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Sabías que...

AMOREM TESTARI



Si hay algún tesoro con el que he soñado toda mi vida es poseer un códice medieval iluminado. Es una de mis grandes pasiones y, como es una “propiedad” imposible de adquirir, me conformo con intentar confeccionar uno para mí. Evidentemente, cultivo esta afición cuando dispongo, por lo menos, de dos o tres horas seguidas para mí sola y cuando mi ánimo derrocha paciencia por los cuatro costados, porque si algo hay que tener con este “vicio” es mucha paciencia y temperamento de hormiguita.

Por mucho que Internet se lo proponga jamás conseguirá proporcionar a mis sentidos lo que un buen libro y si se trata, además, de un manuscrito iluminado no digamos. En este tipo de obras, más que por su caligrafía me inclino por sus miniaturas iluminadas.

La palabra latina illuminare sirve de base al concepto de “alumbrar”: Resplandecen las páginas dice Dante cuando se refiere al oro, la plata y los magníficos colores que surgen de los pigmentos de los códices medievales.
En este post quisiera hablarles de los componentes de la doble página de un manuscrito. Me van a perdonar porque las imágenes que he encontrado en la web son de gran formato y las he desechado por las características del blog, así, que les ofreceré lo que pueda. Gracias.



En los códices medievales no se cuenta por páginas correlativas (paginación), sino por hojas. Cada hoja (lat. Folium) tiene dos caras.
El recto o cara anterior está a la derecha y el verso o cara posterior está a la izquierda. Cuando encontramos la descripción de dichas hojas se nos da el formato alto x ancho.

La orla es la ilustración que se encuentra en los márgenes y el marco se halla entre ésta, la miniatura y el texto.
En la orla pueden aparecer intercalados figurativos. Si éstos representan figuras estrambóticas o seres fabulosos, se habla de grotescos. Las orlas se componen en general, de acantos de hojas espinosas, acantos adornados con hojas de hiedra o vid y acaban en punta.

A esa letra tan llamativa, de tamaño considerable respecto al resto y que es la inicial con la que empieza la primera palabra del texto, la llamamos capitular historiada,



es decir, la primera letra de encabezamiento que se completa con una representación en miniatura de personas aisladas o de una escena completa.
Capitular, a secas, es la primera letra de un párrafo que destaca por el tipo o el tamaño de escritura y por la ornamentación. En el románico, podían ocupar incluso una página entera. Capitular floreada es la ornamentación realizada, en rojo y azul generalmente, para decorar las iniciales.





En cuanto al texto propiamente dicho, podemos hablar de escritura o justificación que es la superficie que alinea el texto aunque la justificación puede ser un bloque de texto igualmente.
Cuando “sobra” espacio en una línea –lo que podríamos llamar un punto y aparte-, se completa la misma con un relleno de líneas hecho con ornamentos en rojo y azul.

El bas-de page (pie de página) es el campo de imágenes dispuestas en la parte inferior de la justificación o debajo de ésta, ilustrado con pequeñas escenas o grotescos.
La miniatura ilustra unas escena derivada del texto.

Hasta aquí les he presentado someramente los componentes de los follium de un códice. Más adelante, les iré comentando otros asuntos sobre el mismo tema (tipos de libros, copistas, rubricantes, iluminadores...) que, espero, les resulten tan interesantes como a mí.

HOMENAJE AL CUADRADO

”Lo malo de la pintura abstracta es que hay que molestarse en leer el título de los cuadros”. Oscar Pin.

Yo no sé si la cita de Pin valdría para todos los casos que los críticos de arte han catalogado como “obra de arte” y además con el calificativo de “abstracto”. Sin embargo, de eso les quiero hablar hoy y más concretamente, de la serie de pinturas que Josef Albers dedica al cuadrado.



Cuando uno contempla por primera vez una obra de este tipo, arropada a su vez por otras cuantas en las que el único elemento diferenciador es el color, seguro que piensa en lo poco que se ha deslomado el artista en cuestión: ¡Pues vaya chorrada, unos cuadrados dentro de otros y de diferentes colorines!
Sin embargo, el transfondo o pensamiento con que el artista ejecuta la obra no es tan simple. Y me atrevería a decir algo más: incluso existe.
Este es el caso de la serie de pinturas de Albers. “En la medida en que el arte desee reflejar la experiencia de vivir con las restricciones inherentes a la existencia humana, es probable que ponga de manifiesto la anisotropía del espacio, la necesidad de hacer frente al peso”. No se preocupen, que vamos a depurar lo que que esta frase tan rimbombante quiere decirnos.

Los diferentes formatos de las obras de arte reflejan la asimetría del espacio gravitatorio: El rectángulo horizontal representa la sumisión del hombre y de la naturaleza a la atracción gravitatoria, la expansión a ras de tierra y la acción a lo largo de esa dimensión.
El formato vertical retrata la victoria sobre el peso.
Los formatos rectangulares reflejan de modo abstracto la lucha con las dificultades de la vida, que tan explícitamente se detallan en los temas de carácter realista.

Sin embargo, a medida que el arte se ha ido alejando del realismo y se ha acercado a la abstracción, la concentración del peso en la parte baja típica del arte tradicional se ha reemplazado por una tendencia a distribuir más equitativamente el peso visual. El cuadrado y el cubo son ejemplos de esta tendencia. La serie de Albers Homenaje al cuadrado presenta la solución más tradicional donde se explora el papel de la gravedad en un mundo donde el peso está suspendido. Parecería que una sensación de suspensión mantiene a la obra como flotando.
¿Cómo consigue Albers este efecto? Pues con una fórmula geométrica de lo más sencilla.
Vamos a verlo gracias al esquema compositivo que Tio Petros me ha confeccionado:



El módulo básico lleva el número 1 y separa un cuadrado de otro en la parte baja del esquema. Si multiplicamos por dos ese módulo se obtiene la distancia entre los cuadrados en la dimensión transversal, y multiplicándolo por tres, las distancias hacia arriba. De este modo, los cuadrados se disponen excéntricamente desplazados unos de otros por un gradiente de distancias 1:2:3.
Esta asimetría es la que crea dinamicidad al tema: una compresión hacia abajo y una expansión hacia arriba. El efecto de profundidad que se consigue no se produciría si los cuadrados estuvieran dispuestos simétricamente en torno al mismo centro. Además la dinámica del gradiente queda neutralizada por la igualdad de las distancias entre los cuadrados en cualquier dirección. Interesante ¿verdad?

Aunque el principal interés de Albers radica en la interacción de los colores, me ha parecido más interesante comentar sólo el esqueleto de formas del que cuelga sus colores.
Si observan la obra, verán que el marco no es más que otro cuadrado de mayor tamaño y a medida que vamos saltando de un cuadrado a otro, la centralidad va dando paso paulatinamente a un tirón hacia abajo. Sin embargo, como el centro del conjunto de cuadrados permanece dentro de la superficie de todos y cada uno, el centro no pierde su control interno sobre cada cuadrado.

Para terminar, fíjense en las líneas “imaginarias” de color gris del esquema. Los vértices de los cuadrados convergen hacia un punto que divide la vertical central en dos partes cuya proporción es de 3 a 1. Esto quiere decir que los lados inferiores caen sobre las diagonales de un rectángulo que divide ampliamente en dos mitades el espacio total. De este modo, puede establecerse la base sobre la que se levantan sucesivamente los cuadrados de escalón en escalón. ¿Qué nos ofrece Albers con esto? Pues mantener bajo el control de un orden sencillo la desviación dinámica de su composición.

Bueno, pues ya sabemos un poquito más sobre la organización espacial en una obra de arte. Yo, por mi parte, voy a organizar mi tiempo pensando en el tema de mi próximo post. Por cierto, se admiten sugerencias, claro, que para eso estamos.

Quiero agradecer a Tio Petros su colaboración en este post por haber dedicado su tiempo a realizar un esquema tan perfecto de la idea que yo quería mostrarles. Sobre todo, porque sé, que él estaría de acuerdo al cien por cien con la cita de Pin.

FINIS TERRAE

A Tio Petros, como pago de una doble deuda: la primera, para dar respuesta a su pregunta sobre el centro de equilibrio; la segunda, por ser mi centro de equilibrio y dar respuesta a mis días.



La Última Cena es un fresco de 480 x 880 cm que Ludovico el Moro, Duque de Milán, encargó a Leonardo para adornar el refectorio del monasterio de Santa María delle Grazie que, por aquel entonces, era la capilla familiar de los Sforza. El Duque tenía por costumbre cenar allí, todos los jueves, con el abad y de ahí el motivo del emplazamiento de la obra.

La composición de la obra es perfecta. Ningún trazo es superficial ni anecdótico ni ningún aspecto pictórico está desunido.
No olvidemos que esta obra, aunque de tema sagrado, se enclava en plena efervescencia renacentista en la que, frente al medievo, el hombre es el centro del universo y medida de todas las cosas. Todas las figuras se encuentran en el mismo plano formando grupos de tres. La figura de Cristo, en particular la cabeza, se encuentra como bien dice Tio Petros, en el punto de fuga, es decir, en aquel punto en el que todo converge y hacia donde nuestra mirada es conducida. Las líneas de fuga del techo y la pared, los bordes superiores de los cuadros etc., se encargan de transportar el espacio hacia ese punto. Además, si con esto tuvierámos poco, el juego de luces que se ven alternadas en la distancia nos llevan por el mismo camino.
Sin embargo, lo sorprendente de La Última Cena es que, como diría Nicolas de Cusa, cualquier punto del espacio pictórico, puede tomarse como centro.
Tatachán, chan, chan

Por lo general, estamos acostumbrados a que el punto de fuga coincida con la intersección de los ejes vertical/horizontal. A este tipo de perspectiva se le denomina perspectiva lineal, sin embargo, existen otros tipos de organización del espacio, otros tipos de perspectiva que pueden superponerse a ésta. En su Tratado de la Pintura, Leonardo dice lo siguiente:

”La ciencia de la pintura comprende todos los colores de la superficie y las figuras de los cuerpos que con ellos se revisten, y su proximidad y lejanía, según proporción entre las diversas disminuciones y las diversas distancias. Esta ciencia es madre de la perspectiva, esto es, de la ciencia de las líneas de la visión, ciencia que se divide en tres partes; de éstas, la primera solamente comprende la construcción lineal de los cuerpos (perspectiva lineal); la segunda, la difuminación de los colores en relación a las diversas distancias (perspectiva de color); y la trecera, la pérdida de determinación de los cuerpos en relación a las diversas distancias (perspectiva menguante) (...)”

Este juego de perspectivas que podríamos llamar ilusoria, está basada en las reglas de la proyección central, pero el artista tiene que echar mano de otros recursos para hacer pasar por reales aspectos que no lo son, de manera que tiene que utilizar varios puntos de fuga (algo así como la tarea del mago que saca el conejo de la chistera). Incluso, y de esto los manieristas fueron grandes maestros, el artista puede tomarse la licencia de crear puntos de fuga fuera de la obra misma.

¿Qué ocurre pues, con el fresco de Leonardo?

¿Se acuerdan dónde estaba emplazado?

En la mayor parte de las composiciones podemos determinar dónde está el centro porque viene dado por los límites del esquema. La frontera, el marco, nos indica qué es lo que pertenece a la obra y lo que no. Una vez que definimos el territorio, organizamos los elementos de una composición en torno a su centro.
En el caso que nos ocupa, el fresco es autónomo y a la vez, es parte integrante de todo el entorno donde se halla emplazado. La pintura se halla enclavada justamente en el eje del refectorio con lo que la obra de Leonardo se inserta perfectamente en el marco arquitectónico (que a su vez sería su propio marco) que lo rodea.
Si tomamos como premisa que La Última Cena es parte de ese todo: ¿dónde está el centro? Porque si tomamos la obra como una composición autónoma e independiente, está claro que el centro de equilibrio y el punto de fuga coinciden pero si la contemplamos como un todo, la cosa no está tan clara.

Como he dicho más arriba, el punto de fuga puede encontrarse incluso fuera de la propia obra, por lo que también debemos aprender a contemplar la obra de otra manera, fuera de la cómoda estructura de la perspectiva central y esto no significa que sea “técnicamente incorrecto”, sino que es “técnicamente original”, ya que se nos ofrece una experiencia visual que en el mundo real no podemos ver.
En mi opinión, no hay desequilibrios, Tio Petros. Todo está perfectamente equilibrado dependiendo del sistema de reglas y del cuerpo teórico que el artista utilice.
¿Acaso 1+1=2 en un sistema binario?

EL CENTRO DE EQUILIBRIO

Soy de los que opinan, que cuanta más información dispongamos a la hora de contemplar una obra de arte, mayor es el grado de disfrute sobre la misma. Y no me refiero solamente al conocimiento sobre el artista y su época, o sobre la temática de la obra. La técnica con la que ha sido creada o parida la obra me confiere igualmente un placer semejante al que me ofrecen los sentidos.
Por la razón anteriormente expuesta, permítanme que les muestre un aspecto técnico de la obra de arte que, aunque lo normal sea que pase inadvertido, inconscientemente y sustancialmente nos permite y nos hace posible el disfrute sobre lo que contemplamos. ¿Me acompañan?

En una obra de arte, el centro de equilibrio viene dado por la disposición de las formas que constituyen la obra. Más o menos, sería algo así como el lugar donde se compensan los pesos “visuales”. Sin embargo, y de forma recíproca, el centro es el que da sentido de composición a cada componente, en la medida en que el significado de las formas depende de su posición en relación al todo de la obra.
El artista, pues, tiene que tener en cuenta estos dos factores en su proceso creador: por una parte debe equilibrar los componentes de manera que mantengan un equilibrio en torno al centro de la composición global, o sea, debe determinar la función de cada componente en su relación al centro y, por otra, bastante difícil por cierto, debe justificar la desviación con respecto al centro de todo aquel elemento no ubicado en el mismo. Vamos a ver si me hago entender poniendo un ejemplo.

La dinámica visual de un obra de arte es análoga a la dinámica de la música diatónica. Me explico: en un sistema tonal la expresión y significado de todo tono o frase se desprende de la fuerza con la que se eleva o desciende por encima o por debajo del nivel de la tónica. Del mismo modo, en una composición visual, el centro de equilibrio sirve de base “tonal” a la “melodía” de la obra.

La composición de una obra de arte puede estar distribuida en torno al centro de diferentes maneras. En muchos casos, podemos ver que el centro de equilibrio de un cuadro está representado por una forma o acción que resume “en pequeño” el tema de toda la obra, pero la verdadera función del centro es hacer de núcleo de toda la obra.
De esta manera, el grado de tensión de la composición será más alta o más baja en función de la orientación espacial de las formas o vectores principales de la obra. Cuando estos vectores se refieren básicamente a las direcciones del sistema de referencia vertical/horizontal e interactúan en ángulos rectos, decimos que el nivel de tensión es bajo. Por el contrario, cuando éstos se desvían del sistema de referencia básico, tomando direcciones oblicuas, decimos que el grado de tensión es alto. Ilustrémoslo con un simple ejemplo:
Imagínense dos adversarios que se encuentran ambos sobre la misma base horizontal; su posición espacial los equipara. Sin embargo, imagínense ahora estos mismos adversarios uno por encima del otro (¿recuerdan la escena de la barbería de Chaplin en “El gran dictador”?) con respecto a esa base. Evidentemente en una composición vertical, el que un componente esté por encima de otro constituye una ventaja. ¿Por qué? Pues porque estar por debajo supone tener que vencer la atracción gravitatoria además del empuje del oponente.

Si, por lo general, es la verticalidad la dominante en muchas obras de arte, no por esto desmerece el eje horizontal que cruza horizontalmente el centro de equilibrio y divide el espacio pictórico en dos mitades, una superior y otra inferior.
Para ejemplificar esta cuestión, me voy a basar en el cuadro atribuido a Caravaggio, ”Narciso” para que visualicemos el concepto en cuestión.



Este cuadro nos sirve para aplicar el esquema de las mitades simétricas a la figura humana. Fíjense cómo el borde del agua está situado justo por debajo del centro geométrico. Con esta distribución del espacio obtenemos que el peso visual dominante sea la mitad superior del cuadro. Como dijimos más arriba, la horizontalidad nos garantiza igualdad de oportunidades entre los miembros del diálogo y exige, por eso, que elementos suplementarios decidan cuál de las dos formas consigue mayor peso. En el cuadro que nos ocupa, la división transversal da superioridad al Narciso real y no a su reflejo. Trucos del marierismo que convierten la temática en paradoja: la distribución de pesos es tal que, en contra de la importancia que se le atribuye al reflejo, es por contra, el objeto de atención del personaje principal (Narciso).
Como vemos, la asimetría es un elemento intrínseco a la división transversal, y tiene tanta fuerza que ni siquiera un tema simétrico como el de Narciso y su reflejo, puede superarla.

Bueno, por esta vez, hasta aquí hemos llegado. Les recomendaría que la próxima vez que tengan la oportunidad de contemplar una obra de arte, tengan en cuenta aspectos como el que hoy he tratado en el post. En un ejercicio mental, que les llevará poco tiempo, intenten descubrir dónde se encuentra el centro de equilibrio, qué componentes nos llevan a él, qué sucedería si el artista (ahora nosotros mismos) hubiera trastocado los pesos “visuales”, cuál es el eje geométrico –horizontal o vertical- que divide la composición... en fin, podemos “dibujar” en nuestra mente otra obra de arte partiendo de la que contemplamos). Al igual que yo, llegarán a la conclusión de que lo que vemos es, parafraseando a Leibniz el mejor de los posibles..., pero seguro que a su momento de gustirrinín estético le habrán añadido unos granitos de pimienta.

CAPRICHOS Y REBUZNOS LINGÜÍSTICOS



Caprichos del sujeto:

Como muestra de la personalidad del ilustre matemático Paul Erdös, a continuación paso a detallaros algunos vocablos que formaban parte de su vocabulario:

- marido = esclavo
- esposa = jefe
- matrimonio = captura
- divorcio = liberación
- música = ruido
- alcohol = veneno
- dar clase = predicar
- Dios = Supremo Fascista
- abandonar las matemáticas = morirse
- morirse = dejarnos
- niños = epsilones

Uno puede estar de acuerdo con él en todo o en parte. De lo que no cabe duda es que tenía muy clara su idea del matrimonio y del papel que desempeñan sus componentes sin necesidad de demostrar teorema alguno. Todos sabemos que las mujeres, como jefas de la tribu, capturamos sin miramientos al esclavo que elijamos y a eso se le denomina Ley Universal allá donde vayas –que para eso es universal-, (en fin, ya me podéis perdonar, pero no he podido resistirme...).

Ignoro porqué el famoso matemático tendría semejante idea del matrimonio (emplazo a Tio Petros a que nos lo desvele).

Schopenhauer también poseía una particular manera de llamar a su perro cuando se enfadaba con él y por eso le decía:

-hombre, más que hombre.

Pobre animal. Si se hubiera imaginado lo que le estaba llamando su dueño...

Con estos dos ejemplos hemos visto ciertos caprichos del sujeto a la hora de utilizar el lenguaje pero no tenemos duda alguna de que se produjeron de forma voluntaria y hacen referencia al significado.

Rebuznos del sujeto

Como os decía en el post anterior dedicado a la etimología del vocablo “busilis”, este término procedía de una confusión lingüística, es decir, de la expresión latina “in diebus illis” se había pasado a “busilis” por la ignorancia o quizás atrevimiento de un sujeto del que, aunque no ha quedado su nombre en la historia, sí nos dejó este vocablo tan peculiar.
Independientemente del encanto que este “error” pueda sugerirnos, hay atrevimientos del populacho parlante que claman al cielo y que tienen que ver con el significante. Expresiones como “a grosso modo” en la que sobra la preposición o el “venga que” en lugar de “venga a”. Un “coup de pied” muy frecuente en el País Vasco es utilizar el verbo “buscar” en lugar de “encontrar” no porque no se sepa diferenciar el significado de ambos términos, sino porque confunden los significantes.
Un rebuzno muy divertido que se maneja desgraciadamente demasiado (incluso por los especialistas del oficio) es utilizar la expresión “tubo (bote) sinfónico” en lugar de “tubo sifónico”. Como si Karajan dirigiera nuestras cañerías y sumideros con una batuta desengrasante al ritmo de un vals vienés.

Como llega el fin de semana, largo por cierto, aquí os dejo una frasecita en la que hay un error. Por supuesto que no sólo hay que decir dónde se encuentra sino que hay que proponer la solución y explicar de dónde viene el error.


Eran demasiado pesadas. Inclusive los más fuertes tuvieron problemas para levantar estas cajas de libros

LA MANO AM-PUTADA DEL MARQUÉS DEL VALLE, VIZCONDE DE VIEXIN Y SEÑOR DE CARAMIÑAL

LA MANO AM-PUTADA DEL MARQUÉS DEL VALLE, VIZCONDE DE VIEXIN Y SEÑOR DE CARAMIÑAL Cuentan las crónicas de la época, que en 1889, Ramón María del Valle-Inclán tuvo una pelea en la madrileña Puerta del Sol con el crítico y escritor Manuel Bueno. Éste le propinó tal bastonazo en la muñeca izquierda que uno de los gemelos que Valle-Inclán llevaba en la camisa se clavó de tal modo en la piel que le causó una profunda herida. Por descuido y dejadez, nuestro ilustre escritor no se preocupó por curarse la herida, infectándosele hasta tal punto que le tuvieron que amputar la mano.

Según testimonios de amigos del escritor, éste solía contar la historia de que luchando contra un león, había sido el animal el que de un bocado le había comido la mano. Esta historia la contaba por cuantos cafés de Madrid frecuentara, y la contaba tan orgulloso, comparando su manquedad con la de Cervantes, que se dice que en una ocasión Jacinto Benavente le replicó:

- “Vamos, Ramón, que eso no fue en Lepanto”

Yo os digo una cosa: creo que verdaderamente se la amputeó un león.

PUCCINI Y LA SOPRANO DE CANTO RODADO

PUCCINI Y LA SOPRANO DE CANTO RODADO Ya sabéis, como hoy es viernes y se me presenta por delante un espléndido fin de semana (esto no lo sabéis pero yo os lo digo), aquí os dejo una anécdota musical.

Puccini tenía fama de ser muy duro con sus cantantes femeninas. Se dice que incluso les exigía que se levantaran de madrugada para ensayar y les pedía que sus agudos fueran perfectos.
Cuentan que preparando Tosca, el compositor había ideado que la protagonista cantase el “Visi d´arte” sentada en un sillón, sin embargo, lo más frecuente es que ésta lo interprete tumbada en el suelo boca abajo. ¿Por qué este capricho genial?
Pues todo tiene una explicación:
en uno de los ensayos en Viena al que asistía el músico, el cantante masculino propició tal empujón a la soprano que la tiró al suelo, haciéndola rodar por el entarimado, quedando ésta boca abajo. La cantante, con toda la profesionalidad del mundo, continuó cantando. Puccini quedó impresionado por el efecto y decidió que ésa era la mejor posición que hubiera podido ocurrírsele jamás.

Así que dicho esto, tened cuidado, que no sé yo si es bueno tener un genio cerca.

Hasta la próxima. Os deseo un buen fin de semana.

HOMO CABREATIS VERSUS HOMO GENIALIS

HOMO CABREATIS VERSUS HOMO GENIALIS Se cuenta que el genial compositor Ludwig van Beethoven tenía dos hermanos con los no mantenía muy buenas relaciones. Además de no sentir por él ningún tipo de amor fraternal tampoco sentían admiración alguna por su música.
Uno de sus hermanos, Johann, poseía una farmacia con la que se enriqueció en las guerras de Napoleón contra Austria. Con ese dinero (y con mejor resultado que en el cuento de la lechera), compró Johann varias tierras que le resultaron muy rentables.
Una navidad, su queridísimo, le envió una felicitación que firmaba de esta manera:

Johann van Beethoven
Terrateniente


El famoso compositor, haciendo acuse de recibo, respondió a su hermano con otra felicitación navideña que firmó así:

Ludwig van Beethoven
Cerebroteniente


Como podemos comprobar, la genialidad del compositor, no se limitaba sólo a la música. Con buen ritmo, a tempo, in crescendo y sin calderones, puso firme al hermanito. Y es que hay algunos que se les desarrolla el cuerpo a expensas del cerebro.
Pobres...

Que paséis un buen fin de semana, eso es, eso es, eso es todo amigos.

POR PRESCRIPCIÓN FACULTATIVA

POR PRESCRIPCIÓN FACULTATIVA No tengo otro remedio. Mi marido se ha partido de risa hasta reventar. Después de humillarme con el título que había elegido para uno de mis temas, a saber, La torre de Segismundo, el viernes pasado viene, con actitud cariñosa por si las moscas, y me dice:

-qué gongoriana eres. ¿No podías haber dicho de forma más simple en tu último post que lo que te ha pasado es que has vuelto a perder las estadísticas del blog?

Me está haciendo luz de gas, lo sé, estoy prácticamente convencida. Pero bueno, que por mí no quede, señores:

El viernes desparecieron por segunda vez las estadísticas de mi blog. STOP
Me joroba mucho el haberlas perdido. STOP
Visité otros blogs y comprobé que éstos también las habían perdido. STOP
Hay que hacer copias de los post porque un día pueden desaparecer también. STOP
Espero que mi marido se quede tranquilo. STOP
Hoy se tendrá que hacer solito la comida. STOP
venganzas gongorianas...STOP

EXTREMUM VITAE TEMPUS

EXTREMUM VITAE TEMPUS 6.373 El mundo es independiente de mi voluntad (Tractatus)

L. Wittgenstein vivió en el seno de una familia numerosa. Era el más joven de cinco hermanos varones y tenía tres hermanas.
En abril de 1902 su hermano Hans, el mayor de todos, se suicida en La Habana con tan sólo 24 años.
En mayo de 1904, Rudolf, el tercero de sus hermanos se suicida en Viena.
A finales de octubre de 1918, se suicida su hermano Kurt.
Se dice que el mismo Wittgenstein decidió suicidarse en las montañas de Salzburgo pero por casualidad lo encontró un tío suyo y se lo llevó con él.
En la casa de éste terminó la redacción del Tractatus.

Ten hermanos para esto

Ten hermanos para esto Sandro Botticelli es el nombre por el que popularmente conocemos al pintor del Quattrocento italiano Alessandro di Mariano di Vanni Filipepi. Botticelli era el apodo de su hermano mayor, Giovanni, cuya obesidad provocó que el mote de tonelete se extendiera a todos los miembros de la familia.
Mira tú, que en todos sitios cuecen habas...