórica, la pasión con desenfreno, ésa que todos sabemos nos pone cachondos y más calientes que el pico una plancha. Y claro, a la hora de elegir entre un San Agustín o un aquí me explayo yo después de tantos años de devoción creyendo que la masturbación es pecado, que opto por lo pornográfico, dada mi joven condición, que me da mucho más de sí y mis padres no se enteran. Una vez que el adolescente se libera del pudor cultural –del que por supuesto ignora su existencia- se apodera de ellos lo que podríamos denominar en términos filosóficos, el libre albedrío, que no es otra cosa que la disolución integral y total de toda relación entre el cerebro y la voluntad del individuo. El libre albedrío y la falta de pudor cultural hacen que se produzcan respuestas como la siguiente: porque todos sabemos que el infinito es cansino y largo y para trayectos matemáticos de esta duración no hay mejor solución que la horizontalidad (con su puntito afrodisíaco y todo). Pero de lo que yo quería hablarles, es de aquellas situaciones de confucionismo -tal y como reza el título del post de hoy- en las que el cachorro de humano se enfrenta a su propia naturaleza lingüística, a los propios cimientos del lenguaje que nos hace hombres, al logos que dirían los griegos. Un brillante ejemplo de esta teoría filosófica lo encontramos en un examen de historia del arte de 4º de la E.S.O. PREGUNTA: Menciona el nombre de algún pintor impresionista. RESPUESTA: Tululo III La segunda acepción del vocablo que les presento hoy impacta de forma súbita en el cerebro de la profesora que corrige. Como una pedrada en la sien, comienza a repasar conceptos como logos y arjé. De ahí no sale nada y de Grecia pega un salto a Egipto por lo de “tercero” que suena a dinastía que te jodes. Cuando comprueba que Tululo no era ni el nieto bastardo del propietario de la burra de Cleopatra, está a punto de rendirse y pasan por su cabeza las imágenes de toda una vida dedicada a la enseñanza y, consciente de su fracaso como educadora, ya ve la luz al fondo del túnel. Sin embargo, su hora no ha llegado todavía y se esfuerza por escudriñar el significado de la respuesta. Tu-lu-lo-ter-ce-ro. La luz La luz Y hace mucho calor en Sevilla para morirse de forma tan tonta por eso, cuando apenas le restan segundos de vida, descubre que Dionisos tenía su aquel de afrodisíaco, que la representación gráfica del número cinco tiende al infinito y que, su alumno, castizo donde los haya, no ha contestado "ordinalmente" la cuestión porque ¿de qué otra forma podría haber escrito el nombre de Toulouse Lautrec? Por segunda vez, recojo el guante de un meme que me brinda, en esta ocasión, mon compagnon Charles de Batz. Los tintes que le dan color provienen ahora de pigmentos literarios en los que una tiene que desnudarse para responder a la siguiente cuestión: “reproducir el quinto párrafo de la página 123 del libro que esté leyendo en este momento” Hago hincapié en lo del “desnudo” porque además de dicha información es menester que aclare alguna cuestión de índole más personal e íntima. También leo en el cuarto de baño. Lo he hecho desde que tengo uso de razón y en mis tiempos de estudiante siempre me he sentido cómoda en este lugar inhóspito de la casa que nos brinda soledad, intimidad, asiento y buena luz. Una vez que el tiempo se nos echa encima y hemos de abandonar irremediablemente juventudes y estudios académicos, el cuarto de baño sigue proporcionándome, en este sentido, el espacio propicio para dedicarme a la lectura. Un baño, un libro (aquí también dispongo de un tetris, advierto); un aseo, otro libro (eficacia familiar se denomina esto). Tengan ustedes en cuenta que cierta dama española de rasgos orientales posee diecisiete retretes en su mansión sin incluir el del perro (que seguro también lee), háganse idea entonces de la amplia cultura de la susodicha… cuando sea mayor quisiera parecerme a ella. Cuando me planteo responder al meme, surge entonces la duda: ¿qué libro escojo? Y respondo con rotundidad: pues no escojo. Habrá necesidad… y aquí me tienen a puntito de comenzar con la empresa que me han encomendado (1): Situado en el cuarto de baño: párrafo primero de Vita sexualis (El aprendizaje de Shizu) de Ogai Mori: “Con todo, será todo lo sorprendente que se quiera, pero el caso es que a lo largo de cinco años, desde que tengo recuerdo de su cara, esta joven se mantiene doncella. No tiene nada de sorprendente que esto ocurra en mis fantasías, pero sí, desde luego, que la joven siga siendo doncella en realidad. Incluso he llegado a pensar, en mis preciosos sueños de marras, si no sería éste el caso: que la joven estaría allí esperando a que yo, yendo o viniendo de Kosuge en carricoche de mano, detenga alguna vez la marcha y le dirija la palabra. Sin embargo, yo ni por asomo poseo el talante poético necesario para creer en esas cosas, una vez que vuelvo en mí”. Situado en el aseo: párrafo tercero de Historia de la Estética III ( La Estética moderna 1400-1700) de Wladyslaw Tatarkiiewicz: “La estética de la Academia no fue, pues, ni la estética de los filósofos universitarios, ni la de los artistas, ni tampoco la de los humanistas. Fue la estética de un cierto grupo de hombres unidos por su interés por la filosofía y por una doctrina espiritualista. Pero lo que mejor define la poética y algo nebulosa atmósfera de la Academia así como su ideología –reflejada también en sus juicios estéticos- son las palabras de Pico Della Mirandola cuando afirma que en el mundo en todas partes hay vida, en todas partes hay Providencia y en todas partes hay inmortalidad” Nota: confieso que esta obra comparte pupitre con otra, propiedad de Tio Petros, titulada Teoría del conocimiento y ontología de Ignacio Iztueta y Pedro Guirao del año 1949 que es para cagarse (de ahí que hábilmente viva en el aseo junto al inodoro). Situado en la librería del salón: párrafo segundo de El Bosco y la tradición pictórica de lo fantástico de varios (muchos) autores: “También resulta muy significativo analizar los asuntos representados en los tres cuadros que fundadamente podemos considerar encargados por el archiduque, Nassau y Guevara. No nos referimos tanto a los innumerables detalles iconográficos, que han sido objeto de múltiples estudios y seguirán siéndolo, cuanto al sentido esencial de los mismos en relación con sus propietarios. Nos parece que en los tres casos son contrapunto a su calidad de poderosos de la tierra y como advertencia moral a su actuación pública. En la pintura pagada por Felipe el Hermoso el juicio divino es lo que realmente importa de manera explícita, y de forma también bastante clara en los dos trípticos: la persecución de los bienes del mundo que son como heno y vanidad conduce al final de la vida al infierno (que se representa en las tablas extremas). Situado en la mesilla de noche: quinto párrafo de Felices pesadillas: los mejores relatos de terror aparecidos en Valdemar (1987-2003): “-Sea así –respondió el compañero de viaje-. Acorta por el bosque que yo seguiré por el camino”. Nota: de El joven Goodman Brown de Nathaniel Hawthorne En la sala de máquinas (comúnmente denominado despacho) donde Tio Petros y una servidora tienen sus ordenadores en red, se encuentran otros ejemplares que consulto. Pero ya es tarde y es hora de cenar. Dejémoslo en este punto que la infancia no entiende de memes (aunque sí y mucho de memeces). Que ustedes lo pasen bien. (1) obligada estoy a advertirles que en careciendo la obra de “quinto” párrafo, paso a reproducir el que escojo a mi antojo, que para eso es mi meme, mi libro y mi blog. Llegaron sin hacer ruido. Desconocían que este aspecto carecía de importancia, no había nadie que los recibiera. Todo intacto, como una casa abandonada precipitadamente. Ni rastro de cualquier ser que hubiera podido habitar el planeta. Todo funcionaba de forma mecánica, pero ¿para quién? Las luces de neón y los semáforos les vomitaban preguntas que, ellos, no eran capaces de responder. Buscaron por las callejuelas alguna señal de la especie inteligente: aquella que hubiera ideado, planificado y construido lo que ellos veían. Nadie –se lamentaron-. - Quizás no sea la conclusión correcta –dijo uno-. Quizás la respuesta sea “nada”. Un mundo de cosas hechas por cosas. Esa sería la explicación. Inteligencia, sí, pero nadie que pudiera temerles. Caminaban grises por las calles desiertas y se toparon con un edificio extraño. “Museo de Historia Natural” decía en letras oxidadas. Entraron y observaron a su alrededor. Encerrado en una vitrina, un ser inanimado parecía darles la bienvenida. En una esquina, una placa explicativa: El PRIMER HOMBRE DE LA NUEVA ERA Dieron una vuelta en torno a lo que parecía en principio un muñeco. No dijeron nada, sólo se miraron. Abandonaron la estancia y se dirigieron a una sala contigua. En las estanterías, millones de legajos se agrupaban como para quitarse el frío. Cogieron uno y otro y otro y otro. La misma letra, el mismo mensaje: EL PRIMER HOMBRE DE LA NUEVA ERA. Esto es el fin. Aquí me tienen de nuevo recogiendo el guante de un meme (mi primer meme) que me han pasado Palimp y Vigi y que consiste en descubrirles a ustedes cinco aspectos de mi vida que les sean desconocidos. Pero antes de nada, quisiera mostrarles el regalo de cumpleaños que, como todos los años, me envía Palimp y que he de confesar, espero con absoluta devoción. Si se fijan en la imagen, comprobarán que no se trata de la obra original ya que mi buen amigo se ha tomado la molestia y el trabajo de sustituir las obras por otras pertenecientes al juego de La Parte por el Todo. Todo un regalo y un homenaje a todos los que vivimos en esta casa. Gracias amigo. Ahora, si me lo permiten, comienzo haciendo públicos algunos de mis inconfesables: 2- Soy una maniática del orden y de la simetría hasta tal punto que podría considerarme, en algunos aspectos, discípula del mismísimo Adrian Monk . No soporto los cuadros ni las lámparas torcidos, ni los armarios ni los cajones abiertos ni las migas de pan sobre el plato en el que como. En lo relativo al lenguaje, me repugnan los SMS adolescentes donde las kas y la ausencia de acentos campan a sus anchas aunque si he de ser del todo sincera, diré que lo que verdaderamente me repugna es el adolescente en general. 3- Me llamaba Helena hasta que mi madre me dio a luz un día 6 de enero de hace ya algunos años pero mi nombre es Reyes gracias a una monjita de la Cruz Roja que sugirió a mi progenitora que ante tal fecha tal nombre. Perdoné a mi madre hace mucho tiempo y nunca la dejé de querer por ello aunque comprendan en la tesitura en la que vivo con este nombre tan poco republicano. Gracias a la artífice de mi nombre: 4- No creo en dios. Odio todo lo relativo a los horóscopos, cartas astrales, mensajes en cadena y su puta madre. En lugar de la mano prefiero leer ensayos que sólo abandono cuando me paso a la narrativa estival. Seguidora a ultranza de las aventuras de Harry Potter tacho de mi lista cualquier persona que quiera meterme por el culo este tipo de creencias y, hablando de culos, he de confirmarles lo que todos ya saben a estas alturas: soy una taquera empedernida aunque jamás insulto ni levanto la voz cuando estoy en medio de una discusión. En momentos de tensión, tengo siempre un absoluto autocontrol y una templanza que no sé de quién habré heredado pero que combaten, por lo general, los ataques de mi adversario. 5- Tengo tres hermanos mayores: P. y F. son mellizos y a M. le adoro. Me llevan 16 y 13 años respectivamente. Amo a mi familia sobre todas las cosas y a veces dudo de nuestro origen: ignoro cómo llegamos hasta aquí desde la Sicilia profunda. A Tio Petros le admiro (no concibo forma más excelsa de amar) y en mis hijos veo cumplidas mis obligaciones con la naturaleza y con la estadística (1,5 hijos). Doy mi vida por ellos todos los días y me gustaría que un día, desde su academia particular, me otorgaran un oscar por ello. Como ya les advertía que no me gustan los mensajes en cadena, no se lo mando a nadie. Aunque como no soy perfecta aquí le dejo el regalito a Tio Petros , sobre todo, para ver si le conozco como creo. Aprovechando que esto se acaba y no puedo explayarme más, aquí les deja un abrazo una fumadora empedernida. Nota de última hora: Tio Petros me dice que me quede con mi regalito con lo que se confirma que todavía no le conozco del todo. ...y menos mal porque nunca me he fiado de tipos como éste: El viajero siempre vuelve con las maletas llenas porque su objetivo es búsqueda y siempre encuentra algo que la alimente. Llegamos hacia las once de la mañana a Carcassonne y el viento y el frío nos recibieron como fantasmas deseosos por divertirse con nosotros. Apenas nos cruzamos con unos cuantos visitantes: la soledad es uno de los ingredientes mágicos que la fortuna pone a disposición del viajero, máxime cuando la persona que te acompaña conoce tus silencios tan bien que una mirada o una sonrisa pasan a convertirse en el más fluido de los diálogos posibles. Acompañados, pues, por este sordo mensaje y por el olor a fuego de las chimeneas que trabajaban a destajo, la cité nos fue engullendo como dos nuevas presas a medida que ascendíamos entre sus brazos de piedra. Como niños montados en un carrusel, el pensamiento desemboca en placer por lo que encuentras y deseo por lo que aún no has vivido. La historia nos da la bienvenida y entre andamiajes carceleros, una gárgola grita al viajero desde su metálica prisión. Su curiosidad, como la nuestra, nos fuerza a abrir la boca como si fuéramos a besarnos. Y el aire frío invade nuestros pulmones hasta el punto de robarle parte de su pétreo espíritu. La capturo con mi cámara y me la llevo presa. La curiosidad, claro. Silueta grácil, frágil. Aislada y cruelmente proporcionada. Eres la silueta del hombre, alargada como un ciprés y a veces, teatralmente dolorosa. Hombre que marcha eres. Una figura en movimiento clavada en la tierra. Extensión de carne humana peligrosamente endeble y precaria en tus cimientos. Hombre a punto de caer. Tu verticalidad me asusta. Reducida forma de ser hombre, expresión en movimiento de nuestra condición. Textura atormentada, superficie que perturba. ¿A dónde vas? ¿A dónde nos llevas? Con tan sólo 9 años, mi hijo J. sufrió su primer desgarro. Fue tan inevitable como un cerrar de ojos cuando se besa en la boca. El descubrimiento de que seres vulgares como sus padres habían estado suplantando en la realidad, lo que su imaginación había ido convirtiendo en magia procedente de Oriente abre una brecha en su casi recién estrenado mundo. Ya no eran tres, sino dos. Con la última campanada sus ropajes de armiño y terciopelo habían resultado ser de pana y algodón para sobrellevar un viaje en cuyo origen no existían parajes exultantes de arena y vegetación sino el hueco bajo la cama del dormitorio donde apenas unos metros le separaban del tesoro tan esperado. Las heridas del corazón no vienen solas. Y entre el torbellino del naufragio se aprecian figuras que van tomando forma a medida que se acercan a la arena. Y exhausto, con tan sólo 9 años, mi hijo J. contemplaba que la historia natural había acabado con los animales prehistóricos hace ya muchos millones de años y con ellos, la idea sangrante de unos primeros padres, Adán y Eva, que nunca existieron porque, “ama, lo de Dios es mentira”. La catástrofe se desencadena tan rápido y tan fácilmente como huye hacia el mar el agua por el sumidero de la bañera. Ya no hay magia en Oriente, los adultos lo tenemos presente más que nunca. Ya no hay ningún ser que nos proteja y nos oiga en confesión cuando se apagan las luces del corazón. - ¿Y el ratoncito? –me interroga en forma de súplica-. - El ratoncito tampoco. Lo siento. Transcurre un año. Mucho tiempo para él. Un suspiro para nosotros. Y en un arranque de frivolidad mi cacho quiere leerme un cuento en voz alta. Le dejo y me abandono entre las imágenes de un anuncio de televisión que nos dice que si nosotros leemos también nuestros hijos leen. Otra mentira, pienso. Otra de tantas. Comienza la lectura del aventurero detective Jaimito Bond. En el transcurso de un viaje en helicóptero al Polo Sur, mi hijo escupe un diente. Me mira con recelo y con esa esperanza infantil de la que sólo los niños esperan realidades. - Ya eres mayor –vomito antes de que diga nada mientras envuelve la pieza con su puño como queriendo ahogarla-. Si quieres, puedes escribir al ratoncito. Yo, desde luego, no voy a poner nada. Antes de irme a la cama, entro en su dormitorio y observo cómo duermen. Desarropados en medio de respiraciones tranquilas contemplo una hoja de papel sujeta con adhesivo a su cama y leo: - Estimado Sr. Pérez: (…) A la mañana siguiente, con tan sólo 10 años, mi hijo J. extiende su mano y me enseña una moneda. Le guiño un ojo y sonríe. Juro que yo no he sido. Veo delante lo que, como Hombre, dejé atrás. Y abro un libro y me habla, a mí. Veo un místico espiando la anatomía de un ángel. Y en un susurro apenas perceptible me habla de la música y me dice: “cuando los ángeles músicos ofician para Dios, tocan J.S. Bach. Pero cuando se reúnen entre ellos, tocan Mozart. Y Dios viene a escuchar detrás de la puerta”(1). Y entonces yo pregunto si son afortunados los ángeles y Paul Valéry, que acaba de entrar, me contesta rotundo que no, que el ángel también se sienta en la orilla de una fuente y se mira en el espejo del agua. Como Narciso. Y encuentra a un hombre llorando “y se asombra en extremo al aparecerse en el agua desnuda presa de una tristeza infinita”(2). Y asombrado, como Hombre, le interrogo y le digo si un espíritu puro puede conocer la pena. Hasta tal punto –me dice- que necesita de una fuente para poder deshacerse en llanto. Quizás los ángeles se distingan de los hombres por lo que les falta, pienso. Y Chesterton sonríe como si el mío fuera el pensamiento de un niño. Me observa mientras lo hace. Condescendiente me explica que el hombre tiene brazos, pero no alas. El pájaro tiene alas, pero no brazos. El uno trabaja, el otro vuela. El ángel posee brazos y alas. Es hermoso pero frágil de ahí que “los ángeles vuelan porque se toman a sí mismos a la ligera”(3). Ahora soy yo quien sonríe por la ocurrencia. Quizás su fragilidad responda a su falta de sexo, concluyo haciendo visible mi gran descubrimiento. Y el libro que había abierto hace unos minutos descarga contundente contra mi osadía: “¿qué necesidad hay de procrear cuando uno es eterno? El sexo y la muerte son solidarios”(4). Cierro el libro y decido seguir buscando. Y es entonces, cuando uno sabe que no es ángel ni es Dios; cuando recuerda aquellos últimos versos de un poema de Quevedo. Y pienso que cargado voy de mí, Pues por no desandar lo caminado, viendo delante y cerca fin temido, con pasos, que otros huyen, le he buscado. Y pienso que si ángel fuera debería conformarme con planear. Pero soy hombre, -me digo-, horror a manos llenas. Cargado voy de mí, me repito con insistencia, aunque mi sexo esté despierto, aunque alas no tenga. Y en silencio me aproximo y mis cadenas me delatan mientras voy y escucho Mozart detrás de la puerta. Que tengan un buen lunes, amigos. Espero que les guste este diamante de Mozart, elegante en su simplicidad y tallado con mimo por uno de los grandes. (1),(2),(3) y (4): Tournier, M.: Celebraciones, Ed. Acantilado, Barcelona, 2002 El sábado por la noche nos dirigíamos a cenar Tio Petros y una servidora a un restaurante de la ciudad. Caminábamos contentos, uno junto al otro entre callejuelas con ambiente festivo y balcones adornados con la bandera de la ciudad (recuerden que les comenté que se celebran las fiestas del patrón). Ya en el último tramo del recorrido, poco antes de llegar al restaurante, se encuentran las ferias o las barracas que es como las denominamos aquí: todo un espectáculo de luz, sonido y gentío que nos hizo acelerar el paso y acomodarnos más, si cabe, el uno al otro. El vocerío del personal unido a las diferentes ambientaciones de uno y otro puesto motivó que el Petros me llevara literalmente en volandas mientras me confesaba: - Seguro que en mi infierno hay una tómbola. Una vez sentados y esperando pacientemente a que el personal de servicio nos trajera las primeras viandas, descubrimos que en la mesa de al lado (ocupada por tres parejas de seres humanos adultos con sus respectivos cachorros de poco más de cuatro años) se sentaba un espécimen de esos, desagradable en grado sumo, que gritaba sin necesidad, hablaba ex catedra y se reía de sus propias gracias como sólo los imbéciles de nacimiento saben. En el restaurante, bastante amplio, hacía sobresalir su voz como si fuera el último superviviente del Titanic o como si le estuvieran arrancando un huevo de cuajo. Los cachorros de humano gritaban y lloraban, el ciclán chillaba como gorrino víctima de una fiera matanza y Petros y yo apenas podíamos oír nuestra propia conversación que, cómo no, versaba sobre el Hades. Todos tenemos nuestro propio infierno, caracterizado unas veces por la ausencia de alguna cosa que nos haría estar en el cielo o por la presencia de otra que nos reitera el pecado que hayamos podido cometer. En cualquiera de los dos casos, estábamos de acuerdo: en nuestros respectivos infiernos no faltaría un puesto de feria ni un hijoputa estridente sin piedad ni la música cansina de una trikitrixa condenada a sonar por toda la eternidad. Salir del restaurante supuso todo un alivio y decidimos tomarnos, en un recóndito y solitario pub, un par de gintonics que nos reconciliaran con el mundo. Una vez allí, disfrutando de los cinco sentidos y después de toda una noche en la que el martirio es, necesariamente, los otros, llegamos a la siguiente conclusión: “Mi infierno perfecto es aquél en el que no estés tú” Y ustedes, confiesen ¿cuál es su infierno? Caminando por los Reales Alcázares, entre buganvillas y jacarandas y el derramarse del agua de las fuentes con esa gratitud con la que sólo sabe darse el agua en Sevilla, caminando –digo- contemplábamos la belleza de otros tiempos. Tiempos en los que el amor se dibujaba en filigranas, entre las luces y las sombras donde sólo él se cobija; tiempos en los que el amor, con su sonrisa geométrica, recorría los muros enredándose entre verdes, azules y blancos brillantes. El fresco de aquella hora de la mañana había sido cortesía del Río. Río Grande, Guadalquivir, acercándose a nosotros con su vaivén de palmeras, de olores a jazmín y ungüentos. Los turistas se agolpaban alrededor de los guías con cara de niño muerto, negándose a sí mismos –pegado el ojo a la mirilla de la cámara- el placer de soñar un pasado por el único propósito de capturar un solo instante de su marchita vida. Los viajeros, sin embargo, en soledad disfrutan de un momento que se hace uno: el pasado, el presente y el futuro de lo vivido entre los adornados muros de aquel recinto. Fuimos buscando los rincones de los jardines en silencio, como quien busca un pensamiento hermoso. Y escuchamos bellos adagios de tintineo de aguas, contemplamos los resignados bancos de piedra, y el narcisista esplendor de las rosas y jazmines delicadamente atrapado en los estanques de verde quieto. ¡Cuántas palabras bonitas aquí se habrán dicho! Entonces fue cuando la vimos. Con sus ojos cerrados, intentando atrapar –estamos seguros- aquel pensamiento hermoso que alguien dejó escrito en un friso. Nos sentamos junta ella, morena y guapa, con ojos tan profundos como la negra herida de algo amado y perdido. “En el agua de este estanque se ahogaron mis suspiros. Los de Rumaykiya, mi primer nombre: el de la esclava de un arriero. Los de al-Sayyidat-al-Kubra, por todos conocida: la Gran Señora. Pero busco aquí, en la que fue mi casa, las palabras que a Itimad le dijera su marido, aquél que de tanto amar me hizo reina de Sevilla, aquél al que un día pedí contemplar la nieve y sembró de almendros las laderas de la sierra. Todavía recuerdo mi nieve de blancas flores y su apasionado beso que yo calmé con poesía… Por eso me siento aquí todos los días, en este banco de piedra a contemplar el narcisista esplendor de las rosas y jazmines que en los estanques de verde quieto duermen como las palabras que a Itimad le dijera su marido.” Se hace tarde. Los viajeros también deben comer. Volvemos a Santa Cruz donde nos alojamos y entre las luces y las sombras donde sólo él se cobija, creemos ver –entre el calor y la fatiga- las palabras dormidas que viven en un estanque: Miré a al-Mu´tamid con pasión y él, a cambio, me hizo Reina de Sevilla. Hasta mañana. Fue en ese diminuto restaurante cuando la vi por primera vez. Su inocencia ensombrecida por aquel sombrero que apenas permitía alumbrar su rostro. Seguro que sus ojos son verdes, como un mar bravío que no conozco, como la tempestad que tiende y se desparrama entre sus dedos cuando habla. Cierro los míos e intento admirarla en secreto, como un bandido, para robarle algo, aquello que seguro tiene escondido. No está sola, una mujer como ella no podría con eso. Intento comer un bocado y mi deseo se atraganta. Pienso en mí, me importo y enciendo un cigarrillo. Entonces ella se convierte en aire y entra en mis pulmones con fuego enfurecido. No tengo prisa, el fuego se torna sagrado y baja hasta mi estómago, a mi vientre, a mi huida. Nadie observa, nadie advierte la transformación. Estoy a salvo. Salvo ella. Inclina la cabeza consintiendo y me libera. La camarera se acerca con agilidad de marioneta. No es real, pienso. Es sólo sueño. ¿No ha sido de su gusto, señor? La quiero mía, como un secreto, como sus ojos verdes en los que me pierdo. Ya no hay plato ni comida, sólo el sorbo de su boca y la negra melancolía que me tiñe como a un proscrito. Observo que ya no me importo y mi deseo sólo pretende ser pronombre: tú. Los reflexivos son necesarios al hombre hasta que ama, me digo. Y mi drama se convierte de pronto en tragedia. Si pudiera sacarme los ojos… y ya a tientas me calo el sombrero y salgo pasando por ella. En ti me quedo, de espera, muriendo en tu canto de sirena. Quizás para mí, el mundo ya sea demasiado grande. Cuando uno vuelve a casa después de una ausencia cuya magnitud no importa, no se encuentra las cosas tal y como las dejó. Por ellas también ha pasado el tiempo y el Hombre, inevitablemente, necesita encontrar seguridad en todo lo que le rodea porque no podría vivir sumido en el desorden. Lo contrario nos conduce a la desdicha. De ahí, que vaya apartando sábanas en Vailima como blancos telones que ponen fin a la distancia y al duelo. Reflexionando sobre el dolor uno se da cuenta de que las palabras se le deshacen en la boca como hongos podridos (gracias Hofmannsthal) porque el dolor es tan inabarcable que se niega a ser encerrado entre ellas. Por su propia naturaleza…pero esto ya lo dijo Wittgenstein antes que yo y mejor es callarse. Los sentimientos más extremos, más palpitantes, sean de amor o de odio, de plenitud o de rabia sólo pueden expresarse de forma escueta, sin adornos, sin añadiduras, como el sorbo de un buen vino, como la dosis de un fatal veneno. Recuerdo entonces a Víctor Sánchez de Zavala, magnífico profesor que no por ello poco temido, cuya consigna a lo largo del último curso de facultad, nos repetía de forma demoníaca: “ustedes deberán expresar sus conocimientos en mis exámenes con 120 palabras como máximo. Si exceden este número, yo asumiré que ustedes no tienen claros los conceptos de la materia que imparto”. No les tengo que explicar, queridos amigos, el impacto de esta sentencia en cualquiera de nosotros, pobres alumnos de quinto curso, cuando nos veíamos abocados al martirio anunciado y hacíamos apuestas de cuántos nietos tendríamos cuando por fin pudiéramos superar con éxito esta asignatura. Filosofía del Lenguaje… y no puedo utilizarlo a mis anchas sin que me devoren las palabras. El primer día de clase, el Sr. Sánchez de Zavala, escribía en la pizarra la relación de trabajos que había asignado previamente a cada uno de nosotros. Éramos tan sólo diez asustados alumnos contemplando al oficiante con el alma en vilo y con los ojos cegados por una luz, como la que dicen que hay al final del túnel. El aula estaba dispuesta como una iglesia románica, de tal modo que nosotros, los iniciados, desde la oscuridad de la sabiduría nos dirigíamos en dos hileras hacia la luz del conocimiento de aquel encerado ábside donde se encontraba Él. Dante y las lenguas vernáculas: R.R. (mi identidad) Al finalizar la clase, caminé hacia el túnel con la bibliografía que necesariamente había de temblarme en la mano. - Perdone, pero es que todos los libros que usted recomienda están escritos en alemán e italiano. - Le perdono, pero usted entonces tiene un problema. Terminé el trabajo del Dante, de sus lenguas jodidamente vernáculas y se lo entregué al causante de tres largos meses de martirio lingüístico. Pero antes de desprenderme de él, quise dejar mi marca de cantero, mi pequeña venganza para toda la eternidad. La dedicatoria rezaba así: “Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza” Con tan solo ocho palabras (menos que ciento veinte) abría la puerta del infierno. Para Él, por Él. CALÍGULA ¡A la historia, Calígula, a la historia! (El espejo se rompe y en ese momento, por todas las puertas, entran los conjurados en armas. CALÍGULA les hace frente con una risa loca. EL VIEJO PATRICIO lo hiere en la espalda; QUEREAS en medio de la cara.) CALÍGULA ¡Todavía estoy vivo! TELÓN El tiempo ha transcurrido en la vida de la pareja. Hogarth nos lo indica a través de dos detalles: un sonajero que cuelga de una cinta roja en el respaldo de Lady Squander y las coronas de armas situadas en el tocador y en la puerta de la alcoba. O sea, que por una parte el artista nos dice que ya han sido padres y, por otra, que el esposo ya es lord y por lo tanto, su padre ha muerto. Con respecto al primer asunto, Hogarth nos cuenta el triste final que espera a la criatura: en la escena VI, cuando vemos que la nodriza la acerca para que dé el último beso a su madre ya fallecida, representa a la niña con una mancha negra de sífilis (legado de su padre) y con una pierna deforme. La niña morirá sin ser adolescente. La escena representa una velada matutina en la alcoba de la esposa. Los invitados beben chocolate mientras escuchan a un cantante a quien acompaña un flautista. De todos ellos, podemos afirmar que por su forma de sentarse, hay un personaje que goza de la confianza de la joven a quien muestra unas entradas para un baile de máscaras. El personaje en cuestión no es otro que el abogado Silvertongue (lengua de plata) que ya aparecía en el primero de los lienzos consolando a la desdichada prometida. Lady Squander, que ya forma parte de la nobleza, imita en esta escena un ritual ceremonioso herencia de la corte francesa: el lever du roi. Esta ceremonia se dividía en dos partes: un petit lever y un grand lever. Durante el primero, los grandes dignatarios del rey se presentaban ante él para informarle de las novedades de estado. Mientras tanto, se vestía al rey con una bata, se le afeitaba y empolvaba y, hacía (esta vez sin ayuda) sus necesidades en un orinal. Después venía el grand lever, más largo (de ahí lo de grand –permítanme la broma-) durante el cual el rey tomaba chocolate, le vestían y le colocaban la peluca. Lady Squander (derroche) escenifica de forma espléndida el grand lever. Ha comprado diversos objetos en una subasta, objetos que podemos contemplar en el extremo inferior derecho del lienzo, debidamente etiquetados. Lleva la bata puesta aunque si se fijan en el reloj de su regazo, ya son las dos de la tarde (mejor no se fijen, que no pueden con el tamaño de la imagen. Sólo hagan un acto de fe y créanme). Lo más probable es que la dama, una vez que la terminen de peinar y se vista, acuda a visitar a alguien. Las visitas constituían una de las pocas actividades que una dama como la nuestra podía realizar. Sabemos que se va de visita por las tarjetas que ustedes pueden ver en el extremo inferior izquierdo del cuadro, tarjetas que por otra parte, estaban escritas sobre el reverso de unos naipes. No quisiera finalizar sin referirme a uno de los personajes que más me gustan del lienzo: el cantante. Todos los datos apuntan a que se trata de un castrado disimulando su “orfandad” por medio de una lujosa vestimenta. No le falta de nada: pendientes, anillos en todos los dedos, diamantes en la aguja del lazo y hebillas doradas en rodillas y zapatos. El chaleco apenas le da de sí. Los castrados, según se dice, levantaban pasiones. El nuestro parece un estúpido pero la dama que tiene a su lado no parece que opine lo mismo. En fin, eso es todo lo que me ha parecido más anecdótico de este particular lienzo teatral. Espero que hayan disfrutado con él y no quiero pensar qué diría mi marido si me encontrara a las dos del mediodía en bata, siendo peinada por un aguilucho, escuchando las sandeces de un lengua de plata y siendo acompañada por un castrado, una ninfómana, un tío hablando sólo, otro con bigudíes en el pelo, un hamelín, y otros seres de difícil calificación. Hasta mañana. Pónganse cómodos y no se preocupen: en esta función podrán levantarse de sus asientos, tomar café y fumarse un cigarrillo sin que el acomodador pueda importunarles. ¿Me acompañan? ACTO I De cómo se cierra el contrato matrimonial entre un arruinado Lord Squander y un burgués nuevo rico por el que obligan a sus hijos a casarse. La fortuna quiere así que uno se salve de la ruina y el otro adquiera un título nobiliario. Los jóvenes, que no sienten atracción alguna el uno por el otro, se abandonan mientras se cierra el negocio. Cuando Venus no reina, la indiferencia gobierna. ACTO II De cómo su vida transcurre entre pelea y pelea y de cómo se tiran los trastos como un matrimonio “cualquiera”. ACTO III De cómo el esposo cura sus heridas de amor en casa del doctor. Otra hembra entra en acción y del tercer acto se cierra el telón. ACTO IV De cómo la joven “cornamentina” disfruta con sus amigos en sesión matutina. Nota de la autora: “Quisiera explayarme en este acto de la señora y sus amantes. Para ello les solicito que dejen transcurrir este martes. Ya mañana desvelaremos cuantos secretos ustedes quieran, de esta escena tan concurrida con cornamenta incluida”. ACTO V De cómo el perro apaleado encuentra su salvación hasta que el marido se presenta y el amante se escapa por el balcón. In fraganti los ha pillado y su honra de esta guisa ha vengado pero el perverso amante malhumorado, una estaca en el pecho le ha clavado. ACTO VI De cómo se quita la vida la joven esposa: sin marido y sin amante en el sillón reposa. El marido fallecido, el amante condenado y muerto y un airado padre, le quita el costoso anillo del recuerdo. Aquí termina la historia de un amor sin fundamento. Espero que les haya gustado y si no, lo lamento. Moraleja moralizante: Los matrimonios de conveniencia no tienen futuro aunque lo que les una sea el dichoso duro. Desde Bretaña, la Martinica y, por supuesto, Tahití, el universo pictórico de Gauguin se reduce a figuras femeninas. Sin embargo, cuadros de su última etapa en las Marquesas nos muestran un mundo en su mayoría masculino. Jinetes en la playa (1902) fue pintado al final de la vida del artista y bien parece una redención de última hora donde surgen ecos de la iconografía europea: la composición evoca las carreras de caballos de Degas ; la escena se desarrolla en una ribera de Hivaoa donde el color negro de la arena se ha sustituido por un rosa sutilmente modelado a pinceladas regulares de azules y grises como las de Cézanne en su periodo constructivo. Varios jinetes cabalgan hacia el fondo, hacia el horizonte. Dos figuras ataviadas con vivos colores montan sobre caballos grises, como los del friso del Partenón : marchan de perfil y transversalmente y a punto están de desaparecer de nuestra vista. Ninguno de los jinetes repara en estos dos personajes. No pertenecen a este mundo. Son espíritus a caballo que vienen a llevar a los vivos al otro lado. Estamos contemplando una despedida. El jinete situado en primer término se ha detenido, absorto, quizás, en su propia melancolía. Al otro lado, un hombre de blanco dialoga con una mujer que está de pie. Los espíritus encapuchados, los tupapaus han venido con una misión: como heraldos o ángeles de la muerte conducirán las almas más allá del horizonte. Caballeros, diablos y muerte tal y como nos los diera a conocer el viejo Durero . Gauguin se muere “Y el hombre…Pobre…pobre! Vuelve los ojos , como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada: vuelve los ojos locos, y todo lo vivido se empoza, como un charco de culpa, en la mirada. Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!” Se cierra el círculo. La búsqueda ha terminado. El artista vuelve al hombre, a lo masculino, para morir. p.d. He sido una desconsiderada. Los versos pertenecen al poema Los Heraldos Negros de César Vallejo cuya mano, Herri Otrow, jamás la daré por enemiga. Aquella noche, el pintor apodado Botticelli, ya tenía los bocetos perfectamente diseñados del encargo que generosamente abonaría Giovanni Tornabuoni, tío de Lorenzo el Magnífico y director de la importante filial romana del banco Médici. Sin más dilaciones y tras una larga noche sin descanso, el artista se dirigía a Villa Lemmi con todos los materiales necesarios para hacer sus obras realidad. Al final de aquel día, el artista, agotado, había finalizado el primero de los frescos, aquel cuya protagonista fuera la hermosa Giovanna, perteneciente a la vieja familia de los Albizzi. La novia aparecía ataviada, en la parte derecha del fresco, con un rico atuendo. Frente a ella, Venus, quien la recibe echando rosas como símbolo de belleza y amor; rosas que la muchacha recoge con el paño blanco que sostiene entre sus manos. Tras la diosa, las Gracias y un angelote que sostendría uno de los escudos de cada una de las familias de los contrayentes. - Magnífico trabajo, maestro –apuntó Giovanni Tornabuone al punto que contemplaba el fresco-. Si lo deseáis, podéis ocupar uno de los dormitorios de palacio a fin de que no perdáis tiempo en viaje alguno. Si precisáis de algún material, pondré un sirviente a vuestra disposición. Alessandro no lo dudó un instante y aceptó con agrado la invitación de su cliente. Cuando el sol comenzara a desperezarse al nuevo día, él ya lo tendría todo dispuesto para trabajar con el segundo de los frescos. Así pues, el artista, apodado Botticelli, concentró todos sus esfuerzos y apenas si se había ocultado el sol del siguiente día, ya podía contemplar su magnífica obra terminada. En el segundo de los frescos podía verse a Lorenzo Tornabuoni siendo introducido por la personificación de la Gramática en el círculo de las siete artes liberales, sobre la que se encuentra entronizada la Sabiduría. Como mandaban los cánones de la Antigüedad, se podía reconocer a cada una de las artes por los atributos que portaban: la Retórica, en el fondo a la izquierda, con el rollo, la Dialéctica con el escorpión, cuyas tenazas representan las posiciones contrapuestas del pensamiento dialéctico, la Aritmética con una hoja de fórmulas matemáticas. Sobre un trono elevado sigue la Sabiduría; a continuación, la Geometría con una escuadra, la Astronomía con la esfera celeste y, por último, la Música con un pandero y un pequeño órgano portátil. Contemple, paciente lector, cómo había ideado la obra el maestro, ya que no había olvidado detalle alguno: la Gramática se representaba tradicionalmente siendo acompañada por un niño y en este caso, además, por el mismo Lorenzo Tornabuone quien iba a ser presentado al resto de las artes. La Sabiduría saluda al joven muchacho levantando su mano derecha mientras que con la izquierda sostiene una rama de olivo, símbolo de la concordia reinante entre las artes. Una vez hubo mostrado el artista a los novios el significado de cada uno de los frescos, éstos se miraron tiernamente, como sólo los enamorados saben hacerlo. Tras un leve roce entre sus manos, un silencio atronador se apoderó de los corazones de ambos, hasta tal punto que las lágrimas corrían por sus mejillas huérfanas de consuelo alguno. - ¿Qué os ocurre muchachos? ¿acaso mi obra os ha defraudado? –apuntó Alessandro-. - No es eso, señor, -replicó Lorenzo-, es que hace un par de noches ambos vivimos un extraño sueño que paso a relatarle. Una extraña luz hacía añicos los cristales de la ventana de nuestros dormitorios y justo en el centro de la estancia, un hombrecillo nos hablaba: “Pedidme un deseo y os lo concederé. A cambio sólo os exigiré que carguéis el resto de vuestros días con él”. Y acto seguido, señor, Giovanna deseó en su dulce sueño amarme eternamente y yo… yo… dedicarme en cuerpo y alma al estudio de las artes, y entre ellas a la más querida para mí, la Aritmética. Fijáos en vuestra propia obra, mi futuro se refleja en ella. Contemplad su belleza: es la única de todas ellas que me mira con detenimiento y alza su tímida mano para darme la bienvenida. En ello consiste mi desesperado deseo, en entregar todo mi ser a alcanzar la Sabiduría. Y dirigiéndose a la muchacha, le habló con estas palabras: - Esta mañana, muy temprano, he comprendido que no te haría feliz, amada mía, pues la Sabiduría es amante ingrata: cuanto más me acerque a Ella, más se alejará Ella de mí; cuanto más feliz Ella me haga, más infeliz te haré yo a ti. De este modo se deshacía un gran amor entre dos deseos. Así los muchachos quedaban condenados, al igual que ambos frescos, a mirarse el uno frente al otro, ante una única barrera que no era otra que sus propios anhelos. Una vez que Giovanna, la que nunca pertenecería a la vieja familia de los Tornabuone, hubo abandonado la estancia, el joven Lorenzo interrogó de esta manera al pintor: - Decidme, maestro, a vos ¿qué os pidió? - Al igual que a vosotros, el hombre de los cipreses me interrogó acerca de aquél de entre mis deseos que de hacerlo realidad me hiciera imposible conseguir uno cualquiera de los demás. Me faltó tiempo para que de mi boca brotaran las palabras, "inspiración", "prestigio" y "fama para siglos venideros". Sin embargo, le faltó tiempo a mi corazón para que mi boca pronunciara las dos únicas palabras que hasta ese día habían movido mi deseo de vivir: Simonetta Vespucci. El círculo de la Sabiduría se ha cerrado, estimado Lorenzo, y ambos nos hemos quedado encerrados dentro. Hoy, me van a permitir que les cuente un cuento. Como todos los cuentos, está inspirado en lo que algunos vienen a llamar la realidad; como todos los cuentos, la ficción habita donde le place. Como todos los cuentos, tiene un desenlace: que sea feliz o no, lo decidirán ustedes. Como en todos los cuentos, usted, Sr. lector, será movido por el mismo mecanismo que movió a los protagonistas: el deseo. Todo comenzó allá por 1486, cuando en Villa Lemmi, cerca de la ciudad de Florencia, se ultimaban los preparativos de la boda de Lorenzo Tornabuoni y Giovanna degli Albizzi. El padre del novio, Giovanni Tornabuoni, era tío de Lorenzo el Magnífico y director de la importante filial romana del banco Médici. Giovanni había deseado siempre lo mejor para su hijo y quería demostrárselo de una forma original: encargó pues a un pintor famoso apodadoBotticelli , que con ocasión de la boda de su hijo Lorenzo, pintara para él dos frescos cuyos protagonistas fueran respectivamente su amado hijo y su hermosa prometida Giovanna, perteneciente a la vieja familia de los Albizzi. A pesar de la buena cantidad de dinero que recibiría como pago del encargo, el tiempo límite que don Giovanni había impuesto para ejecutarlo le resultaba insuficiente al maestro y así se lo hizo saber. El comitente, acostumbrado como estaba por su oficio a que sus órdenes fueran cumplidas, le hizo saber que no transigiría en un solo día más de lo pactado. “A cambio, maestro, os permitiré, avalado como estáis por la fama que os antecede, que seáis vos mismo quien escoja el tema de las obras”. De este modo transcurrían los días y las noches, y el pintor, cuyo nombre de pila era Alessandro, no había tocado aún pincel alguno. Acuciado por el tiempo, decidió pues llamar a los novios para conocerlos mejor, a fin de obtener de ellos alguna idea en la que inspirarse. Habiendo escuchado atentamente a los jóvenes durante el transcurso de un sosegado y hermoso paseo por palacio, el famoso pintor apodado Botticelli, miraba, a la mañana siguiente, absorto, por la ventana de su taller. La falta de sueño, la fatiga y el peso ya insoportable del poco tiempo disponible para ejecutar su encargo, contribuyeron a que los hechos que a continuación voy a relatarles, transformaran el curso de los acontecimientos. El maestro, cuyo nombre de pila era Alessandro, se encontraba pues mirando por la ventana de su taller con la vista fija en un punto del horizonte donde dos cipreses magníficos parecían insultar a Dios con su esbeltez y fortaleza. Entre sus ramas, una luz brillante, impropia de esa hora del día, se acercaba a la ventana del pintor irradiando una energía tal que le hizo apartarse de inmediato del mirador. Con la fuerza de un rayo, un hombrecillo misterioso surgió en el centro de la estancia. Aunque parezca mentira, el maestro no tuvo miedo pues aunque misterioso, el aspecto de aquel ser sólo le ofrecía confianza. - Dime, hombre extraño, ¿quién eres? –preguntó Alessandro-. - Mejor te diré qué negocio me trae hasta aquí –contestó el hombrecillo-. - Habla, pues, que todo negocio ha de ser de alguna manera beneficioso para ambas partes. Te escucho… …continuará. “Los gatos se rozan con mis piernas y se sienten tigres hasta el sexo. Los pájaros sonoros se callan cuando paso, y las altas rosas me rozan el rostro porque tengo el privilegio de los caminos”. Fernando Pessoa: El privilegio de los caminos FRANZ VON STUCK Salomé estaba buena, muy buena. Bailaba como ninguna otra la danza de los siete velos babilónica, dejándolos caer uno a uno en voluptuosos giros seductores. ¿Quién es capaz de resistirse a los encantos de una hermosa mujer, bien formada y experimentada bailarina? La pregunta tiene nombre: Juan el Bautista. El hombre que una y otra vez la rechazó y que además, ¡oh atrevimiento!, osaba recordarle su vida pecaminosa. ¡Qué mal hiciste, Juan! ¡Cómo se nota que conocías poco a las mujeres! ¡Se te subió el agua bendita a la cabeza y la perdiste precisamente por una de ellas! Y es que si hay algo peor que una mala mujer es una mala mujer con madre incorporada. Hasta aquí, chapeau por la Salomé , pero dejarse embaucar de tal forma por su madre… no sé, me confirma la sospecha (casi teoría) de que su voluptuosidad nacía del cuello para abajo. Salomé, en resumidas cuentas, no deja de ser la buenorra que más que artífice es víctima de una venganza: del complot de una madre (Herodiades a más señas) deseosa de librarse de los reproches que, la voz de una conciencia llamada Juan el Bautista, no le dejaba vivir en paz (entiéndase “paz” como sinónimo de “con su cuñado”). Por último, repasen ustedes esta historia bíblica de pasiones e intrigas, que tantos y tantos artistas de todos los géneros han tocado con su arte y díganme, en este año del Señor de 2005, si esto del amor de Salomé por su madre no tenía algo de incestuoso, como incestuoso era el amor de Herodes por la mujer de su hermano y al mismo tiempo por su hija adoptiva…, sí, díganme, ¿esto no es un culebrón ? Y hablando de culebrones, ¿No les parece magistral el papel de la actriz que interpreta a la bella Salomé en la imagen que les dejo a continuación? Les pongo en antecedentes: Mañana día 15 de noviembre, el adolescente en cuestión sufrirá los dolores de un examen de literatura. En concreto, dicho ser unicelular tendrá que enfrentarse con un comentario de texto que girará en torno al postromanticismo español y, más concretamente, en la poesía de Bécquer y Rosalía de Castro. Una vez que el padre repite hasta la saciedad los pasos que la masa de quince años debe de considerar para confeccionar dignamente el comentario de texto; una vez que el hijo, contemplando con disimulo la vena reventona que sobresale del cuello de su progenitor, omite manifestar su opinión sobre la existencia de la literatura y dentro de ésta, de la poesía (qué para qué servirá una cosa que dice digo cuando quiere decir diego); cuando el ambiente está ya tan caldeado y el hastío se hace materia, entonces, digo, viene el turno de preguntas y respuestas a modo de repaso definitivo y definitorio que, a continuación les remito: -Hijo: la lengua alemana. -Padre: No, por la “lengua” no, por la… la… la… Yo ya creía que estaba escuchando la canción de Massiel -Padre: …por la poesía alemana. Bien, vamos a otra cosa: ¿dónde nació Rosalía de Castro? -Hijo: En el Camino de Santiago. -Padre: joder, joder, joder. Vamos mal, no me jodas, ¿sí, pero dónde? -Hijo: Al final, al final del camino. -Padre: en Santiago, leches, en Santiago. ¿Y dónde murió? Repiqueteo de campanas… pero tocando a muerto -Hijo: En Pimientos Verdes …o sea, Padrón y lo mató. Tio Petros se ríe de mí cuando le digo que Naomi Campbell tiene unos juanetes escandalosos: el resto de su cuerpo sí que es de escándalo me contesta el descarado. ¿Qué nos ocurre? ¿Acaso no podemos hacer más humanos a nuestros ídolos? ¿Por qué no vamos a poder disfrutar de semidioses como lo hacían los griegos? Pensar en la estética de lo cotidiano y de lo que consideramos mortal resulta una tarea interesante. Ahí tienen las dos nueces que la modelo de color muestra sin reparos en sus pies desbordándose bajo la presión de unas sandalias de tacón vertiginoso. O la reciente maternidad de mi inefable periodista metida a princesa: los medios nos han hecho ver el acontecimiento como la primera cesárea que se practica en España, incluso en alguna cadena de tv emitieron un programa sobre cesáreas. O si lo prefieren, imagínense las veces que la madre de Fernando Alonso se habrá “cagao” en los cochecitos de su niño, ésos que hacían que el parquet del pasillo pareciera un código de barras. ¿Qué piensan, que no habrá políticos respetados y respetables que sentados en el inodoro no lean con pasión las etiquetas de la composición del champú a la aromaterapia o del gel de avena para pieles secas? Y aunque parezca mentira, a Nieves Herrero se le habrá escapado un pedo en una de sus entrevistas y a Teresa Campos se le hincará en el pulmón la varilla del sujetador en pleno debate televisivo. Cuando haciendo la carrera (perdonen por la expresión, soy consciente que “hacer la carrera” en nuestros días significa ser puta o maricón televisivo y por lo tanto famoso) me tuve que enfrentar con mi primera exposición oral (y esto tampoco significa que emulara a la Lewinsky) un profesor amigo me dio el siguiente consejo: ”piensa que todos los que tienes frente a ti y todos los días de su vida, se bajan los pantalones por lo menos una vez” Entonces les hablé de Hegel sin nervios porque yo, al igual que Napoleón, era el espíritu del mundo a caballo. Que pasen un buen fin de semana. |