Vailima |
![]() |
|
|
Se muestran los artículos pertenecientes al tema El Paraíso. Ya sé, ya sé. Estoy descuidando esta casa pero es que otra vez estoy preparando las maletas. Tio Petros y la menda se van a pasar unos cuantos días a Praga. Cuando volvamos, les cuento. Mientras tanto, que tengan una feliz semana. Así, como en la ópera Rinaldo de Händel, déjenme que hable de libertad. Cada uno como pueda y sepa. Yo, hoy lunes, lo hago con música. De ésa que escucha Dios escondido detrás de la puerta. Después de que contemplen el video que les presento hoy, no creo que haya mucho que decir. Proclamado como el mejor artista lírico del año en Francia en 2007, Philippe Jaroussky canta un aria de Vivaldi (1) que pone los pelos de punta. Dicción perfecta y timbre sublime, posee una naturalidad y una elegancia que sólo puede darse cuando se conjugan genialidad innata y cientos de horas de técnica y trabajo por detrás. La música parece surgir de cualquier parte de su rostro y nos habla con la expresión de todo su cuerpo. Sin duda, se trata de uno de los mejores contratenores que haya escuchado jamás. Para los que tengan el deseo de escucharle hablar, les invito a que contemplen la grabación hasta el final, cuando se dirige al público para agradecer el premio. A Walt Disney le debemos el haber reinventado y redimido la honra y la figura de este simpático roedor cuya representación, a lo largo de la historia del arte, ha sido sinónimo de rebeldía, avaricia y maldad. Tal vez, ese color rojizo que cubre su piel o bien su rapidez y difícil captura o esa costumbre (modus vivendi) suya de acumular comida han sido la causa de que en la imaginería cristiana sea considerada como símbolo del mal y del mismo diablo. En este lienzo de mi muy estimado Lorenzo Lotto tenemos un ejemplo de ello. Ejecutado en 1525, este óleo lleva por título Retrato conyugal de Niccolò Bonghi y de su mujer. ¿Qué vemos?: homenaje a Santo Tomás Como siempre les sugiero, comencemos por lo que vemos. Un hombre y una mujer miran directamente al espectador. Se encuentran en una estancia cerrada cuya única conexión con el mundo exterior se abre a través de una pequeña ventana. Allí afuera se nos presenta un paisaje en tempestad en el que contemplamos dos árboles doblados por el fuerte viento. Por el contrario, dentro de la habitación de los esposos todo parece estar en calma. Ambos personajes están ricamente ataviados y el tapiz que cubre la mesa donde ambos se apoyan nos da una idea de su nivel social. La esposa sujeta con su brazo izquierdo un perrito y su mano derecha se apoya, levemente, sobre el brazo de su marido. Éste, apunta con su mano derecha a un animal arremolinado sobre sí mismo situado sobre la mesa y que, desgraciadamente, no puede apreciarse en condiciones. No se preocupen, que les adelanto su naturaleza: se trata de una ardilla. Con la mano izquierda, justo en el centro de la obra y donde se recoge la mayor concentración de luminosidad, el señor Bonghi sostiene una hoja de papel en la que puede leerse la siguiente inscripción: “homo nunquam”. ¿Qué no vemos?: homenaje a San Agustín Una vez recogidos todos los datos, pasemos a la fase de descifrar todo aquello que el artista nos dice a través de pequeños detalles. Ya saben por ahora que se trata del retrato de un matrimonio. Entre los muchos lazos que lo componen, esta alianza entre dos personas conlleva el compromiso de la fidelidad. Pues bien, este es el tema en el que Lotto hace girar su obra y, es precisamente la figura situada en el centro del lienzo la que da sentido al resto de la obra: la ardilla pues según se decía, el macho de la ardilla, una vez bien provisto de comida, se aletarga en la madriguera y abandona a la hembra en la intemperie. A partir de aquí, se van desmadejando los significados de los demás elementos que forman la composición. Como les he comentado al comienzo del post, la ardilla es sinónimo de maldad y avaricia. Pues bien, el paisaje en tempestad hace referencia a las adversidades de la vida y los dos árboles que el viento intenta abatir simbolizan la vida conyugal y la necesidad de enfrentarse juntos a cualquier contratiempo. La fidelidad de la que nos habla Lotto, queda manifiestamente representada en el perrito que porta la dama, como todos ya saben, y en ese leve apoyo con el que la mano derecha de la señora Bonghi se recoge sutilmente en el hombro de su esposo. En cuanto a la figura masculina, sin duda es la figura más apasionante del cuadro. Con su dedo índice apunta directamente a la ardilla medio escondida y para que así conste ante nuestros ojos, una sentencia latina cierra su firme compromiso: “El hombre nunca (debe comportarse así)” La imagen que les presento hoy forma parte de los frescos que Luca Signorelli pintó por encargo en 1499 para la Capella di San Brizio de la Catedral de Orvieto. Casi cinco años estuvo subido el pintor a un andamio para finalizar esta monumental obra y crear sobre el revoco fresco su dramática obra: el Fin del Mundo: Historia del Antricristo, el Juicio Final, la Resurrección de la carne, los Condenados, los Justos y la Coronación de los elegidos. La obra que contemplamos corresponde a La resurrección de la carne y si la observan detenidamente, concluirán que no deja de tener su aquél enigmático. Como siempre, les aconsejo realizar un ejercicio primario, intentando responder a la pregunta del millón: ¿qué vemos? Dos grandes ángeles, situados al nivel de la bóveda celeste, tocan sendos clarines llamando a los muertos. Abajo, los muertos hacen verdaderos esfuerzos por salir. Lo curioso, es que no salen de sus tumbas sino de un pavimento blanco cuya doble naturaleza es todo un misterio: por una parte, elástica y moldeable permite que los cuerpos de los resucitados emerjan y, por otra, pétrea y lisa una vez que los cuerpos posan sus pies o sus manos sobre ella.¿Han encontrado ustedes algún personaje, entre ellos, con las marcas de la vejez? Les evito la búsqueda. No hay. Los cuerpos son jóvenes y, por su musculatura, están en la plenitud de la “vida” (si me permiten tomarme esta licencia). Surgen de esa materia siendo todavía esqueletos con un considerable esfuerzo y paulatinamente van recuperando músculos y piel. Fíjense en el hombre que aparece en primer plano, todavía cansado; o en ése que necesita apoyarse en su rodilla para terminar de sacar su pierna derecha. El proceso es penoso y largo. En la parte inferior derecha tenemos la figura de un varón charlando con seis esqueletos. Todavía pueden apreciarse sus músculos sin piel y los huesos que conforman su columna vertebral. Una vez que la conversión ha finalizado, es cuando los cuerpos quedan de pie y miran hacia el cielo: la carne ha resucitado pero ninguno sabe a ciencia cierta, dónde habrán de morar para toda la eternidad. Condenados o elegidos. La pregunta. La maestría de Signorelli a la hora de afrontar la anatomía humana es magnífica y todo un referente en cuanto al estudio de las diferentes poses y movimientos. Sin embargo –y de ahí el doble sentido del título del post de hoy-, la Resurrección de la carne se encuentra inmersa en una pérdida del todo irremediable. Como les decía al principio, el artista aplicaba su pintura sobre revoco fresco y aquellas partes que no conseguía terminar en una jornada de trabajo quedaban secas y endurecidas para la jornada siguiente. Como ese pavimento de donde surgen los resucitados, así todo lo pintado sobre los paramentos secos está condenado a perderse para siempre. Fíjense en los querubines por ejemplo. Sin resurrección posible de esa “carne” de pigmentos que conforma esta obra maestra y, que espero, les haya gustado tanto como a mí. Condenada. Ahora sí. Lujuria es el sobrenombre de la Alegoría de Venus y Cupido que Agnolo Bronzino pintara entre 1540 y 1545. Se trata de una de mis representaciones favoritas del tandem Venus/Cupido. Obsérvenla con detenimiento y alevosía pinchando sobre la imagen si desean ampliarla: Las figuras principales protagonizan una escena cargada de erotismo y sensualidad y si no, fíjense en esa lengua de la diosa que está a punto de deslizarse por los jóvenes y carnosos labios de Cupido (“como los panaderos prueban el pan” que diría el recientemente fallecido Ángel González) o en la mano derecha de éste, que apresa con delicadeza el pecho de Venus liberando suavemente su pezón de esa cárcel de carne y hueso mientras sus miradas permanecen intactas, la una frente a la otra, ignorantes de cuanto les rodea. Lujuria, aunque desde nuestros ojos del siglo XXI contemplemos la más tierna manifestación de expresión del amor. Amor que abarca con toda su luminosidad la obra. Sin embargo, este sentimiento parece no venir solo. Detrás de Cupido, en el borde izquierdo del cuadro, se encuentran los celos, personificados en una figura que grita y se tira del cabello. Detrás del muchacho que tira rosas, en el borde derecho, emerge una figura enigmática, de falsa inocencia y de manos invertidas, que ofrece a los protagonistas un panal de miel y un escorpión. Este cuerpo que surge como una quimera no es otro que el engaño. Bronzino nos quiere decir algo, más bien nos advierte que este amor está sentenciado a perecer. Será la necedad (1), representada en la parte superior izquierda por una máscara con rostro de mujer y sin cerebro, la que intente ocultar ese amor ante la mirada del dios del tiempo, recurriendo para ello, a una cortina que el dios atrapa bruscamente. El reloj de arena nos avisa del irremediable final: la muerte. Abajo, en la esquina inferior derecha, unas máscaras esparcidas por el suelo nos hablan de las apariencias: todo en este cuadro es símbolo. Aprendan de ellos y sepan ustedes que contemplan esta obra, que la lascivia y la lujuria están destinadas a ser desenmascaradas. Claro que eso en la visión de un manierista italiano que fue poeta además de pintor. (1) sobre este enigmático personaje existe otra interpretación que lo identifica con la sífilis y los efectos que produce a aquél que la padece. Quédense con la explicación que a ustedes les guste más. Ayer día 6, la menda cumplió un año más y, una vez más mi amigo Palimp me envió un regalo que aprecio mucho. Como amigos míos que son, quisiera compartirlo con todos ustedes. Pueden pinchar sobre la imagen para ampliarla y contemplar, como se merecen, todos los detalles: observen la pintada de la pared y los maravillosos tatuajes en el lomo de los gorrinos. Toda una obra de arte. Contemporánea, claro. El regalo no tiene precio y lo atesoro ¡cómo no! como el regalo de un gran amigo y gran persona. Aquí el enlace del mismo en el Cuchitril Literario . Gracias, Palimp. NOTA: encontrarán el sentido de la foto si pinchan aquí . Amigos todos, esta bitácora cumple nada más y nada menos que 4 años. ¿Lo mejor de todo? saber que ustedes están ahí, acompañándome día a día. Soplo las velas y pienso un deseo: seguir así. Doy debida cuenta del evento, mostrándoles la foto que inmortaliza el encuentro. Son todos los que están pero no están todos los que son. Muchas gracias, amigos. 3- ANARKASIS 4- ECLECTICO 5- LUMEN DEI 6- LA FUNÁMBULA 7- HERRI 8- VERE 10- TIO PETROS 11- ISABEL BARCELÓ 12- SALAMANDRA 13- VAILIMA 14- JOSE 15- JAFATRON 16- PALIMP (el fotógrafo) ...y muchos más que no pudieron salir en la foto. Una vez más, gracias a todos y, en especial a Tio Petros, mi número 10: sin ti esta bitácora no hubiera nacido. Sin tu apoyo, habría dejado de existir. un beso a todos El título del post no es el nombre de ningún lugar mágico de la península italiana, ni el de ninguna marca comercial de alta costura. No es más que el efecto producido por el video que les presento a continuación y que quiero compartir con todos ustedes y, especialmente, con aquellos héroes del absurdo, sísifos camusianos como yo, que me leen desde su puesto de trabajo: esa roca que nos cuesta subir, sobre todo, los lunes. Pues eso, que casi. (pinchen la imagen para ampliar) Paolo Caliari, conocido como el Veronés, pintó este magnífico lienzo por encargo de los monjes del claustro veneciano de San Giorgio Maggiore allá por 1563. La pintura tiene unas dimensiones gigantescas (6,69 m x 9,90 m), exactamente las mismas que el muro frontal del nuevo refectorio al que iba destinado. En el siglo XVI, Venecia era la ciudad de la opulencia donde se construían espléndidos palacios y donde el arquitecto Andrea Palladio, inspirándose en los templos de la antigüedad, construiría el refectorio benedictino que lo haría famoso. Pinceladas arquitectónicas palladinas pueden contemplarse en, ésta también, opulenta obra del Veronés que lleva por título, todavía no se lo había dicho, Las bodas de Canaá. Las columnas según el modelo antiguo enmarcan la plaza donde se celebra el gran banquete nupcial. Los sirvientes van de un lado para otro y en primer plano se nos presentan los invitados que dan debida cuenta de las viandas. Si se fijan en el personaje ricamente ataviado situado de pie en la parte inferior derecha, ¿lo ven? ¡el de nariz aguileña!, sí ése, pues no es otro que el hermano del pintor, Benedetto Caliari, responsable de la composición de esta obra “de taller” y modelo ocasional haciendo las veces de maestro de sala o catador. Porta en su mano la copa donde se materializa el milagro de la transformación del agua en vino según el Evangelio. Es curioso, estos venecianos eran la leche. Apenas se consumía agua en la ciudad del agua y ¡cómo no! con gran tino y sabiduría, el vino era la bebida por excelencia. Observen ustedes la forma de mirar la copa que tiene el Benedetto. Precisamente cara de contemplar un milagro no tiene. Por el contrario, parece estar examinando con detenimiento el color, el gusto y la añada del vino. Si desplazan una vez más su mirada hacia el centro, el espectador avispado se encuentra con la figura de un Jesús que pasa inadvertido ante el animadísimo convite. Como no podía ser de otra forma, en Venecia prevalecía lo terrenal frente a lo espiritual y no conformándose con manteles adamascados, cubiertos de oro y plata, copas y fuentes de fino cristal, utilizaban incluso palillos de oro como el que se lleva a la boca esta discreta dama que parece aburrirse enormemente entre el caballero con cara de marido de su izquierda y el caballero cotilla que escucha la conversación ajena de su derecha. (pinchen la imagen para ampliar) Lo más pintoresco de esta obra, en mi opinión, es el detalle que les cuento a continuación. Como ya sabemos, en toda boda que se precie no puede faltar una buena orquestina. En las bodas que nos ocupan, tampoco. Pero lo curioso es que tenemos ante nuestros ojos a unos músicos sin igual. Un segundo que se los acerco para que no se me estropeen la vista. Ya está. (pinchen la imagen para ampliar) Aunque teoría poco probada, peregrina ella pero llena de gracia y atractivo, nos hallamos frente a una orquesta formada por tres magníficos venecianos que no se dedicaban precisamente a deleitarnos el oído sino los ojos. Nada más y nada menos les presento al contrabajista conocido por Tiziano, ataviado con un atuendo rojo; al violoncelista de manto blanco, llamado el Veronés y, a su lado y por último –como no podía ser de otro modo- al gran Jacopo Tintoretto. Los tres músicos del color reunidos para hacer las delicias de quienes hoy contemplan esta obra imaginándose el gozo de los monjes benedictinos que, digo yo, quebrantarían la ley de la orden y, de vez en cuando, levantando los ojos del plato degustarían unos imaginarios manjares al son de la música de los tres grandes. El cielo. ¡salud! Este último viaje al románico catalán tenía un doble atractivo para Tio Petros y para mí. Por una parte, la belleza de los edificios que por fin íbamos a poder degustar en vivo y, otra, tan importante o más que la anterior, el encuentro con amigos blogueros que tendría lugar en Barcelona. Amigos que ya teníamos el placer de conocer personalmente como Palimp y Ranxo y amigos a los que sólo nos faltaba poner un rostro ya que su voz, su carácter y su forma de ser eran conocidos por nosotros a través del teclado. Entre estos últimos se encontraban MeZKaL el aventurero, el premiado Omalaled , y Jafatron , el esclavo al que todas las madres les gustaría tener como yerno. Después de unas cervezas y muchos cigarros, nos fuimos a cenar a un restaurante argentino (sugerencia de MeZKaL) donde compartimos unas magníficas viandas no sin antes inmortalizar nuestro encuentro con un baile nocturno a lo Matt Harding (con descojono incluido) que ustedes podrán ver próximamente en CPI si mi buen amigo Remo tiene a bien de publicar. Mi limitada capacidad para narrar el evento queda suplida por unas cuantas fotografías que tomamos entre MeZKaL, Petros y una servidora y que con el permiso de los protagonistas paso a mostrarles. ¿Por qué el título del post? Elemental, queridos lectores, el sueño que inmediatamente sucede a éste es el que nos proporcionará un nuevo encuentro. Gracias por vuestra compañía, amigos. Comienzan las vacaciones en la Divina Comedia pero Tio Petros y Vailima tendrán que esperar todavía a la segunda quincena de julio. Este año nos recorremos el románico de Cataluña y aquí les dejo una parte del itinerario: - Seu D´Urgell - Andorra - Solsona - Cardona - Berga - San Fruitós de Bagés - L´estany - Vic - Sant Cugat del Vallés - Barberá del Vallés - Barcelona - y otros... que ya comentaré a la vuelta. Como siempre les recuerdo que si alguien quiere tomarse unas cañitas con nosotros, no dude en ponerse en contacto conmigo a través del correo electrónico (vailima(arroba)gmail.com). Que pasen ustedes un buen verano y séanme felices. Hasta la vuelta. Pues eso, que son las fiestas patronales de la ciudad en la que vivo y una ya tiene el cuerpo de jota. Que ustedes lo pasen bien. En el capítulo de hoy… Han transcurrido siete días desde que Nastagio presenciara la cruel escena de caza. Vuelve a ser viernes y el pragmático muchacho no deja escapar el momento. Organiza un gran banquete en el campo al que invita a Paolo Traversaro y su familia. Las mesas se disponen a la sombra de los pinos justo en el mismo lugar donde la doncella fue capturada y coloca a su escurridiza amada “frente al sitio donde debía desarrollarse la escena”. A la hora establecida por el joven muchacho, justo cuando los postres acababan de ser servidos, aparece en escena una joven desnuda, sus cabellos revueltos e implorando piedad entre lágrimas desconsoladas. Junto a ella, dos perros de caza desgarran su blanca piel con sus terribles fauces. Todos los comensales quedan impresionados. Un caballero, furioso y gritando insultos atroces, blande su espada con la que quiere dar fin a la vida de la hermosa doncella. Los invitados no pueden guardar asiento, los músicos dejan de tocar y las damiselas gritan y sollozan ante el espantoso espectáculo. Todos parecen haberse vuelto locos de miedo ante la terrible matanza, todos menos uno. El joven Nastagio es el único que guarda la calma porque su plan ha surtido el efecto deseado: “todas las mujeres vertieron las lágrimas más amargas como si fuera su propia pena… pero la amada de Nastagio se dio buena cuenta de que, entre todos los presentes, era ella a quien iba dirigida la escena, también fue la que más se asustó. Ya le parecía huir de la ira de Nastagio y sentir a los perros a su lado. Fue tal su angustia pensando que podría sufrir un destino parecido, que se apresuró a informar a Nastagio que su odio había mudado en amor” En el capítulo siguiente… El domingo siguiente Nastagio degli Onesti celebrará su matrimonio rodeado de amigos y familiares. Y bajo una magnífica arquitectura renacentista, los dos jóvenes muchachos se jurarán amor eterno. Y ... colorín colorado este cuento de Boccaccio ha terminado. FICHA TÉCNICA Director: Sandro Botticelli Guionista: Giovanni Boccaccio Actor principal: Nastagio degli Onesti Banda sonora: Carl Philip En capítulos anteriores… El joven Nastagio degli Onesti es el protagonista de la octava narración que Boccaccio cuenta en la quinta jornada del Decamerón donde se habla de “la felicidad que encuentran los amantes después de ciertos infortunios y percances”. El infortunio del joven no era otro que el rechazo de la hija de Paolo Traversaro que bien por el orgullo de su belleza o bien por el de su linaje, habíase negado a contraer matrimonio con él. Desesperado y contemplando como única alternativa el suicidio, se deja aconsejar por sus amigos que le proponen pase un tiempo de paz y tranquilidad en la soledad de un pinar a orillas del mar. Un día en el que el joven Nastagio se encontraba paseando por el pinar se topa con una cacería inusualmente despiadada. De entre los pinos surge la figura desnuda de una mujer que está siendo atacada por un feroz perro de caza. Nastagio queda atónito ante la escena que contempla. De cerca, un caballero montado en su corcel blande su espada furioso con la intención de dar caza a su víctima indefensa. Cuando intenta defender a la dama, el joven degli Onesti es advertido por el malhumorado cazador: - dejádme cumplir la justicia divina! y tras lo dicho, el caballero que se presenta como Guido de Nastagi, pasa a contarle su triste historia y el motivo de su maldición: el cazador y la joven murieron hace tiempo y están condenados para toda la eternidad. En el momento en que el caballero alcanza la presa, la traspasa con el acero de su espada y le arranca el corazón que da a comer a los perros. Inmediatamente después, empero, la joven se levanta como si nada hubiera pasado y retoma la sísifa huida. Nastagio no puede dar crédito a lo que ven sus ojos: el hombre ha sido condenado a vivir una y otra vez esta pena por haberse suicidado a consecuencia de un desengaño amoroso. La mujer sufre igualmente el castigo por poseer un corazón tan duro que no pudo albergar en su seno ni el amor ni la piedad de aquél que la amaba. Con el rostro desolado, Guido de Nastagi, finaliza su relato diciendo: - debo ejecutar sin descanso el castigo que merece esta mala mujer. Cada viernes a la misma hora la alcanzo en este lugar. Por lo que una vez repuesto de lo vivido, Nastagio dispone sacar provecho de su insólita experiencia en el bosque y decide…continuará. Nos hallamos ante el mural de una de las salas del palacio veneciano de los Labia. El palacio acaba de ser restaurado y las pinturas murales, como no podía ser de otro modo, se han encargado al artista veneciano más célebre: Giambattista Tiepolo. Corre el año 1746 y el pintor decora para esta familia, nada más y nada menos que 500 metros cuadrados de murales convirtiendo el salón palatino en un gran teatro. La protagonista indiscutible es la dama que tienen ustedes ante sí. ¿Qué mejor que representar a la figura histórica por antonomasia del poder, el lujo y el placer para ser contemplada por una sociedad que tenía estos como verdaderos pilares de su naturaleza? Cleopatra VII, reina de Egipto, asiste a un gran banquete. Sentados alrededor de la opulenta mesa se encuentran el general romano Marco Antonio y un tercer personaje que se nos muestra de espaldas. Conocemos su identidad, pero permítanme que antes de darla a conocer, les presente el motivo del encuentro. Según nos cuenta Plinio el Viejo en su Historia natural nos encontramos ante el desenlace de una famosa apuesta. Cleopatra se había jactado ante el general romano de poder “comer en una sola comida cien veces cien mil sestercios” y estaba a punto de demostrárselo. El cónsul romano Lucius Munatius Plancus haría de árbitro entre las dos partes. La estupefacción del hombre más poderoso del mundo no se haría esperar: la exótica anfitriona mandó servir “una comida magnífica pero no excepcional” y en el momento en que Marco Antonio se disponía a pedir la cuenta, Cleopatra, quien aseguraba que “todo aquello no había sido sino un acompañamiento y que la comida valdría la suma convenida”, solicitó servir el postre. “Siguiendo sus órdenes, los sirvientes pusieron ante ella un único recipiente con vinagre”. Para los lectores de este post que no hayan reparado en ello por no haber desviado la vista del terso pecho derecho de nuestra famosa reina, les diré que apenas un palmo a la izquierda, la soberana egipcia sostiene entre sus dedos el objeto que le acarreará la victoria en esta apuesta tan especial. El objeto en cuestión es un pendiente, una perla en forma de lágrima (tan típicas en Vermeer, recuerden) que acaba de desprenderse de su oreja izquierda. Sujetando, como digo, la perla, la introdujo en la copa de vinagre y, dejando que se deshiciera, bebió. Esta forma de arte particularmente refinada, como sugiere el título del post de hoy, tiene un nombre que todos los venecianos del siglo XVIII conocían muy bien: derroche. La señora de la opulencia no había dudado en sacrificar una valiosa perla, de tamaño excepcional, para demostrar al mundo que viene de occidente, el tamaño también excepcional de todo su poder. Curiosamente, un antepasado de la familia Labia había rememorado este episodio de derroche y despilfarro cuando el anfitrión, en el cenit de un banquete, ordenó tirar por la ventana que daba al Gran Canal, todos los platos de oro donde sus 40 invitados habían comido. No es de extrañar, entonces, que el episodio abordado por Tiepolo para decorar el palacio, fuera del agrado de esta familia poseedora de una similar tradición en su haber. Sin embargo, me dirán ustedes, es imposible –en el caso de la reina de Egipto- que la perla se deshiciera en vinagre. Llevan razón, efectivamente, pero es sabido que además de belleza, la hermosa soberana poseía otras armas de mujer que la hacían inteligente y astuta. Lo más probable es que con una hábil maniobra (1) desviara la atención del romano y escondiera la perla como si de un truco de magia se tratara con tan buen resultado como la red que el antepasado de los Labia colocó en la fachada de su palacio tan ilustre para impedir que los platos de oro se desperdigaran, rotos, en el Gran Canal. Espero haberles entretenido. (1) por hábil maniobra puede entenderse, tal vez, dejar caer la seda del vestido que cubre su pecho. Vamos, digo yo, que podía tomarse como tal… Jean Cocteau calificaba a Fabricio Clerici de príncipe del realismo fantástico del siglo XX porque “su tinta tiene algo de la lenta y negra corriente del río de los muertos”. La fantasía de este italiano, tan impulsiva, tan personal, no nos habla de penumbras ni oscuridades, de juegos esotéricos ni de mágicos misterios sino que la suya se torna en visión exacta, por precisa, de una forma de mirar desapasionada. La obra que les traigo hoy es un sueño melancólico que ya soñara Arnold Böcklin en 1880 cuando éramos transportados en una barca, entre los últimos rayos de sol, hacia un pequeño islote donde arropadas por cipreses, asomaban las losas de mármol blanquecino que serían nuestra última morada. En el sueño de Clerici, por el contrario, la luz se apodera del islote y nos ilumina el lugar con un sol meridional. Las sombras y la oscuridad de la despedida de Böcklin abandonan la obra para recibir, sin miedo, las luces de nuestro destino. Siguen estando ahí aunque haya cambiado el escenario ahora más sutil, más somnoliento pero igualmente elegíaco. Nadie conduce la barca que parece ser llevada por la lenta corriente. Estamos a salvo. Hemos llegado. Mi querido amigo Remo de CPI me ha regalado esta preciosidad. Espero que les guste tanto como a mí. Hay veces que una se descubre ante la maestría de ciertos escritores a la hora de plasmar una buena idea en pocas palabras. En este sentido Fredric Brown es uno de los indiscutibles maestros. Mago de finales sorprendentes, siempre con un toque de humor, nos sigue entusiasmando treinta y cinco años después de su muerte. Tras una semana entre bernardinas y forgianas, disfruten de este relato. ¡Ah! Permítanme darles un consejo: APRENDED GEOMETRÍA “Henry miró el reloj, a las dos de la mañana cerró el libro desesperado. Seguramente lo suspenderían al día siguiente. Cuanto más estudiaba geometría, menos la comprendía. Había fracasado ya dos veces. Con seguridad lo echarían de la Universidad. Sólo un milagro podía salvarlo. Se enderezó. ¿Un milagro? ¿Por qué no? Siempre se había interesado por la magia. Tenía libros. Había encontrado instrucciones muy sencillas para llamar a los demonios y someterlos a su voluntad. Nunca había probado. Y aquel era el momento o nunca. Tomó de la estantería su mejor obra de magia negra. Era sencillo. Algunas fórmulas. Ponerse a cubierto en un pentágono. Llega el demonio, no puede hacernos nada y se obtiene lo que se desea. - ¡El triunfo es vuestro! Despejó el piso retirando los muebles contra las paredes. Luego dibujó en el suelo, con tiza, el pentágono protector. Por fin pronunció los encantamientos. El demonio era verdaderamente horrible, pero Henry se armó de coraje. - Siempre he sido un inútil en geometría –comenzó… - ¡A quién se lo dices! –replicó el demonio, riendo burlonamente. Y cruzó, para devorarse a Henry, las líneas del hexágono que aquel idiota había dibujado en vez del pentágono”. Hay veces que la creatividad humana parece no tener límites. Soy siempre la odalisca que despierta de un dulce sueño bajo la atenta mirada de mi guardián mientras la música que tañe mi esclava me devuelve a este mundo de rojos, verdes y dorados. Me contoneo como un instrumento que arrastrara las notas suaves que me acarician. Estoy casi desnuda, porque si ustedes lo quieren, he amado y la sensualidad y la indolencia me acompañan en el retorno. Nazco a través de un dibujo –como mi esclava- y os ofrezco mi cuerpo al que apenas vistieron enredándome entre sedas y finas telas, encuadrándome en un perezoso contorno entre el mango del laúd y la columna de roja tela. Mi eunuco me contempla con privación y en silencio mientras el fuego de su deseo imposible se agolpa entre sus piernas. Mi tañedora desvía su mirada para no caer también rendida ante el deseo y yo la miro, inclinando mi cabeza, jugando con mi cintura, a ofrecerle lo prohibido mientras mi cabello se desborda entre almohadones de plumas. Con un simple movimiento, las sábanas descubrirían el fruto tan anhelado, el sueño inacabado en esta estancia oriental también tan imposible entre rojos, verdes y dorados ingres. La balaustrada renacentista me dice que ni el tiempo puede impedirme que ustedes me contemplen de este modo y así traigo conmigo los versos de Théophile Gautier quien en su obra Esmaltes y Camafeos, conserva viva en la memoria esta escena en la que me desperezo y me ofrezco como soy siempre, la odalisca que despierta entre rojos, verdes y dorados sueños. ¡Lo mismo que la odalisca de Ingres, colmando la armonía de sus caderas, a pesar de las virtudes enclenques a pesar de estériles pudores! Odalisca perezosa, ¡atrás! he aquí el cuadro a pleno día, el diamante bajo su luz, he aquí la belleza durante el amor. Su cabeza cuelga y cae hacia atrás, enderezando jadeante sus pechos, en brazos del sueño que la acuna, cae rendida sobre los almohadones. Cabeza de muchacha representa el segundo ejemplo de un lienzo de Vermeer donde se niega al espectador la clave de su secreto. La muchacha se nos presenta ataviada con lo que podría ser un echarpe gris y podemos adivinar entre sombras la presencia de una perla como pendiente que, sin lugar a dudas, quiere el artista que pase desapercibida. El rostro de la joven se nos muestra de frente aunque es imposible que nuestras miradas se crucen. Sonríe levemente, como forzada ante el artista que trabaja ante ella. Su velo nos dice que se trata de una novia, de una muchacha a la que quizás le apetece tanto unirse en matrimonio como sonreír para nosotros como si fuera consciente de que en ambos casos es irremediable la pérdida de su inocencia. Quizás de su felicidad. En Muchacha con sombrero rojo, Vermeer sigue el modelo de retrato que Tiziano había iniciado con su Ariosto . La dama apoya su brazo derecho sobre el respaldo de una silla adornada con cabezas de león de cuyos hocicos cuelgan unos aros. Coincidirán conmigo en que la joven es fea con ganas, pero ya hemos aprendido que la fealdad en arte puede ser extremadamente bella. Pues bien, lo curioso de este lienzo radica en el hecho de que está realizado con la ayuda de una cámara oscura. Observen los puntos luminosos de la cabeza del león donde ella apoya su mano y en los exagerados pliegues de su vestido así como en el plumaje del sombrero rojo. La luz parece derramarse desde lo alto jugando a las sombras con los ojos de la joven que permanecen en la penumbra para quien los contempla. De ella nada sabemos y son los rayos del sol quienes nos la muestran y quienes nos la quitan. Todo y nada, luz (pointillé) y oscuridad, presencia y disimulo. ¿Cuál será su secreto? Es de sobra conocida la tendencia o inclinación de Vermeer por representar, sobre todo, mujeres jóvenes. En casi todas sus obras las muchachas están integradas en un entorno narrativo por muy disimulado que esté y la clave de la historia que se nos quiere contar viene dado, generalmente, por un atributo que nos llama la atención en forma de bastidor, de báscula, de carta o de instrumento musical. Sin embargo, existen tres lienzos que carecen de esta llave para abrir el mundo que encierra cualquiera de sus otras obras. El primero de estos lienzos –del que hablaremos hoy-, archiconocido incluso literaria y cinematográficamente, se titula La muchacha con el pendiente de perla o simplemente, La joven de la perla: El fondo, como vemos, es absolutamente neutral. No se nos da la oportunidad ni de imaginar dónde se encuentra la joven, no sabemos si está acompañada o no, sólo que gracias a un efecto plástico de contrastes, la muchacha se nos presenta única, sin darse del todo (de perfil) pero con la absoluta seguridad de quien puede mirar de frente. Su boca, ligeramente abierta y su cabeza inclinada nos quieren decir algo y traspasando los propios límites del cuadro, calla y nos contempla hasta tal punto que consigue incomodarnos. La joven de los contrastes se nos presenta perfilada en colores casi simples, su chaqueta amarillenta, el blanco de su camisa, su turbante azul. Pero de toda ella, es la perla de su pendiente la que llora en blanco, en dorado y en silencio. Francisco de Sales en su “Introduction à la vie dévote” advertía: “Tanto en el pasado como en el presente, era y es costumbre entre las mujeres colgarse perlas de las orejas por el placer causado –como ya había observado Plinio- cuando las perlas tocan la piel al moverse. Pero dado que yo sé que Isaac, gran amigo de Dios, envió pendientes a la pura Rebeca como signo de su amor, pienso que esta joya significa en sentido espiritual que la oreja es la primera parte que un hombre quiere tener de su mujer y que la mujer debe conservar más fielmente, de tal modo que no debe traspasarla ningún discurso o tono que no sea el dulce sonido de las palabras castas, que son las perlas orientales del Evangelio”. Según lo dicho, la perla constituiría un símbolo de castidad. Pero estarán conmigo, aunque demos por buena la interpretación del santo, que existen miradas y gestos, poses y maneras que, en absoluto silencio, nos cuentan una historia –quizás velada por las circunstancias- que es imposible disimular. Y la mirada de esa muchacha, su boca y su perla no mentían cuando, pensativa, se dejaban acariciar por la delicada maestría del pintor de Delft. El 7 de julio de este año se dará a conocer el nombre de las nuevas siete maravillas del mundo moderno. El murmullo del agua y el sigilo vigilante de leones hacen que el silencio se torne en grito para que la Alhambra, su casa, sea una de las siete. Y hablando de Ella y del arte, comento con Tio Petros que nunca ví Granada y él me devuelve mi pena consolada y me susurra como el agua: yo te llevo, yo te llevo… y de su mano, como siempre, me habla de bellezas matemáticas escondidas en la Alhambra: “Un mosaico es una composición con losetas que reproduce un paisaje o una figura. Cuando las losetas llenan el plano basándose en simetrías, desplazamientos y rotaciones, estamos ante un mosaico geométrico. De estos últimos vamos a hablar ahora. Para rellenar un plano con losetas (teselar el plano) de forma periódica, existen cuatro estrategias: Estas cuatro estrategias se denominan movimientos en el plano, y son isometrías: conservan las distancias. Los dos primeros conservan la orientación (movimientos directos), y los dos últimos la invierten (movimientos inversos). Esto es importante, porque cada loseta puede tener dibujos asimétricos que hagan variar la composición. Los árabes fueron unos excelentes creadores de mosaicos geométricos. Dado que su religión les impedía dibujar personas o animales, su creatividad se decantó hacia la caligrafía y los dibujos geométricos, en los que alcanzaron cotas de belleza y complejidad difícilmente superables. Los creadores de los mosaicos de la Alhambra no podían conocer el teorema de clasificación de Fedorov, y por lo tanto no conocían cuántos grupos de simetrías podían usarse para rellenar el plano con losetas (teselación del plano), por eso resulta impactante que conocieran todos y cada uno de los 17 existentes. …ya la veo. Ya la veo. Observemos la obra. Un corro de personajes contempla la actuación. Una dama baila un minueto con un joven. Esto sólo pasa en Italia pues en el resto de Europa se baila formando filas de parejas. El joven es un aventurero o chevalier d´industrie. Procede de una clase baja y su objetivo en la vida es conseguir la riqueza de los nobles con una extraña capacidad: hablar. Nuestro hombre baila bien y lo hace ricamente ataviado, de ahí que lo admiren las mujeres (incluso) de buena posición. Su arma, como digo, el arte de contar fascinantes historias basadas en su propia vida, sus viajes y sus campañas contra los acreedores. Sin oficio conocido dedica su existencia a no aburrirse y el carnaval constituye el medio propicio para ello. ¿Recuerdan a Casanova? Hijo de una pareja de actores adoptó el título de Chevalier de Seingalt y supo hacerse con la amistad de nobles y patricios haciéndose pasar por erudito en medicina y numerología cabalística pero lo que mejor sabía hacer era correr por los tejados de Venecia. Como Casanova, encontramos nombres de aventureros como el de Giuseppe Balsamo y Lorenzo Da Ponte que disfrutaron de una juventud exitosa que desembocó en triste vejez. La bailarina que hace pareja de baile con nuestro mozo chevalier d´industrie tiene la tez pálida como era costumbre y un lunar postizo nos llama la atención. No es la única, observen a otras damas del cuadro. El lunar postizo constituye, además de una cuestión estética, todo un código que nos cuenta aspectos sobre la dama que lo porta. Nos dice de qué humor está, su estado e, incluso, lo que ella piensa de sí misma. Los lunares postizos tenían diferentes nombres según el lugar donde se colocaran, así el de nuestra dama, colocado debajo del ojo, se denominaba irresistibile y otros, colocados justo en la comisura del ojo, daban en llamarse appasionata. Las mujeres mozalbetas tenían el camino más fácil para escalar en sociedad. La danza, el canto y la interpretación constituían un marketing perfecto para exhibir su atractivo. La gran mayoría de estas muchachas ejercían de cortesanas y sin lugar a dudas, Venecia en carnaval se convertía en el mejor escenario. Desde los balcones del Gran Canal, ataviadas entre rojos y amarillos, lucían sus encantos con escotes de vértigo. Bellos y hermosos tulipanes cuya vejez correría igual suerte que la de sus parejas de baile. Ser puta y mediocre es lo que tenía. Puta, mediocre y sin programas del corazón ni pruebas de ADN… ¡Si Tiépolo levantara la cabeza! FIN Espero que hayan pasado un estupendo fin de semana y comiencen la semana con fuerzas renovadas. Yo, por mi parte, remato flecos que dejé aparcados la semana pasada y que no hubieran sido posibles sin la inestimable colaboración de Tio Petros que se ha convertido en un mago de photoshop. Los flecos, en este caso, eran siete y aquí se los muestro: 1- Ovni 2- Vailima 3- Botella de coca-cola 4- Antena de televisión 5- Darth Vader 6- Nemo 7- Mr. Bean Gracias a todos por participar y como premio... la de verdad: EL ESCENARIO Hoy les propongo un viaje. ¿Les parece bien Venecia en época de carnaval? Cierto es que no he afinado demasiado en la pregunta, porque en el siglo XVIII, el carnaval de esta maravillosa ciudad duraba entre pitos y flautas hasta cuatro meses. Créanme, los pitos comenzaban cada 26 de diciembre cuando un empleado de la República veneciana, ataviado para la ocasión, anunciaba desde el palacio del dux a un público enfebrecido que a partir de ese momento quedaba inaugurado el carnaval hasta el miércoles de ceniza. Y ustedes me reprocharán que las cuentas no les salen y con toda la razón porque además de ese tiempo también habría que sumar un carnaval previo que duraba del 5 de octubre al 16 de diciembre en el que sólo se permitían los disfraces por las tardes. Además, existía un carnaval posterior durante las dos semanas de Pentecostés donde se desarrollaba una feria importante. Dentro de este cómputo carnavalero existían, además, algunas fiestas entre las que se encontraban la elección del dux y la de los procuradores. Casi nada ¿eh? La ciudad era un hervidero de gente que acogía a tantos “turistas” como propios residentes y todos dejaban sus buenos dineros en la ciudad. Tanto es así que en 1789 se mantuvo en secreto la muerte del dux para que “la noticia” no afectara al carnaval. LOS ACTORES A los venecianos les encantaba el teatro. Fíjense si les gustaba que la ciudad contaba con catorce teatros mientras que París sólo tenía tres y no hablemos ya del teatro en la calle. Si observan la obra, verán un personaje en la parte central izquierda: Pantaleón lleva un gorro de lana y una barba très, très afilée. El personaje representa al marido cornudo y al viejo verde que corre tras las niñas. Junto al antipático personaje se encuentra Arlequín portando un palo en su mano. Para quien no lo sepa, este último personaje es torpe pero astuto, glotón pero ágil. Y pobre, también era pobre como dicta su procedencia: Bérgamo y como los campesinos de su tierra, tal cual está ataviado. Su papel en el teatro era de criado y su máscara negra nos da respuesta de las horas que el desgraciado debe de trabajar al sol. Y como no hay dos sin tres, corran la vista hacia el lado derecho del cuadro. Ahí, ahí, justo en el centro. ¿Lo ven? Es Polichinela. Inconfundible con su gorro blanco, su nariz puntiaguda, su vestimenta también blanca y su joroba. Napolitano de origen, su nombre significa pollo de ahí sus quiquiriquís y sus volteretas. Se les mataba y se volvían a levantar como un ave fénix (¡quién pudiera!) LA REPRESENTACIÓN Contemplemos la obra. Un corro de personajes contempla la actuación. Una dama baila un minueto con un joven. Pero mejor lo dejamos para mañana. ¿Me permiten? Mientras cerramos los ojos, oigamos la voz de un violín. Relajados los párpados, les sugiero que huyamos del torbellino de El Bosco y nos refugiemos, en blanco y negro, en las imágenes de Man Ray. Comienza el juego del extrañamiento mientras pasan, una a una, las palabras del Conde de Lautréamont que deja un legado de significados que un fotógrafo captura en la extraña reciprocidad de imágenes y títulos. Nombrar. ¿También la fotografía tiene esa capacidad? “Fotografío las cosas que no quiero pintar, cosas que de por sí existen” –dice el de Filadelfia-. Como el hombre, esa “bestia salvaje”, como el Creador, que “no hubiera debido engendrar semejante basura” –le replica el Conde-. El mal. El horror. Sabemos que está ahí pero no lo vemos. Lo presentimos como un susurro tras nuestro cuello y lo llamamos Maldoror. Man Ray trabaja en sus confines y crea El enigma de Isidore Ducasse: un objeto envuelto y atado del que no sabemos nada. Sólo conocemos a quién pertenecería el derecho de cortar la cuerda en caso de que no hubiera muerto un 24 de noviembre a los 24 años de edad. En papel gelatinado de plata, retocado con lápiz y tinta china El violin de Ingres suena a seducción, a carne, al sentido del tacto y del oído. Retumban finas las notas de Maldoror gracias a las dos aberturas que Man Ray dibuja en la espalda de un desnudo femenino. El hermoso violín, redondeado en sus formas, constituye un instrumento sonoro especial por su naturaleza, un instrumento de cuerda para que sean los dedos quienes hagan el milagro de alumbrar la música que esconde en silencio. No se trata de un objeto muerto porque la sensualidad es sinónimo de vida. Bien lo sabía Jean Auguste Ingres cuando nos mostraba la erótica musicalidad de su famoso perfil: La extensa tradición de la música como metáfora del juego amoroso se recoge en esta, por otra parte, fría visión del fotógrafo bajo una nueva perspectiva: el solista tiene a su disposición el instrumento. Ven y tócame. Doce cuarenta y cinco. No sé si del mediodía o de la noche. Estoy sola, lo presiento. Como en una casa museo miro el reloj y pienso que posiblemente esté parado muriéndose en tiempo pasado sobre la chimenea de mármol. No hay más gente, me digo. Y lo afirmo con la misma precisión con la que las agujas del reloj señalan una hora. Todos los relojes detienen su manecilla de los minutos a su paso por este tramo. No ocurre nada en donde estoy salvo que una locomotora atraviesa la pared de la chimenea. Entre el hastío que me produce la habitación a solas, la locomotora alivia la sensación de misterio porque encaja perfectamente en el hueco por el que pasa. Las formas perfectas y precisas de su estructura presentan cierta afinidad con los restantes objetos de su alrededor: el reloj oscuro, la chimenea clasicista, el sutil marco del espejo y los modestos candelabros. Decido marcharme no sin antes echar un último vistazo a la máquina. No me atrevo a acercarme y ver más allá de la rendija de la nada por la que surge. Quizás me encuentre con la penumbra de los miedos y los peligros de mi imaginación. ¿A dónde se dirigirá? –me pregunto-, si al menos supiera si el reloj sigue en marcha… No podemos hablar de El Bosco sin hacer referencia a un mundo particular en el que lo fantástico todo lo domina. Entre los elementos naturales que lo conforman, la música está tan presente como las tentaciones, los demonios, la avaricia o la carne. A este respecto, en 1988 salieron a la luz y, por separado, dos trabajos que abordaban este tema. El trabajo de Planer ofrecía una relación exhaustiva de los instrumentos musicales pintados por el artista desde el punto de vista simbólico y basado en el uso histórico de los mismos. Entre ellos, hace hincapié en la gaita de la que ya hablaremos más adelante. En el trabajo de Dobbins, El concierto del huevo merece toda su atención. Veámoslo: De esta obra existen dos copias realizadas tras la muerte del pintor. Una copia se conserva en Lille y la otra en París. En ambas, el concierto tiene lugar encima de un huevo como han visto más arriba pero en la copia de Lille, podemos contemplar un libro de música del que conocemos la obra y el compositor. Se trata de una canción de Thomas Crecquillon (1510-1557) y que dice así: “Touttes les nuictz que sans vous je me couche” Dejando a un lado la erótica anécdota (porque no hablamos de melancolía sino de amor carnal), los instrumentos musicales adoptados por El Bosco son representaciones simbólicas que Fernández de la Cuesta clasifica de la siguiente manera: aquellos instrumentos que no son tocados por nadie y que denomina símbolos estáticos y aquellos otros que son representados en movimiento, bien sea por el canto, la danza o la mera interpretación de los mismos. En cualquier caso, el simbolismo les viene dado por sí mismos o como elementos que él denomina, subsidiarios, al participar en una escena con intérpretes en acción. Como dato curioso, en el universo del artista aparecen pintados los aerófonos veintinueve veces, dieciocho los cordófonos, dos veces los membranófonos y una vez los idiófonos. Partituras escritas quedan representadas en cuatro ocasiones y también cuatro veces aparecen personajes cantando y otras tantas bailando. De los instrumentos que nadie toca podemos hablar del arpa, la chirimía, el tambor, la zanfoña, la bombarda, el laúd, el sacabuche y la gaita. E instrumentos con intérprete, Fdez. de la Cuesta, nos dice que la trompeta, el arpa, el salterio, la chirimía, la gaita, la zanfoña, el laúd, el cuerno, el triángulo y el tambor. En el magnífico estudio del que recojo estos datos, titulado La música, elemento natural de lo fantástico en la pintura de El Bosco perteneciente al libro El Bosco y la tradición pictórica de lo fantástico y que los Magos de Oriente han tenido la bondad de regalarme, se apunta no sólo la presencia de dichos instrumentos sino la ausencia de otros bien conocidos en la época del pintor. Entre ellos, el órgano de tubos en cualquiera de sus modalidades. Parece ser que la razón de esta ausencia podría responder al carácter del propio instrumento. Su uso en la liturgia le hubiera “librado de la quema”, no así otros instrumentos interpretados por ministriles de diversa condición. Los cordófonos (instrumentos de tecla) tampoco son muy frecuentes. Ni el clavicordio, ni el clavicytherium, aunque la zanfoña (instrumento de tecla que se toca con una sola mano mientras la otra impulsa una manivela) es representada en varias ocasiones. Es particularmente excitante la descripción de este último ¿no creen, amigos aretinos?, de ahí que también los cuernos (cornettos) y otros aerófonos acompañen las tareas paródicas de aquellos ministriles que los Santos Padres de la Iglesia consideraban, con acierto o no –según se mire-, representaciones de la lascivia y el pecado y bajo la sutil capa de la fe fueran carne de la crítica y de la burla. Espero que me disculpen, pero Tio Petros y Vailima se marchan de superpuenting a: Carcassonne y a Tossa de Mar Nos vemos a la vuelta. Que disfruten los que se van y los que se quedan...sin rencores. No, no se preocupen. No se trata de ninguna lección de Barrio Sésamo. El título del post simplemente hace referencia a una sucesión de actos y de hechos que tienen lugar en el transcurso de la vida de una mujer. De todas las mujeres en general y alguna en particular, como ésta de Klimt: Después de la fiesta de ayer, hoy jueves es también día de transición. Cerramos los ojos y me encuentro con otra mujer del siglo XXI. Una mujer por la que no pasan los años, sino su estado. Una mujer también desconocida cuya vida transcurre de dentro a fuera. Que la disfruten: En este mes de octubre, La Divina Comedia cumple tres años. Gracias a todos por estar ahí. Gracias a todos por haberlo hecho posible. Un abrazo, amigos. |