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UNO DE LOS INFIERNOS DE DANTE (2)



Durante la segunda noche se desencadenó una lucha atroz por la supervivencia. Todos querían ocupar un sitio en el centro. Los oficiales acabaron con el motín y mataron a 65 hombres “borrachos y dementes por el miedo, y en legítima defensa”.
Al cabo de una semana quedaban 28 supervivientes, pero claro está, todavía eran demasiados. “De esa cifra sólo 15 parecían capaces de sobrevivir algunos días, todos los demás estaban gravemente heridos y habían perdido la razón. Tras una larga discusión, decidimos tirarlos al mar” escribiría después Savigny. El cirujano procedió a seleccionar las víctimas y en su posterior tesis doctoral “Los efectos del hambre y la sed entre los naúfragos” contaba que el cuarto día, los pasajeros de la balsa de “La Medusa” se vieron obligados a completar la ración de vino con agua salada y orina y, que al tercer día ya aparecieron los primeros casos de canibalismo:

”Aquellos que habían conservado la vida, se lanzaron ávidamente sobre los cadáveres que cubrían la balsa. Los cortaron en trozos e incluso algunos los devoraron inmediatamente. Una gran parte de nosotros rechazó tocar aquel espantoso alimento, pero finalmente cedimos a una necesidad que es más fuerte que cualquier humanidad. Veíamos aquella horrible comida como un medio deplorable y único de prolongar nuestra existencia”

El propio Savigny propuso cortar los cadáveres en tiras y secarlos al sol. El espectáculo de los cadáveres sangrientos horrorizó a los salvadores de la balsa que, confudieron en un primer momento las tiras de restos humanos por fragmentos de vela o de ropa hecha jirones.
Después de 13 días navegando a la deriva, los hombres de “La Medusa” descubrieron un barco. El bergantín “L´Argus” había sido enviado para rescatarlos. Géricault quiso plasmar ese momento con el lienzo conocido hoy por La balsa de la Medusa en 1819, cuando tan sólo contaba 27 años.
El joven Géricault expuso su monumental cuadro en el Salón oficial de París con el anodino título de “Escena de un naufragio”. El lienzo constituyó toda una provocación ya que todavía catástrofe y escándalo, estaban vivos en la memoria de todos, memoria que el nuevo régimen político hubiera querido olvidar.
Géricault había conocido personalmente a Corréard y Savigny y había leído la obra en la que ambos relataban su trágica experiencia. El pintor quiso retratarlos a la derecha del mastil.
Sobre las barricas y las cajas que apilan los naúfragos para que el Argus pudiera divisarles, Géricault sitúa a un hombre negro. Se llamaba Jean-Charles y era el único “plebeyo” de los supervivientes. Él era quien ejecutaba los acuerdos que tomaban oficiales y científicos; él era el encargado de echar por la borda a las víctimas designadas por Savigny. Al igual que otros cuatro supervivientes, Jean-Charles murió de indigestión a bordo del Argus, al ingerir demasiada comida con demasiada rapidez.
Quiso Géricault que la monumentalidad del lienzo (491x716 cm) se correspondiera con la magnitud del drama. Con los datos proporcionados por el cirujano y el cartógrafo, mandó construir una maqueta de la balsa y alquiló un taller mayor que el suyo cerca de un hospital. Allí se le autorizó a pintar a los agonizantes y a los muertos e incluso pudo llevarse trozos de cadáveres para poder observar el color de la carne cuando comienza a descomponerse. Dispuso de todos los medios a su alcance para realizar una obra realista...pero no la pintó de este modo.
Como en su lienzo, la vida del joven Géricault transcurría en medio de un mar bravo, intentando sobrevivir a la tragedia de su vida personal, sabiéndose superviviente fracasado de la misma y aterrorizado por la ausencia de redención alguna.
Mañana, amigos míos, si ustedes quieren, pasearemos por ese otro infierno: aquél que impulsaba la mano de Théodore Géricault.
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1 comentario

Cristina -

Espeluznante. En parte me recuerda a aquel accidente aéreo que sucedió en Chile en los 80, y que después inspiró a la película "Viven". Muchos de los supervivientes tuvieron que cortar los cadáveres y secar la carne al sol para poder sobrevivir. Claro que el caso fue diferente. Allí no hubo motín: sólo el impulso y la necesidad de vivir.

Saludos.
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