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HISTORIA DE UN ROTO Y UN DESCOSIDO

HISTORIA DE UN ROTO Y UN DESCOSIDO Cuenta el dicho popular que siempre hay un roto para un descosido, y cuanto mayor es uno más grande se hace el otro. Este fenómeno tiene en el insulto uno de sus más claros exponentes.
En ocasiones el insulto posee la espontaneidad del estornudo y comparte con éste su carácter de irremediable. Existe el insulto en soledad, el autoinsulto, ése que nos dirigimos a nosotros mismos cuando hemos metido la pata, pero este tipo tiene una peculiar característica que lo diferencia del resto, a saber, su falta de violencia. ¿quién no se ha autoinsultado alguna vez? ¿quién no se ha dicho en alguna ocasión el famoso “seré gilipollas...” con esa cadencia final que te trae la paz y te amortigua el resentimiento para contigo mismo? Porque el autoinsulto tiene un efecto apaciguador que te impide autopropinarte una bofetada.
Sin embargo, el insulto por antonomasia, conlleva en su naturaleza un alto grado de violencia. Mi querida España, como diría la cantante, ha sido y es un país puntero en lo que a insultos se refiere. Como dato curioso he encontrado una página web que dedica uno de sus apartados al insulto para extranjeros
En el Siglo de Oro patrio, nos encontramos insultos como bellaco y malandrín que se resolvían elegantemente con un cruce de espadas. Incluso uno de nuestros grandes poetas dedicaba un magnífico soneto a la nariz de su enemigo en el arte de la pluma. Lo transcribo a continuación para deleite del lector:

Érase un hombre a una nariz pegado,
Érase una nariz superlativa,
Érase una alquitara medio viva,
Érase un peje espada mal barbado;

Era un reloj de sol mal encarado.
Érase un elefante boca arriba,
Érase una nariz sayón y escriba,
Un Ovidio Nasón mal narigado.

Érase el espolón de una galera,
Érase una pirámide de Egito,
Los doce tribus de narices era;

Érase un naricisimo infinito,
Frisón archinariz, caratulera,
Sabañón garrafal morado y frito.


Desgraciadamente con el transcurso de los siglos, el insulto ha perdido la musicalidad y el savoir faire de antaño. Ahora los tenemos del tipo gilipollas/cabrón junto con otros y su carácter multiuso hace que valgan tanto para un roto como para un descosido y la fuerza e intensidad con la que se pronuncian van acompañados de un deseo irrefrenable de hostiar al contrario. Cuanto más mamón es uno más maricón es el otro y, qué decir tiene cuando le recuerdan a uno la supuesta profesión de la persona que lo trajo al mundo.
Al contrario que lo que ocurre con su propia esencia, con el devenir del tiempo nos hemos vuelto más sofisticados a la hora de buscar el soporte donde reproducir el insulto: ahora hacemos pintadas en las paredes de los edificios de nuestra ciudad. Con dicho soporte cubrimos dos tipos de necesidades: una, la del propio insulto/pintada y, otra, la que soterradamente le propinamos al propietario del edificio, que es, a saber, “jódete cabrón y limpia mi mierda”. Pues bien, dentro de toda la vulgaridad que se ha apoderado de la figura que estamos tratando, encontré no hace mucho tiempo, uno que me llamó poderosamente la atención por su contundencia y solemnidad. Huérfano de hermanos en una pared blanca en mitad de la nada, aparecía inmisericorde lo siguiente:

BUSH
TONTO


¡qué placer!

3 comentarios

keketo -

i love you

vailima -

Gracias mankel por tu información. Ignoraba por completo el dato.Está visto que el hombre actual no es tan original como piensa.
Un saludo

mankel -

No creo que insultar, auneque sea a Bush sirva para algo. Y si eso nos alivia... Por otro lado el pintar paredes con insultos, eslóganes etc. no es tan nuevo como pueda parecer. En las paredes de Pompeya quedan aun pintadas reclamando el voto a los electores así como comentarios jocosos en el lupanar con una antigüedad cercana a los 2000 años