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Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2006.
Emile Zola fue representado por Manet en muestra de gratitud por un artículo publicado por el primero en L´Evénement illustré en 1868. El escritor había sido amigo de juventud de Cézanne y siempre había mostrado un gran interés por la pintura. Cuando Manet presenta en sociedad a su Olympia, los críticos se le echan encima. Zola acude a su defensa como había hecho tantas otras veces con otros pintores rechazados por la crítica oficial. Zola tiene 27 años cuando Manet pinta su retrato en el taller del pintor. Un retrato que no se limita al propio personaje sino que acapara las pasiones que impulsan su pluma: aparece sentado junto a un escritorio sobre el que reposan diversos objetos entre los que podemos distinguir un tintero de porcelana, libros y diversos cahiers, uno de los cuales es el artículo de referencia. El escritor sostiene en sus manos un ejemplar de la Histoire des peintres de toutes les écoles, obra de Charles Blanc. A pesar de lo que pueda indicarnos su postura, Zola no posa. Piensa. Su estatismo responde a uno de esos momentos en los que la mirada no ve nada y se enreda en el ajetreado laberinto de un pensamiento que va tomando vida al punto que nos arrebata la nuestra. ¿En qué lado están ustedes? Allá donde se encuentren les espero mañana en La Parte por el Todo. No me fallen. Les recuerdo, estimados amigos, las reglas del juego. Deben descubrir el título de la obra de arte y el artista que la ejecutó sin mencionarlos explícitamente con el fin de que todos aquellos que deseen jugar tengan una oportunidad. Como ustedes saben, La Parte por el Todo, cuenta con un premio especial desde la semana pasada: EL CLUB VASARI. Para formar parte de él, basta con que contesten correctamente a la pregunta que formularé al final de la serie de pistas. Les deseo mucha suerte. 1) Dos personajes frente a ustedes y gracias a mí, un tercero. 2) Soy un tipo extraño que con los siglos he ido perdiendo los epítetos. 3) Soy ágil a pesar de mi aparente obesidad, y puedo convertirme en cualquier cosa. 4) Recuerdo que una vez paseando por el Támesis jugaron conmigo al Jerigóndor. 5) Fui testigo en una de las más célebres bodas de la historia. 6) La primera mujer me miró desde el infierno. 7) Incluso puedo parecer un santo. 8) De los tres personajes de este lienzo ninguno puede verme. 9) No comprendo la música, pero soy muy flamenco. 10) Pocos años después, un Marino sin barca se dejó las perlas en tierra. 11) Rodeados de matemáticas, pesan sus rostros indiferentes. 12) Ahora leo, igual que la dama que iluminados tiene sus dedos. 13) Un pirata estaría contento viviendo entre nosotros. 14) Soy muy coqueto pero los anillos no son míos. PREMIO “EL CLUB VASARI”: ¿Qué significa la pista nº 7 “Incluso puedo parecer un santo”? justifiquen la respuesta expresando la relación exacta que guarda con la obra que estamos buscando hoy. Un hombre de pago es el título con el que Neus Arqués conduce al lector por el mundo de la prostitución masculina. Les confieso que el tema me era desconocido pero la sorpresa de la obra radica, curiosamente, no en el personaje masculino que la ejerce sino en los sentimientos de las mujeres que confieren su universo. La novela se despliega como un asombroso atlas de lugares, personajes e historias que convergen en un eje central: Iván, el aparejador que salió un día de La Habana y que, a la espera de una vida mejor, se ha convertido en un gigoló que nos habla de sus sentimientos con la voz de su compadre el Piesplanos mientras nos sirve una copa en el Hemingway. La historia se desarrolla en blanco y negro, lo sé, como la vida triste de Rosa, una dermatóloga a la que su marido ha abandonado por una mujer más joven, la misma Rosa que alentada por su masajista decide un día contratar los servicios de un gigoló. O como la vida también triste de Bel, a quien los revolcones en la cama con Iván harán olvidar la ruptura de su matrimonio. La primera paga, la segunda no, pero ambas y por diferentes caminos, esperan lo mismo y lo mismo obtienen. Todos los Hombres somos así, ¿existe algo mejor que el sexo con una escultural pareja que hace que te olvides del mundo porque el mundo es tu montera? Pues sí, nos dice Rosa, “parte de la satisfacción de ligar consiste en explicarlo después a tus amigas, y la que diga que no, miente”. Tras esta reflexión, se aparece la verdad más cruda, la realidad más palpable. El amor y es entonces cuando uno debe callar y esperar una respuesta. Las dos mujeres de Un hombre de pago se ven obligadas al silencio, al lenguaje de los sentimientos donde lo económico ya carece de importancia. Sus incertidumbres obtienen por fin una respuesta, “tenemos muchas vidas posibles y elegimos una, y esa opción sólo funciona si renegamos de las demás. No podríamos resistir una sobredosis de felicidad permanente” –dice Bel-. Quizás se equivoque en esto último. Elegimos una renegando de las demás y lo hacemos con la absoluta certeza de que nadie puede resistir una sobredosis de infelicidad. “P´alante, mi hermano” aunque sea en blanco y negro como la de lván, Rosa y Bel. Como la nuestra muchas veces. Gracias, Neus. …y yo sin saberlo hasta ahora. Visiten la página que les propongo a continuación, no tiene desperdicio. Cuando la tengan en pantalla, pinchen en el video que aparece a mano derecha, en el que brotan los rostros de unos cuantos jóvenes. Si he de serles sincera, no encuentro la gracia al asunto (aunque se les ve radiantes). Lo mismo no sirve para nada, recuerden que alguna tonadillera casóse de blanco con cuatro caballos blancos y virgen. Poco le duró… Y digo yo: ¡que me quiten lo bailao! Les deseo un buen fin de semana y si pueden pecar, pequen. ¡Ah! y séanme felices. Cuando uno vuelve a casa después de una ausencia cuya magnitud no importa, no se encuentra las cosas tal y como las dejó. Por ellas también ha pasado el tiempo y el Hombre, inevitablemente, necesita encontrar seguridad en todo lo que le rodea porque no podría vivir sumido en el desorden. Lo contrario nos conduce a la desdicha. De ahí, que vaya apartando sábanas en Vailima como blancos telones que ponen fin a la distancia y al duelo. Reflexionando sobre el dolor uno se da cuenta de que las palabras se le deshacen en la boca como hongos podridos (gracias Hofmannsthal) porque el dolor es tan inabarcable que se niega a ser encerrado entre ellas. Por su propia naturaleza…pero esto ya lo dijo Wittgenstein antes que yo y mejor es callarse. Los sentimientos más extremos, más palpitantes, sean de amor o de odio, de plenitud o de rabia sólo pueden expresarse de forma escueta, sin adornos, sin añadiduras, como el sorbo de un buen vino, como la dosis de un fatal veneno. Recuerdo entonces a Víctor Sánchez de Zavala, magnífico profesor que no por ello poco temido, cuya consigna a lo largo del último curso de facultad, nos repetía de forma demoníaca: “ustedes deberán expresar sus conocimientos en mis exámenes con 120 palabras como máximo. Si exceden este número, yo asumiré que ustedes no tienen claros los conceptos de la materia que imparto”. No les tengo que explicar, queridos amigos, el impacto de esta sentencia en cualquiera de nosotros, pobres alumnos de quinto curso, cuando nos veíamos abocados al martirio anunciado y hacíamos apuestas de cuántos nietos tendríamos cuando por fin pudiéramos superar con éxito esta asignatura. Filosofía del Lenguaje… y no puedo utilizarlo a mis anchas sin que me devoren las palabras. El primer día de clase, el Sr. Sánchez de Zavala, escribía en la pizarra la relación de trabajos que había asignado previamente a cada uno de nosotros. Éramos tan sólo diez asustados alumnos contemplando al oficiante con el alma en vilo y con los ojos cegados por una luz, como la que dicen que hay al final del túnel. El aula estaba dispuesta como una iglesia románica, de tal modo que nosotros, los iniciados, desde la oscuridad de la sabiduría nos dirigíamos en dos hileras hacia la luz del conocimiento de aquel encerado ábside donde se encontraba Él. Dante y las lenguas vernáculas: R.R. (mi identidad) Al finalizar la clase, caminé hacia el túnel con la bibliografía que necesariamente había de temblarme en la mano. - Perdone, pero es que todos los libros que usted recomienda están escritos en alemán e italiano. - Le perdono, pero usted entonces tiene un problema. Terminé el trabajo del Dante, de sus lenguas jodidamente vernáculas y se lo entregué al causante de tres largos meses de martirio lingüístico. Pero antes de desprenderme de él, quise dejar mi marca de cantero, mi pequeña venganza para toda la eternidad. La dedicatoria rezaba así: “Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza” Con tan solo ocho palabras (menos que ciento veinte) abría la puerta del infierno. Para Él, por Él. CALÍGULA ¡A la historia, Calígula, a la historia! (El espejo se rompe y en ese momento, por todas las puertas, entran los conjurados en armas. CALÍGULA les hace frente con una risa loca. EL VIEJO PATRICIO lo hiere en la espalda; QUEREAS en medio de la cara.) CALÍGULA ¡Todavía estoy vivo! TELÓN “¡Descíñeme, amante! ¡Descíñeme, amante! Bajo tu mirada surgiré como una estatua vibrante sobre un plinto negro hasta el que se arrastra, como un can, la luna.” Estos versos pertenecen al poema de Juana de Ibarbourou titulado La cita. Como todas las palabras de amor no son otra cosa que una excusa, aquella de la que nos servimos para hacer conocer al otro nuestro deseo. Los deseos nacen sueños, historias irreales a las que damos forma a nuestro antojo. De estos sueños surgen las palabras, los versos torpes con los que queremos atrapar una realidad aún no concebida pero esperada e intranquila como la voluntad de un niño. Fue en ese diminuto restaurante cuando la vi por primera vez. Su inocencia ensombrecida por aquel sombrero que apenas permitía alumbrar su rostro. Seguro que sus ojos son verdes, como un mar bravío que no conozco, como la tempestad que tiende y se desparrama entre sus dedos cuando habla. Cierro los míos e intento admirarla en secreto, como un bandido, para robarle algo, aquello que seguro tiene escondido. No está sola, una mujer como ella no podría con eso. Intento comer un bocado y mi deseo se atraganta. Pienso en mí, me importo y enciendo un cigarrillo. Entonces ella se convierte en aire y entra en mis pulmones con fuego enfurecido. No tengo prisa, el fuego se torna sagrado y baja hasta mi estómago, a mi vientre, a mi huida. Nadie observa, nadie advierte la transformación. Estoy a salvo. Salvo ella. Inclina la cabeza consintiendo y me libera. La camarera se acerca con agilidad de marioneta. No es real, pienso. Es sólo sueño. ¿No ha sido de su gusto, señor? La quiero mía, como un secreto, como sus ojos verdes en los que me pierdo. Ya no hay plato ni comida, sólo el sorbo de su boca y la negra melancolía que me tiñe como a un proscrito. Observo que ya no me importo y mi deseo sólo pretende ser pronombre: tú. Los reflexivos son necesarios al hombre hasta que ama, me digo. Y mi drama se convierte de pronto en tragedia. Si pudiera sacarme los ojos… y ya a tientas me calo el sombrero y salgo pasando por ella. En ti me quedo, de espera, muriendo en tu canto de sirena. Quizás para mí, el mundo ya sea demasiado grande. Un amigo me ha pasado esta dirección. Pongan el audio y pasen las páginas del libro sosegadamente, de lo contrario se romperían. Pero antes de todo, si me permiten, una sugerencia para el fin de semana. Se titula Ansiktet y es uno de los 151 poemas que forman Amor en vilo de Pere Gimferrer. Dado que esta semana ha sido muy intimista para muchos (incluyéndome a mí y mi regalo), no se me ocurre nada mejor que ofrecerles: palabras hermosas. Séanme audazmente felices. Nadie verá este rostro en tus fotografías. Si sonríes, sonríes este instante tan sólo; si tus ojos me retan, por tus ojos me asolo; este pliegue en tus labios es fulgor que me envías. Ni tu mirada ni tu sonrisa son mías; yo soy, en cambio, tuyo, y a tu rostro me inmolo: nunca verá la cámara lo que veo yo solo, lo que tú sola ves si al espejo te fías, pero sólo este instante, sólo cuando enlazados como en versos antiguos van la vid y el jazmín cabalgando me miras en la luz de los hados: tanto habremos vivido para vernos al fin y deslumbrados somos yesca como alumbrados en el oscuro fuego que nos quema el jardín. |