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INDEX LIBRORUM QUI PROHIBENTUR (y 3)

Así como veíamos en el post anterior de esta serie que no podemos ver en “el hambre” un factor determinante de la actitud del pícaro, tampoco podemos afirmar que nuestros personajes se muevan por “resentimiento”. Más bien todo lo contrario. Cuando llegamos a la pobreza y miseria del escudero del Lazarillo, éste compadeciéndose de su amo, nos revela que el verdadero tema no es el hambre, sino la contraposición entre apariencia y realidad.
El ressentiment se ha aplicado a la picaresca en el significado que adquirió en la filosofía alemana de finales del XIX y principios del XX, primero en Nietzsche y luego en Scheler, concepto ligado en ambos autores (y en Brentano) a la teoría de los valores.
Si bien Nietzsche conectaba el resentimiento al cristianismo considerando que éste lo había introducido en la moral occidental, Scheler mostrando la injusticia de esta imputación, introdujo la noción de resentimiento como concepto ético:

el resentimiento es una autointoxicación psíquica

Cuando vamos más allá de sentimientos hostiles o más allá incluso de la negación del valor de personas o cosas, nos encontramos con la forma extrema y rigurosa de resentimiento, es decir, con la negación del valor mismo o con la inversión de la jerarquía objetiva de los valores. Dicho de otro modo, el resentido anula el valor de cualquier persona o cosa y/o prefiere lo inferior a lo superior. Se trata de una forma radical de falsificación porque el juicio de valor del resentido es verdadero, veraz y honrado ya que se ajusta a su escala de valores.

Formas de resentimiento las encontramos y, muchas, en novelas del género que tratamos. Sin embargo, en el Lazarillo, creadora del género, el resentimiento es sólo un ingrediente más, puesto que Lázaro no sólo no es un resentido sino que es uno de los casos más representativos del amor justo que diría Brentano.
Lázaro en todo momento reconoce la lección y la estima en lo que tiene de valiosa, a pesar del brutal precio que tenga que pagar en algunos casos.
Es más, su escrupulosidad llega a tal límite que considera “sinjusticia” no reírse del ciego cuando éste goza de ejercerle un castigo y contarlo después una y otra vez porque “...mas con tanta gracia y donaire contaba el ciego mis hazañas, que, aunque yo estaba tan maltratado y llorando, me parecía que hacía sinjusticia en no se las reir.”. Lázaro a la vez que odia al ciego por su maldad y dureza de corazón, reconoce y valora la gracia con que cuenta a otros sus penurias.

Homo homini lupus nos decía Hobbes. Pero no siempre. Ninguna fórmula puede agotar lo que es la condición humana.
No es la violencia lo que caracteriza la convivencia del pícaro con el mundo, es más bien el engaño, la agudeza y el arte del ingenio. Y si no, vean, como muestra final, este precioso botón que protagoniza mi querido Pablos, de todos conocido por “El Buscón”:

Sucedió que el ama criaba gallinas en el corral; yo tenía gana de comerla una. Tenía doce o trece pollos grandecitos, y un día, estando dándoles de comer, comenzó a decir:
-“¡Pío, pío!”;
y esto muchas veces. Yo que oí el modo de llamar, comencé a dar voces, y dije:
-“¡Oh, cuerpo de Dios, ama, no hubiérades muerto un hombre o hurtado moneda al rey, cosa que yo pudiera callar, y no haber hecho lo que habéis hecho, que es imposible dejarlo de decir! ¡Malaventurado de mí y de vos!”.

Ella, como me vio hacer extremos con tantas veras, turbóse algún tanto y dijo:
-“Pues, Pablos, ¿yo qué he hecho? Si te burlas, no me aflijas más”.
–“¡Cómo burlas, pesia tal! Yo no puedo dejar de dar parte a la Inquisición, porque, si no, estaré descomulgado.
-“ ¿Inquisición?”,
dijo ella; y empezó a temblar.
-“Pues ¿yo he hecho algo contra la fe?”.
-“Eso es lo peor” –decía yo-; “no os burléis con los inquisidores; decid que fuesteis una boba y que os desdecís, y no neguéis la blasfemia y desacato”.
Ella, con el miedo, dijo:
-“Pues, Pablos, y si me desdigo, ¿castigaránme?”.
Respondíle:
-“No, porque sólo os absolverán”.
-“Pues yo me desdigo” –dijo-, “pero dime tú de qué, que no lo sé yo, así tengan buen siglo las ánimas de mis difuntos”.
-“¿Es posible que no advertisteis en qué? No sé cómo lo diga, que el desacato es tal que me acobarda. ¿No os acordáis que dijisteis a los pollos, pío, pío, y es Pío nombre de los papas, vicarios de Dios y cabezas de la Iglesia? Papáos el pecadillo”.
Ella quedó como muerta, y dijo:
-“Pablos, yo lo dije, pero no me perdone Dios si fue con malicia. Yo me desdigo; mira si hay camino para que se pueda escusar el acusarme, que me moriré si me veo en la Inquisición”.
-“Como vos juréis en una ara consagrada que no tuvisteis malicia, yo, asegurado, podré dejar de acusaros; pero será necesario que estos dos pollos, que comieron llamándoles con el santísimo nombre de los pontífices, me los deis para que yo los lleve a un familiar que los queme, porque están dañados. Y, tras esto, habéis de jurar de no reincidir de ningún modo”.


Como han visto, el pícaro Pablos, hace suya la sentencia de Homo homini vulpes (el hombre es un zorro para el hombre) y con tanta gracia y donaire que al final de esta historia le sacó un pollo más a la pobre Cipriana.
Espero, como siempre, que al menos hayan estado entretenidos un rato. Mañana es viernes y les contaré una historia de terror.
A lo dicho, pasen buen día vuestras mercedes.
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