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Vailima

CADENAS IMAGINARIAS

CADENAS IMAGINARIAS

 

Hoy he acudido al dentista y ha utilizado un aparato similar a éste para calentar un clavo que luego ha introducido en mi boca. Mientras lo hacía, me he imaginado que sonreía al tiempo que una servidora, cual cerdo trufero, no paraba de menear la nariz a causa del olor a carne quemada. Si el soplete lo hubiera manejado el Ferrán Adriá no hubiera sido lo mismo, claro está. Sin embargo, por esas cosas que incluso se le escapaban al bueno de Kant, el dentista sigue siendo, aún fuera de la consulta, un querido amigo que como él dice, me hace endodoncias glassées.

Quien bien te quiere, te hará llorar reza el refrán patrio y si viajamos un poco más, existe una patología en Estocolmo convertida en síndrome que me viene al pelo: acudo al dentista en contra de mi voluntad, me tortura y al cabo de tres cuartos de hora retenida en un límpido habitáculo, le pago lo que su también sonriente compinche me pide.

 

   Tio Petros, en uno de esos post que nos ha regalado últimamente, ya apuntaba –incluso de forma gráfica- la emoción de un encuentro estético tan esperado para mí tras meses de estudio. Para ser franca, fueron varios los encontronazos, si me permiten el término, que provocaron algo muy parecido a otra patología que muchos ahora conocen gracias a un anuncio publicitario. Sí, han acertado, me refiero al síndrome de Stendhal en el que de nuevo soy víctima que sufre una especie de vértigo, llanto, dolor en la boca del estómago y taquicardia. Créanme, no les miento ni exagero. Como las hijas de Elena, tres eran tres, las obras de arte con las que me faltó el aliento; con las que creí que se me iba la vida. La primera ya la conocen ustedes, la Estela de Naram-Sím, cuyo nombre ya sólo al pronunciarlo se me deshace en la boca. La segunda, las estatuas sedentes de Gudea de Lagash, el príncipe constructor de templos y, la tercera, los lamassus asirios de Sargón II, de los que hablaré, si ustedes quieren, próximamente.

Les echo de menos.

A ellas también.

 

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4 comentarios

Herri -

¡Ríete tu de las gracias del dentista! Pero te hace unas fumées que, como muy bien dices con humor, ni el Adrián ese; eso sí, mientras las saboreas no puedes decir ni mu, tu corazón se acelera, te dan vértigos e incluso tienes la alucinación de que le agarras del cuello al de la batica blanca que contrasta con el morado de su rostro. Diagnóstico: Síndrome de Stendhal.
Mi primer síndrome de Standhal lo tuve a los 14 años en las cuevas de Altamira (las auténticas, oiga, que por aquel entonces casi, casi, podías entrar fumando); luego resultó ser otra cosa, pero eso ees otra historia.

Salamandra -

Recuerdo la sala del Louvre llena de estatuas de Gudea de todos los tamaños. Le debían tener cariño.

Si dolerán los dientes que nos dejamos hacer barbaridades por los dentistas. Me estoy acordando de "La pequeña tienda de los horrores".

anarkasis -

esto é una sinestesia encubierta nó?, de esas de las palabras..
uno dice una y otro contesta,
- dentista
- gramática de Zamudio


- macizo
- de los picos de Europa, sanotes que me gustan, oyes

isabelbarcelo -

Por lo menos hemos de agradecerle a tu dentista que te deje tan locuaz... te echaba de menos, vailima, aunque tío petros se haya portado de maravilla encargándose del mantenimiento de esta casa. Estoy deseando enterarme de las emociones que sentiste al ver esas otras esculturas... Besotes.
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