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Vailima

EL PARTIDO DE TENIS (y 2)

Aprovecho un momento antes de acostarme para continuar escribiendo esta carta. Como les he dicho ya, y dejando a un lado las frivolidades y excesos de mi comitente, la formación clásica del joven conde puede definirse como exquisita. Por esta razón desea que el tema de la obra de la que tengo el honor de ejecutar para su graciosa persona me viene impuesto en el pliego de condiciones que la misiva adjunta.
En el Libro X, capítulo V (v. 162-219) de Las Metamorfosis, ha encontrado el conde Guillermo la inspiración a su deseo. Si así me lo permiten, a continuación les transcribo el relato en el que tan magistralmente el poeta Ovidio relataba la muerte de Jacinto:

”A ti también, nieto de Amiclas, Febo te hubiera colocado en los cielos si los tristes hados le hubiesen dado la ocasión de hacerlo. A pesar de ello, sin embargo, también gozas de la inmortalidad; porque tantas veces como la primavera empuja al invierno y Aires sucede a Piscis acuoso, naces y floreces en el verde césped. Mi padre te ha querido más que a todos, y Delfos, colocado en el centro del mundo, fue privado de su protector, mientras el dios frecuentaba el Eurotas y Esparta sin murallas; no le tiene preocupado ni la cítara ni las flechas; olvidándose de sí mismo, no rehúsa llevar tus redes, ni retener a los perros, ni acompañarte por las cimas de un monte escarpado y la prolongada costumbre de tu presencia alimenta sus fuegos. Ya el Titán estaba ya casi a igual distancia entre la noche que se acerca y la que ha pasado; ellos se despojan de sus vestiduras; luego se untan con la grasa del aceite de oliva y se disponen a la competición del ancho disco. Primeramente Febo, tras balancearlo, lo envía a través de los espacios etéreos y con su peso hiende las nubes que encuentra; cae de nuevo después de largo tiempo el peso, dando muestras de la fuerza y destreza del dios. A continuación, el imprudente hijo del Tenaro, impulsado por el ardor del juego, se apresuraba a recoger el disco; pero la dureza del suelo lo hizo rebotar en el aire contra tu rostro, ¡oh jacinto!. Palideció como el jovencito el mismo dios y recogió su cuerpo desfallecido; trata en seguida de reanimarlo, le enjuga las tristes heridas, o bien le aplica unas hierbas tratando de que no escape su alma. De nada sirven las artes, es mortal la herida. Si en un jardín bien regado alguno troncha los alhelíes, las adormideras y los lirios que muestran sus amarillas lenguas, marchitos caen sobre su cabeza lánguida y no se sostienen e inclinan sus puntas hacia la tierra, del mismo modo yace la cabeza del joven moribundo, pues, perdida su fuerza, el cuello es un peso para él, abatiéndosele sobre los hombros.
Entonces, Febo exclama: “Tú caes, hijo de Ebalo, arrebatado en la flor de tu juventud; yo estoy viendo la herida que me acusa. Tú eres mi dolor y mi crimen; necesario será que se escriba sobre tu tumba que mi mano te ha matado; soy yo el autor de tu muerte. Y, no obstante, ¿cuál es mi culpa?, si es que a jugar puede llamarse culpa, si es que culpa es amar. ¡Y ojalá, tal como me merezco, me fuera permitido a mí abandonar la vida contigo! Ya que me liga una ley fatal, siempre estarás conmigo y vivirás por siempre en mi pensamiento y en mis labios fieles. Para ti sonará mi lira al vibrar bajo mi mano; para ti sonarán mis cantos y transformado en una flor nueva, recordarás mis lamentos por medio de una palabra escrita sobre ti. Llegará un día en que un valiente héroe tomará también la forma de esta flor, en cuyos pétalos se leerá su nombre. Y mientras la boca veraz de Apolo profería tales cosas, he aquí que la sangre que, manando, caía en el suelo y había manchado la hierba ya no era sangre; más brillante que la púrpura aparecía una flor parecida al lirio, si aquélla no fuera más roja y éste plateado. Esto no era suficiente para Febo (pues era él el autor de este homenaje); aquél recuerda sus lamentos por medio de una palabra que se lee sobre sus pétalos: “AI AI”, letras fúnebres trazadas por el dios. Y Esparta no se avergüenza de haber producido el Jacinto y su gloria perdura en la actualidad y cada año brotan los Jacintos para celebrarse según el rito antiguo con ceremonias solemnes.”


El caprichoso Guillermo me solicita encarecidamente que la versión del mito que yo le presente sea de un modo especial. De esta manera, el joven conde propone que no sea un disco el causante de la muerte de Jacinto, sino una pelota de tenis lanzada por Apolo con demasiada fuerza. Cuando cierro los ojos contemplo la escena en mi pensamiento. Dispongo de un gran lienzo en mi taller, de 287 por 235 centímetros que seguro, dentro de unos siglos, verán ustedes colgado en la ciudad de Madrid y, que pertenecerá a la colección de la casa Thyssen-Bornemisza. Pero no quiero adelantar acontecimientos...

Vaya..., se me ha hecho demasiado tarde. Mañana he de levantarme temprano para comenzar a hacer realidad los deseos de mi díscolo cliente.
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2 comentarios

Vailima -

Primero Arkab, llámame de tú, por favor.
Y con respecto al nombre, he de confesar que yo tampoco lo sé, pero no hay dato que se me resista.
Un saludo

Arkab -

Vailima, no doy con el nombre del músico español. No me deje en ascuas, plis.
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