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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2005.
29/08/2005
EL PÓRTICO DE LA MISMÍSIMA GLORIA Se acaban las vacaciones sin remedio y a pesar de nuestra voluntad. Como les decía en mi último post (allá por el mes de junio como me ha recordado Palimp) el románico iba a convertirse, una vez más, en nuestro objetivo vacacional. En lugar de chiringuito y crema solar, edificios en piedra y prismáticos para contemplar canecillos insólitos, capiteles historiados y otra suerte de elementos arquitectónicos que ratificaran de nuevo nuestra pasión por él. Marta y Alberto nos ofrecieron su amistad, su casa y sus conocimientos en los cuatro días que Tio Petros y yo disfrutamos en Santiago de Compostela. Era mi primer encuentro con la ciudad y aunque me la imaginaba sombría y húmeda, los cuarenta mil grados de este mes de julio no me robaron ni un ápice de belleza cuando la catedral se me presentó majestuosa y humilde –combinación casi imposible-, ante mis ojos. Es imposible encontrar igualmente en todo el período que abarca el Románico imágenes como la que se nos presenta, a manos del Maestro Mateo, en el Pórtico de la Gloria de la catedral de Santiago. Me refiero al sonriente y amable profeta Daniel. Su aspecto risueño y hasta cierto punto malicioso nos hace sospechar que, lejos de compartir una actitud hierática y solemne como los personajes que le rodean, algo divertido, interesante y extraño está pasando por su mente desde el momento que fue esculpido en la piedra. Nada a su alrededor hace sospechar el asunto en cuestión, esa desmesura incontenida con la que provoca al visitante; esa incontenible desvergüenza con la que ha decidio permanecer tantos siglos. Por experiencia propia sé que cuando Tio Petros sonríe de esa manera, en público, impúdico (y es un experto creando este tipo de situaciones), la intriga está asegurada y, sobre todo, cerca. Así que haciendo alarde de mis conocimientos (que para eso una ha visto en varias ocasiones “El silencio de los corderos”) dirigí mi mirada hacia los ojos del profeta para capturarla y que fuera ella quien me diera la respuesta que yo estaba buscando. Y así fue; así pasó. El muy ladino me condujo frente a sí, sin mirarme, casi ignorándome para mostrarme una resplandeciente Reina de Saba exhibiendo sin recato sus dos poderíos esféricos como cualquier mujer, reina y de Saba hubiera hecho. “El Pórtico de la Gloria”, sí señor: ¡qué buen nombre para un buen Daniel! Pero una maldición calló sobre la obra del Master Mateo cuando tiempo atrás algún alma desalmada ordenó limar los senos de la reina para vaciarlos de exhuberancia y reducir la piedra seductora a los ojos del profeta hasta una talla 80. Desde entonces sigue sonriendo el risueño Daniel: por lo que vió, por lo que otros no vieron, por lo que nosotros no veremos jamás.
30/08/2005
EL COFRECILLO ROJO (1) ”Trabajando con la boca y con la mano, el charlatán saca dientes y dinero”Venecia, siglo XVIII. Es carnaval, aunque hacer esta afirmación es como no decir nada respecto a un tiempo concreto. El carnaval dura casi cuatro meses y durante este período, los venecianos viven ilusiones y glorias ya perdidas. El casino está abierto, las compañías de teatro representan sus obras y toda la gente lleva máscara o se disfraza, las calles se inundan de forasteros, feriantes, comerciantes, músicos y médicos ambulantes. La Serenísima necesita llenar sus arcas y, propios y extraños pasan desapercibidos unos bajo falsas personalidades de polichinelas con sus trajes blancos y sombreros altos o de turcos (los antiguos enemigos de los venecianos) o de dominós con sus capas negras, máscaras blancas y sombreros de tres picos y, otros con las apreciadas máscaras de feo vendedor de rosquillas... Hacia 1754 Giandomenico Tiépolo pinta El charlatán o El sacamuelas como se le conoce también. El lienzo captura una de tantas situaciones que se viven en esa Venecia de carnaval en la que medicuchos, curanderos y charlatanes ambulantes hacen su agosto. El pintor conoce, casi con toda seguridad, a Giuseppe Colombani, personaje que bajo las arcadas de la plaza de San Marcos (exactamente en la tercera columna), dedicó 24 años de su vida a arrancar muelas a doloridos individuos. Giuseppe, a diferencia de otros muchos que huían despavoridos antes de que les alcanzase la cólera de sus clientes, era un especialista y, además, honrado. Los sacamuelas trabajan sentados por encima del cliente y, como supondrán, no utilizan anestésicos. Si uno quiere hacerse una leve idea de lo que debe sentir el paciente, basta con que se fijen en el lienzo: Tiépolo lo representa con el brazo derecho levantado en un gesto de dolor. Sacar muelas se considera el trabajo más indigno de un médico al igual que intervenir quirúrgicamente: sólo les diré que dentistas, cirujanos y barberos pertenecen al mismo gremio; un gremio donde sus miembros no saben latín y no han pisado universidad alguna. ¿Cómo aprenden, pues, el oficio? Observando las operaciones de otro que, por otra parte, tampoco tienen tanto misterio: se golpea el diente y se afloja con un pelícano o con un extractor dental. Seguido se arranca la pieza con unas tenazas o pinzas y es entonces cuando el paciente se enjuaga la boca con agua templada o, a veces si hay suerte, con un poco de alcohol. En fin, que creo que me estoy mareando. Mejor continúo mañana con la extracción...y con el post. Hasta mañana, amigos.
31/08/2005
EL COFRECILLO ROJO (2)El paciente que retrata Tiépolo, si logra superar la extracción, seguro que muere por la infección. Así es este oficio: sangriento y brutal por lo que como ustedes podrán imaginar, uno no recurre a ello salvo cuando el dolor es tan insoportable que apenas puede pararse a pensar en el sufrimiento de la intervención. De esta guisa debe encontrarse la mujer que está frente al paciente y se aprieta la mejilla con un pañuelo. Cuando alguien no se siente con las fuerzas suficientes como para afrontar tal trance o, simplemente el dolor no ha llegado todavía a ese estadio de locura, el sacamuelas ofrece toda una serie de medicamentos para superar el dolor: raíces, polvos (en el sentido literal, claro), preparados de ojo de cangrejo, nácar, conchas e incluso cuernos de ciervo a los que se añaden gotas de canela o aceite de tronco de rosal para camuflar el hedor de las pócimas.
Si consideran que llegados hasta este punto del post la repugnancia ha conseguido su cota más alta, todavía debo de informarles sobre una pequeña cuestión contra la que la mayoría de los médicos ponían todo su empeño: los gusanos. Los gusanos se comen los dientes y hay que fumigarlos. No, no es coña ni me quiero quedar con el personal. Contra el gusano dental, un tratamiento radical: sangrías y lavativas ya que el origen de la enfermedad no es otro que el desequilibrio de los fluidos corporales, pudiéndose corregir sacando sangre y acelerando la digestión. Y ¿cómo detectan estos hombres que existe un desequilibrio en mis fluidos corporales? se preguntarán ustedes. Pues más o menos como en la actualidad, es decir, a través de la orina que se “analiza” (¿la probarán?) en un recipiente abombado de cristal (más o menos como un orinal) que Tiépolo tiene la amabilidad de mostrarnos en el lienzo. Todo un mundo este de la odontología dieciochesca. Como dato curioso les diré que los progresos de esta rama de la medicina no se dieron ni en las universidades ni en las ferias, sino precisamente en aquellas ciudades imperiales como Londres, París o Viena donde había un rey que sufría dolor de muelas (incluso se sacaban dientes sanos a los pobres para implantárselos a los ricos, ajjjjjj, ¡hombres sin escrúpulos!). Amigos, hoy como ayer, y sintiéndolo mucho, ha llegado el momento en que entre infecciones, gusanos y lavativas, mi estómago ha dicho “hasta aquí hemos llegado”. No les digo adiós, sólo hasta mañana.
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