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Vailima

ARCHITECTURA POLICROMATA

 

Si son ustedes, como Tio Petros y una servidora, amantes de los viajes “a la piedra” seguro que sienten cierta inquietud tanto cuando contemplan un edificio cuyos sillares se han ido tallando por el polvo y la suciedad de su historia como cuando se enfrentan a un edificio recién restaurado. La inquietud de la que les hablo proviene de un mismo sentimiento, por lo demás romántico, que hace que nos inclinemos “afectivamente” por el primero más que por el segundo. La pátina producida por la suciedad, el paso del tiempo, el polvo, incluso la vegetación invasora, etc. concuerdan con el ideal estético que esperamos al observar un edificio antiguo. Como he mantenido y mantengo mi total repulsa hacia ciertas actuaciones humanas (eclesiásticas, por más señas) que han contribuido al exterminio o deterioro de verdaderas joyas arquitectónicas a lo largo y ancho del patrimonio patrio (y más allá), igualmente defiendo desde la razón –que no desde el corazón- que no es piedra todo lo que reluce. Me explico. Así como la “humanidad” de algún párroco ha producido abortos estéticos utilizando yeso, cerámica o, incluso, sintasol o falseando la estructura original del templo con la inclusión de paredes en ladrillo pintado u otras barbaridades de las que he sido espectadora, también les digo, que a la hora de ser puristas hay que serlo hasta las últimas consecuencias. Por ello, deberíamos (yo la primera) abandonar ese espíritu casi cinematográfico, muy próximo al gusto Friedrich, y aceptar que ciertos elementos de los templos se idearon para ser pintados. Policromías que el paso del tiempo se ha encargado de eliminar de nuestra memoria, memoria que sólo concibe una arquitectura antigua o medieval incolora y adornada (siglos después) por los colores naturales que le confieren sus materiales constructivos.

Sacar la piedra, sí, pero también el color para el que fue concebida. Lo perdido, perdido está, aunque todavía nos queda el consuelo de todo hombre: soñar y en su sueño compartido, gracias a la fotografía y al photoshop, Jose Manuel Ballester nos sumerge en su tecnológica paleta para rescatar del olvido los colores de la historia.

Eso sí, creando una imagen (no una obra en sí) de lo que fue o pudo ser. El hilo de la osadía es fino y sutil y otros, allá por el siglo XIX fueron menos finos, menos sutiles, más atrevidos. El sueño se convirtió en purpurina, en pesadilla, en visión terrorífica, en el mismo pecado. El corazón me puede y en estos casos extremos, es capaz de arrebatarme todo atisbo de racionalidad. La esperanza se pierde en la sinrazón. Ya oigo el canto de sirena y mi único deseo es no seguir soñando. Tarde para mí, para usted y, por supuesto, tarde para el capitel románico de la Abadía de Saint-Pierre de Blesle, Auvergne, Francia:


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4 comentarios

Charles de Batz -

Creo que es en Poitiers donde ocurre algo similar, pero no. Me explico: determinadas noches, y a través no se qué juego de iluminaciones, consiguen que una fachada románica exenta de color, "lo recupere" con esas luces de distintas tonalidades.

Me parece que esta solución es quizá menos agresiva y más acertada, y evitan hacer el Violet-le-Duc.

Salud

Koke -

La idea de que algo sinó está pintado, está inacabado me resulta abominable.
Recuerdo tantas pequeñas capillas, en Cataluña especialmente, donde el titanlux ha hecho estragos y párrocos sin escrúpulos que se han extra limitado en sus cometidos.

Koke

Vailima -

Mizo: madrugador donde los haya. Sí, la piedra era bella y tu comentario absolutamente cierto: ¿para qué pringarla?
Ecce Homo
Feliz jueves.

mizo -

Y la piedra que ya era bella, la hicimos arte.
¿Para qué pringarla?
Sin comentarios. Buen día.
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