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Vailima

LAS HERIDAS DEL CORAZÓN

LAS HERIDAS DEL CORAZÓN

Con tan sólo 9 años, mi hijo J. sufrió su primer desgarro. Fue tan inevitable como un cerrar de ojos cuando se besa en la boca. El descubrimiento de que seres vulgares como sus padres habían estado suplantando en la realidad, lo que su imaginación había ido convirtiendo en magia procedente de Oriente abre una brecha en su casi recién estrenado mundo. Ya no eran tres, sino dos. Con la última campanada sus ropajes de armiño y terciopelo habían resultado ser de pana y algodón para sobrellevar un viaje en cuyo origen no existían parajes exultantes de arena y vegetación sino el hueco bajo la cama del dormitorio donde apenas unos metros le separaban del tesoro tan esperado.

Las heridas del corazón no vienen solas. Y entre el torbellino del naufragio se aprecian figuras que van tomando forma a medida que se acercan a la arena. Y exhausto, con tan sólo 9 años, mi hijo J. contemplaba que la historia natural había acabado con los animales prehistóricos hace ya muchos millones de años y con ellos, la idea sangrante de unos primeros padres, Adán y Eva, que nunca existieron porque, “ama, lo de Dios es mentira”. La catástrofe se desencadena tan rápido y tan fácilmente como huye hacia el mar el agua por el sumidero de la bañera. Ya no hay magia en Oriente, los adultos lo tenemos presente más que nunca. Ya no hay ningún ser que nos proteja y nos oiga en confesión cuando se apagan las luces del corazón.

- ¿Y el ratoncito? –me interroga en forma de súplica-.

- El ratoncito tampoco. Lo siento.

Transcurre un año. Mucho tiempo para él. Un suspiro para nosotros. Y en un arranque de frivolidad mi cacho quiere leerme un cuento en voz alta. Le dejo y me abandono entre las imágenes de un anuncio de televisión que nos dice que si nosotros leemos también nuestros hijos leen. Otra mentira, pienso. Otra de tantas. Comienza la lectura del aventurero detective Jaimito Bond. En el transcurso de un viaje en helicóptero al Polo Sur, mi hijo escupe un diente. Me mira con recelo y con esa esperanza infantil de la que sólo los niños esperan realidades.

- Ya eres mayor –vomito antes de que diga nada mientras envuelve la pieza con su puño como queriendo ahogarla-.

Si quieres, puedes escribir al ratoncito. Yo, desde luego, no voy a poner nada.

Antes de irme a la cama, entro en su dormitorio y observo cómo duermen. Desarropados en medio de respiraciones tranquilas contemplo una hoja de papel sujeta con adhesivo a su cama y leo:

- Estimado Sr. Pérez:

(…)

A la mañana siguiente, con tan sólo 10 años, mi hijo J. extiende su mano y me enseña una moneda. Le guiño un ojo y sonríe.

Juro que yo no he sido.

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18 comentarios

Vailima -

Gracias penchi por tu comentario. Yo guardo los primeros dientes de cada uno en una cajita de ésas que vienen dentro de los huevos kinder. Soy una sentimental, lo reconozco, y tengo una caja grande con objetos de ambos que creo que les gustará conservar cuando sean mayores. En fin, me ha encantado el detalle de tu hijo.
un saludo

penchi -

No recuerdo cómo recibió mi hijo la noticia de que el ratoncito Perez era de casa. Pero sí el día en que a su hermana, dos años menor, se le cayó el primer diente. Me llamó aparte, al dormitorio, y en susurros me dijo que no preocupase, que ya se encargaba él de poner la moneda debajo de la almohada de su hermana sin que ella se diera cuenta, y abrió la mano para enseñármela. Debían ser casi todos sus ahorros, y no consintió en que yo se la devolviera.


Feliz tercer cumpleaños, ¡y que cumplas muchos más!

Vailima -

Gracias Silgra, encantada de volver a verte por esta casa.

Silgra -

me arrancaste lágrimas de emoción y recuerdos

Beso

Pablo de la Rúa -

El verano pasado me llevé a mi sobrino a Eurodisney. A los dos días se le cayó un diente. El chaval me miró de frente y dijo muy serio: "Tío yo no quiero que venga el ratón Micky. Yo quiero al ratoncito Pérez".

Vailima -

Ya lo creo, Juan. A golpe de corazón.

Juan Cosaco -

Curioso como esos seres tan ingénuos son los que nos hacen madurar más.

Vailima -

El Sr. Pérez existe, Charles. Y para muestra un botón.
Ilusiones perdidas... sí, pero reemplazadas por otras, esa debe ser nuestra labor como padres. Recuerdo (y mi hijo mayor también) el día que me formuló la fatídica pregunta. Evidentemente no se la negué, pero a cambio creo que le puse en bandeja otra nueva ilusión y a estrenar. Recuerdo que le dije que ahora que lo sabía había empezado a formar parte del mundo de los adultos porque, I., es el primer secreto que has de guardar. No va a ser fácil, lo sé, pero es la primera prueba que deberás superar. Me miró con deleite. Había perdido una cosa y había obtenido otra a cambio.
nota: Lumen, recojo el testigo y apunto.

jafatron -

Supongo que todos habremos tenido alguna vez la típica conversación entre amigos recordando aquel momento. Siempre me ha resultado curioso porque yo recuerdo la época en que aún creía estas cosas y recuerdo la época de después, descubierto ya el pastel, pero no tengo ni una sola en mi memoria a ese momento fatídico de transición donde las ilusiones mueren. Tal vez sea parte de un trauma infantil, un bloqueo mental inconsciente (a que todo va a ser por eso...)

Charles de Batz -

!Bravo Vailima!

Veo que paso tarde pero desde luego que no quiero hacerlo sin comentarte: esta semana y la que viene va a tocar así !que le vamos a hacer! ;-(

Lo que cuentas me ha traído al recuerdo esos descubrimiento que se van haciendo a lo largo de la vida y que, como tú bien dices, le van desgarrando a uno poco a poco: desmitificación paterna, que los reyes magos son los padres, que "lo de Dios es mentira", y mucho más... Vamos, que todo esto no tiene nada que ver con lo que nos habían vendido.

Pero, ¿estás segura que el Señor Pérez no existe?

Salud

Lumen Dei -

Bah, yo sorprendí con seis años, manos en la masa, a "los verdaderos reyes magos" en acción, y dije: "¿pero qué haces?, ¿cómo tocas los juguetes que los reyes me han traído?, son para mí".

La gente se lo cree todo. En el cole me decían a veces que "los reyes son los padres", y yo les preguntaban si creían en la virginidad de María, en que Cristo es dios, en los ángeles, en los milagros, y demás desvaríos. Me contestaban que sí -en los Maristas ya se sabe-, y mis carcajadas los desconcertaban, al fin y al cabo, es más plausible que los reyes cumplan con su gesta anual que todos esos dogmas.

Otrosí, te he citado en mi blog http://lumen-dei.blogspot.com/ como una de las tres personas que propongo para realizar un "meme", una especie de test sobre tu propia persona humana.

Herri -

Si este pobre náufrago tuviese con qué, se destocaría.
La fantasía es algo que a partir de ciertas edades hay que mimar, regar y abonar.
Larga vida a los Sres. Pérez

herzebeth -

me solidarizo con tu nene, vailima. a los 8 me entere de la infame mentira de Noel y estuve una año rencorosilla con mis padres.
hoy me toca ver a mis sobrinos (de 6 y 9) disfrutar de Noel, el Raton Perez, los Reyes, dragones y seres feericos, y contribuyo feliz con esa magia...

ladydark -

¡Ojalá conservaramos todos algo de esa ilusión, de esa capacidad de creer! Yo, por si acaso, todos los días me "pego" mucho a mis hijas, espero que me contagien parte de ese júbilo maravilloso de los 6 años ;).

Calamity -

Qué dolorosa la realidad. Yo es una cosa que (todavía) llevo fatal.

¿Sabes con qué me llevé un chasco bien gordo cuando era una enana? Cuando me dijeron que las nubes estaban formadas de condensación de gotas de agua (sí, será muy poético y tal, pero yo siempre creí que se podía caminar por aquellos algodonosos elementos celestes. En fin).

Un beso muy fuerte (otro para el pequeñín y que no pierda nunca la ilusión). C.

Jose -

El sindrome Peter Pan que tienen los niños que no quieren crecer no es nada con el sindrome Peter Pan que tienen los padres, esperando que no crezcan
:D

telemaco -

Pues menos mal que tiene final feliz.

Que el ratoncito Pérez real salió en ayuda de la maltrecha ilusión de tu hijo.

Cuando muera el último ratoncito Pérez la vida dejará de tener sentido y no merecerá la pena ser vivida.
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