En el post anterior contábamos cómo los ancianos de Autilla, cuando llega la hora del ocaso, se encaminan hacia el mirador, que orientado a poniente domina toda la planicie de la Tierra de Campos. Y allí permanecen hasta que el sol se ha puesto. Dejamos bien claro que el paisaje que se domina desde ese punto es excepcional, y las puestas de sol son maravillosas. Comentábamos no obstante que algo en su actitud nos parecía extraordinario.
Observen la foto que acompaña a este post.
Los ancianos de Autilla, cuando salen al mirador poco antes del ocaso, se sientan mirando a oriente. Y mantienen dicha posición hasta que el astro rey ha desaparecido bajo el horizonte.
Dicho de otra forma: dan la espalda a la puesta del sol en todo momento.
Dicho de una tercera forma: son ciegos a la belleza que día tras día se despliega a sus espaldas.
Hay algo inquietante en esta actitud una vez que se ha caído en ello. Tras mucho cavilar, tres posibles explicaciones nos vinieron a la cabeza. Las tres son genéricas, pues es evidente que a los ancianos de Autilla no les pasa nada raro, y son, presuntamente, una muestra normal y representativa de los ancianos en general:
1.- Con la edad se deja de prestar atención a la belleza.
2.- La gente que ha vivido siempre en contacto con la naturaleza no disfruta con la contemplación de la misma.
3.- Disfrutamos de la belleza cuando no estamos acostumbrados a ella. O cuando ésta se nos muestra sorpresiva, no cotidiana ni predecible.
Quisiera que las tres fueran falsas pero once ancianos de once me dicen de forma silente que soy una ignorante de la condición humana.
Tio Petros, sorprendidísimo, comentaba en la cena: Si no salieran de sus casas para contemplar el ocaso, lo comprendería; pero allí, en el mirador, tan sólo tenían que mirar para el otro lado, en un mirador que precisamente está diseñado para mirar hacia ese otro lado!
Por mi parte, no acepto la tercera de ninguna de las maneras. La Pasión según San Mateo de J.S. Bach para mí no es ni sorpresiva ni impredecible. Cada vez que la escucho, si sabérmela de memoria me sirve para algo (han de saber mis lectores que Tio Petros y una servidora la han cantado en varias ocasiones tras meses de ensayo), es para disfrutar aún más. Cualquier enamorado de la música sabe que cuanto más se oye una buena obra más placer se obtiene volviéndola a escuchar.
Las tres posibilidades son desagradables, pero alguna explicación debe tener que voluntariamente un nutrido grupo de seres humanos elige colocarse a 180 grados de un bello y gratuito espectáculo.
Existe un lugar mágico en el corazón de Castilla. A pocos kilómetros de Palencia capital, la infinita planicie de la Tierra de Campos se ve interrumpida por un cerro en cuyo punto álgido se ubica la población de Autilla del Pino. Tras el pueblo, un mirador se abre al abismo: la altura del cerro es suficiente para poder dominar desde allí una increíble extensión plana que se pierde en el horizonte. Hace algunos años fuimos informados por una sabia mujer de las cercanías que pintores del mundo entero se desplazaban a dicho mirador para aprehender colores imposibles, atardeceres inefables y ocasos numinosos.Tres han sido las veces que hemos asistido a la muerte del sol desde el mirador de La Autilla; las tres han sido diferentes. “Siempre es diferente” sentenció la anciana, advirtiéndonos la primera de las veces.
Esta tercera vez, además, hemos asistido al enigma del mirador de La Autilla: los ancianos del pueblo se dirigen al mirador cuando nuestra estrella madre está unos pocos grados sobre el horizonte. “Sabias costumbres de los lugareños”, nos decimos entre nosotros, estamos en agosto y a estas horas donde mejor se está es “a la fresca”.
Entonces, ocurre el misterio: los ancianos se sientan en el pretil y permanecen inmóviles, callados o cruzando leves comentarios hasta que el sol ha desaparecido tras en horizonte. Cuando esto ocurre, las luces del entorno cambian de repente: los colores ocres viran al morado en brevísimos instantes y la temperatura desciende levemente.
Así pues, los ancianos se levantan y dirigen sus pasos a sus casas.
¿Dónde reside el misterio?
¿Qué tiene de especial la actitud de los ancianos de Autilla?
¿Por qué su actitud nos inquietó a Tio Petros y a mí, y nos hizo pasar la velada subsiguiente charlando sobre el ser humano y sobre la belleza?
¿Algún lector puede imaginarlo? En el próximo post, la solución, con más reflexiones y con documento gráfico que demuestra la extraordinaria actitud de aquellos venerables ancianos de Autilla.
Entre el siglo del infierno y el de la estupidez –como dirían algunos-adivinamos un s. XVIII feliz. El culto al placer se expande a modo de juegos donde los sentidos son los máximos protagonistas.
Quizás por todo aquello que les comentaba en el post del pasado viernes, he querido acercarme precisamente a todo lo que en estos momentos no tengo, en nombre de esa codicia de la que hablara mi afamado Doctor Lecter.
En la obra que les traigo hoy podemos encontrar ese instante de felicidad del que nos hablaba el título del post.
Se trata de la obra ejecutada por Fragonard en 1768 y titulada La rosquilla. Mucho mejor que yo, los hermanos Goncourt nos hablan de ella:
“Fragonard está fascinado por los juegos matinales de la mujer consigo misma, en ese momento en que gira su cuerpo, despierta del sueño y estira sus miembros, en medio de la tierna blancura y el calor del lecho. Adora esos momentos de abandono en los que su carne respira de sol y se entrega a la luz, en que su cuerpo escapa a las sábanas,recupera su elasticidad y su camisón arrugado no la cubre más que a medias.
Es la voluptuosidad ingenua de esta hora retozona, los esparcimientos libres y sonrientes del sueño, lo que ha querido pintar en este bello lienzo. Con la cofia semicaída, los ojos alegres y complacidos de sus dieciséis años, un mohín sonriente en la boca, esta jovencita despreocupada, sostiene en el aire y entre las piernas un caniche (…), mientras un golpe de luz, venido de los pies de la cama, transita al sesgo por las colgaduras, sacude el cobertor y salta traviesamente por las carnes rosadas, prometiendo un día feliz”.
Queridos amigos, ¿recuerdan aquel anuncio de televisión en el que un limpio señor Luque nos decía aquello de “busque, compare y si encuentra algo mejor…”? pues yo lo he hecho y al comparar, ya se sabe, se corre un riesgo. Ni refinamientos, ni exquisiteces ni extravagancias porque mis despertares no valen un duro y ningún Fragonard hubiera deseado si quiera hacer un boceto de ellos.
Para empezar hace un carro de años que no tengo dieciséis años. No es la letra de una canción de Serrat pero tampoco me preocupa. Es más, me alivia. Cuando me despierto mi cuerpo también gira, pero para acallar las voces del maldito despertador, artefacto maltratador donde los haya que me dice que no puedo quedarme retozando al sol porque entre otras cosas, no hay sol que valga a las siete menos cuarto de la mañana. Y eso sí, mi cuerpo escapa a las sábanas, porque a ver quién aguanta en la cama sin echar la primera meadilla del día, sobre todo, cuando meo y no echo gota al pensar en una “voluptuosidad ingenua de esta hora retozona”. Jesús, Jesús, Jesús. En cualquier caso yo hablaría de un “reto” en la “zona” porque después de Roca hay que preparar ese desayuno que se engulle más que se disfruta.
Lo del mohín sonriente ni me lo imagino. Levantar a la infancia, hacer las camas y recoger sus ropas que crecen por doquier. Mohín. Por los cojones.
Lo del perrito…caniche encima y para más INRI. Un chupacoñ… que diría alguien a quien quiero. Ven perrito ven, ¡vas a ver qué bueno lo que te da tu ama!
Y la cama llena de migas de la puñetera rosquilla. Con lo que joden las migas en la cama…
Ayer asistimos al funeral por la muerte del padre de una amiga. Una amiga con la que compartimos una pasión: la música. Por esta razón y como suele ser costumbre entre nosotros, subimos al coro de la iglesia para cantar el Heilig, Heilig de Schubert y el Aita Gurea compuesto por el Padre Madina, acompañados por un magnífico y recién restaurado Cavaillé-Coll.
De ambas piezas, la segunda es excepcional por esa mezcla de expresividad, vigor, sensibilidad y rotundidad que hacen grandes a ciertas obras. Mientras cantábamos este Padre Nuestro, me venía una imagen a la memoria en forma de grito.
El grito de la muerte. La advertencia desde arriba para que se oiga bien. El eco machacón mirándonos de frente. Con la furia de la que son capaces unas notas musicales que hasta invaden la sangre llegando al corazón.
¿Qué eres?
¿Quiénes sois?
Y lo más importante: ¿qué esperáis de mí?
p.s. 1- no he encontrado en la web ninguna versión del Aita Gurea que considerepueda compartirse.
2- las imágenes, por supuesto, son de Praga y esta vez son mías.
Hubo un tiempo en el que la decadencia era espléndida. La decadencia era plasmada en la suave y pedófila mirada de Gustav von Aschenbach que iba del bello y andrógino adolescente Tadzio a la no menos bella ciudad de Venecia. Mientras tanto, ésta se desmoronaba entre brumas y este desvanecerse parecía más bien el abrirse de una flor, pues la belleza retornaba una y otra vez, no por ajada y llena de muerte menos impresionante a ritmo de Mahler. A veces se hace difícil soportar tanta belleza. Visconti supo hacer que fuese casi insoportable.
Pero después, llegó la decadencia de la decadencia. Es el penúltimo paso antes de la desaparición de todo fenómeno artístico. En palabras de Tio Petros, esta fase se caracteriza por la ausencia de varianza. La muerte en forma de ausencia de contrastes, en repetición ad nauseam de los mismos patrones. Aquí es donde muere la esperanza.
Afortunadamente, eso de que la esperanza es lo último que se pierde es mentira. Cuando ya no queda esperanza, aún queda un último florecimiento. Éste, ya ni tiene el esplendor dorado de la decadencia genuina, ni tampoco exhibe esa asquerosa uniformidad que mata y embota los sentidos.
Lo último que se pierde es el humor. En esta tercera fase, resucita la variabilidad pero donde al principio era Mahler, ahora es Rodolfo Chikilicuatre. Donde antes era Tadzio ahora es la niña de Schrek. Donde antes era Venecia ahora es un plató de televisión o de Eurovisión.
Cuando llega esta fase, la segunda ley de la termodinámica, esa encarnación moderna de Cloto, Láquesis y Átropos está a punto de terminar su implacable trabajo. Es hora de morir.
Enhorabuena, Buenafuente por la lucidez mental de tu propuesta. Como en el Nosferatu de Werner Herzog, bailaremos el chiki-chiki en espera de la muerte.Como en Nosferatu, pero en feo y en cutre. Y es que hay muertes que debieran ser adelantadas para evitar esta tercera fase de la decadencia. Más por estética que por ética porque a estos niveles de entropía rozando el máximo, ya da todo un poco lo mismo…
Si son ustedes, como Tio Petros y una servidora, amantes de los viajes “a la piedra” seguro que sienten cierta inquietud tanto cuando contemplan un edificio cuyos sillares se han ido tallando por el polvo y la suciedad de su historia como cuando se enfrentan a un edificio recién restaurado. La inquietud de la que les hablo proviene de un mismo sentimiento, por lo demás romántico, que hace que nos inclinemos “afectivamente” por el primero más que por el segundo. La pátina producida por la suciedad, el paso del tiempo, el polvo, incluso la vegetación invasora, etc. concuerdan con el ideal estético que esperamos al observar un edificio antiguo. Como he mantenido y mantengo mi total repulsa hacia ciertas actuaciones humanas (eclesiásticas, por más señas) que han contribuido al exterminio o deterioro de verdaderas joyas arquitectónicas a lo largo y ancho del patrimonio patrio (y más allá), igualmente defiendo desde la razón –que no desde el corazón- que no es piedra todo lo que reluce. Me explico. Así como la “humanidad” de algún párroco ha producido abortos estéticos utilizando yeso, cerámica o, incluso, sintasol o falseando la estructura original del templo con la inclusión de paredes en ladrillo pintado u otras barbaridades de las que he sido espectadora, también les digo, que a la hora de ser puristas hay que serlo hasta las últimas consecuencias. Por ello, deberíamos (yo la primera) abandonar ese espíritu casi cinematográfico, muy próximo al gusto Friedrich, y aceptar que ciertos elementos de los templos se idearon para ser pintados. Policromías que el paso del tiempo se ha encargado de eliminar de nuestra memoria, memoria que sólo concibe una arquitectura antigua o medieval incolora y adornada (siglos después) por los colores naturales que le confieren sus materiales constructivos.
Sacar la piedra, sí, pero también el color para el que fue concebida. Lo perdido, perdido está, aunque todavía nos queda el consuelo de todo hombre: soñar y en su sueño compartido,gracias a la fotografía y al photoshop, Jose Manuel Ballester nos sumerge en su tecnológica paleta para rescatar del olvido los colores de la historia.
Eso sí, creando una imagen (no una obra en sí) de lo que fue o pudo ser. El hilo de la osadía es fino y sutil y otros, allá por el siglo XIX fueron menos finos, menos sutiles, más atrevidos. El sueño se convirtió en purpurina, en pesadilla, en visión terrorífica, en el mismo pecado. El corazón me puede y en estos casos extremos, es capaz de arrebatarme todo atisbo de racionalidad. La esperanza se pierde en la sinrazón. Ya oigo el canto de sirena y mi único deseo es no seguir soñando. Tarde para mí, para usted y, por supuesto, tarde para el capitel románico de la Abadía de Saint-Pierre de Blesle, Auvergne, Francia:
Hoy les propongo hablar de arte pero sin hablar de él. Me explico. Lo que quiero decir es que hoy vamos a hablar de dinero y aunque este tema sea considerado por algunos como una ordinariez, es lo que mueve al mundo , señores,y como no podía ser de otro modo, también al mundo del arte. Así que estimados lectores, siéntense en sus butacas y presenciemos uno de los mayores espectáculos del arte desde las famosas casas de subastas Sotheby´s o Christie´s. Ya acomodados miren a su alrededor con ojos recelosos y contemplen con alma de mecenas y bolsillo de proletario las diez obras de arte más caras de la historia. ¿Quién da más?
1)Muchacho con pipa (Pablo Picasso): 104 millones de dólares
2)Dora Maar con gato (Pablo Picasso): 95,2 millones de dólares
3)Adele Bloch-Bauer II (Gustav Klimt): 87,9 millones de dólares
4)Retrato del doctor Gachet (Van Gogh): 82,5 millones de dólares
5)Le Moulin de la Galette (Renoir): 78,1 millones de dólares
6)La matanza de los Inocentes (Rubens): 76,7 millones de dólares
7)Centro Blanco (Amarillo, Rosa y Lavanda sobre Rosa) (Rothko): 72,8 millones de dólares
8)Green Car Crash (Warhol): 71,72 millones de dólares
9)Retrato del artista sin barba (Van Gogh): 71,5 millones de dólares
10)Rideau, Cruchon et Compotier (Cézanne): 60,5 millones de dólares
Un momento, no abandonen la sala. Todavía he de presentarles tres obras más en transacción privada. No me han andado finos y alguien ha pujado antes que ustedes. Concéntrense en los números, por favor:
TÍTULO: Adele Bloch-Bauer I (klimt)
RETÍTULO: 135.000.000 $
TÍTULO: Woman III (Willem De Kooning)
RETÍTULO: 137.500.000 $
TÍTULO: Número 5 (Pollock)
RETÍTULO: 140.000.000 $
Y ahora, mientras abandonan sus asientos, piensen en esto: ¿en qué mierda de mundo vivimos?
“¿Qué es lo fantástico? ¿lo que no es natural, el ensueño, lo visionario? ¿lo absurdo, lo irracional, lo tabú? Quizá puede decirse que es todo lo que carece de la aquiescencia evidente de una época.”
W. Schmied
Tres figuras humanas de resina sintética, fibra de vidrio, pintura y cabello artificial ejecutadas por los hermanos Chapman. Tan humanas como monstruosas. Un tronco soporta el peso muerto de lo que sin duda sería un Cristo, amarrados los brazos, la cintura y los pies. Junto a él, otra figura pende también sujeta, apoyada su cabeza en el suelo, del tronco “cruz” eje de la escena. Del brazo, de la rama, surgen descuartizados los miembros de la tercera figura: el tronco sujeto e invertido, los brazos maniatados y la cabeza clavada en la punta. El final.
Tres cuerpos jóvenes y casi perfectos si no fuera porque han sido castrados. La mezcla de perversión y religiosidad convierten la escena en ambivalente y turbadora. El Hijo de Dios lo es todo menos hombre en la historia del arte porque hemos permitido que sea cubierta aquella parte de su anatomía que lo hubiera convertido en humano.
Entre 1810 y 1811, Goya refleja la misma escena en la estampa nº 39 de los Desastres de la guerra:
Lacrueldad del hombre por el hombre y para el hombre. La imaginación nos conduce a la más desoladora de las realidades. No hay redención posible. Sólo el fármaco subjetivo de observar que podemos perderlo todo. Y todo -esto es lo grave- es lo que precisamente nos hace ser hombres.
“Muchas son las cosas admirables, pero no hay ninguna que lo sea más que el hombre” –sentenciaba Sófocles-. La admiración por la naturaleza es tan vieja como la humanidad misma, incluso –dicen-, anterior al lenguaje o al desarrollo de una capacidad simbólica. Entendamos como entendamos la naturaleza (como Madre, como morada de los dioses…) la admiración del hombre por ella se ha visto casi siempre vinculada a lo mítico o a lo religioso. Será en la edad moderna cuando esa admiración torne capacidad de aprecio estético. Será después con Hegel, asimismo, cuando este concepto filosófico caiga en el descrédito y el abandono.
El carácter de modernidad le vendrá dado por aquel individuo capaz de contemplarla desinteresadamente como un fenómeno cuyas raíces se entroncan con el dominio de la técnica y del conocimiento científico. Desde este punto de vista asistimos, pues, a una rehabilitación de este concepto estético cuyo largo recorrido comienza con las observaciones de Petrarca y termina con la conciencia ecologista de los años sesenta.
A partir de aquí me gustaría hablarles de:
-la estética de la compensación de Ritter.
-La estética negativa de Adorno.
-La estética ecológica de Böhme.
-La estética ética de Seel.
Pero esto lo dejo para otro día que ya es jueves y el fin de semana ya despunta.
No puedo considerar la envidia como uno de mis múltiples defectos pero de la poca que soy capaz de sufrir, ahora les diré en qué consiste, puedo afirmar que me siento redimida por el carácter de su naturaleza que creo, ennoblece a quien la padece. Sólo envidio a aquellos que, de una forma u otra, trabajan por y para engrandecer esta especie mía, guiados en su labor cotidiana por la H de humanidad, la D de dignidad y la B de bondad.
Este fin de semana me he dedicado a contemplar el espíritu de un hombre que plasmó lo que les cuento en unas de las más bellas palabras jamás escritas. Les hablo de Camus y el prefacio a la reedición de una serie de ensayos de juventud titulados El revés y el derecho.
Su lectura ha de ser sosegada y reposada como cuando uno tiene por delante un delicioso guiso y al igual que cuando catamos un buen vino y realizamos un ejercicio retronasal, el prefacio nos llama a su lectura una y otra vez hasta que todo su sabor, su aroma y su color nos ha penetrado lo suficiente como para restar satisfechos.
El magnífico prefacio es todo un tratado de ética, la reflexión de un hombre de condición humilde que, a solas consigo mismo, comparte sus miedos, sus virtudes y sus defectos sabedor de esas limitaciones que tan pocos hombres son capaces de manifestar abiertamente.
“La obra de un hombre no es sino ese largo caminar para recuperar, pasando por los desvíos del arte, las dos o tres imágenes sencillas y grandiosas a las que se le abrió el corazón una vez primera”
Y en ese abrirse su corazón le lleva a Argel, donde “sentía fuerzas infinitas: sólo hacía falta encontrar un punto en donde aplicarlas. No era desde luego la pobreza la que obstaculizaba esas fuerzas; en África, el mar y el sol son gratis”. Quizás por ello, declara que no sabe poseer. ¡Cuánto me gustaría poder ser como él! y afirmar, una vez abierto el corazón, que por una forma mía diferente de escatimarme hiciera –como a él- ser avariciosa de “esa libertad que se esfuma en cuanto aparece el exceso de bienes”. La posesión parece que nos lleva a la envidia, a esa compañera que osadisfrazarse de múltiples formas como aquélla que les he presentado al comienzo. Camus nada desea con envidia y confiesa que no siempre piensa en los deseos de los demás y eso le resta imaginación, es decir, bondad.
¿Acaso todos nosotros no hacemos lo mismo? Nada de lo que hacemos o sentimos es gratuito ni siquiera el amor. Sin embargo, ¡ay desdichados de nosotros! “no hay amor por la vida sin desesperación por la vida” por eso recurrimos a la moral y nos sale tan caro: “nos inventamos máximas para colmar los socavones de la propia forma de ser” y hablamos de lo que es justo cuando el hombre es una injusticia en marcha, cuando el máximo alcance de nuestra máxima es, precisamente, la pretensión de serlo. La justicia nos llena de dolor y desdicha. Entonces, reconocemos al menos que nos queda el honor, sí, esa “virtud de los injustos” que necesitamos porquetodavía no somos lo bastante grandes como para prescindir de ella.
“Los secretos que más caros nos son, el desorden y la torpeza los desvelan demasiado”. Mientras escribo esto le comento a Tio Petros que cuánto me hubiera gustado plasmar en lugar de este desorden de palabras y sentimientos, en lugar de esta torpeza tan mía que provoca en lo que escribofrases aceleradas y entrecortadas, digo, que cuánto me hubiera gustado haber transmitido una centésima parte de lo que este prefacio se ha llevado de mí, consigo.
Hoy les presento un divertimento de toda la vida pero con un toque a lo Vailima. Se trata del juego de Las siete diferencias. Evidentemente, amigos, no les dejo el original porque lo tendrán que descubrir ustedes y, les aseguro, no les llevará mucho tiempo.
Leo en el último número de la revista Descubrir el Arte una noticia que me estremece. La protagonizan, claro está, una obra de arte y un artista. La primera no es otra que la mejor obra de arte del siglo XX, a saber, el urinario de Duchamp y, el segundo, tiene nombre y apellido no muy conocidos: Pierre Pinoncelli.
Ya en 1993 este personaje, francés para más señas, mantuvo su primera relación con la fuente de Duchamp, propinándole algún que otro golpecito y meándose dentro de ella en un acto de comunión con el arte cuya finalidad no era otra que rescatar al migratorio de marras a su uso original. Dadas por supuestas estas necesidadesque apenas se diferencian de las físicas, Pinoncelli vuelve a “CA-r-GARLA” estéticamente contra otra de las ocho copias del afamado objeto y en enero del 2006 le propina una serie de martillazos que le van a costar unos 200.000 euros porque el Centro Pompidou se los reclama. Que digo yo, que más rentable, económicamente hablando, le sale a uno martillearse los huevos propios, aunque para testículos los suyos y los de su abogado, que alegan estar dispuestos a pagar sólo 85 euros que es el precio del mismo modelo de urinario en porcelana blanca en el mercado.
Conservar el espíritu para el que fue creada una obra de arte no es tarea fácil y menos cuando se interpone casi un siglo por medio y todo un entramado mercantilista en lo que al arte se refiere. Entiendo que a uno le apetezca mearse en una exposición del centro francés: entonces va el incontinente y se desahoga en un objeto ad hoc que llamaremos continente. ¿Que está firmado por un tal Duchamp? Otros preferimos a Roca, pero para el caso da igual. No vamos a empezar a ser tiquismiquis. Tampoco es para ponerse así, digo yo que esta institución dispondrá de una buena empresa de limpieza. Lo que no veo tan bien es que el achuchón sea agresivo y se líe a martillazos, que eso ya lo hizo Nietzsche como nadie y segundas partes nunca fueron buenas. El empeño de este artista es meritorio, reconozcámoslo, después de haberse mutilado el dedo meñique de su mano izquierda en un festival de performance en 2002…
En fin, tras estas acciones que comprendo aunque no apruebo me sigue sin quedar claro qué es el espíritu del arte. Vamos, no tengo claro qué es el arte como comprender su espíritu…
Aunque no lo crean, los tiempos de Barrio Sésamo en los que nos enseñaban la diferencia entre “cerca” o “lejos”, “arriba” o “abajo” están de actualidad. En todo lo que nos rodea, en todo lo que hacemos existe un más y un menos, una suma y una resta. Acumulamos deudas, restamos tiempo.
Hoy es lunes: proclamado “día jodido de la semana” por el populacho proletario. Es suma (porque se hace cuesta arriba); es resta (porque queda un día menos para el viernes). Como clase magistral de nuestro particular “barrio sésamo” les dejo estas dos operaciones de arte matemático para este lunes del Señor de dos mil seis, para este lunes que proclamo sin complejos: lo que la naturaleza te da (arriba), que también te lo quite el hombre (abajo).
De esta manera titula Daniel Utrilla un interesante artículo publicado en el último número de Descubrir el Arte. Los fotógrafos a los que se refiere conforman un grupo de artistas rusos denominados AES+F que, al igual que su propio nombre (acronismo formado por la suma de las iniciales de sus apellidos), trata de expresar bajo una misma forma distintas filosofías, doctrinas y lenguajes donde el arte protagonizaría una labor conciliadora.
Su primer proyecto se llevó a cabo en 1996 bajo el título Islamic Proyect al cual pertenece la imagen de cabecera. Según Lev Evzovich –uno de los integrantes del grupo- con la “superposición de civilizaciones (…) queríamos expresar que la globalización no pasa sólo en un sentido, sino que el Islam también llega a Occidente”. Como expresión de su peculiar visión del arte, crearon “una serie de monstruos de Frankenstein” como los llama Utrilla, donde vemos reconocibles edificios emblemáticos de ciudades como Londres , Moscú , Nueva York , París y el Vaticano , entre otros.
Su último proyecto que lleva por título Last Riot se compone de panoramas posapocalípticos cuyos protagonistas son niños y jóvenes dispuestos en la composición de tal forma que nos sugieren escenas de cualquier obra de El Bosco. Los “verdugos angélicos” posan en diferentes actitudes y situaciones en “una guerra limpia en la que no hay sangre, polvo ni suciedad” como apunta Evzovich. Estos panoramas han sido diseñados por ordenador mediante una técnica del detalle donde incluso podemos encontrar reminiscencias religiosas como es el caso de alguna piedad .
Como sucedecon los videojuegos, el fotógrafo Vladimir Fridkes (el cuarto componente del grupo), expresa la querencia que sienten los niños y jóvenes guerreros hacia este tipo de comportamientos en los que podría hablarse de una “dulce e inexplicable atracción hacia la violencia”. Como en los videojuegos, digo, no hay sangre real ni muertes reales ni suciedad ni caos. La realidad comienza cuando uno decide abandonar la partida o apagar el aparato. Pero sus poses manieristas, su influencia a veces de Caravaggio e incluso con la presencia de bebés recuerdan el secuestro masivo de niños rusos en Beslán en septiembre de 2004. Tres años antes, AES+F realizó otro de sus proyectos por el que una vez más se adelantaría al futuro como “vernes” del siglo XXI. El proyecto, denominado The King of the Forest encerraba entre píxeles “a decenas de menores en ropa interior encerrados entre las cuatro paredes doradas de un palacio del Ermitage.
“Nos gusta componer imágenes para provocar reacciones en la gente”, argumenta Evzovich. Los comienzos del grupo así lo manifestaron de tal forma que decidieron fotografías a un grupo de ejecutivos sacándose las tripas como una cruel metáfora contra la corrupción. Humor negro y morbo es lo que parecemos necesitar, como muestra, el botón forrado en un vídeo dondeLady Di nos muestra las heridas mortales de su accidente en un striptease macabro y sugerente a la vez.
Metáforas de la vida y la muerte, de las pasiones del hombre. La inocencia de los niños juega con violentas ilusiones en campos minados por píxeles. Algunos lo llamarían poesía.
“Lo fabuloso es un universo maravilloso, que se adapta al mundo sin cuestionarlo ni incrementar su conexión. Lo fantástico, por el contrario, desvela un escándalo, una grieta, una extraña rotura insoportable para el mundo real. (…). Hay que tener en cuenta que en un mundo cada vez más extraño, lo fantástico carece de todo sentido. En un mundo de maravillas lo extraordinario pierde su poder”.
“Las banales teorías de la imitación, que dominan nuestra estética gracias a la dependencia absoluta de los conceptos aristotélicos en la que se halla nuestra cultura, nos han vuelto ciegos a los valores psíquicos que son punto de partida y meta de toda producción artística. En el mejor de los casos hablamos de una metafísica de lo bello, dejando al lado todo lo feo, es decir lo no clásico. Pero junto a esta metafísica de lo bello existe otra superior que abarca el arte en toda su dimensión y que más allá de toda interpretación materialista se manifiesta en toda creación, ya sea en las tallas de los maoríes o en cualquier relieve asirio. Esta concepción metafísica se basa en la idea de que toda producción artística no es otra cosa que la constatación continua del gran enfrentamiento en que se encuentra desde los comienzos de la creación y para todos los tiempos el hombre y su entorno. El arte no es más que una forma de expresión diferente de las fuerzas psíquicas, que ancladas en el mismo proceso condicionan el fenómeno de la religión y de las ideologías cambiantes”.
Ya les hablé en alguna ocasión del magnífico ensayo de Eugenio Trías, Drama e identidad. En uno de sus últimos capítulos habla sobre la diferencia entre tragedia y drama, conceptos sobre los que tenemos la costumbre de hablar sin pararnos a pensar lo que uno y otro significan, calificando, errónea y superficialmente, tal o cual situación de trágica o dramática cuando en realidad ignoramos la incompatibilidad lógica que subyace en semejante identidad.
Damos el nombre de tragedia a aquella situación de conflicto entre dos fuerzas cuya resolución es imposible se haga lo que se haga de tal modo que en cualquier conflicto trágico sea cual sea la decisión que se tome para aliviarlo, no se consigue más que empeorar e intensificar la contradicción y el conflicto subyacentes. En el drama, sin embargo, el conflicto se resuelve de un modo u otro a través de un saber conceptual que se traduce en una acción del hombre. Este saber conceptual no es sino el momento de la interiorización del conflicto cuando éste se vuelve especulativo de tal forma que la acción (praxis) es producto de una decisión por la que los términos contrapuestos producen, por negación de la negación, la afirmación, lo que Trías denomina posición. Y esta filosofía lógico-ontológica del hombre no es sino el empuje por el que transformamos el mundo y sus estructuras.
Como decía al comienzo del post, tendemos a calificar con demasiada ligereza el desenlace de un drama como tragedia y Trías pone el ejemplo de Edipo y su decisión de arrancarse los ojos y expatriarse. Nada más lejos de la verdad. El acto de Edipo no es “trágico”, sino dramático porque toda decisión es siempre dramática y es ahí donde radica la diferencia con respecto a la tragedia, es ahí donde términos como fin, resolución o desenlace configuran el Logos concebido como drama y no como tragedia.
Para finalizar y ejemplificar el capítulo, Trías habla de la trágica existencia de Heinrich von Kleist. Toda su vida estuvo expuesta al contrapeso entre dos opciones: la búsqueda del equilibrio entre su desmesura y el orden establecido. Su suicidio ha sido interpretado como la culminación de su tragedia personal, sin embargo, y ahora que disponemos de las claves para descifrar la diferencia entre ambos conceptos, su muerte no fue sino un punto de encuentro y despedida de la tragedia en el universo del drama.
Kleist presta a sus personajes teatrales su propia indecisión y su duda constante, llegando incluso a presentarlos como hombres de acción en el momento justo de sus muertes adoptando una decisión que los redima de la tragedia. Sólo existe algo que lo impide, a saber, la razón, el pensamiento. De ahí que Kleist suma a sus personajes, en ese instante decisivo, a una especie de sonambulismoen el que la razón queda sometida a fuerzas más oscuras y, por supuesto, inconscientes.
Además de por derecho propio (entiéndase la afirmación como un guiño a mis queridos Ladydark y Jafatron) termino el post con la escenificación de la pieza teatral más célebre de Kleist, aquella en la que se nos relata el amor imposible entre Aquiles y Pentesilea.
“Pentesilea es la reina de las amazonas. Está comprometida en una lucha sin cuartel con los héroes griegos mandados por Aquiles. Pero aquí, al igual que en la Jerusalén Libertada, este conflicto esconde otro conflicto todavía más acerbo y más aciago: Aquiles y Pentesilea están irremediablemente enamorados.
Pentesilea sabe que en combate abierto será vencida por Aquiles. Sabe también que puede vencerlo en virtud de su poder de seducción.
Aquiles consigue al fin vencer a las amazonas. Pero se apresta a declarar que en realidad es él el vencido, ya que conducirá a la reina a su palacio y la tomará por esposa. Ignora al parecer el drama interior que se juega en el corazón de la reina, que le ama tiernamente, pero que no quiere vencerlo a través de las armas sino a través del corazón.
Por esta razón no acepta la invitación de Aquiles.
Llega el momento álgido del drama. Pentesilea no sabe qué hacer, no sabe si hacer, no logra determinarse, no consigue decidirse. Su razón bascula en los pros y contras, su razón parece enclavarse en el interrogante, al tiempo que una fuerza instintiva y soterrada comienza a apoderarse de ella en el instante en que esa razón comienza a estallar. Pentesilea se halla de pronto sumida en el estado sonambúlico, se dirige a caballo a toda velocidad hacia el campamento de Aquiles, llega hasta su presencia, tiende su arco, dispara una flecha y atraviesa el cuello del héroe. Entonces, presa de la desmesura, cual una ménade, se abalanza sobre el cuerpo muerto, lo despedaza y lo devora.
Pentesilea despierta sin saber qué ha sucedido. Pregunta donde está Aquiles. Su amiga le comunica su muerte y le insinúa el acto del que ha sido responsable inconsciente. Pentesilea pone entonces fin a su propia vida”.
Hasta mañana, que no es poco y además es viernes...
DIE SUENDE, de Franz von Stuck, es la obra que he escogido para ilustrar el post de ayer. Este óleo sobre lienzo constituyó un desafío importante en la época en la que fue ejecutado aunque para nosotros, espectadores del siglo XXI, lo más llamativo sea el título inscrito en el marco de facturación propia. Sin embargo, les propongo un sencillo ejercicio y remontémonos a 1893, año de su ejecución. Para ayudarnos, leamos la opinión de Hans Carossa sobre la obra:
“La fama del cuadro nos impelía a través de las salas, sin detenernos jamás, y sólo abrimos los ojos cuando al fin estuvimos frente a él. Está expuesto en un monumental marco dorado, magnífico pedestal; un semicírculo de curiosos lo rodea (…) Hay obras de arte que refuerzan en nosotros la sensación de comunidad, y otras que nos invitan al individualismo; el cuadro de von Stuck pertenece a estas últimas. Esta figura nos empuja a todos a un camino solitario en el que antes o después tendremos que cruzarnos con una de sus hermanas vivas”
En el lienzo se nos muestra una mujer que con su torso desnudo asoma desafiante desde la penumbra con una enorme serpiente enroscada en torno a su pálida piel. Sin duda alguna, el placer que siente el espectador reside en la percepción visual de la obra, por cuanto en ella se puede disfrutar de los más variados estímulos, entre los que no falta alguna implicación erótica. Esta perversión sexual, que como tal estaba considerada, estaba ligada al fetichismo, al sadismo y al masoquismo.
En cuanto al contenido de la obra, El pecado (DIE SUENDE), nos muestra a través de una convincente composición, un secreto que nos fascina y que nos obliga a situarnos en los límites de cuanto puede decirse y mostrarse, es decir, en el terreno de lo fantástico. Aquí es donde nuestros pasos indecisos y torpes marchan sobre el abismo donde otro (von Stuck), con su osadía y su heroicidad y su imaginación creadora, nos señaló la brecha y el lugar donde cantan las sirenas. En este sentido puede considerarse este lienzo como una manifestación del arte fantástico, por cuanto que a escala emocional sirve, tanto al pintor como al espectador, de superficie a la que transferir metáforas, pasiones y deseos. Son estos últimos los que otorgan significado al cuadro y nos muestran cómo somos en una realidad borgiana mediante unas herramientas que tan bien maneja el artista: la insinuación y el calculado virtuosismo con que se muestran y se ocultan, en una verdad pictórica posible, nuestros secretos.
El deseo nos mueve, y es él quien pone en marcha el entramado psíquico del individuo, quien –a través de la imaginación- nos lleva de la mano hacia un nuevo mundo que “se nos hace visible” (fantasía). Allí es donde abandonamos nuestra condición de espectadores para convertirnos en voyeurs no sólo por la contemplación de imágenes prohibidas sino para satisfacer una de las necesidades básicas del ser humano: la curiosidad, la mirada indagadora, la voluntad de comprender. “El límite siempre culpó al límite de que la vida estuviera de algún lado” y sin embargo sabemos que los únicos límites que existen son los que imponen nuestra mirada, nuestro deseo y nuestra imaginación.
En Salón de 1859, Baudelaire habla del gobierno de la imaginación. “Así como la imaginación ha creado al mundo, ella lo controla” dice al comienzo de su discurso. Pero “imaginación” no como aquella idea que de forma abusiva consideramos sinónimo defantasía, sino más bien, como aquella imaginación creadora cuya función, mucho más elevada,hace que el hombre -hecho a semejanza de Dios-,guardeuna especie de lejana memoria de este poder sublime por la que el Creador concibe, crea y mantiene su universo.
Entendamos el concepto baudelairiano tan tímidamente como él reconoce que lo pronuncia y demos un paso más precedido de la distinción que Roger Caillois desarrolla en L´image fantastique:
“Lo fabuloso es un universo maravilloso, que se adapta al mundo sin cuestionarlo ni incrementar su conexión. Lo fantástico, por el contrario, desvela un escándalo, una grieta, una extraña rotura insoportable para el mundo real. (…) Hay que tener en cuentaque en un mundo cada vez más extraño, lo fantástico carece de todo sentido. En un mundo de maravillas lo extraordinario pierde su poder”
Como fruto de la imaginación en tanto que motor creativo surge la fantasía como una forma de la primerapara explorar y dotar de sentido al alma. Imaginación y fantasía no pueden considerarse, pues, sinónimos y ha de entenderse la segunda como el producto necesario del quehacer de la primera. Etimológicamente, fantasía deriva de la raíz verbal “hacerse visible” de tal modo que “la realidad es como esa imagen nuestra que surge en todos los espejos, simulacro que por nosotros existe, que con nosotros viene, gesticula y se va”. Estas palabras de Borges no hacen sino ubicar el objeto y el sujeto de la imaginación en el marco de lo fantástico. El objeto es la propia realidad de la que habla Rainald Goetz (“nada hay tan fantásticamente sobrecogedor como lo auténtico, nada tan increíble como la verdadera realidad”), una realidad que abarca sobre todo, al propio ser humano, al individuo y en un ejercicio de introspección el hombre se convierte así en objeto y sujeto al mismo tiempo.
Retomando las palabras de Caillois, la fantasía irrumpe en los márgenes de lo real y se mueve alejada de todo orden provocando una fisura allá donde habita la libertad total del hombre (Buñuel) y, es precisamente aquí, entre desórdenes, cuando en las artes plásticas ven la luz espacios y tiempos irracionales que Max Ernst definiría con una maestría casi poética: “cuando duerme la razón, cantan las sirenas”.
La fantasía se mueve siempre en un mundo intermedio, en los secretos, en las profundidades y abismos del ser humano. Osadía controlada que mira detrás de los espejos y escapa de lo conocido, de lo mediocre y lo establecido, capaz de transmutarse como un sistema abierto a nuevos terrenos. En este mundo reina la fantasía y, a diferencia de otras manifestaciones artísticas limitadas por la época y las modas, el arte fantástico –por su atemporalidad-no puede verse amenazado porque su objeto no es otro que el hombre mismo y su conciencia.
Al hombre como héroe, sabedor de su limitada naturaleza, entre dios y marioneta (Kleist), se le ha concedido el don de la fantasía, aquella que “desarma toda la creación según leyes que proceden del interior más profundo del ama, reúne y articula las piezas, y crea con ellas un mundo nuevo” (Baudelaire).
“La naturaleza no tiene imaginación”. El hombre sí.
Alguien habrá podido pensar que Vailima, o sea una servidora, se ha olvidado de que hoy es viernes. Error. Aquí estoy hoy de nuevo (no olviden echar un vistazo a la resolución de La Parte por el Todo de esta semana) para desearles un buen fin de semana. Les dejo esta hermosa imagen y les lanzo una pregunta a modo de reflexión (que puede hacerse pública, si se atreven):
¿Qué o a quién querrían comerse este fin de semana?
Séanme buenos y felices y, como en el cuento, a comer perdices.
André Félibien, amigo de Poussin, fue el primero en proponer que el concepto de “retrato” hiciera referencia, exclusivamente, a la representación de las personas, desligándolo así, de cualquier reproducción figurativa de animales. Sólo en los seres humanos se reconoce la posibilidad de la individualización, idea que recogería Schopenhauer en El mundo como voluntad y representación: “al verlos (rostro y figura humanos) nos sentimos inundados por un placer inexpresable, que nos eleva sobre nosotros mismos y sobre todo lo que nos atormenta”.
Desde este punto de vista, el retrato en el sentido de Félibien, pone de manifiesto su naturaleza antropocéntrica, delimitando a los seres humanos del resto de los seres vivos. Si bien la individualidad (entiéndase como “lo no genérico”) es una característica del retrato, la semejanza es garantía de veracidad: ¿alguien consideraría legítimo encargar un retrato con la condición de que no se le parezca? No obstante, esa identidad entre el cuadro y la persona representada se refiere a la relación entre el aspecto exterior de la persona y el modo en que es percibido por los demás, semejanza entendida como signo de identidad como diría Nicolás de Cusa(Similitudo autem ovnis est aequalitatis species seu signum).
La cuestión se agudiza aún más, cuando es el propio pintor quien se pinta a sí mismo. Resulta difícil, a veces, reconocer nuestro rostro en un espejo y contemplarnos tal cual somos. Pintores de todos los tiempos han plasmado sus rostros y figuras en lienzos donde nos cuentan historias sobre ellos mismos, sobre sus miedos, sus pensamientos y “sobre todo los que les atormenta” parafraseando al filósofo.
Poussinrealizó dos autorretratos. El primero, datado en 1649, sustituía a un retrato que un artista romano había hecho de él y que le decepcionó hasta tal punto que no dudó en reemplazarlo por uno realizado por él mismo. Observen:
En este lienzo, el artista subraya la idea del memento mori. El artista se presenta a sí mismo con un gesto que se diría risueño, ante un monumento fúnebre (el suyo propio) e, inclinando ligeramente la cabeza como si quisiera darnos a entender su ánimo melancólico como ya lo hicieran Lorenzo Lotto –del que ya hablamos en un post - y Moretto da Brescia . La serenidad ante la idea de la muerte es muestra, en este lienzo, de impavidez en el sentido estoico del que el artista era adepto.
Además de compartir con nosotros su actitud ante lo inevitable, el artista nos presenta tímidamente una alusión a su teoría del arte. Fíjense en el título del libro que sujeta en su mano derecha: De lumine et colore (Sobre la luz y el color).
Pero de esto y de alguna otra cosa, hablaremos mañana.
“Era bello el rostro en el estanque, pero no el mío- con su mirada altiva, como todo en él, y yo sólo veía peligros: palomas, palabras, estrellas y lluvias de oro -¡concepciones, concepciones! Recuerdo el ala blanca y fría y al gran cisne de terrible figura, cayendo sobre mí, como un castillo, desde lo alto del río.”
Me han mostrado en la pintura y en la poesía de todos los tiempos. ¿Sabríais decirme quién soy?
”He aquí una multitud de hombres, todos diferentes. Pero como al pensar en la multitud no se piensa en el individuo, los hombres están vestidos de la misma manera, con la mayor sencillez posible, para sugerir la idea de masa… Golconda era una rica ciudad hindú, un sitio maravilloso. Yo considero una maravilla el andar sobre la tierra a través del cielo. Por otro lado, el sombrero hongo no representa ninguna sorpresa. Es un sombrero poco original. El hombre con sombrero hongo es el hombre común y corriente. Yo lo uso también, no tengo el menor deseo de destacarme”
Dentro del misterio del mundo, Magritte vivía “como el resto de las cosas”. A través de su pintura buscaba la sabiduría a la que aspira un filósofo, al conocimiento de aquello que no admite explicación. Su vida discreta no obstante, le condujo a soportar la vulgaridad de la vida moderna gracias a su instinto para reconducir, a través de la palabra y de la pintura, los misterios del mundo. La simulación en el lienzo de objetos de carne y hueso fue sustituida por líneas y colores. El artista no puede verse prisionero de su talento. El artista sólo debe pensar en imágenes, en términos exclusivamente visuales. Pensar el misterio del “ser” y no perder la esperanza para seguir buscándolo. En su concepción pictórica del mundo, los sentidos deben combinarse porque ninguno de ellos puede funcionar aislado de los demás. Su arte muestra a los ojos y al espíritu la naturaleza incierta de todo aquello que se manifiesta en el campo de lo visible. Podríamos hablar de un “desorden de los sentidos” (Rimbaud) donde la copia no debe parecerse al modelo sino al contrario, pues es el arte quien da sentido a la realidad. El espíritu que sostiene lo visible permanece oculto. La misión de la pintura consiste, precisamente, en hacerlo visible.
Esta obra que nos ha servido hoy para acercarnos un poco más al artista, tiene también un misterio. Contemplen la imagen detenidamente. Nuestros sentidos pueden engañarnos y tienen la fuerza de hacernos ver lo que no existe. Alicia no tardaría en encontrar la solución.
Entre las virtudes del arte hay una, a mi juicio, muy importante: su universalidad. Esta característica intrínseca a su naturaleza nos aporta un elemento más humano, más cercano que en otras disciplinas. De una obra de arte siempre podemos hablar, decir algo: nuestra opinión, el efecto que nos provoca en el ánimo su contemplación aunque no dispongamos de más información sobre ella, sobre el artista que la ejecutó, sobre su tiempo o sobre el motivo que la inspiró. Aunque no sean del todo vanos los esfuerzos de Tio Petros en mostrarme la belleza de un teorema, les mentiría si les dijera que alguno ha logrado ponerme la piel de gallina. La exaltación (si pudiéramos denominarla de este modo) me la transmite “el maestro” cuando, pacientemente, me va exponiendo la demostración con palabras precisas, mano firme y ojos que viajan rápidos del papel a mis ojos con el fin de “pillarme” en un atasco conceptual. ¿Quién osaría a opinar (sin ser un docto en la materia) sobre cualquier belleza matemática sin resultar un osado, un atrevido, en definitiva, un tonto? Yo no, desde luego. La obra de arte es otra cosa. Fíjense si no en las constantes declaraciones de la popular Tita Cervera: se aprende el título del cuadro, le pega el calificativo de “bonito” (sin tregua y sin excepción) y resulta una experta en arte (eso sí, experta con muchos recursos y no lingüísticos precisamente). ¿Ven? Hagan la prueba, que todos podemos hacerlo.
El peligro con el que nos enfrentamos cuando hablamos sobre una obra de arte (partiendo de la base de que “no somos Tita Cervera”) es el intento perseverante de acercar la obra hacia nosotros y no al revés como debería ser. Intento perseverante como digo e ineficaz porque el resultado será en el cien por cien de los casos, un absoluto fracaso. Un ejemplo de intento infructuoso es (y aquí quería yo llegar) buscar un entramado conceptual entre el título de una obra y la obra misma. Hace mucho, mucho tiempo, Tio Petros se reía de una servidora (más bien se descojonaba vivo) al tratar este tema con motivo del título que yo había escogido para una sección de este blog. El título del post de hoy (que aunque no lo parezca, sí guarda relación con el desarrollo del mismo) está tomado de otro homónimo ideado por Magritte. Al igual que yo intenté hacer ver al maestro matemático, Magritte consideraba que el mejor título de un cuadro es el título poético porque al fin y al cabo, el único estandarte del artista surrealista fue el misterio de las cosas del mundo, misterio que pertenece a todos y a ninguno. A Magritte le gustaba reunirse con sus amigos delante de sus cuadros –todavía inconclusos- y a modo de pasatiempo, se dedicaban a ponerle títulos. Bien es cierto que pocas veces aceptaba las propuestas (como confesaría su esposa Georgette) pero es que nunca dejaría de experimentar. Como dijera en uno de sus escritos ”Los títulos de los cuadros no son explicaciones y los cuadros no son ilustraciones de los títulos”. ¿Por qué deberían de serlo? El ojo del pintor traiciona aquello que contempla; es un espejo que muestra en las cosas el misterio que suelen ocultar y que sólo la intervención del arte es capaz de revelar. Por este motivo los títulos de los cuadros deberían de servir como antídoto contra la percepción realista. En Las Vacaciones de Hegel, el filósofo de la dialéctica preside el cuadro y Magritte nos explica:
”Creo que a Hegel le hubiera gustado este objeto que cumple dos funciones opuestas: repeler y recibir agua. Ciertamente le hubiese divertido, tal como uno se divierte durante las vacaciones.”
Los títulos de los cuadros de Magritte nunca describen el tema tratado. Al contrario, lo que provocan es un juego de irregularidades, una pista falsa cuyo único fin es provocar dentro del lenguaje y de la lógica verbal un enfrentamiento análogo al que se produce dentro del cuadro mismo.
Estoy con Magritte y, ustedes en el fondo también, y si no explíquenme el porqué de Tio Petros (y no El blog sobre alta matemática contada como en un cuento (a veces no)), de Cuchitril Literario (y no El blog de por cada día del año os regalo la reseña de un libro), de A Perfect Vacuum (y no El blog del mejor fotógrafo que conocerás) y, de tantos otros que, no por omitirlos, son menos interesantes para ilustrar mi teoría.
En fin, amigos, terminemos este ya extenso post con unas palabras del artista surrealista:
”Cada cosa que vemos cubre otra, y nos gustaría mucho ver lo que nos oculta lo visible...”
Música recomendada: "S´elle m´amera de Johannes Ockeghem en Bella Imagine (Canciones flamencas de amor cortés, s. XV)
Jamás he oído recitar a nadie Cerrar podrá mis ojos la postrera como a mi buen y querido amigo Abdul.
Hoy Carl Philip ha madrugado y nos ha regalado una carta de amor. De ésas que ya no se escriben, de ésas que contienen más que una manifestación de intenciones, de ésas que constituyen un acto heroico del autor por superar los límites de la intimidad. He leído su carta a M. (porque indudablemente va dirigida a ella y sólo a ella) como escucho los versos de Quevedo en boca de mi amigo Abdul. Con esa sensación de ser protagonista de lo dicho y ser consciente, a pesar de mi estimado Wittgenstein, de que en determinadas ocasiones , mejor es no callarse.
La experiencia de la vida cotidiana nos demuestra diariamente, como una grande y cruel segunda ley, que pasamos por aquí y vamos dejando posos de lo que una vez fuimos, de lo que una vez tuvimos. Pocas veces (y si no que alguien tire la primera piedra) somos capaces de sentarnos en nuestro salón cerebral –tan bien amueblado él- y organizar durante un momento el cajón de nuestros sentimientos. Pocas veces, las menos, recogemos en palabras nuestro amor hacia el otro y pocas veces, casi nunca, las dibujamos en un papel o en un blog –que no deja de ser un papel en blanco- para hacerlas públicas. A modo de casamiento, para hacer partícipes a “los otros” de nuestra dicha o de nuestra infelicidad.
Hoy Carl Philip se ha desnudado ante nosotros y nos ha confesado que esto es lo que hay. Palabras ruborizadas con las que deshoja su pasado, palabras temblorosas para construir su futuro. Me alegro por ti, amigo. Ahora la música que tienes dentro la podemos escuchar todos y a todos nos pertenece un poco ya que tu deseo ha sido compartirla con nosotros. Sé cómo te sientes: con esa notas como dardos que Ángel González escribió una vez: A Todo Amor.
”Todo lo que contemplo vibra y arde. Y mi deseo se cumple en mi deseo:
Dore mi sol así las olas y la espuma que en tu cuerpo canta, canta -más por tus senos que por tu garganta- do re mi sol la si la sol la si la”."
Bien, amigos, una vez que Palimp y Andy han descubierto el poder de la palabra que buscábamos (CANON), aventurémonos en la segunda incógnita. Esta vez se trata del nombre de un artista un tanto especial. ¿Me acompañan? Suerte.
1- El hijo de Policleto ha sido combatido, vencido y abandonado. 2- El progreso del saber ha desplazado al hombre del centro del mundo. 3- Rafael fue de los primeros. 4- La fantasía es su reino. 5- Sólo existe la S que no se inscribe en círculos ni cuadriláteros geométricos. 6- Sus instrumentos: la sorpresa, lo inesperado y la agudeza. 7- La zanahoria es bella. 8- Está casado con la imaginación más que con la inteligencia. 9- Algunos hablan de un desgarramiento del alma. 10- ...Bousquet habla de una “feria de licencias”. 11- No hace régimen alguno pero le encanta la alcachofa. 12- Aunque la tiene, no es homosexual. 13- Nació en el país de la artificiosità. 14- José está en Egipto asistiendo al matrimonio místico de Santa Catalina. 15- Lleva una dieta de lo más mediterránea. 16- Le encanta el verano.
Sólo es un juego. Como en todos ellos el placer es el motor que nos mueve. No hay premio, tan sólo la satisfacción de llegar al final. Esta vez vamos a buscar una palabra. Tengan en cuenta las predilecciones de aquella quien plantea el divertimento. Sin la palabra que buscamos este blog no existiría. La incógnita de hoy será la llave que nos conduzca a otro enigma. De antemano les advierto que ni yo misma sé dónde se encuentra el final. Como hoy es el primer día, empezaremos con algo facilito. Muy facilito. Suerte.
1- Nací en la antigua Grecia y, desde entonces, no he dejado que la belleza se me escape. 2- Tengo un hermano en la música cuyo nombre es la ley. 3- Hay quienes piensan que soy un peligro y una limitación de la libertad. 4- Me buscaron los artistas, mas la búsqueda fue provocada por los filósofos. 5- Plinio el Viejo habló de mí cuando prácticamente acaba de nacer a la historia. 6- Una estatua y un libro llevan mi nombre. 7- Mi padre me llamó Doríforo por mi virilidad y Diadumeno por mi figura afeminada. 8- Los arquitectos fueron los primeros que me inventaron pero soy independiente al tiempo y al individuo. 9- Filolao dijo: “Todas las cosas que se conocen tienen un número: sin el número no sería posible conocer o pensar nada”. Yo le debo mi existencia. 10- Soy el todo y las partes al mismo tiempo. 11- Sirvo a los ojos y al oído. 12- Los escultores me buscan en la naturaleza y no en el arte. En el rostro esculpido encontraréis mi verdadera cara. 13- Vitruvio me encerró en un cuadrado y en un círculo. 14- Leonardo da Vinci me dio fama internacional. 15- Luca Pacioli me puso letras. 16- Cesariano, Durero, Edward Muybridge y Matilda Ghyska me han retratado. 17- Soy tan humilde que puedo encerrarme en una vasija. 18- El kósmos es mi hogar.
”Nadie logrará nunca describirme por completo, ni siquiera yo misma lo he logrado. Estoy llena de misterios que no se pueden resolver. Algún día se dirá de mí: Era una esfinge”
1) Mi nombre de familia hasta los veinte años se escribe en blanco y negro como una película de Spielberg. 2) Soy la “grande cocotte” de los literatos de tercera. 3) En mi caja fuerte guardo el original de la Tercera Sinfonía de Bruckner. 4) Soy única y cuando lo han querido me vuelvo Pallas Athene o Salomé. 5) Sobre mi piano de cola descansan ciertas notas para el despertar. 6) Todos me presentían intuitivamente. Tanto es así que Blumine soy yo. 7) El que me llamaba Quirl me vistió de Danae. 8) Con vehemencia rezo a Duino y a su ángel todos los días. 9) “¡Pobre hombre!” fue lo único que pude decir ante el lecho de muerte del padre de Pierrot Lunaire. 10) Mi hija Gucki se ha casado cuatro veces: con un estudiante, un compositor, un editor y un director de orquesta. 11) Cuando me separé del semi-desnudo pintó las dos habitaciones de su apartamento en negro. 12) Fui la novia del viento y me convertí en Minden Ló. 13) Munch me vino a visitar con el sol a media noche cuando un arquitecto de sueños, mi ángel, estaba en el frente. 14) He ido dejando tumbas en mi camino. En 1955 me lamenté de la muerte del creador de Wälsungen tan profundamente que sólo pude decir: “¡Oh, él, del que tanto he vivido!”.
¿Saben quién soy?
Se premiará con una mención de honor a aquel que descubra el significado que va oculto detrás de algunas de las pistas.
”Quod petis, est nusquam; quod amas, avertere, perdes!"
Todos sabemos quién es y en qué ocupa su tiempo. Hombre de todos los tiempos al que infinidad de poetas han nombrado. Nombre que al ser nombrado no encuentra consuelo de sí mismo. Hombre y no hombre. Imagen de un sueño irrealizable.
Les propongo un divertimento. A continuación les transcribo una serie de citas mediante las cuales, ustedes tendrán que descubrir cuál es el nombre del personaje que estamos buscando. ¡Que la suerte les acompañe!
1- Título y final de un haiku Chicos desnudos en las pagodas verdes. No existe más.
2-Carlos García Gual La pobre Eco fue languideciendo de amor y se hizo tan sutil que desapareció, y quedó sólo como una voz incorpórea y fantasmal, repetitiva y vana.
3- Ovidio Y, para aumentar mi dolor, no nos separa el inmenso mar, ni un camino, ni una cordillera, ni muros con sus puertas cerradas.
4- Calderón de la Barca ¿Cómo (estoy mudo, estoy ciego) si al fuego le mata el agua, aquí el agua enciende al fuego?
5- William Shakespeare Pecado de amor propio mis ojos domina y mi alma entera y todo mí por cualquier lado
6-Borges Dios ha creado las noches que se arman De sueños y las formas del espejo Para que el hombre sienta que es reflejo Y vanidad. Por eso nos alarman.
7- André Gide Está solo. ¿Qué hacer? Contemplar.
8- Federico García Lorca Por tus blancos ojos cruzan ondas y peces dormidos. Pájaros y mariposas japonizan en los míos.
9- Hermann Hesse Nada podia decirse de él: era perfecto y superior a todos
Que pasen un buen fin de semana. El lunes daremos un paseo de la mano de El Bosco. Hasta entonces, sean felices.
Ante este fin de semana largo que se nos presenta y ante el inminente viaje de placer a la capital del imperio, me encuentro un tanto perezosa. Por ello, les propongo otro juego. Así como en la frase “fue el mejor, ganó una toga francesa" se puede encontrar un ORGANO (mejOR GANO) y un FAGOT (al revés: TOGA Francesa), en el siguiente texto se encuentran escondidos los nombres de otros once instrumentos musicales. ¿Cuáles son? Por supuesto, la respuesta tendrá que ir acompañada por la explicación pertinente porque aquí también puede sonar la flauta (y nunca mejor dicho).
"El licor nórdico te hace llorar, pero desde que lo probó el muchacho Aladino estaba jocoso. Desde que hace terapia, no usa su alfombra: ahora mira por tu balcón. Como la timba les hizo gastar ¡pardiez no se sabe cuánto dinero!, prometen ir al casino sólo una vez al año. ¡Vaya un novio lindo que tienes princesa!"
“Lo que queda es un destino cuya única salida es faltal. Al margen de esta única fatalidad de la muerte, todo, alegría o felicidad, es libertad. Resta un mundo cuyo único dueño es el hombre. Lo que lo ataba era la ilusión de otro mundo. La suerte de su pensamiento ya no es renunciar a sí, sino reanudarse en imágenes. Se representa en mitos, sin duda, pero en mitos sin otra profundidad que la del dolor humano, y como éste inagotable. No ya la fábula divina que divierte y ciega, sino el rostro, el gesto y el drama terrenales en los que se resumen una difícil sabiduría y una pasión sin mañana”
CAMUS, A.:El mito de Sísifo, Alianza, Madrid, 1999, p. 151
En la mitología griega, Caronte era una de las divinidades del mundo subterráneo. Su misión era conducir la barca que llevaba a los difuntos del mundo de los vivos al Hades a través de la Laguna Estigia. Las almas de los difuntos eran guiadas por Mercurio hasta la laguna y allí aguardaban hasta que llegara el barquero. Como pago por el viaje, Caronte recibía una moneda de oro que se colocaba en la boca del difunto. Una vez montado en la barca, era el propio difunto quien remaba hasta la otra orilla, hasta el mundo de los muertos. Cancerbero, el siniestro perro de tres cabezas, custodiaba la entrada del infierno para que ningún vivo entrara ni ningún muerto pudiera salir de él.
La muerte es la única certeza del ser humano. La única verdad para la que, paradójicamente, el hombre carece de experiencia propia. Hasta para morir hay que pagar. Y se paga con la vida. En el Romanticismo, la existencia en este mundo era un mero tránsito, un requisito sine qua non el hombre no podía llegar a ese estadio de absoluta felicidad. La muerte les hacía libres. A lo largo de toda la historia de la humanidad ha habido, hay y habrá hombres que se dejan matar por las mismas ideas o ilusiones que les dan una razón para vivir. Aunque resulte contradictorio ¿no es ésta una forma más de nuestra condición?: “Los hombres también segregan inhumanidad”.
Tome buena nota mi familia de mi última voluntad:
“cuando muera, colocadme una moneda sobre la boca para pagar al barquero. Y en mi mano, fuertemente sujeta, otra de igual valor para que me desprendan de mi humana indumentaria : no vaya a ser que mi Caronte no me permita cruzar a la otra orilla y mi alma vague por los siglos de los siglos con la certeza de que veré pasar delante de mí las imágenes de todos los que en este mundo han sido y he querido. Entonces, y sólo así, habré llegado al infierno.”
CALÍGULA (interesado) ¿Así que crees en los dioses, Escipión?
ESCIPIÓN No.
CALÍGULA Entonces no comprendo: ¿por qué eres tan sensible a las blasmefias?
ESCIPIÓN Puedo negar una cosa sin creerme obligado a mancharla o a quitar a los demás el derecho de creer en ella.
CALÍGULA ¡Pero eso es modestia, modestia de verdad! ¡Oh, querido Escipión, cuánto me alegro por ti! Y cómo te envidio, ¿sabes? Porque la modestia es el único sentimiento que acaso jamás llegue a conocer.
ESCIPIÓN No me envidias a mí, sino a los mismos dioses.
CALÍGULA Si lo permites, eso será el gran secreto de mi reinado. Todo lo que se me puede reprochar hoy es haber conseguido otro pequeño progreso en la vía del poder y de la libertad. Para un hombre que ama el poder, hay en la rivalidad de los dioses algo irritante. La he suprimido. He demostrado a esos dioses ilusorios que un hombre, si se lo propone, puede ejercer, sin aprendizaje, su ridículo oficio.
ESCIPIÓN Esa es la blasfemia, Cayo.
CALÍGULA No, Escipión, es clarividencia. Simplemente he comprendido que no hay más que una manera de igualarse a los dioses: basta con ser tan cruel como ellos.
CAMUS, A. :Calígula, Alianza Losada, Madrid, 1981, pp.68-69
Como les decía en el post de ayer, releer libros me apasiona. Claro está que la posibilidad de hacerlo con entusiasmo viene dada por mi pésima memoria. Puedo ver películas que ya he visto otras veces sin acordarme de una sola escena hasta el final. Debo de tener un gran archivo escondido en mi cerebro y por eso hay que desempolvarlo de vez en cuando. Todo esto viene a cuento con motivo de esa moda o “tendencia cultural”, a la que denominan bookcrossing, es decir, abondonar libros en lugares públicos para que otros los recojan, los lean y los liberen después. Son las tres “r” del bookcrossing:
Aunque puedan pensar lo contrario, el tema está muy bien organizado. En la página web nos dicen cómo tenemos que hacerlo. El primer requisito es tener un buen libro en la estantería de casa, “cubierto de polvo y humedad” (yo jamás le haría eso a un libro, ¡por dios!). El segundo requisito es haberlo leído (este punto me hace mucha gracia, hay libros que confieso no he terminado de leer –El Código da Vinci, por ejemplo, entre ustedes y yo me jodió mucho que el autor, norteamericano y de cuyo nombre no me interesa acordarme, especificara hasta la saciedad que el Louvre se encuentra en Francia. Pero bueno, manías de una...) Cuando ya tenemos el libro y lo hemos leído, lo registramos en la página web mencionada, lo etiquetamos, podemos hacer anotaciones, valoraciones y demás y con todo esto en regla ya podemos abandonarlo donde se nos antoje. El lema de esta moda es ¿Amas a un libro? ¡Déjalo ir!. No tengo ningún inconveniente en confensarlo: me parece una chorrada universal. ¿Quién en su sano juicio, si se considera un amante de los libros, va a abondonar un buen libro en el primer banco del parque que vea? ¿Quién puede ser tan gilipollas de deshacerse de una edición ya agotada por la que darías tu mano derecha y por la que has estado años recorriendo mercados, ferias, y hasta incluso hubieras sido capaz de robársela a tu mejor amigo? Yo no, lo siento, no soy tan moderna. No se vayan a pensar que son cosas del dinero, son más bien, como decía la copla, cosas del querer. ¿Cuántos libros tenemos que sólo con verlos nos recuerdan un lugar, un tiempo, un olor, o la persona que nos lo regaló? Yo, como ven, no los abandonaría, más bien haría lo que Ruiz Zafón en “La sombra del viento”: apadrinar un libro. Aquel que te acompaña a todas partes, hueles, sobeteas y acaricias; ése que tiene dobleces en las esquinas, y alguna mancha por un amigo descuidado al que se lo prestaste y lo devoró junto al bocadillo de chorizo... Cierto es que lo tendría difícil para elegir uno entre tantos. Casi es más sencillo encontrar pareja, ¿y ustedes, qué libro no abandonarían jamás?
No, no me refiero a la última película de Pedro Almodovar sino a una cuestión que no podemos permitirnos en estos momentos. Así como no es aconsejable ni prudente hacer partícipes a nuestros hijos de cuestiones de economía familiar, sobre detalles escabrosos de la enfermedad de un familiar o un conocido, sobre la vida sexual de sus padres y demás, tampoco es de recibo que vean y escuchen ciertas actitudes y argumentos en sus progenitores ya que carecen de criterio para discernir sobre ello. Evidentemente me refiero a hijos de corta edad que asumen como cierto y veraz todo aquello que su padre o su madre les diga. Estos días en los que la rabia y el dolor se nos salía del cuerpo, estos días en los que se ha desayunado, comido y cenado con la televisión, la radio, internet, el móvil y demás artilugios que caracterizan nuestro tiempo, en estos días nuestros hijos (yo la primera) han tenido que contemplar las caras desencajadas de sus padres y comentarios que reconozco que hubieran tenido que ser emitidos en la intimidad de la pareja. Estos niños son los hombres del futuro, de un futuro no muy lejano por cierto y por nuestra parte debemos de educarles en la tolerancia y en el diálogo. Cuando la semana pasada veía La Pelota Vasca, me impresionaron las palabras de la viuda de un ertzaina muerto por ETA. Pero no fueron las palabras de viuda, sino las que compartió como madre. ¿Podemos imaginar un sufrimiento tan grande como el que una mujer pierde al mismo tiempo su marido y el padre de sus hijos?¿Qué esfuerzo tiene que realizar aquélla para hacer comprender a su hijo de siete u ocho años que no se puede decir “cuando sea mayor mataré a los que mataron al aita”? ¡Qué tarea tan difícil! En menor o mayor medida, todos deberíamos poner nuestro granito de arena a este respecto. Y no sólo con nuestros niños, sino también y desgraciadamente, en adultos que se dejan llevar por la sinrazón del dolor. Cuanto más nos rompen el corazón, políticamente hablando, más tiempo hay que dedicarle a la Razón. Que pasen un buen fin de semana.
Cuando uno se va descargando de la rabia y la impotencia que han caracterizado estos días pasados y tiene que volver a hacer frente a la vida cotidiana, es el momento de emplear el dolor que siente para pensar desde la Razón. Ya sé que es muy difícil, imposible para las víctimas, para los que esperan sin consciencia la muerte en un hospital, para las familias y amigos de todos ellos. Pero los que estamos aquí, tenemos el deber de hacerlo por ellos. Y es un deber en el sentido ético del término, de imperativo categórico y como a priori político. Nuestra vida nos viene dispuesta de tal forma que unas veces somos nosotros mismos los únicos responsables de determinadas consecuencias (como el fumador que se expone al cáncer), otras veces decimos que el destino o el azar –llámenlo como quieran- y otras, son nuestros iguales los que deciden nuestra vida. Indudablemente, de los tres tipo de “responsabilidad” si así me permiten llamarlas, la última es la más grave: la que nos imparte un semejante. Bien sea si se trata de un conductor borracho, de una negligencia de cualquier tipo, de una postura política hay “alguien” que ha decidido tu vida por ti ya sea consciente o inconscientemente. Y esto es muy difícil (por no decir imposible) de perdonar. El dolor y el sufrimiento es siempre íntimo (como el hecho de orinar), subjetivo. Con los atentados de la pasada semana en Madrid, el dolor ha dejado de serlo. Y eso, señores, es un elemento ético que no debemos perder porque se ha configurado como algo colectivo y universal. Sin ninguna duda, todavía está el drama humano particular: la pérdida de un padre, de un hermano, de un familiar; la incertidumbre económica en muchos casos; la soledad... Pero por primera vez, han llorado muchos madrileños, vascos, catalanes, argentinos, italianos, alemanes, mejicanos y tantos otros. ¿El sufrimiento ha tenido que ser de tal magnitud para que nos deba doler tanto como a los propios afectados directos ver como “se me muere”? ¿no debería dolernos tanto como a los políticos de nuestro país el tener que ir escoltado por otra persona? Este es un sufrimiento que ineludiblemente tiene que hacerse universal. Y cuando bajemos al portal de nuestra casa, tenemos que sentir lo mismo que si a todos y a cada uno nos estuviera esperando un escolta, porque ese sentimiento es el mismo que el que nos ha unido a todos cuando acudíamos a manifestar nuestro dolor a las calles de todas nuestras ciudades. En definitiva, pido y exijo, responsabilidad moral para mí y para mis conciudadanos y responsabilidad política además para aquel al que el pueblo ha otorgado su confianza y su futuro. Exijo a éste último además, el deber de no olvidar con el fin de construir y el deber de utilizar la Razón como vehículo de paz.
”El carácter enigmático (de las obras de arte), bajo su aspecto lingüístico, consiste en que las obras dicen algo y a la vez lo ocultan” T. Adorno
Nunca podremos responder satisfactoriamente a la pregunta acerca del sentido de una obra de arte como “qué significa realmente” o “¿para qué todo esto?”. Ante tal tipo de preguntas, las obras de arte se enmudecen, o como dice Adorno, sólo pueden hablar con una muda elocuencia, de un lenguaje mimético, sin intenciones.
No se puede percibir un campo de trigo como si no hubiéramos contemplado los trazos ondulantes de Van Gogh. Tampoco podemos leer a Poe de la misma forma que si no tuviéramos referencia de los estudios de Baudelaire sobre el escitor americano y, así con muchos otros casos. La crítica modifica nuestra percepción y nuestro juicio de la obra de modo semejante a como ésta transfigura la realidad y renueva nuestra percepción y nuestro lenguaje. La tarea del crítico parece que debe de estar dominada por una visión mesiánica por la que puede iluminar el contenido de verdad de una obra como si se tratara de una revelación mística de un oculto secreto que ha estado ahí esperando el conjuro correcto. Sin embargo, dejando a un lado esta argumentación, parece que la crítica es necesaria y más aún, dada la naturaleza plural y compleja del arte en la actualidad. En este sentido, el enfoque más productivo sería el que concediera que el arte es un medio de comunicación simbólica, que la obra de arte no es el final del camino de nada y que no puede darse como algo terminado. La irreductibilidad del arte hace que no podamos someterlo a las leyes normales de comunicación y de representación de la realidad. Y parafraseando a Adorno, podemos afirmar que su soberanía estriba en su carácter enigmático. La experiencia del arte tiene una lógica negativa. Por un lado, la negación de las formas de percepción y del lenguaje que ya teníamos, que quedan sustituídos por otras nuevas que nos permiten ver el mundo de forma diferente y pensarlo con otras expresiones. Ahí se basa la experiencia estética: en un proceso de apertura del mundo, en el paso de lo conocido a lo desconocido. Por otro, la obra de arte es negatividad y enigma inconmensurable en una sociedad que aspira a dominar lo universal, lo calculable y lo útil. El arte representa lo heterogéneo, lo diferente. Retomando la cita con la que encabezaba el post, toda obra de arte es una oferta de diálogo y de entendimiento dirigida a un sujeto reflexivo que se acerque a ella. Las auténticas obras de arte responden sorprendiendo el sentido de aquel que las experimenta, aquel cuya autonomía se ve capturada, para más tarde recuperarla con la reflexión. Tanto la obra como el receptor reconocen ambos la autonomía del otro y la imposibilidad de agotarse mutuamente. De ahí que las obras sólo se completen mediante su recepción ya que son siempre para el otro. Toda obra de arte pretende un reconocimiento en tanto que forma de comunicación simbólica aunque, como dice Adorno, sea un mensaje en una botella a la deriva en el inmenso océano, jamás renuncia a llegar a un destinatario.
Después de derribar a soplidos la casa de paja y la de hierba, y habiendo utilizando una oruga D-7 para echar abajo la casa de ladrillos del cerdito listo, el lobo tuvo por fin frente a él a los tres cerditos.
Se relamía con la lengua todos sus colmillos, eligiendo a cuál de los desdichados animales le hincaría el diente primero. No obstante, recordó que su endocrino le había puesto un régimen estricto de té de camomila y alimento rico en fibra, y su conciencia se debatía entre lo que debía hacer y lo que su estómago le instaba. "Ni para él ni para mí", pensó finalmente el lobo mientras se apoyaba en un árbol. "Que decidan los cerditos".
Así, para decidir a cuáles se almorzaba, el lobo les propuso una prueba a los cerditos asustados que, dadas las circunstancias, les fue imposible no someterse. Cogió cinco hojas de un árbol, de ésas con aspecto de mano abierta: tres de ellas eran verdes, pues las había arrancado directamente del mismo árbol que tenía junto a él; las otras dos, del suelo, tenían el color cobrizo del otoño. Hecho esto, les mostró a los cerditos las cinco hojas.
"Tengo en mis manos tres hojas verdes y dos marrones", les dijo. "Colocaré una hoja en cada una de vuestras cabezas, cerditos. Si alguno adivina su color, los tres quedaréis libres por ahora. Si no lo adivináis ninguno o falláis al intentar adivinarla, me comeré a los tres". Y eso hizo, dejando las dos hojas sobrantes en el suelo, sin que ninguno de los cerditos pudiera verla.
Colocados en fila, viendo el tercero la espalda del primero y el segundo, el segundo la espalda del primero, y el primero nada de nada, el lobo preguntó en primer lugar al tercer cerdito, quien podía ver a los otros dos. Éste, sin embargo, no supo decir el color de su hoja; podía haberse arriesgado, pero sabía que, si fallaba, el lobo se los comería a todos.
El segundo, quien sólo veía la hoja sobre la cabeza del primer cerdito, tampoco fue capaz de saber el color de la suya y guardó silencio.
Le tocó entonces al primer cerdito... ¿Qué dijo éste para salvarse él y a sus hermanos?
Hoy he estado ojeando un catálogo de las obras que podemos contemplar en ARCO. Espeluznantes algunas, en el sentido estético de la palabra, y otras salvadas por su originalidad. Yo no soy crítica de arte, ni tengo esa pretensión, pero puedo opinar. Una mierda. Por eso, y porque puedo utilizar cualquier elemento para llevar a cabo mi crítica, he considerado que no estaría nada mal acudir al Evangelio de San Mateo y recordar las palabras que Jesucristo dijo a los fariseos:
”...ciegos que guían a otros ciegos y, si un ciego guía a otro ciego, ambos caen al hoyo”
Pieter Bruegel el Viejo pintó el mismo año de su muerte, 1568, un lienzo de 86x154 cm, titulado Parábola de los ciegos. El tema de la obra procede del Evangelio de San Mateo que les he señalado arriba.
La cuestión sobre quién es el guía que realmente ve está relacionada directamente con la situación política de las provincias de Flandes. Un año antes de que Bruegel pintara Parábola de los ciegos, el Duque de Alba había llegado allí con sus tropas por mandato del Rey de España para que acabara con todos los herejes de la zona: calvinistas, luteranos, anabaptistas y en definitiva todo aquel que se opusiera a la autoridad española. El antepasado de nuestra Cayetana del alma era tan conciliador que en enero de ese año ejecutó públicamente a 84 ciudadanos; en marzo a más de 1500 habitantes de Flandes y el domingo de Pascua, decapitó por orden de su “consejo sangriento” a dos importantes miembros de la aristocracia. Vamos, que todo un alarde de poderío de la casa de Alba, por lo que ahora me explico la razón por la que nuestra actual duquesa tiene tantos problemas al vocalizar, esa cabellera endemoniada y las tetas, hasta hace poco, reverenciando con los pezones su bajo vientre. Volviendo al cuadro que nos ocupa, Bruegel concentra su atención en presentar a seis ciegos como mendigos deformes y miserables que tropiezan y caen. Lo curioso, es que el pintor los retrató no con los párpados cerrados como era costumbre en la época, sino con la exactitud del diagnóstico de un experto: El ciego del gorro azul sufría amaurosis, el que va detrás de él tenía esclerosis de córnea y, el que va delante había sufrido una lesión o extracción del globo ocular, producida con toda seguridad en una pelea o como castigo por un delito. En la época de Bruegel, las intervenciones quirúrgicas se dejaban a manos de sangradores, barberos y charlatanes. Iban de feria en feria (como la de ARCO) ofreciendo sus servicios, vendiendo medicamentos e, incluso, dando consejos como beber orina de hombres pelirrojos como la mejor cura contra las fístulas, enrojecimiento y oscurecimiento de los ojos, para eliminar cataratas, glaucoma y para acabar con las lágrimas.
Si se fijan, los ciegos están situados en diagonal, por lo que la caída de estos miserables se hace inevitable. Como inevitable es el final al que su destino les conduce, la muerte, reforzado por los colores, todos ellos en tonos de gris.
Como charlatana de esta feria que es mi blog, en la que una servidora ordena y manda, finalizo el post sobre esta magnífica obra de la que, sin lugar a dudas, se podría comentar muchos otros detalles que la conforman como tal. Mi deuda con los amantes de ARCO está saldada, que cada ciego saque su conclusión y caiga en el charco que mejor quiera.
Érase una vez un reino muy, muy lejano de Oriente. Como el monarca no tenía descendencia y ya era muy anciano reunió a todos los caballeros de su reino y les propuso lo siguiente: - Os he convocado a todos vosotros, caballeros ilustres de mi reino, para retaros a una prueba. Me resta poco tiempo de vida y el reino que con tanto empeño he construído necesita un nuevo monarca. Ya sabéis que nuestra tierra es conocida en todo el mundo porque las casas de mis súbditos se disponen como las casillas de un tablero de ajedrez tal ha sido siempre mi gran afición por este juego de lógica, estrategia e inteligencia. Pues bien, queridos amigos, os proporcionaré un saco de trigo con tantos granos como casas hay en mi reino.
Aquel de vosotros que montado en su rocín consiga dejar en cada casa un grano de este cereal será el nuevo rey que me sustituirá. Pero no será tarea fácil, creedme, pues aquí os presento mis condiciones:
El caballero tendrá que moverse por la ciudad como lo hace un caballo en un tablero de ajedrez. Podrá empezar a repartir los mensajes en la casa que él quiera. Tendrá que pasar por todas las casas. No deberá pasar más de una vez por una misma casa. Que la suerte os acompañe.
Espero, señores, que sean capaces de llevar a término el reto. Buen fin de semana.
Esta palabreja con la que doy título al post significaría, según Freud, “aquella suerte de sensación de espanto que se adhiere a las cosas conocidas y familiares desde tiempo atrás”. El problema que el padre del psicoanálisis se plantea es en qué condiciones las cosas familiares pueden tornarse siniestras y, sugiere, que lo siniestro se da cuando lo fantástico se produce en lo real.
Esto mismo es lo que me ha ocurrido hoy cuando leía la prensa. Destaco tres noticias que, sin duda, Freud catalogaría como unheimliche no sólo por la propia naturaleza de las mismas, sino por el efecto producido en el sujeto al que se manifiestan. Dado que no tengo el periódico a mano, excúsenme de no transcribirles literalmente las tres noticias, pero les aseguro que voy a ser fiel al espíritu con las que han sido escritas. Un inciso. Si me lo permiten, voy a ponerles en situación, así comprenderán mejor el significado del concepto freudiano:
Son las doce del mediodía del catorce de enero de dos mil cuatro. Me encuentro en el despacho de un notario esperando a una persona. dispongo de escasos cinco minutos para echar un vistazo rápido a la prensa del día (lo que los franceses llamarían “un coup d´oeil”, expresión más refinada que nuestro vocablo terminado en ese insufrible sufijo). Con un ojo puesto aquí y el otro allá, leo lo siguiente:
1- Detenido en (...) un hombre que se escondía debajo de la cama de su exmujer portando un cuchillo en la mano. El detenido argumenta que se disponía a hacerse un bocadillo.
2- Desaparecidos un grupo de chinos que se escondían en un pabellón industrial abandonado.
3- Encontrado un condón en un plato de sopa de almejas en un restaurante...
Díganme ahora, señores, si se atreven, si estos titulares no son siniestros. Hasta creo estar viendo al mismo Freud levantándose de su tumba. ¡Si es que no es para menos!
Cuando yo era una niña, uno de mis programas favoritos era el Un, dos, tres... responda otra vez. Recuerdo que toda la familia, después de cenar, nos reuníamos en torno al televisor para disfrutar del único programa de este estilo que se emitía por entonces. El pasado fin de semana se producía la emisión tan esperada de una nueva andadura del mismo a cargo, evidentemente, de un desconocido presentador por el que ha apostado el director Chicho Ibañez Serrador, y de nuevas secretarias. El formato del concurso no ha variado sustancialmente y han introducido un aspecto que suena a cultura de nivel promoviendo la lectura entre concursantes y espectadores y, como así lo habían asegurado, me dispuse a mostrar a mis hijos el espacio con el que yo de niña disfruté tanto. Voy a omitir todo comentario al respecto del impresentable presentador, de las impresentables secretarias; (grandes las gafas, grandes las tetas, pequeños los atuendos) y sólo voy a hacer referencia a lo que ví y oí (mejor dicho no-oí) en los escasos tres minutos que tardó mi mano en coger el mando a distancia y cambiar de cadena.
En la tanda de preguntas que consitituye la primera parte del concurso, el presentador con sonrisa colgate hasta el sobaco, formula la siguiente pregunta:
Por taratantos euros, díganme, nombres de escritores de todos los tiempos que hayan escrito su obra en italiano o en francés. Como por ejemplo Dante. Un, dos, tres, ... a leer otra vez - Dante, responde el primer concursante. - Silencio - Silencio y va pasando el tiempo - Silencio y se acaba el tiempo. Suena la sirena. Fatalidad
Qué vergüenza, por dios, qué vergüenza. Conmigo que no cuenten como espectadora. Y digo yo, que si el nivel de los concursantes es el mismo que cuando yo era niña, si a mis años me resulta deleznable presenciar ciertos espectáculos bochornosos disfrazados de culturilla para el gran público, qué necesidad tengo yo de pasar ese mal rato en el que las tripas se me vuelven del revés y mis hijos se creen que me está dando un soponcio. Y es que más que el Un, dos, tres... parecen Historias para no dormir.
Mirando por ahí en la web, he encontrado una cosita que ya había pasado por mis manos pero que perdí. Espero que, al menos, les haga sonreir mientras lo leen, pero no piensen demasiado sobre él, porque entonces sólo podrán llorar:
El bachillerato español ha experimentado, en las tres últimas décadas, una evolución que puede quedar gráficamente reflejada en las diferentes formas de resolver un mismo problema matemático. - Enseñanza 1960: Un campesino vende un saco de patatas por 1.000 pts. Sus gastos de producción se elevan a los 4/5 del precio de venta. ¿Cuál es su beneficio?
- Enseñanza tradicional 1970: Un campesino vende un saco de patatas por 1.000 pts. sus gastos de producción se elevan a los 4/5 del precio de venta, esto es, 800 pts. ¿Cuál es su beneficio ?
- Enseñanza moderna 1970 (LGE): Un campesino cambia un conjunto P de patatas por un conjunto M de monedas. El cardinal del conjunto M es igual a 1.000 pts., y cada elemento P de M vale una peseta. Dibuja 1.000 puntos gordos que representen los elementos del conjunto M. El conjunto F de los gastos de producción comprende 200 puntos gordos menos que el conjunto M. Representa el conjunto F como subconjunto del conjunto M y responde a la cuestión siguiente: ¿Cuál es el cardinal del conjunto B de los beneficios? Dibujar B en color rojo.
- Enseñanza renovada 1980: Un agricultor vende un saco de patatas por 1.000 pts. Los gastos de producción se elevan a 800 pts. y el beneficio es de 200 pts. Subraya la palabra "patata" y discute sobre ella con tu compañero.
- Enseñanza reformada (LODE): Un lavriego vurgués, capitalista insolidario, sanriquecio con 200 pts. al bender especulando un saco de patatas. Analiza el texto y deseguido di lo que piensas en este avuso antidemocratico.
- Enseñanza comprensiva 1990 (LOGSE): (*Educación comprensiva es aquella que ofrece las mismas experiencias educativas a todos los alumnos. El aprendizaje ha de asegurar que los conocimientos adquiridos en el aula puedan ser utilizados en las circunstancias en que el alumno vive y en las que puede llegar a necesitarlos). Tras la entrada de España en el Mercado Común, los agricultores no pueden fijar libremente el precio de venta de las patatas. Suponiendo que quieran vender un saco de patatas por 1.000 pts., haz una encuesta para poder determinar el volumen de la demanda potencial de patatas en nuestro país y la opinión sobre la calidad de nuestras patatas en relación con las importadas de otros países, y cómo se vería afectado todo el proceso de venta si los sindicatos del campo convocan una huelga general. Completa esta actividad analizando los elementos del problema, relacionando los elementos entre sí y buscando el principio de relación de esos elementos. Finalmente, haz un cuadro de doble entrada, indicando en horizontal, arriba, los nombres de los grupos citados y, abajo, en vertical, diferentes formas de cocinar las patatas.
El místico Ángelus Choiselus escribió: ”Cuando los ángeles músicos ofician para Dios, tocan J.S. Bach. Pero cuando se reúnen entre ellos, tocan Mozart. Y Dios viene a escuchar detrás de la puerta”.
Además de su genial capacidad para la música, Mozart hizo gala de un gran sentido del humor durante toda su vida. El músico poseía una nariz tan grande como la del mismísimo Cyrano de Bergerac y no le importaba en absoluto que su apéndice fuera motivo de diversión de amigos y de él mismo. Se cuenta que en una ocasión quiso Mozart gastar una broma a su amigo y compositor Franz Joseph Haydn proponiéndole una apuesta en principio poco singular:
"maestro, ¿a que no podéis tocar estos compases?”
Haydn se acercó al piano, se sentó, y comenzó a ejecutar aquellas notas sin ningún problema. Todo parecía normal hasta que en un determinado momento tuvo que pararse y, sorprendido, dijo:
"No puedo continuar porque has puesto aquí en medio una nota para la que me faltan dedos, pues tengo ambas manos ocupadas".
Con una impecable sonrisa Mozart contestó:
"Dejadme a mí".
Se sentó, tocó y cuando llegó a la nota que no había forma de tocar, ya que todos los dedos estaban ocupados en otras, agachó la cabeza y, sin más, la tocó con la nariz. Todos los presentes rieron la ocurrencia, y el maestro Haydn le contestó:
"Verdaderamente, tocáis con toda el alma, pero también con todo el cuerpo, sin olvidar la nariz".
Os deseo a todos y, a mí misma, que en este 2004 que nos espera para ser vivido tengamos la suficiente valentía para que cuando creamos que nos faltan manos, recurramos aunque sea a nuestra nariz para tocar esas notas amargas que irremediablemente se cuelan en nuestra partitura.
Ojalá venga entonces alguien a escuchar detrás de nuestra puerta.
(El JOVEN ESCIPIÓN pasa por detrás de CALÍGULA y se acerca, vacilante. Extiende una mano hacia CALÍGULA y la apoya en su hombro. CALÍGULA, sin volverse, la cubre con una de las suyas.)
EL JOVEN ESCIPIÓN Todos los hombres tienen algún dulce consuelo en la vida. Eso les ayuda a continuar. A él recurren cuando se sienten demasiado gastados.
CALÍGULA Es cierto, Escipión.
EL JOVEN ESCIPIÓN ¿No hay, pues, en la tuya nada semejante? ¿La llegada de las lágrimas? ¿Un refugio silencioso?
CALÍGULA Sí, a pesar de todo.
EL JOVEN ESCIPIÓN ¿Y qué es?
CALÍGULA (lentamente) El desprecio.
TELÓN
Camus, A.:Calígula, ed. Alianza Losada, 1981, p. 62
En 1904, Kafka escribe una carta a Oskar Pollak en la que dice:
”Si el libro que leemos no nos despierta de un puñetazo en el cráneo, ¿para qué lo leemos? ¿Para que nos haga felices, como tú dices? (...) Lo que necesitamos son libros que hagan en nosotros el efecto de una desgracia (...), como si fuésemos arrojados a los bosques (...), un libro debe ser el hacha que rompa el mar de hielo que llevamos dentro".
No hace mucho tiempo oí a un adolescente que comentaba orgulloso:
- El profe de literatura nos ha mandado hacer un trabajo sobre La Regenta. Voy a ir al videoclub cagando leches.
El muchacho no se había confundido, no. En COU, uno ya sabe diferenciar entre librería y videoclub sin necesidad de visualizar ningún capítulo de Barrio Sésamo. Quizás, como suele decirse, la naturaleza es sabia. Si como dice Kafka un libro tiene que provocarnos el efecto de una desgracia, imagínense ustedes el efecto devastador en este muchacho. La desgracia ya la lleva puesta de antemano."
“Los tiempos cambian que es una barbaridad” decía la letra de una zarzuelísima nuestra. Y no es para menos y si no, vean por curiosidad uno solo de los capítulos de la exitosa serie de televisión “Cuéntame”. Apenas han transcurrido tres décadas y parece que de un momento a otro van a parecer dinosaurios en la pantalla. Quizás para algunos que lean este post no signifiquen nada el papel higiénico del elefante con ese color tan, tan, real (tanto que parecía recién usado); o los sofás de escay, los vasos de duralex en ámbar fosilizado, los cristales de las puertas o los armaritos del baño. En esa época, al igual que Carlitos, yo era una niña y me impresionaba ver a mi hermana (tiene dieciséis años más que yo) con esos pañuelos por la cabeza al estilo pirata, las cejas como finos hilos de tanta depilación y los zapatos de plataforma que te elevaban del suelo como cohetes propulsores. Una cosa más: los pantalones de pata de campana jugando con la estrechez del muslo. Al contrario de lo que sucede ahora, había colores incompatibles que una nunca, he dicho bien, nunca debía compaginar en el mismo atuendo: el marrón y el negro, el rojo y el amarillo, el rojo y el naranja, el verde y el azul, por poner unos ejemplos. Con el nuevo milenio, Ágatha Ruiz de la Prada, diseña tulipanes y corazones al son de “mis mezclas” de colores prohibidas y se llena la saca de euros comunitarios.
Cuando yo era adolescente, pantalón tubo y tacones igual a puta barriobajera. Los chicos no podían saber que empezabas a llevar sujetador (por cierto, mi primer sostén me lo regaló mi hermano mayor y era de la marca Peter Pan. Jamás se lo perdonaré) y mucho menos verte las bragas, bragas que por otra parte sólo eran de color blanco o beige. Las de color negro sólo se las ponían las del oficio. ¿Qué tenemos ahora? Las bragas ya sólo las utilizan las parturientas y las abuelas. Braguitas de todos los colores del arco iris que no sobrepasan el hueso de la cadera en ningún caso salvo en el de los tangas que tienen más tela en la cintura que en la cuerdecilla esa que sigue el sendero del culo y se oculta debajo del mismo como si del Guadiana se tratara. Eso sí, entre el tanga y la cintura del pantalón un buen trecho para que al personal masculino le dé un calentón en clase. Es curioso que el gobierno francés haya prohibido este tipo de exhibiciones en sus aulas con la fama de liberales que han tenido siempre.
Fin del colegio. Llega el verano y todos los días a la playa. Bueno, todos no, porque cuando te bajaba la regla no podías bañarte porque la compresa se te escapaba del bañador y claro, excrementos infantiles (y a veces no tan infantiles) flotando en el agua sí, pero compresas ni muerta de risa. Así que cuatro días metida en casa con la excusa tan recurrente del dolor de tripa y a esperar que la depuradora ésa deje de echar vertidos moscovitas para ir de nuevo con tus amigos. Sin embargo ahora no tenemos esos problemas. Para empezar a ninguna chica le importa nombrar lo innombrable. Tengo la regla, eh, qué pasa tío. Encima con el recochineo de que no tiene necesidad de nombrarla porque con los tampones, compresas con alas, sin alas, adherentes, perfumadas y para tangas ¿para qué se van a quedar en casa muertas del asco?
Y del sexo, ¿qué me dicen del sexo?. Colegio de monjas, sólo chicas. Llega la madre superiora y dice:
- este próximo trimestre vamos a hablar del tema de la reproducción humana.
y todas nosotras locas de contentas con la ingenua esperanza de que por fin nuestras plegarias han sido oídas que para eso vamos a un colegio religioso y encima de pago. Nos miramos cómplices las unas y otras, apretando el culo de la emoción sin que se note demasiado que nos tiemblan las piernas. Entonces la hermana x comienza su discurso: - Dios Padre, la Virgen María y el Espíritu Santo...
¿qué he oído? No, no, deben ser los nervios... SEXO, SEXO, SEXO sí, hermana, ya sabe, lo del mete y saca, lo de los niños, nada del ojo divino, lo del ojino. Joder, esta monja no se entera de nada. No os pongáis histéricas, chicas, que seguro que no hemos oído bien:
- gracias a la intervención del Espíritu Santo, el Arcángel San Gabriel, anunció a María...
y ¿José? ¿Al menos no nos va a hablar de lo mal que lo tuvo que pasar?. Madre, ¿qué es masturbarse? No, mejor no lo pregunto que luego me coge manía.
Me encantan los tangas, las playas nudistas, el sexo y los colores chillones.
Érase una vez un país muy lejano del que nadie sabía su ubicación exacta pero que, sin embargo, todo el que quisiera podía visitar. Era un país muy pequeño gobernado exclusivamente por una dama de la que sólo conocemos su nombre: Vailima. Se dice que países como éste existen muchos, coexistiendo en armonía y todos gobernados según crea conveniente su dueño y señor pero ninguno de ellos podía escapar del poder que ejercía, nadie sabe porqué si y porqué no, el gran soberano de todos ellos, el Impredicible: Azarnet.
Después de que Vailima hubiera sacado a su país prácticamente de la nada, vivía feliz en su pequeño reino, rodeada de gente que iba a pasear por sus tierras cada vez con más asiduidad. Ella se sentía dichosa porque pensaba que por fin tanto trabajo había dado su fruto. Sin embargo, nadie sabe cómo ni porqué, un día de otoño en apariencia como otro cualquiera, ocurrió algo inesperado y que ya se había repetido no hacía mucho tiempo atrás.
Todos los números del país habían desaparecido misteriosamente.
Alarmada y disgustada al mismo tiempo, tomó la determinación de visitar otros reinos como el suyo y ¡cuál no sería su sorpresa al descubrir que a muchos de sus vecinos les había ocurrido lo mismo! De esta forma regresó a su casa y reunió a todos los sabios de la tierra. Tras muchas discusiones, ninguno supo explicarle a Vailima de qué forma habrían podido desaparecen los números, ni la causa de su marcha. De lo que estaban todos seguros de manera unánime era que el ladrón no podía ser otro que Azarnet.
Cansada de tanta conversación, la dama decidió pedir consejo al soberano de un territorio vecino, famoso porque gobernaba sobre la belleza de los números, al que todos llamaban Tio Petros.
-Dime, Tio Petros, -preguntó la dama-, tú que todo lo sabes sobre la magia de los números: ¿qué ha podido ocurrir que han desaparecido de forma tan misteriosa? ¿acaso puede haber sucedido que ellos mismos hayan querido abandonarnos?
A lo que el rey contestó:
-ya conoces, amiga mía, la volátil naturaleza de lo que hemos perdido. De ahí su verdadera belleza. Según de quiénes se acompañen, tornan su carácter. Cuando se enfadan, se dividen; cuando se reúnen en familia, se suman muchos más. Cuando tienen prisa se multiplican; cuando se sienten solos añoran la unidad...
- y ¿qué es lo que ha podido sucederles hoy que nos han abandonado?
-pues, sencillamente, que hoy es viernes y se encontraban tan dichosos que han tendido al infinito. Guarda bien tu reino, querida amiga, el gran Azarnet podrá robarnos mañana el lenguaje y, entonces, ya no nos quedará nada.
pie de foto: dos miembros de la tribu papparazi esperando su turno para recoger documental de TVE de pedida de mano principesca.
He de confesar que he caído en la tentación. Sí, en la real tentación de escribir un post sobre el futuro enlace matrimonial de Felipe y Letizia (con “z” suena a más imperial, como zar) Ortiz. El príncipe y la periodista.
Y es que con tanta información en todos los medios de comunicación, la comidilla a la hora de tomar el café en el trabajo, los hijos que te dicen que la reina va a estar muy buena, en fin, que tengo yo miedo por si al sentarme en el inodoro me sale una voz en off acusándome de mala ciudadana por no haberme dignado a ver el careto de la afortunada. Porque lo mío no es sólo que sea republicana confesa, es que además, enfatizo en lo de anti-monárquica por si alguien tiene dudas con el vocablo.
Para mi vergüenza, he de confesaros otra cosa. Creo que el poder del soberano viene directamente de Dios y que éste, es inmisericorde a la hora de repartir justicia. Os lo explico. Algo tendrán que ver estos dos (rey/dios) porque habiendo nacido yo un día 6 de enero de 19... (no pongo el dato porque no viene al caso), día en que se celebra la Adoración de los Reyes Magos y, en un acto irracional por parte de mis progenitores, habiendo escogido para mi, un nombre como el de Reyes, digo yo, que para haber salido tan, tan, tan anti, pues como que su cabreo tendrán. Cosas del destino.
Y ahora pasando a temas más mundanos. Y no hay nada más mundano que el dinero, poderoso caballero él. ¿Podré, como ciudadana que paga impuestos, elegir el traje de la novia? ¿revisar el menú del convite? ¿podré sugerir la música de la ceremonia? (ah, esto no, que la reina se suele encargar de ello) ¿confeccionar la lista de invitados? ¿decorar el dormitorio donde echarán el primer casquete oficial?
Me dicen que no, que para esas empresas, sólo soy súbdita.
María Bayo cuenta de sí misma una divertida anécdota que le ocurrió sobre el escenario hace ya unos años. No recuerdo el papel que interpretaba en esa ocasión, pero se trataba del papel protagonista. Su atuendo era majestuoso y llevaba un corpiño que permitía que sus pechos permanecieran a flote durante la actuación, tersos e impasibles ante la ley de la gravedad (esa maldita realidad que tarde o temprano se manifiesta tanto en hombres como en mujeres). Cuando ya llevaba un buen rato cantando, sintió que sus pechos ardían, que no podía respirar y el diafragma no le hacía el juego. No es broma, no es el chiste de la teta en la sopa ni nada parecido. El ardor, que era real, le propiciaba unos picores insoportables que pudo velar hasta el final de su actuación. La tintorería a la que normalmente se llevaban los trajes para su limpieza había utilizado unos “polvos” diferentes a los de costumbre para conservar los vestidos y éstos, que no habían sido sacudidos por el personal de atrezzo de forma adecuada, habían producido una alergia de tamaño descomunal en los senos de la artista. La maldición de la Diva: ¿alguna soprano envidiosa tal vez fue la artífice de semejante barbaridad? ¿algún admirador “des-pechado” quiso mostrarle gráficamente la magnitud de su pasión? ¿un fantasma aburrido habitante de la Opera que gustaba de hacer bromas a las primeras figuras?
No señores, no. Los polvos de la tintorería.
No se trataba pues, aunque literariamente nos hubiera complacido más, de una maldición que hubiera recaído en nuestra famosa soprano. Maldiciones han existido siempre, mirad si no las del Antiguo Egipto, ¡pobres de aquellos que intentaran usurpar las tumbas de los faraones, birlándoles sus pertenencias y perturbando su vida en el Más Allá!, o en la Biblia, o en Corán.
Maldiciones las ha habido de todos los tipos y la industria del cine norteamericana ya se ha encargado de darles “glamour”, incluso se dice que han existido y existen estrellas de Hollywood cuyas vidas se han visto truncadas por una maldición. Yo, por mi parte, soy muy de casa. Y aunque no voy a negar que me entusiasman los filmes (¡qué fino queda!) éstos que cuestan una pasta, con escenarios maravillosos y momias de muy buen ver (tanto que siempre reviso si hay gasas en casa por si acaso), a pesar de toda esta escenificación faraónica, me quedo con lo mío, no sé, porque me llega más al corazón. Y para corazón, el de mi madre, que aunque no tiene cintura de avispa y la única jaula que posee es la del canario, tiene una maldición sobrecogedora:
Así engordes un kilo, cada día que te resta de vida
Admitirán que la crueldad del antojo es sublime. Bueno, tanto como aquella que idearon los hermanos Alvarez-Quintero (muy nuestros, por cierto) y que siempre recordaré con infinita ternura (por ser un recuerdo de infancia, no se vayan a pensar...) y que versa así:
Ojalá te hagan almanaque, para que todos los días te arranquen algo
Ni polvos, ni kilos, ni faraones, ni ná. Tempus fugit.
Desde tiempos remotos, el ser humano practica el arte de la seducción en los diferentes ámbitos de su vida. Las mujeres, por ejemplo, utilizamos el maquillaje para seducir, para engañar al macho (y a las hembras de nuestra especie, para qué engañarnos). Baudelaire en su Elogio al maquillaje nos dice que todas las ventajas del individuo son las surgidas del cálculo, del artificio, de la falsificación voluntaria, intelectualizada. Lo natural corrompe.
En la historia del arte se da, igualmente, este mismo fenómeno. En torno a 1588 se acuñó un vocablo para designar aquella técnica pictórica por la que el artista intenta engañar la vista del espectador, de ahí el término trampantojo (trampa ante ojo) mediante el juego del claroscuro y la perspectiva. Los motivos pintados, en lienzos, muros etc, están tan logrados que el observador no lo diferencia de la realidad. Cuentan que un pintor de la antigüedad plasmó de una forma tan real unas uvas en un lienzo que hasta los pájaros acudían a ellas para picotearlas.
El engaño tiene algo que nos atrae. Para el artista que lo realiza no deja de ser un desafío. Nos presenta una realidad disfrazada de otra realidad. La técnica del trampantojo, que aún se conserva en nuestros días, no deja de ser un engaño limpio, sin mancha.
Existe otro tipo de engaño que viene desarrollándose desde que existe el arte y es la práctica de la falsificación. Según he podido leer, incluso los fenicios falsificaban cuencos de plata “egipcios” que luego vendían a los romanos (¡ingenuos, tanto imperio y tanta gaita!). La cuestión de la falsificación no deja de tener un enorme atractivo ya que la figura del artífice del engaño (el falsificador) se nos presenta como un héroe capaz no sólo de darle gato por liebre al millonario de turno sino de dársela con queso al crítico de arte más pintado. Se dice que Corot pintó diez mil cuadros, de los que veinticinco mil se encuentran en los Estados Unidos. Una falsificación no es una copia, más bien podría definirse como aquella obra de arte ejecutada de tal forma que lleve al engaño por considerarla o creerla como una obra de un artista diferente. Es decir, como siempre, lo que importa es la intención. El artista-falsificador tiene que dominar perfectamente no sólo el estilo sino aplicar la misma técnica (de trazo etc.) y los mismos materiales (pigmentos, aceites, etc.) de su “víctima”. Fijáos si han existido buenos ejemplos de este tipo de destreza que uno de los grandes falsificadores de nuestro tiempo, Han van Meegeren, no se cansaba de repetir y publicar hasta la saciedad a los expertos críticos de arte el fraude cometido y todavía éstos no le creían. Verdaderamente, todo un arte.
En este tiempo en el que nos ha tocado vivir coexisten dos tipos de engaño. El primero, como hemos visto, es un arte, una elegante destreza de guante blanco. El otro se produce cada vez con más velocidad y se reproduce cada vez con más intensidad. Esta mañana escuchando la radio, un periodista ha hecho público el carácter altruista y solidario de una de nuestras figuras del fútbol nacional: mister Beckham. En una gala del Real Madrid para recaudar fondos para Cruz Roja, el rubito de oro hace entrega a la mujer del Presidente del Club de la suma de 1,00 € (UN EURO). En efectivo, eso sí, sin mariconadas de cheques que ya sabemos lo que se llevan los bancos en comisiones. Este señor, es una falsificación, un engaño pero en el sentido más fraudulento del término. No es un imitador de un ser humano, es una mierda. Por si el señor de las coletitas y el pendiente carece de conocimientos sobre los poetas que ha dado la tierra en la que evacua sus desperdicios actualmente, ahí va un regalo de esta que suscribe, para que lo recuerde todas las mañanas al levantarse:
Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, qu'es el morir; allí van los señoríos derechos a se acabar e consumir; allí los ríos caudales, allí los otros medianos e más chicos, allegados, son iguales los que viven por sus manos e los ricos.
Recuerdo, hace ya muchos años que, tras la salida del colegio a las cinco de la tarde, volvía a casa y allí encontraba a mi madre cosiendo en la cocina y oyendo el programa radiofónico de Elena Francis. Entonces ella me preparaba la merienda mientras yo me lavaba las manos y me quitaba los zapatos. La merienda consistía en un bocadillo (con pan de la tarde) de chorizo de Pamplona o mortadela. A veces, incluso, de la mismísima Nocilla que me sabía a gloria bendita. Me comía el bocadillo partiéndoseme el moco con la historia de personas cuya vida transcurría en desgracia en desgracia, a las que yo no conocía pero de las que, gracias a la Sra. Francis, me sentía muy cercana. Terminado el bocadillo hacía los deberes y bajaba a jugar al barrio con mis amigos: el escondite, la comba, la goma, a vivos y muertos, a mamás (a papás no porque los niños no se prestaban a ello) y otros más de los que no me acuerdo. Una vez que iba anocheciendo subía a casa, me ponía el pijama y a cenar. La dieta alimenticia de esos años consistía en general, de estofados de carne a los que yo añadía kilos de mantequilla para aplastar las patatas y hacer un puré con ellas desterrando la carne porque no podía soportar que no estuviera frita. También mi madre me martirizaba con alubias, garbanzos y lentejas seguidos de una guarnición repugnante de chorizo, morcilla, tocino y carne, que me comía en silencio, como si de una penitencia se tratara por mi condición de infante. Era terrible, aunque lo peor eran los desayunos: un gran vaso de leche con cola cao que me revolvía el estómago como bajo el efecto de una gran montaña rusa. Todavía no entiendo por qué mi madre me decía que no iba a crecer si no tomaba leche puesto que desde que yo recuerdo, he medido 1,70 cm. Cosas de madres... En cuanto a la bebida, agua, agüita rica y para de contar. La coca-cola para los americanos, en todo caso, un poquito de vino con gaseosa que lo demás era tirar el dinero. Mens sana in corpore sano.
Telón de fondo: aparece en escena una nueva madre: yo. Han transcurrido un carro de años. Personajes principales: dos niños, una niñera. Personajes secundarios: una madre Descripción de la escena:
La niña de los bocadillos de mortadela ahora tiene dos hijos. Cuando son las cuatro y media de la tarde, una maravillosa mujer descendiente directa de Mary Poppins espera a la puerta del colegio que los niños salgan (el colegio está lejos de casa) porque la madre de las criaturitas trabaja ocho horas al día en una oficina. La merienda consiste en un pequeño bocadillo “a lo tradicional” y bollería plastificada que debe contener, sine qua non, un cromo de futbol, una pegatina de las tres mellizas o una chapa de no sé qué personaje infantil japonés. Los niños tienen que jugar en el barrio bajo la atenta mirada de la nodriza. No saben qué es el escondite, pero utilizan unas máquinas parecidas a un ordenador en miniatura que cuestan una pasta y son capaces de saberse de memoria las veinticinco mil evoluciones de un bicho (también japonés) que ataca a sus semejantes de mil formas diferentes. Todos viven en Pueblo Paleta (¡hay que joderse con el nombrecito del pueblo!). Los niños ya no juegan a mamás y a papás porque en casa tienen un tamagotxi que además se les muere constantemente... Los niños no juegan en la calle todos los días porque tienen otras cosas que hacer ya que deseamos que nuestros hijos hagan lo que nosotros no pudimos hacer: se llaman actividades extraescolares
La dieta alimenticia varía de la secuencia anterior. Ahora aunque la madre quiere imponerse, se come hamburguesas, pizzas todo bien embadurnado de un tomate con nombre de personaje operístico. Pero no creáis, no sólo ha cambiado el mundo de los niños sino también el de los adultos porque estamos es un estado de bienestar. Imagináos qué bien me siento, cuando después de haber llevado a los niños al cole, haber pasado toda la mañana en la oficina, vuelta a casa y recoger lo que no te ha dado tiempo, volver a la oficina por la tarde, llegar a casa y revisar si han hecho los deberes, hacer la cena, el baño de los niños, poner la mesa, quitar la mesa y fregar, acostar a los niños... me baja la regla y veo en televisión un anuncio idílico de compresas con alas en las que más o menos te dicen que en esos días del periodo si no sabes a qué huelen las nubes eres una gilipollas. A mí a esas horas todo me huele a cama y colchón.
Pero el estado de bienestar, que vela por nosotros, también es consciente de que la mujer de hoy, liberal y trabajadora, necesita una ayuda. Por eso ¿para qué seguir fregando los platos con el jabón tradicional si ahora Fairy te proporciona una fórmula denso-activa que no estropea tus manos? Si además la grasa se te resiste ¿por qué le vas a dar al estropajo cuando puedes emplear el detergente x con desincrustol-D? Y no digamos cuando tienes que fregar el suelo de la cocina, con Ajax pino con dicloroxilenol brilla como la patena. Como veís, el asunto de la limpieza es fundamental en nuestros días, antes nos bañábamos una vez a la semana, el domingo, por supuesto, ahora los niños se duchan todos los días. Por eso hay que tener mucha higiene en el cuarto de baño. Con gel pato activo puedes comer en el inodoro de lo bien que queda...
Si después de todo, te queda un ratito libre, puedes tomarte un vaso de leche con omega-3 o un yogurt líquido con L-Casei immunitas y bífidus activo mientras decides si te pones un tampax con aplicador autoajustable o una compresa megaultrasuper con alas que te vale para el tanga.
En fin, resumiendo, ¿mens sana: in corpore sano o in corpore in sepulto?
Quattrocento florentino. Botticelli recibe el encargo de pintar la Primavera para su joven mecenas Lorenzo de Pierfrancesco di Medici. Laurentius minor, como se le llamaba para distinguirlo de su poderoso pariente, contaba con catorce o quince años cuando su tutor, Marsilio Ficino, se vió en la obligación de encargar al pintor una alegoría de carácter moral bajo la apariencia de la mitología clásica que provocara que su pupilo abriera los ojos al concepto de Humanitas renacentista.
Este principio moral, pedagógico estaba representado por la figura de Venus, pues la misma Humanitas “es una ninfa de gentileza excelente (...). Su alma y su mente son el Amor y la Caridad, sus ojos la Dignidad y la Magnanimidad, las manos Liberalidad y Magnificencia, los pies Gentileza y Modestia. El conjunto es, por tanto, Templanza y Rectitud, Encanto y Esplendor”.
Ficino no se cansa de ensalzar la nobleza de la vista y la sublimidad de la belleza visual, ya que nada más fácil para un muchacho como su discípulo que no hacer esfuerzo intelectual alguno ya que el mensaje “le entraba por el ojo”. En este punto, Lorentius minor no se diferencia tanto de mi hijo de diez años, ni siquiera el mensaje de Ficino se desvía del mío como madre a pesar del momento histórico. El joven florentino tenía a su disposición tutores y medios; mi hijo tiene unos padres con estudios superiores, profesores y medios con los que el mecenas no hubiera soñado jamás. Sin embargo y, muy a mi pesar, a mi Ignatius le faltan ganas.
Y me diréis a qué viene todo este rollo de Lorenzo, Ficino y de la Humanitas. Pues viene a cuento porque mi hijo me formuló no hace mucho tiempo la siguiente pregunta:
- “mamá, ¿por qué tienen que existir los libros?”
¿Os imagináis al bueno de Botticelli pintando una game cube de donde surgen tres pockemon de la mano intentando capturar en su pockeball a Simonetta Vespucci?
Ya es sabido por todos la disputa que enfrenta a los hombres de ciencias y a los de letras. Nadie, y digo nadie, se libra de ella aunque crea en su foro interno tener esta cuestión superada. Quizás unos sean más hábiles que otros a la hora de ocultar este aspecto ante un tercero, pero siempre nos queda un resquicio de orgullo prepotente cuando pertenecemos a uno u otro “mundo”.
La lid que nos ocupa se muestra más cruel cuando aquel o aquella con la que compartes tu vida es del bando contrario al tuyo. Ese es mi caso. Mi marido es licenciado en ciencias matemáticas (que no matemático, como él recalca) y yo soy licenciada en filosofía (que no filósofa, como desearía). El tiene su blog , magnífico por cierto, y yo tengo el mío (ésta, vuestra casa). Cuando hoy estábamos recogiendo los platos de la mesa después de comer, le he comentado que el título de uno de los temas del blog, a saber, la torre de Segismundo , respondía a una cuestión muy simple. Si de algo disponía el desdichado recluido en su torre era de tiempo para pensar y en ese tema iba a colocar los artículos que para mí fueran una invitación a ello. Tras un silencio aterrador, una carcajada ensordecedora:
-cómo sois los de letras, yo tengo el mismo tema en mi blog y se titula “para pensar” .A secas.