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Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2005.
“Los gatos se rozan con mis piernas y se sienten tigres hasta el sexo. Los pájaros sonoros se callan cuando paso, y las altas rosas me rozan el rostro porque tengo el privilegio de los caminos”. Fernando Pessoa: El privilegio de los caminos FRANZ VON STUCK Salomé estaba buena, muy buena. Bailaba como ninguna otra la danza de los siete velos babilónica, dejándolos caer uno a uno en voluptuosos giros seductores. ¿Quién es capaz de resistirse a los encantos de una hermosa mujer, bien formada y experimentada bailarina? La pregunta tiene nombre: Juan el Bautista. El hombre que una y otra vez la rechazó y que además, ¡oh atrevimiento!, osaba recordarle su vida pecaminosa. ¡Qué mal hiciste, Juan! ¡Cómo se nota que conocías poco a las mujeres! ¡Se te subió el agua bendita a la cabeza y la perdiste precisamente por una de ellas! Y es que si hay algo peor que una mala mujer es una mala mujer con madre incorporada. Hasta aquí, chapeau por la Salomé , pero dejarse embaucar de tal forma por su madre… no sé, me confirma la sospecha (casi teoría) de que su voluptuosidad nacía del cuello para abajo. Salomé, en resumidas cuentas, no deja de ser la buenorra que más que artífice es víctima de una venganza: del complot de una madre (Herodiades a más señas) deseosa de librarse de los reproches que, la voz de una conciencia llamada Juan el Bautista, no le dejaba vivir en paz (entiéndase “paz” como sinónimo de “con su cuñado”). Por último, repasen ustedes esta historia bíblica de pasiones e intrigas, que tantos y tantos artistas de todos los géneros han tocado con su arte y díganme, en este año del Señor de 2005, si esto del amor de Salomé por su madre no tenía algo de incestuoso, como incestuoso era el amor de Herodes por la mujer de su hermano y al mismo tiempo por su hija adoptiva…, sí, díganme, ¿esto no es un culebrón ? Y hablando de culebrones, ¿No les parece magistral el papel de la actriz que interpreta a la bella Salomé en la imagen que les dejo a continuación? Como hoy es viernes, un post refrescante para terminar la semana con buen ojo. Les presento una curiosidad en arte. Nada más y nada menos que una preciosidad del siglo XVI, de un artista, por lo menos, ingenioso. Se trata de un óleo titulado Autorretrato con espejo convexo y es obra de Parmigianino. ¿Dónde está lo sorprendente? pues que el muchacho se autorretrata a través de un espejo convexo como su propio título indica. Aquí les dejo la imagen. Sin duda, les gustará o no dependiendo del cristal con que lo miren. Pasen un buen güiquen, que la semana próxima es especialmente festiva. Simpática la anciana. Pero ¿cómo?, ¿en qué estará pensando la muy ladina? Cuenten, hagan números, los ojos nos dicen una cosa y el arte otra. Mañana Tio Petros y una servidora van a pasar el puente a Valladolid. Esperamos pasarlo bien, esperamos que ustedes lo pasen bien. Hasta la vuelta. En casa de la alcahueta, nos muestra la venalidad del amor. La mujer de mejillas sonrojadas por el vino, está abriendo la mano para recoger las monedas del pago por los servicios prestados al caballero con sombrero de plumas y jubón rojo bermellón. Tras él, la alcahueta vestida de negro sigue con atención el desenlace de su intermediación. “Va por buen camino…” pensará la anciana, y si no, fíjense en la mano izquierda del caballero que paga. Sin duda alguna, el vino ha hecho que se le caiga la mano… y esperemos, por el bien de la empresa, que no se le caigan miembros más imprescindibles en estos lances. Nunca se sabe… Observen la forma en que Vermeer trata la composición del lienzo: pocos objetos, ninguna figura más. Sólo la mujer aislada de cualquier actividad y silencio, mucho silencio. Si bien podríamos imaginar que la mujer se encuentra melancólica o pensativa, la copa que tiene ante sí nos aclara este punto. El tema de la acedia se explicaba en la teología de la Edad Media como uno de los vicios del ser humano, considerándolo, incluso, como pecado mortal. Las autoridades eclesiásticas, en esa época, promulgaban un principio ético de trabajo estricto y de alguna forma ascético, con normas que también se proyectaban al trabajo casero. La violación de estas normas por las amas de casa como la de nuestra obra, era considerada un pecado contra la ley divina. La acedia era una de las consecuencias de la embriaguez. El sueño, consecuencia de –y permítanme la expresión- levantar el codo, provocaba el descuido de los deberes y el orden “divino” de la casa se encuentra fuera de control. De nuestra ama y señora de Vermeer, sabemos algo más. Celebrando un sueño reparador fruto del vino de la jarra colocada en primer término, el ama de casa guarda un secreto: un secreto de amor extramatrimonial. El cuadro que cuelga de la pared, aunque difícilmente reconocible por la sombra, hace de clavis interpretando, ofreciéndonos un indicio del contexto erótico. Vermeer pinta (el cuadro dentro del cuadro ¿les suena?) un lienzo de Cesar van Everdingen que representa un angelote o un Eros en miniatura con una máscara, símbolo de la simulación. La consigna se remonta a otro emblema de Otto van Veen que decía así: “El amor requiere rectitud”. Otro elemento que apunta al carácter erótico del cuadro es la bandeja de frutas a modo de naturaleza muerta (las frutas del mal) y el huevo que aparece junta a ella, envuelto entre telas, símbolo de que hay que frenar la líbido. Sin duda, el artista conocía estas claves gracias a la literatura antigua, claves citadas por literatos de su época con fines pedagógicos. Entre ellas se citaba un antiguo refrán que, amigas, no tiene desperdicio: Hasta mañana. Si en el post de ayer abandonábamos a una joven dama en los brazos de un delicioso sueño, en la obra que hoy quiero mostrarles la muchacha, aún despierta, es seducida mediante el vino. En El soldado y la muchacha sonriendo, Vermeer retoma la temática de La joven durmiendo . Así como en esta última obra la situación aparece aislada de cualquier contexto narrativo, en El soldado y la muchacha sonriendo, el artista representa sin escrúpulos el proceso de la seducción gracias al vino. Un caballero con sombrero de ala ancha se encuentra sentado ofreciéndonos su espalda y una parte de su rostro aparece oscurecida por la sombra. La mano derecha, apoyada en su cadera, sueña seguro con posarse en otro lugar propiedad de la joven. No nos precipitemos, todavía está conversando con una muchacha que le sonríe con la luz que la pañoleta blanca confiere a su rostro. El tamaño del caballero comparado con el de la muchacha, otorga al galán un punto de dominio: Su poder acaba de servirlo en la copa que la dama sostiene en sus manos. Las sombras proyectadas en uno y la luz de la ventana y el pañuelo sobre la cabeza de ella nos hablan de las intenciones del caballero: el poder de uno; la pureza y la ingenuidad de la otra. Pero dejémosles solos, nuestra cercanía puede perturbarles… Si me lo permiten, acompáñenme a otra estancia contigua de la casa. Esta vez guardaremos una distancia respetable y contemplaremos una situación más explícita si cabe de la seducción mediante el vino. En La muchacha con el vaso de vino o La dama con dos caballeros presenciamos una escena similar a la que Vermeer nos describía en En casa de la alcahueta con la diferencia de que en esta ocasión, la persona que presta los servicios de alcahuetería es el caballero sentado al fondo. La situación representada no difiere mucho de lo que hemos visto hasta ahora, pero se dan varios detalles que hacen de este lienzo algo especial. Lo primero, advertir que, aunque a distancia (los personajes no aparecen recortados en la composición), nos encontramos –nosotros, los espectadores- en la misma estancia que los representados y, como testigos de la historia que se narra, la joven nos mira, sonriendo, mientras que con su mano derecha sujeta la copa de fino cristal y sus oídos seguro se deleitan con las palabras que le susurra el caballero. ¿Por qué nos mira?, ¿acaso espera nuestro beneplácito? El segundo detalle y que puede pasarnos desapercibido, es la presencia de otro personaje más en la sala. Quizás la muchacha tampoco se haya percatado de ella, quizás la muchacha nos sonría porque sepa que está ahí presenciándolo todo. La figura a la que me refiero es la representada en el cuadro colgado en la pared solitaria: el marido. Ausente en la realidad pero presente y admonitorio en el cuadro. ¿Será casualidad que su mirada se dirija a la joven dama? Fíjense bien y hagan sus conjeturas. Les espero mañana. Hoy finalizamos con la serie de post dedicados al vino en la obra de Vermeer. La obra que hoy vamos a contemplar se titula Caballero y dama tomando vino y observen cómo el artista nos obliga, como testigos mudos de nuevo, a alejarnos aún más de la escena representada de tal forma que las figuras que la componen no advierten nuestra presencia. Dejémoslo estar… La distancia a la que hago referencia arriba nos permite contemplar en esta ocasión el suelo de la estancia. Se trata de un embaldosado que forma un tablero de ajedrez tan famoso en la obra de Pieter de Hooch que sin duda el pintor de Delft se inspiró en ellos cuando ideó la obra de hoy (les dejo cuatro ejemplos para que puedan comprobarlo: uno , dos , tres y cuatro ). En el lienzo de hoy, es el caballero quien sirve vino a la mujer para que ésta, y permítanme ser mal pensada, relaje su resistencia. Su mano sostiene el asa de la jarra, de una jarra de porcelana que es leitmotiv en tantas otras obras de Vermeer como En casa de la alcahueta, Joven durmiendo, La clase de música (Caballero y dama tocando el virginal), La muchacha con el vaso de vino (La dama con dos caballeros) o La clase de música interrumpida . En la escena que hoy contemplamos, la jarra se sitúa en el centro del cuadro (hagan dos ejes imaginarios y compruébenlo) y es imposible ignorarla. El caballero contempla a la joven dama que ya se ha llevado a la boca la fina copa de cristal que cubre su rostro a modo de máscara. Por los objetos que se encuentran en la sala podemos deducir que está a punto de comenzar una deliciosa velada musical. El laúd sobre la silla y las partituras sobre la mesa nos dan fe de ello. La penumbra parece adueñarse de la habitación gracias a una contraventana cerrada situada al fondo a la izquierda. Aunque este detalle pueda parecernos de escaso interés, todo en Vermeer tiene un sentido y contiene una clave que debemos descifrar. En La tasadora de perlas el artista confiere al cuadro la misma intensidad de luz utilizando idéntico recurso. Parece ser (ya saben que esto no es ciencia como mi querido Tio Petros quisiera), que con él se alude al Libro de los Proverbios 4,19 en el que se dice que el camino de los impíos es tenebroso. Es decir, aquí está ocurriendo algo que ha de ocultarse a la luz del día. Esta explicación también tiene su base en el Universal Lexikon de Zedler, donde se asocia la oscuridad de una habitación con la infidelidad conyugal basándose a su vez en Job 24,15 : “El ojo del adúltero el crepúsculo espía: ningún ojo –dice- me divisa” Si ahora dirigimos nuestra discreta mirada y recuerden, silenciosa, hasta el foco de luz de la estancia, es decir, la ventana, en ella, semiabierta (tal y como la joven dama debe de empezar a estar), podemos ver un cudrilóbulo que alberga un contenido moral bastante especial. Además de la figura del escudo de Jannet-je Vogel, fallecida en 1611, primera esposa de Moses J. Nederveen, vecino éste de Vermeer, encontramos un motivo simbólico que se remonta a una ilustración del libro de emblemas de Gabriel Rollenhagen de 1611 titulado Nucleus Emblematum donde se representa a la templanza con sus dos atributos: la escuadra como símbolo del recto obrar y la brida, símbolo del control de los afectos. Si además de estas claves, atamos cabos escénicos, podemos observar cómo la ventana se encuentra exactamente en el eje visual de la muchacha, sin duda, a modo de prevención y de guía del camino que debe seguir. Podríamos hablar más extensamente de los tipos de bebidas o “filtros de amor”, incluso del poder de la música imprescindible en estos lances amorosos, pero descansemos, y dejémoslos para otros post, cuando la Musa duerma, ahora, amigos, a disfrutar, y por supuesto, a beber. Como comprenderán, una vez que las fieras diminutas, es decir, mis hijos, comiencen el período vacacional, mi ritmo de posteo bajará hasta cotas insospechadas pues la infancia de la que soy responsable tiene la virtud de transformar todo mi tiempo en un agujero negro, incluso –y no me malinterpreten- en un himen inmenso (parafraseando a algún poeta al que admiro) que todo lo traga: hasta la vida de este blog. Así pues, hasta que me dejen. Un abrazo. Hoy, veintinueve de diciembre, voy a conocer a Palimp . |