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Vailima

LA PRESENCIA DE LA AUSENCIA (Paris-II)

Vailima y yo nos enorgullecemos de tener como amigo a una persona cercana que fue íntimo amigo del fallecido artista universal y vasco Jorge Oteiza. Para explicarnos los intereses de Oteiza a la hora de captar la esencia que le interesaba de un objeto para luego plasmarlo en sus esculturas, nos contó una anécdota.

Observa este encendedor - dijo Oteiza a nuestro amigo, poniendo un mechero sobre la mesa. Cuando ya lo había observado bien, con un brusco movimiento de mano lo mandó a hacer puñetas de la mesa. "Esto - dijo señalando el lugar en el que había estado el encendedor-, esto que queda es lo que a mí me interesa.

Creo que hay cosas que no pueden ser explicadas de otra manera, y quien no las haya entendido no las va a entender por mucha palabrería que se suelte al respecto. La sabiduría condensada del gran Oteiza, cual koan zen pronunciado por un maestro oriental, es un prodigio de densidad.

En el post anterior mencionaba a la increíble ciudad de Praga como contrapunto de París en cuanto a sus cementerios. Vuelvo ahora a mencionarla, pero esta vez no como contrapunto, sino como un segundo ejemplo de lo mismo: la impactante bofetada, ¿qué digo bofetada?, el hostión en la cara que te puede producir la presencia de la ausencia cuando está bien diseñada.

Memorial de la Shoah de París. El holocausto judío fue una experiencia que merecía  un nombre específico en hebreo, como un hito en la historia milenaria de este pueblo, comparable a la diáspora, a la destrucción del templo de Jerusalem o a cualquier acontecimiento fundante del alma judía.

Al entrar, se pasa por un patio silencioso en el que están escritos los nombres de los judíos parisinos desaparecidos en los campos de concentración nazis.

Nada más que una interminable lista de decenas de miles de nombres, apellidos y fechas. Ninguna imagen, ningún sonido. Nada. No hace falta, y los creadores del recinto lo saben bien. La gente irrumpe en llanto al ver estos muros, golpeada por la fortísima presencia de la ausencia. Imágenes gráficas de las peores torturas imaginables no conseguirían el mismo impacto sobre el alma del visitante, en esta sociedad tan avezada en el gore.

En una sinagoga-museo de Praga vimos exactametne lo mismo, con el mismo efecto sobre los visitantes:

A un escaso centenar de metros del ábside de la catedral de Nôtre Dame está situado el Memorial a los Mártires de la Deportación. Exactamente lo mismo. Una construcción de hormigón extremadamente austera, y una cripta con una tumba en la que está enterrado un deportado desconocido, y un pasillo oscuro que se adentra en la nada con dos paredes llenas de pequeñísimas luminarias muy juntas. Cada una representa a un deportado. Aquí la simplicidad es máxima: no hay ni nombres. Tan sólo un convenio entre el visitante y el creador de la idea: la presencia de la ausencia una vez más.

Este es el París minimalista que hemos disfrutado, y sufrido. Porque está hecho para sufrir intensamente. Comme il faut.

Les espero con aventuras más alegres y barrocas, o al menos góticas en nuestro periplo parisino en breve.

 

TP

 

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4 comentarios

Sus -

No se me olvida la visita que hicimos al barrio judio de Praga. No pude acabar el recorrido por aquella sinagoga llena de nombres...

Salamandra -

Recuerdo haber visto en París placas en los muros de edificios en memoria de las víctimas del holocausto que vivieron o trabajaron allí. La Sra. Salamandra no fue capaz de mirar la de un colegio.
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Vailima -

Tienes razón, Vere, los objetos personales se convierten en punzones. En Praga, en la sala que hay dedicada a los niños. Terribles esos dibujos, me emociono todavía al recordar una maletita de viaje...
En París, fotografías de un tiempo en el que fueron felices y a pie de foto el lugar y la fecha de la muerte. Hoy es 11 de marzo, otro día para recordar. Es lo que queda.

Vere -

Este mismo efecto y de forma muy contundente se consigue en mi opinión en el Museo del Holocausto de Washington por la acumulación de objetos personales -zapatos por ejemplo- de las víctimas.
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