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DESDE EL OTRO LADO DEL ESPEJO

"Ciertamente que los reyes y los príncipes pueden crear profesores, consejeros privados, condecoraciones de diversas órdenes, títulos y nobleza, pero jamás podrán crear un gran hombre, una inteligencia privilegiada que sobresalga de la vulgaridad, porque esto es superior a ellos. Hombres así han de ser respetados. Cuando dos hombres como Goethe y yo se encuentran juntos, aquellos grandes señores se ven obligados a comprender la grandeza de nuestra compañía y la pequeñez de su persona. Ayer, cuando íbamos a casa, encontramos a toda la familia imperial. Desde lejos los vimos acercarse, y cuando Goethe se dio cuenta dejó mi brazo para ir a ponerse a un lado del camino. A pesar de cuanto le dije - lo que me vino en gana -, no logré que avanzara ni un paso; entonces me puse el sombrero, me abroché la levita y, con las manos a la espalda, me dirigí hacia el grupo que se acercaba. Príncipes y cortesanos me hicieron paso, la emperatriz se me adelantó al saludo, el duque Rodolfo se quitó el sombrero. ¡Qué bien me conocen los grandes! Después me divertí muchísimo viendo pasar aquella procesión por delante de Goethe, que, al borde del camino y sombrero en mano, permanecía profundamente inclinado. Le volví la espalda sin hacerle el menor caso, y me fui".
extracto de una carta de Beethoven dirigida a Bettina Brentano

Creo que no se puede describir mejor el desdén que una persona siente ante estos símbolos de poder que todavía hoy nos tenemos que comer con patatas. Pero eso sí, tenemos la suerte de vivir en un país democrático y moderno que ha dejado de ser “de charanga y pandereta” para convertirse en un sainete en tres actos para desgracia de Machado.
Con la familia real en cabeza (familia en la que no se sabe a quién le dió primero la trombosis), el clero y su melodía "dejad que los niños se acerquen a mí, papi-chulo, papi-chulo", el presidente (no abro la boca del todo no vaya a ser que se me cierre el culo) y su séquito (¡viva Arguiñano y la teoría del Perejil!) y con una banda terrorista capaz de impartir el bien y el mal (los efectos, claro está) cual Celestina remendadora de hímenes políticos, todavía debemos de dar gracias por no haber nacido un poco más abajo, porque ahora nos hubiéramos quedado sin nuestros bienes, sin nuestra casa y sin la única porción de futuro a la que teníamos derecho por haber venido al mundo en un pedazo de tierra del submundo.
Aunque bien mirado, siempre nos quedará París y el voto por correo...



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