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Vailima

EL MUSEO DE MIS SUEÑOS INFANTILES (PARIS IV)

 

Siendo yo un niño de unos diez años, pedí a mi padre un libro de dinosaurios para mi cumpleaños. Y mi padre hizo lo que hubiera hecho cualquier padre: comprar un libro de dinosaurios adecuado a la edad de su hijo. Estamos hablando de principios de la década de los años setenta, y por aquel entonces el número de libros de tal tema y para tal público era exiguo.

El caso es que sufrí una enorme decepción, y le expliqué a mi progenitor que lo que yo quería era un libro de dinosaurios "de verdad", para mayores. Así pues, una tarde de sábado nos dirigimos los dos a la Librería Internacional de la calle Churruca de San Sebastián a devolver el libro y buscar otro. Sería la primera de una larga tanda de paseos a dicha librería -hoy desaparecida- en tardes de sábado invernales.

El caso es que el libro escogido fue "Introducción a la paleontología", de Björn Kurten, Para que no cupiera ninguna duda sobre el contenido principal del libro, el subtítulo  era "El mundo de los dinosaurios". A pesar de ello, no se limitaba a los grandes reptiles, sino que esbozaba correctamente una visión de la vida en la tierra desde los inicios precámbricos hasta la actualidad. Aquello era otra cosa. Mientras algunos de mis compañeros de clase sabían recitar las alineaciones de una docena de equipos de fútbol, yo sabía, y aún sé perfectamente recitar la lista de periodos geológicos como si de la lista de los reyes godos se tratara, aunque aprendida con sumo placer: holóceno, pleistoceno, plioceno, mioceno, oligóceno,eóceno, paleoceno, cretáceo, jurásico, triásico, pérmico, carbonífero, devónico, silúrico, ordovícico, cámbrico y precámbrico.

En breve, el libro estaba leído, releído, memorizado, subrayado...y deshojado, porque la encuadernación no era a prueba de tal nivel de pasión bibliófila. Para mi horror, contemplaba que cual árbol caducifolio pasado el verano, una a una las hojas de mi querido libro iban separándose del lomo.

Otra vez mi padre vino en mi auxilio: llevó la Introducción a la Paleontología a su taller mecánico, con un taladro hizo catorce agujeros muy cerca del lomo y con un hilo fuerte recosió la totalidad del libro. Así lo conservo hoy en día; así lo tengo frente a mí en estos momentos.

Una de las palabras más bonitas de mi infancia y adolescencia es la palabra fósil. Saber que una determinada concha marina que puedo tener entre mis manos tiene trescientos millones de años me sigue produciendo una sensación  comparable a la sensación de Vailima al estar ante la estela de Naram-Sin. Aún hoy en día me apasiona todo lo relacionado con la zoología, con la evolución, la botánica, las ciencias naturales en general; y los grabados decimonónicos de los naturalistas franceses, alemanes e ingleses en particular como el de Haeckel que encabeza este post. Sexo aparte, me es difícil imaginar cosa más bonita.

Les cuento esto para que comprendan que para mí hacer una visita con Vailima al Museo Nacional de Historia Natural de París no era hacer una excursión más. Sólo imaginar lo que me hubiera supuesto esta visita siendo yo un adolescente se me sube el corazón a la boca. Se trata de un museo decimonónico en toda la extensión de la palabra. Tanto es así, que a la entrada del pabellón de anatomía comparada, que es la visita que les relato, un cartel explica al visitante que las concepciones modernas de la evolución de la vida distan bastante de las presentadas en el museo, pero que se ha querido preservar tal y como se concibió, cuando se hacía un hincapié excesivo en la lucha por la supervivencia con garras y dientes, sin menciones a tareas colaborativas o comportamientos altruístas.  Hoy la selección natural, motor de la evolución,  se contempla como incremento diferencial de descendencia en virtud de características génicas, sin tanta relación con la lucha "con garras y dientes".

La entrada al museo es apoteósica: reciben al visitante cientos de esqueletos de mamíferos diferentes, alineados en una especie de estampida congelada en el tiempo:

La primera planta está dedicada a la paleontología de vertebrados, y es la que me hubiera vuelto loco de placer. Hace doce años pasé por la calle trasera del museo sin tiempo para nada, y pude contemplar a través de una ventana allá en lo alto las vértebras de lo que me pareció un dinosaurio saurópodo y maldecí no poder entrar. Esta vez ha sido el desquite.

El esqueleto de un Mamut, de un Diplodocus, de un Allosaurus, de un Uintatherium me esperaban allí desde mi niñez. Vailima comprendió mi arrobo, pero ella misma sintió perfectamente la fuerza del museo. Estaba encantada y el cansancio de todo un día pateando la cuidad había desaparecido completamente.

No hay buen museo del siglo XIX sin una sección especial de teratología:  esqueletos de monstruos y otros directamente en frascos de formol que hacen las delicias y alimentan el morbo del público. Aprendimos que los monstruos se dividen en simples, en lambda y en y griega. El lenguaje de la ciencia es lo que tiene: máxima simplicidad, que bastante complicada es la realidad de por sí. Los monstruos en lambda son, evidentemente, aquellos que tienen una cabeza y dos cuerpos; y los monstruos en y griega son los que tienen dos cabezas y un cuerpo. Los simples son más de andar por casa, una cabeza y un cuerpo, como Dios manda, pero con un único ojo en medio de la frente, o varias piernas supernumerarias y cosas así.

Como siempre, las facilidades para sacar fotografías son absolutas. Nadie te pone el menor problema y de esta forma nos pudimos traer el recuerdo de las fotos que les presento aquí sin necesidad de actuar como delincuentes, apretando el disparador cuando nadie mira.

Al salir, la tarde daba paso a la noche y aún había alguna luz en el cielo como para hacer una última foto a los jardines que rodean el museo. Como tantas veces, la noche siempre nos lleva hacia el barrio latino, y terminamos cenando en uno de los innumerables restaurantes griegos del Quartier Latin.

T.P.

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9 comentarios

Maria de los angeles -

Por lo general cuando pensamos en paleontólogos nos imaginamos algo así como un Indiana Jones que va recorriendo el mundo en búsqueda de nuevas y apasionantes aventuras. Pero, aunque seguro pasaran por algunas situaciones límites, no todo es buscar huesos en el campo.
Los paleontólogos deben seguir un largo camino hasta poder contarnos como era una especie de dinosaurio, donde vivio , como murió. Estas imágenes me recuerdan a mi padre que estudio paleontología el me inculco una curiosidad que pocos tienen y leer que para otra persona en el mundo representa algo tan mágico como para mi es reconfortante y me siento identificada.

Amaia -

No sé cómo me he encontrado con este blog, (ah, sí, acabo de acordarme: buscaba el sermón del cura de Perazancas de Ojeda, retazo de rancio costumbrismo humorístico que nos legó mi abuelo en sus escritos pero que no aparece por ninguna otra parte) pero os debo felicitar, me ha encantado, los comentarios e impresiones del románico, las fotos, increíbles. Pocas veces se encuentra algo tan satisfactorio. Un lujo, enhorabuena.

North Face Clearance -

Hey, baby! I agree with the idea, perhaps our peers, this is a consensus! I want to use this article, believe that you will agree to me!

Lumen Dei -

¡Pero qué maravilla!, es lo que tiene mi rorro, que me mantiene apartado de los bloses. Mira que he estado veces en París y sinencambio no he visitado el Museo de Historia Natural, cuando son mis favoritos... claro que... cuando has visto el de Viena.

Esa lámina con que abres el artículo parece del "Kunstformen der Natur" de Haeckel.
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Alkaest -

¡Qué recuerdos entrañables me traen estas imágenes! Y como comprendo vuestra experiencia parisina.
Estuve en ese mismo museo, en agosto de 1970, con 21 años, cumpliendo también un sueño adolescente: ver dinosaurios.
Una "chifladura" infantil, que me duró décadas.
Pero, una vez allí, lo de menos eran los "dinos", porque lo que me impresionó fue el conjunto. Ese aire de "ciencia decimonónica", esa "manía" clasificatoria, ese espíritu ansioso por conocerlo todo, aunque se cometiesen errores de bulto.
De niño, en los malos tiempos a finales de los años 50, algunos días de fiesta íbamos andando desde casa -no habían "perras" para el tranvía de todos- hasta el Museo de Ciencias Naturales, en Madrid, claro era el día de entrada gratuita. Caminábamos nuestra aventura por calles y descampados, saltábamos canales, hasta llegar al Museo, porque aunque no residíamos lejos, entonces aquello no era el centro de la ciudad, sino el futuro centro a medio levantar. A mi me parecía que, acceder al edificio, era como entrar en una novela de Verne o Salgari. Los esqueletos, los ejemplares disecados, las explicaciones de nuestro padre, eran un rito que, no por repetido, nos cansase nunca.
Así que, cuando entré por las puertas del Museo de París, fue como revivir la infancia en cinerama, technicolor y 3D. Un día entero pasé allí, mis compañeros, aburridos, acabaron por marcharse y dejarme solo. Pero, cuando a la tarde los reencontré, llevaba en el rostro una luz como, dicen, tenía Moisés cuando bajó del Sinaí.

Salud y fraternidad.

TioPetros -

Eres mala, muy mala.

;)

TP

anarkasis -

pues yo repito que en la foto te pareces a un cuadro del greco
:-) juas y rejuas.

TioPetros -

Por una parte odio las faltas de ortografía, y por otra soy un dejado, y no reviso convenientemente lo que escribo. Al releer el post he descubierto con horror que había deslizado un "habría" donde debiera haber escrito un "hubiera".
El caso es que al modificar el texto del post, han desaparecido los comentarios que había (y que eran siete). Tanto Vailima como quien esto escribe han pensado siempre que los comentarios son la sal del blog, y nunca borraremos conscientemente comentario alguno, salvo mala baba manifiesta por parte de su autor, de modo que no me queda otra que lamentar el borrado de los citados mensajes.

Vailima -

¿por qué han desaparecido los comentarios?
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