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Vailima

LIBIAMO, LIBIAMO (3/4)

El soldado y la muchacha sonriendo

Si en el post de ayer abandonábamos a una joven dama en los brazos de un delicioso sueño, en la obra que hoy quiero mostrarles la muchacha, aún despierta, es seducida mediante el vino. En El soldado y la muchacha sonriendo, Vermeer retoma la temática de La joven durmiendo . Así como en esta última obra la situación aparece aislada de cualquier contexto narrativo, en El soldado y la muchacha sonriendo, el artista representa sin escrúpulos el proceso de la seducción gracias al vino.

Un caballero con sombrero de ala ancha se encuentra sentado ofreciéndonos su espalda y una parte de su rostro aparece oscurecida por la sombra. La mano derecha, apoyada en su cadera, sueña seguro con posarse en otro lugar propiedad de la joven. No nos precipitemos, todavía está conversando con una muchacha que le sonríe con la luz que la pañoleta blanca confiere a su rostro. El tamaño del caballero comparado con el de la muchacha, otorga al galán un punto de dominio: Su poder acaba de servirlo en la copa que la dama sostiene en sus manos. Las sombras proyectadas en uno y la luz de la ventana y el pañuelo sobre la cabeza de ella nos hablan de las intenciones del caballero: el poder de uno; la pureza y la ingenuidad de la otra. Pero dejémosles solos, nuestra cercanía puede perturbarles…

Si me lo permiten, acompáñenme a otra estancia contigua de la casa. Esta vez guardaremos una distancia respetable y contemplaremos una situación más explícita si cabe de la seducción mediante el vino.

La muchacha con el vaso de vino Vermeer

En La muchacha con el vaso de vino o La dama con dos caballeros presenciamos una escena similar a la que Vermeer nos describía en En casa de la alcahueta con la diferencia de que en esta ocasión, la persona que presta los servicios de alcahuetería es el caballero sentado al fondo. La situación representada no difiere mucho de lo que hemos visto hasta ahora, pero se dan varios detalles que hacen de este lienzo algo especial.

Lo primero, advertir que, aunque a distancia (los personajes no aparecen recortados en la composición), nos encontramos –nosotros, los espectadores- en la misma estancia que los representados y, como testigos de la historia que se narra, la joven nos mira, sonriendo, mientras que con su mano derecha sujeta la copa de fino cristal y sus oídos seguro se deleitan con las palabras que le susurra el caballero. ¿Por qué nos mira?, ¿acaso espera nuestro beneplácito?

El segundo detalle y que puede pasarnos desapercibido, es la presencia de otro personaje más en la sala. Quizás la muchacha tampoco se haya percatado de ella, quizás la muchacha nos sonría porque sepa que está ahí presenciándolo todo.

La figura a la que me refiero es la representada en el cuadro colgado en la pared solitaria: el marido. Ausente en la realidad pero presente y admonitorio en el cuadro. ¿Será casualidad que su mirada se dirija a la joven dama? Fíjense bien y hagan sus conjeturas.

Les espero mañana.

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3 comentarios

Vailima -

Cristina:
me complacen tus palabras de elogio pero de ahí a que te haya recordado a Borges... ¡Dios mío! no sé si ruborizarme o meter la cabeza bajo tierra cual avestruz. No obstante, te las agradezco bien sea como regalo de navidad...
Con respecto a lo que comentas del silencio, es cierto, de acuerdo contigo, las obras de Vermeer se deben contemplar DESDE el silencio y una relativa distancia que nos lleve a no molestar a los personajes, a no desfigurar lo que en la obra se narra. Como un \\\"pasen sin llamar\\\" y a la vez \\\"se ruega silencio\\\".
Herri Otrow: indudablemente es más sugestivo que el \\\"caballero colgado\\\" sea el marido de la muchacha, aún en estos lances del arte no dejamos -por nuestra naturaleza- de ser morbosos. Además, la sonrisa de la joven y la visual del esposo... me gusta, me gusta mucho.

Herri Otrow -

Mientras miraba el cuadro, antes de leer tu comentario, yo pensaba en el señor del cuadro como el padre de la dama, pero el que sea su marido lo hace mucho más sugestivo y divertido.

Cristina -

Me ha encantado este paseo por Vermeer. Por un lado, porque por tu forma de enseñarnos el cuadro, me ha recordado a un comentario de Borges a un soneto de Góngora.

Por otra parte, porque Vermeer era el típico pintor cuyos cuadros yo siempre he mirado desde fuera, no queriendo interrumpir el silencio ese que transmiten, pero tú has conseguido hacer que participe de la escena, así que me has reinventado a Vermeer.

Mille Grazie.
Qué lujo, oiga.
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