Vailima |
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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2007.
Se dice que escribir sobre la ciudad de los canales arredraba a Henry James. Ese sentimiento, que más podría definirse como malestar (estético), me envuelve cuando el retorno a la vida diaria me devuelve a mi tiempo y a mi lugar y contemplo mis notas de viaje alborotadas y la orfandad de esta bitácora. El viaje al románico catalán (que ya comenzáramos el año pasado) ha terminado con la esperanza de volver algún día y rescatar las imágenes, los olores, las luces y los silencios que nos han encontrado allí. No están todas las que deberían, obras de restauración y recintos cerrados a cal y canto nos lo han impedido. Para los amantes del románico ningún edificio es igual a otro, como perlas únicas todos y cada uno nos ofrecen una peculiaridad que brilla con luz propia. Aquí les presento las mías, como una enfiladora de perlas que todavía no ha terminado su collar. 1.- Catedral de Santa María de la Seo d’Urgell. (Lleida) 2.- Iglesia de Sant Pere (hoy Sant Miquel) de la Seo d’Urgell (Lleida) 3.- Iglesia de Sant Miquel de Isòvol (Girona). Neorrománica. 4.- Sant Joan de Caselles ( Canilló, Andorra) 5.- Iglesia de Sant Climent de Coll de Nargó (Lleida) 6.- Iglesia de Sant Romá de Valldarques (Lleida) 7.- Catedral de Santa María de Solsona. (Lleida) 8.- Iglesia de Sant Vicenç de Cardona (Barcelona) 9.- Iglesia de Sant Quince de Pedret Prerrománico, Barcelona) 10.- Iglesia de Sant Andreu de Sagás (Barcelona) 11.- Iglesia de Santa María del Mar, gótico (Barcelona) 12.- Monasterio de Santa María de Lluçá (Barcelona) 13.- Monasterio de Santa María de l’Estany (Barcelona) 14.- Iglesia de Santa Eugenia de Berga (Barcelona) 15 .-Iglesia de Santa María de Vilalleons (Barcelona) 16.- Monasterio de Santa María de Ripoll (Girona) 17.- Catedral de Sant Père de Vic (mezcla de estilos) (Barcelona) 18.- Iglesia de Sant Martí Sarroca (Barcelona) 19.- Monasterio cisterciense de Poblet.(Tarragona) Como les decía en el post anterior, todo edificio románico desprende un destello que lo hace único e irrepetible. En ocasiones basta el entorno, su emplazamiento, para sentir ese bienestar de olor a historia y tiempo, en otras, un crismón, una hilera de canecillos o el pequeño hueco de un ábside que destila las primeras luces de la mañana. La peculiaridad del Monasterio de Santa María de Lluçà nos sorprende cuando traspasamos la puerta abierta en el muro meridional de la iglesia donde un caprichoso claustro acoge y abriga al viajero con el delicado mimo de una buena madre. Sus pequeñas dimensiones y la irregularidad de su trazado lo convierten en una pieza excepcional donde el espectador, siempre curioso, encuentra la respuesta –desde el punto de vista estético- de lo que calladamente persigue. Las galerías que conforman este recogido claustro están dispuestas, de ahí su irregularidad, en hileras de cuatro arcos (galerías norte y oeste) y de cinco arcos (galerías sur y este), tal y como les presento en la imagen siguiente: Los capiteles están, salvo dos, en buen estado de conservación y nos hablan desde su silencio de piedra a través de motivos vegetales, leones rampantes, figuras humanas, palomas y seres fantásticos perfectamente esculpidos para que puedan ser leídos por la curiosidad de quien los contempla. Como les digo, todos salvo dos que han perdido el contenido de su memoria y, mudos, sobreviven arropados entre la historia de sus dieciocho compañeros restantes. A estas alturas, ustedes ya me conocen, mi deformación bloguesional adquiere tintes detectivescos y me empuja a saltar al patio adoquinado del claustro. Desde este lado los dos capiteles malditos están intactos, impolutos. El sol se derrama de lleno y el misterio parece no tener respuesta: ¿qué es lo que paradójicamente ha producido ese deterioro manifiesto que ha hecho que la parte externa de cada uno de estos capiteles se haya conservado mejor que su cara interna? Aunque escéptica, la respuesta a esta pregunta tiene carácter divino y me sobrecojo ante el sufrimiento de estas dos caras que se han perdido para siempre, cuando una y otra vez han sido bañadas, lejos del mar, con agua y sal benditas de uno y otro obispo de turno que ha tenido a bien legarnos el mutismo de su belleza. Lo que sale de su mano en forma de salada bendición llega a estos capiteles como salpicaduras malditas e inevitables dada su ubicación en el claustro. Si ustedes se acercan a Santa María de LLuçà, no se olviden de contemplar la cara interior de este par de capiteles maltratados y vencidos por una bendición que, para un amante del arte, no es sino la más grande de las maldiciones. Descansen en paz. Dedos. Cuestión de dos. Pasen un buen fin de semana y séanme felices. Dependiendo de la acepción que elijan, una arcada puede ser un elemento arquitectónico definido como un conjunto de arcos o bien, aquel movimiento violento del estómago, anterior o simultáneo al vómito. Hoy me siento generosa, mejor dicho, omnipresente, y no quiero abandonarme en particularidades pudiendo abarcarlo todo por el mismo precio. Del anecdotario que guardo entre mis notas de viaje, rescato aquella a la que el post de hoy debe su título. Se trata de la irremplazable arcada del claustro de la Catedral de Santa María de La Seu d´Urgell. En la imagen anterior aparece una panorámica de ese claustro de bellas proporciones (como lo califica Cobreros) y de planta rectangular que alberga en cada hilera de arcos, una serie de hermosos capiteles tallados en piedra granítica de color gris. Si a ustedes, estimados lectores, no les falla la vista y a pesar de que la imagen no pasará a los anales de la historia de la fotografía (mea culpa y sólo mea), habrán observado 1) que disfrutábamos de un tiempo excelente. 2) que de los tres aleros a los que apuntaba el objetivo de la cámara, dos son hermanos de padre y madre y el otro un magnífico ejemplo de la segunda acepción de la que hablaba en la introducción del post. La arcada que tienen ustedes a su derecha, correspondiente a la galería oriental del claustro, fue derribada en el año 1603 de Nuestro Señor y sustituida por unos grandes arcos de los que doy debida cuenta a continuación: Arcada redundante donde las haya, arcada de arcadas por definición y en segunda acepción, de la que dicen las malas lenguas fue vendida por el obispo a los franceses para dejarnos a cambio y en su lugar, ¡Viva Agustina de Aragón!, una vomitiva hilera de arcos vomitivos para nuestro refinado deleite estético. ¿A cambio de qué? Me pregunto sujetándome el estómago mientras contemplo una vez más la abominable actuación de un ser humano –casi divino-. Menos mal que mi falta de fe me lo permite, en caso contrario estaría obligada a perdonar. Este último viaje al románico catalán tenía un doble atractivo para Tio Petros y para mí. Por una parte, la belleza de los edificios que por fin íbamos a poder degustar en vivo y, otra, tan importante o más que la anterior, el encuentro con amigos blogueros que tendría lugar en Barcelona. Amigos que ya teníamos el placer de conocer personalmente como Palimp y Ranxo y amigos a los que sólo nos faltaba poner un rostro ya que su voz, su carácter y su forma de ser eran conocidos por nosotros a través del teclado. Entre estos últimos se encontraban MeZKaL el aventurero, el premiado Omalaled , y Jafatron , el esclavo al que todas las madres les gustaría tener como yerno. Después de unas cervezas y muchos cigarros, nos fuimos a cenar a un restaurante argentino (sugerencia de MeZKaL) donde compartimos unas magníficas viandas no sin antes inmortalizar nuestro encuentro con un baile nocturno a lo Matt Harding (con descojono incluido) que ustedes podrán ver próximamente en CPI si mi buen amigo Remo tiene a bien de publicar. Mi limitada capacidad para narrar el evento queda suplida por unas cuantas fotografías que tomamos entre MeZKaL, Petros y una servidora y que con el permiso de los protagonistas paso a mostrarles. ¿Por qué el título del post? Elemental, queridos lectores, el sueño que inmediatamente sucede a éste es el que nos proporcionará un nuevo encuentro. Gracias por vuestra compañía, amigos. Para Koke con olor Cuando uno es joven, decía Camus, se está en la edad de las opiniones tajantes. Además, y esto es una verdad universal, el joven rechaza y huye de aquello que lo pueda convertir en un ser diferente a los demás, o mejor dicho, en un ser socialmente distinto para los demás. A medida que abandonamos este estadio y vamos adquiriendo años y, supuestamente, un mayor grado de madurez, vemos claro “que la experiencia es una derrota y que hay que perderlo todo para saber un poco”(sic). Sin embargo, como contrapartida, comenzamos a albergar cierta necesidad por ser diferentes, por ser especiales. Esta necesidad se cubre, la mayoría de las veces, a golpe de talonario en una confusión ontológica que no distingue entre el ser y el poseer. A diferencia de Camus, yo sí sé poseer, pero al igual que éste, soy avariciosa de esa libertad que se esfuma en cuanto aparece el exceso de bienes. De ahí que mi bien más preciado sea aquél que alimenta mi espíritu, es decir, mi ser: prefiero (como en un programa reciente de televisión) no confundir a Maradona con Evo Morales que tener un par de melones operados espectaculares. En resumidas cuentas, a la hora de sentirme especial, opto por sutilezas estéticas de otra índole que nada tienen que ver con lo que gano y en qué gasto lo que gano. En nuestra visita al MNAC de este verano, acompañados y arropados por la calidez y hospitalidad de nuestra amiga Koke, experimenté una nueva (para mí) forma de ser especial, una nueva manera de distinguirme de los demás que hizo que estallara en gozo existencial y eso que acababa de contemplar el magnífico ábside de Sant Climent de Taüll, el original, del cual ya les hablaré a su debido tiempo. Pues bien, como les decía, de golpe y porrazo tomo consciencia de que soy (otra vez el verbo ser) sinestésica. Para aquellos que no lo sepan, la sinestesia es la mezcla de impresiones de sentidos diferentes. Como dice la Wikipedia, un sinestésico puede, por ejemplo, oír colores, ver sonidos, y percibir sensaciones gustativas al tocar un objeto con una textura determinada (sic) y Vailima es capaz de oler el aroma afrutado de un grupo de capiteles del claustro de Sant Pere de les Puel·les ejecutados alrededor del 1187. Impresionante, amigos. No sólo huelo a frutas cuando me acerco a las piedras sino que además debo ser una sinestésica cojonuda –pienso para mis adentros- porque ya tiene mérito que el aroma a limones me sea tan acusado después de tantos siglos. Así me encontraba yo, como un ángel con cientos de ojos vigilantes, de ésos que acababa de contemplar en el ábside de Santa Maria d´Àneu, casi levitando con tanta pluma, cuando transformóse mi verbo ser en estar para mi desgracia, acordándome de la lengua de Cervantes y en su diferenciación inmisericorde que otros pueblos y otras lenguas omiten e ignoran. Ni sinestesia, ni capiteles oliendo a limón, sino el intenso perfume del ambientador frutal que disipaba los efluvios fecales (y orinales) del retrete contiguo al conjunto arquitectónico del claustro de Sant Pere. En esos momentos, cuando uno se encuentra con su ser cara a cara como los valientes, cuando la vida se hace transparente, agaché la cabeza en señal de duelo y tristemente me dije: - ¿qué soy? - Sinestésica, no. - ¿qué poseo? - Un par de melones espectaculares, tampoco. Y a fin de cuentas –pensé mientras Camus me susurraba al oído-, me favorece “esa libertad del corazón, ese leve distanciamiento de los intereses humanos que siempre me protegió del resentimiento”. Ya, ya sé que el título del post de hoy no suena mucho a viernes aretino. Pero no crean, precisamente le va al pelo. El viernes es esperanza, proyecto de un perfecto fin de semana según el lugar donde clavemos nuestras ganas y lo que puede parecer anodino en un principio, termina resultando todo un éxito. Ver para creer. ¿Observan ustedes, queridos lectores, la cara enfurruñada del rostro de la izquierda? Pues les invito a que se levanten de su asiento y retrocedan unos pasos dejando una distancia prudente entre su persona y el monitor. ¿qué?, ¿bueno, eh? pues ya saben, que un lluvioso fin de semana puede convertirse en todo lo contrario. Ya lo decía Santo Tomás. |