GESTOS PARA LA HISTORIA
(pincha sobre la imagen para ampliarla)
Esta es la obra que Caravaggio ejecutó por encargo para el altar de la capilla Contarelli de San Luis de los Franceses en Roma. Se trata de una obra de grandes dimensiones titulada San Mateo y el ángel. Si contemplan con detenimiento el lienzo se preguntarán, lo primero, la razón por la que Vailima ha decidido privarles del color en la imagen que presenta. A esta cuestión, ya responderé después dando buena razón de ello.
Como digo, si observamos al personaje principal, San Mateo, comprobaremos que no está pintado como un santo al uso. Me explico. Caravaggio presenta a un hombre de bajo nivel social caracterizado por su tosquedad y suciedad y sin tener la más mínima pinta de tío casto. Hasta tal punto se plasma su pésima condición que presuponemos su analfabetismo, pues es el ángel quien guía la mano del santo para que pueda escribir el Evangelio.
Desde luego no me negarán que el Caravaggio no los tenía bien puestos. Sí, naturalmente que los tenía y su comitente más, pues la obra fue rechazada con dire che quella figura non aveva decoro né aspectto di Sant. Lo que ya les había dicho: esto que nos presentas no tiene la dignidad ni aspecto de santo.
Así pues, ¡qué remedio!, vamos a dar a las autoridades eclesiásticas lo que quieren. Un santo de verdad y en condiciones:
(pincha en la imagen para ampliarla)
Esto es otra cosa. Qué dignidad manifiesta, escuchando atentamente la inspiración divina…tanto, que como se nos mueva un pelín se nos cae a los pies el banco donde se apoya el santo y termina de arreglar los juanetes al espectador. El ángel dicta y el santo escribe. El ángel enumera (fíjense en el gesto de las manos) y el santo levita en una posición casi imposible.
Convencional, sí. Ahora tenemos un santo en toda regla pero nos falta la chispa de la primera composición, su expresividad y su delicadeza y ¿saben la razón?
Son las manos quienes hacen cambiar el registro de una obra a otra. Las de la primera obra, constituyen el punto central de la composición dando lugar a una escena más familiar y popular. Por el contrario, en la segunda obra ha desaparecido toda familiaridad y toda intimidad como si Caravaggio hubiera querido vengarse de alguna manera. Los genios, son genios con genio y me imagino al claroscuro artista pintando con los dientes apretados y como el lugar al que iba destinado el lienzo exigía una perspectiva de abajo hacia arriba pues se dijo: ahí os jodáis y que cuando lo estéis contemplando se os caiga el banco.
Un hermoso gesto el de las manos del ángel y el primer San Mateo;
un hermoso gesto el del artista dando en las narices con su maestría al comitente;
un gesto desgraciado y vil, la destrucción de esta obra maestra en la Alemania de la II Guerra Mundial.
En blanco y negro. Como la naturaleza del hombre. A veces, a dios gracias.







Dicen los expertos que la infancia es una época de nuestra vida que puede marcarnos para siempre. Cuanto más feliz sea la primera más papeletas tenemos para que nuestra etapa de adultos sea mejor. Sea cual sea el momento histórico en el que la vivamos siempre podemos encontrar varios denominadores comunes que la experiencia me dice que pertenecen a lo más hondo de su naturaleza. Una de estas constantes es que el niño considera que sus progenitores se acaban de caer de un guindo, es decir, que se chupan el dedo o que acaban de nacer.

Hasta hace poco tiempo, cualquier persona sabía qué era el arte, el lugar que ocupaba y para qué servía. Gracias a él se daban a conocer las hazañas de los héroes de un pueblo; las Sagradas Escrituras se leían en los capiteles de las columnas de iglesias o monasterios o los monarcas posaban en retratos de familia para la posteridad.
En el capítulo primero de La Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres, Kant nos dice que ni en el mundo ni fuera de él es posible pensar nada que pueda considerarse como bueno sin restricción, a no ser la buena voluntad. Todas las cualidades del temperamento como el valor, la decisión etc., pueden llegar a ser extraordinariamente dañinos si la voluntad que debe de hacer uso de ellos debido a su carácter, no es buena.
Desde que nace hasta el final de sus días el ser humano acopia en menor o mayor medida, en menor o mayor grado, una serie de comportamientos y actitudes internas y/o externas que independientemente del número de veces que ocurran los hechos que las causan o determinan se repiten con idénticos efectos. Me explico: aquí la que suscribe es incapaz de ver un cuadro torcido colgando de la pared, incapaz de echarse a dormir si la puerta del armario está entreabierta o incapaz de no sacarse la lengua en el espejo de cualquier ascensor. Incluso, y esto que sigue es una íntima confesión, soy incapaz de abstenerme de contar los azulejos del cuarto de baño cuando lo visito (creo que nunca he terminado de contarlos porque siempre hay un niño que interrumpe la tarea).
Si hay algo que gusta al ser humano es alardear y alardes hay de diferentes tipos: de armas, de riqueza, de belleza, de estatus social etc. Lo más usual es que uno alardee de lo que tiene, pero también existen casos de lo contrario. Parece ser que como animales sociales, nos preocupe por ejemplo nuestro aspecto físico. ¿Por qué nos ruborizamos si tenemos un moco pegado en la nariz?, ¿por qué los varones buscan cualquier rincón para subirse la cremallera de los pantalones cuando comprueban que ésta está bajada?. Sin embargo, parece no preocuparnos el hecho de meter la pata cuando queremos alardear de nuestra amplia cultura, de pegarle una patada al diccionario o, en definitiva, hacer un mal uso del lenguaje.