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Vailima

EL EXTRAÑO CASO DE LOS NÚMEROS PERDIDOS

EL EXTRAÑO CASO DE LOS NÚMEROS PERDIDOS

Érase una vez un país muy lejano del que nadie sabía su ubicación exacta pero que, sin embargo, todo el que quisiera podía visitar. Era un país muy pequeño gobernado exclusivamente por una dama de la que sólo conocemos su nombre: Vailima. Se dice que países como éste existen muchos, coexistiendo en armonía y todos gobernados según crea conveniente su dueño y señor pero ninguno de ellos podía escapar del poder que ejercía, nadie sabe porqué si y porqué no, el gran soberano de todos ellos, el Impredicible: Azarnet.

Después de que Vailima hubiera sacado a su país prácticamente de la nada, vivía feliz en su pequeño reino, rodeada de gente que iba a pasear por sus tierras cada vez con más asiduidad. Ella se sentía dichosa porque pensaba que por fin tanto trabajo había dado su fruto. Sin embargo, nadie sabe cómo ni porqué, un día de otoño en apariencia como otro cualquiera, ocurrió algo inesperado y que ya se había repetido no hacía mucho tiempo atrás.

Todos los números del país habían desaparecido misteriosamente.

Alarmada y disgustada al mismo tiempo, tomó la determinación de visitar otros reinos como el suyo y ¡cuál no sería su sorpresa al descubrir que a muchos de sus vecinos les había ocurrido lo mismo! De esta forma regresó a su casa y reunió a todos los sabios de la tierra. Tras muchas discusiones, ninguno supo explicarle a Vailima de qué forma habrían podido desaparecen los números, ni la causa de su marcha. De lo que estaban todos seguros de manera unánime era que el ladrón no podía ser otro que Azarnet.

Cansada de tanta conversación, la dama decidió pedir consejo al soberano de un territorio vecino, famoso porque gobernaba sobre la belleza de los números, al que todos llamaban Tio Petros.

-Dime, Tio Petros, -preguntó la dama-, tú que todo lo sabes sobre la magia de los números: ¿qué ha podido ocurrir que han desaparecido de forma tan misteriosa? ¿acaso puede haber sucedido que ellos mismos hayan querido abandonarnos?

A lo que el rey contestó:

-ya conoces, amiga mía, la volátil naturaleza de lo que hemos perdido. De ahí su verdadera belleza. Según de quiénes se acompañen, tornan su carácter. Cuando se enfadan, se dividen; cuando se reúnen en familia, se suman muchos más. Cuando tienen prisa se multiplican; cuando se sienten solos añoran la unidad...

- y ¿qué es lo que ha podido sucederles hoy que nos han abandonado?

-pues, sencillamente, que hoy es viernes y se encontraban tan dichosos que han tendido al infinito.
Guarda bien tu reino, querida amiga, el gran Azarnet podrá robarnos mañana el lenguaje y, entonces, ya no nos quedará nada.

EL LIBRO NEGRO

EL LIBRO NEGRO

En primer lugar, dar las gracias a Iñaki por su comentario al post sobre la carta que supuestamente escribió Pablo Picasso a su amigo Giovanni Papini.
Como señalaba en el citado post, la información sobre el controvertido escrito la encontré en un recorte de prensa del que especificaba su fecha de publicación en el diario ABC. Gracias, como he dicho, al comentario de Iñaki, he obtenido más información con respecto al origen de las declaraciones del pintor malagueño. Bien es verdad, que antes de colocar el post anterior, husmeé en Internet y sólo encontré referencias a la mencionada carta en las revistas universitarias que yo mencionaba. Sin embargo, y sin querer entrar ahora en la discusión “en internet está todo: todas las verdades y todas las mentiras”, hoy he descubierto El libro negro.

EL LIBRO NEGRO es una obra del escritor italiano Giovanni Papini donde éste recrea, a través de una serie de capítulos o conversaciones, historias y situaciones con los más variopintos personajes tanto reales (Picasso, Wright, Dalí, Hitler, Valery, etc.) como imaginarios donde se tratan temas políticos, sociales, morales y de otra índole.
Al comienzo del libro, después de la introducción, el autor advierte, a modo de justificación, que ”le puse ese título, elegido exclusivamente por mí, porque las hojas del nuevo diario corresponden casi todas a una de las edades más negras de la historia humana, o sea a los años de la última guerra y del postbélico”.

A continuación transcribo la conversación, supuestamente imaginaria, entre los dos supuestos amigos.

Conversación 49
VISITA A PICASSO
(O ACERCA DEL FIN DEL ARTE)
Antibes, 19 de febrero.

Hace muchos años había comprado en París seis cuadros de Picasso, no porque me gustaran, sino porque estaba de moda y podía utilizarlos para hacer regalos a las señoras que me invitaban a comer. Pero ahora, hallándome solo en la Cóte d'Azur y no sabiendo cómo pasar los días, me vino el deseo de ver personalmente al autor de aquellas pinturas.
Vive cerca de aquí, en una villa marítima, en compañía de su esposa, mujer muy joven y florida; Picasso según creo tiene sesenta y cinco o sesenta y seis años de edad, pero conforme a su buena sangre española es hombre fuerte y bien formado, tiene un hermoso color y goza de buen humor.
Al principio conversamos acerca de algunos conocidos comunes, pero muy pronto el tema se circunscribió a la pintura. Pablo Picasso es no sólo un artista feliz, sino también un hombre inteligente, que no tiene miedo de sonreírse, a su debido tiempo y lugar, de las teorías de sus admiradores.
- Usted no es ni crítico ni esteta, me dijo, y por lo tanto puedo hablar con usted libremente. Cuando era joven tuve como todos los jóvenes la religión del arte, del gran arte. Pero más adelante, a medida que pasaron los años, me di cuenta de que el arte, tal cual fue entendido hasta el siglo XIX inclusive, ya está concluido, moribundo, condenado, y que la llamada «actividad artística», con la misma abundancia que ostenta, no es más que la multiforme manifestación de su agonía. A pesar de las apariencias en contrario los hombres pierden más y más el afecto hacia las pinturas, las esculturas y la poesía. Los seres humanos de ahora han puesto su corazón en cosas completamente diversas: máquinas, descubrimientos científicos, riquezas, dominio de las fuerzas naturales y de las extensiones de la tierra. Ya no sienten el arte como una necesidad vital, espiritual, como sucedía en los siglos pasados. Muchos de ellos continúan actuando como artistas y ocupándose del arte, pero lo hacen por razones que poco tienen que ver con el verdadero arte, lo hacen por espíritu de imitación, por la nostalgia de la tradición, por la fuerza de la inercia, por amor a la ostentación, al lujo, a la curiosidad intelectual, por seguir la moda o por cálculo. Por hábito o por «snobismo» viven todavía en un pasado reciente, pero la inmensa mayoría, tanto de la clase elevada como de la inferior, no siente una sincera y cálida pasión por el arte, al que considera, a lo más, como una expansión, una diversión o un ornato. Poco a poco, a medida que las nuevas generaciones se enamoren de la mecánica y de los deportes, se vuelvan más sinceras, mas cínicas y más brutales, dejarán el arte en los museos y bibliotecas, como restos inútiles e incomprensibles del pasado.
» ¿Qué puede hacer un artista que, como me ha sucedido a mí, ve con claridad ese próximo fin? Sería un partido demasiado duro cambiar de ocupación, y además, peligroso desde el punto de vista alimenticio. Para él no quedan más que dos caminos: procurar divertirse y procurar ganar dinero.
»Desde el momento en que el arte no es más el alimento que nutre a los mejores, el artista está en libertad para desahogarse según su talento en todas las tentativas de fórmulas nuevas, en todos los caprichos de la fantasía, en todos los expedientes del charlatanismo intelectual. El pueblo ya no busca en el arte consuelo y exaltación, pero los refinados, los ricos, los ociosos, los alambicadores de quintaesencias, buscan lo nuevo, lo extraño, lo original, lo extravagante, lo escandaloso. A partir del cubismo yo he contentado a esos señores y a esos críticos con todas esas mudables singularidades que me han venido a la cabeza, y cuanto menos las comprendían más las admiraban. A fuerza de sobrepasarme en esos juegos, con esas cosas funambulescas, con los rompecabezas, arabescos y demás cosas, llegué a ser célebre bastante rápidamente. Para un pintor, la celebridad significa ventas, ganancias, fortuna, riqueza. Ahora, como ya lo sabe usted, soy, célebre y soy rico. Mas, cuando estoy a solas conmigo mismo no tengo valor para considerarme un artista en el sentido grande y antiguo de la palabra. Verdaderos pintores fueron Giotto y Ticiano, Rembrandt y Goya; yo no soy más que un amuseur public , que ha comprendido su tiempo y ha aprovechado lo mejor que ha sabido hacerlo la imbecilidad, la vanidad y la ambición de sus contemporáneos. Esta que le hago es una amarga confesión, más dolorosa de lo que le pueda parecer, pero tiene el mérito de ser sincera.
» Et aprés ça - concluyó por decir Picasso -, allons boire ».
La conversación no terminó ahí, pero no tengo la paciencia necesaria para consignar las otras desprejuiciadas paradojas que brotaron de los labios del viejo pintor catalán.


Ustedes mismos: pasen y vean.

EL LEGADO COROMINAS

EL LEGADO COROMINAS

Con esta nueva sección del blog, quiero rendir homenaje a un hombre que me ha hecho pasar, gracias a su trabajo, momentos muy buenos y que si me dejáis, quiero compartir con vosotros. Ya sabéis que, como en el chiste, lo bueno no es acostarse con la modelo, sino “contar” al amigo que uno se ha acostado con ella.

Por si no conocéis a Joan Corominas, aquí os doy unas pinceladas de su biografía:
Este barcelonés (1905-1997) nació en el seno de una familia vinculada a la cultura y la política catalanas. Estudió Filosofía y Letras y fue profesor de Filología Románica en la Universidad de Barcelona donde inició una gran empresa científica, el “Onomasticon Cataloniae”.
Entre los años 1954 y 1957 publicó una de sus obras más importantes, el Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana de la que en los años ochenta y en colaboración con Jose A. Pascual, se publicó una nueva edición en seis volúmenes titulada Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico.
Corominas recibió en 1984 el Premio de Honor de las Letras Catalanas y en 1989 el Premio Nacional de las Letras Españolas.
A continuación transcribo un artículo publicado en ABC, el 4 de enero de 1997 (dos días después de la muerte del filólogo), por el catedrático Emilio Alarcos, miembro de la Real Academia de la Lengua:

Para la mayoría de nosotros, la obra cumbre de Corominas es el
citado diccionario etimologico del castellano. Quien se sumerge en sus
tupidas paginas, con tiempo y deleite, asiste a una conversada tertulia
erudita de filólogos y de talantes sensibles al idioma. Hay quien tacha
estos volúmenes de profusos y difusos, y aún a veces confusos, pero el
lector de espacio se ilustra y se divierte, aprende y medita. No es una obra
aséptica y fría. Hay vida y hay pasión, que, aunque pareca a veces sostenida
por argumentos ad hominem, es consecuencia del amor a la verdad y un tanto a
la creencia de estar casi siempre en lo cierto. (...)
Podríamos aplicar, con ligera enmienda, los conocidos versos de Walt
Whitman al Diccionario de Corominas y afirmar: 'Esto no es un diccionario,
el que lee sus columnas toca un hombre.


¿me acompañáis?

MARTINGALA

La acepción primitiva parece ser fondo de una especie de calzas apropiadas para personas con súbitas necesidades fisiológicas,1568.

Por alusión al ingenioso dispositivo de calzas, tomó el francés el sentido de “artimaña” (o “cierto lance en los juegos de azar”), principios s.XIX, con el cual ha vuelto a tomarlo el castellano, 1899.

Como véis, la etimología de ciertos vocablos es un tanto curiosa. Debo de confesar que la acepción primitiva era totalmente desconocida para mí. A partir de ahora, comprenderemos mejor el hecho de que cuando alguien pierda mucho dinero en un juego de azar se cague patas abajo.
Tio Petros me ha hablado también de una parte de la teroría de la probabilidad que se llama “teoría de martingalas” pero eso ya es harina de otro costal y, francamente, le regalo la idea para que nos deleite, como él sabe, con un nuevo post.

DE REALEZAS Y OTROS CUENTOS

DE REALEZAS Y OTROS CUENTOS

pie de foto: dos miembros de la tribu papparazi esperando su turno para recoger documental de TVE de pedida de mano principesca.

He de confesar que he caído en la tentación. Sí, en la real tentación de escribir un post sobre el futuro enlace matrimonial de Felipe y Letizia (con “z” suena a más imperial, como zar) Ortiz.
El príncipe y la periodista.

Y es que con tanta información en todos los medios de comunicación, la comidilla a la hora de tomar el café en el trabajo, los hijos que te dicen que la reina va a estar muy buena, en fin, que tengo yo miedo por si al sentarme en el inodoro me sale una voz en off acusándome de mala ciudadana por no haberme dignado a ver el careto de la afortunada. Porque lo mío no es sólo que sea republicana confesa, es que además, enfatizo en lo de anti-monárquica por si alguien tiene dudas con el vocablo.

Para mi vergüenza, he de confesaros otra cosa. Creo que el poder del soberano viene directamente de Dios y que éste, es inmisericorde a la hora de repartir justicia. Os lo explico.
Algo tendrán que ver estos dos (rey/dios) porque habiendo nacido yo un día 6 de enero de 19... (no pongo el dato porque no viene al caso), día en que se celebra la Adoración de los Reyes Magos y, en un acto irracional por parte de mis progenitores, habiendo escogido para mi, un nombre como el de Reyes, digo yo, que para haber salido tan, tan, tan anti, pues como que su cabreo tendrán. Cosas del destino.

Y ahora pasando a temas más mundanos. Y no hay nada más mundano que el dinero, poderoso caballero él. ¿Podré, como ciudadana que paga impuestos, elegir el traje de la novia? ¿revisar el menú del convite? ¿podré sugerir la música de la ceremonia? (ah, esto no, que la reina se suele encargar de ello) ¿confeccionar la lista de invitados? ¿decorar el dormitorio donde echarán el primer casquete oficial?

Me dicen que no, que para esas empresas, sólo soy súbdita.

Miedo, miedo me da ir a la peluquería.

EL OCASO DE LA MALDICIÓN

EL OCASO DE LA MALDICIÓN

María Bayo cuenta de sí misma una divertida anécdota que le ocurrió sobre el escenario hace ya unos años. No recuerdo el papel que interpretaba en esa ocasión, pero se trataba del papel protagonista. Su atuendo era majestuoso y llevaba un corpiño que permitía que sus pechos permanecieran a flote durante la actuación, tersos e impasibles ante la ley de la gravedad (esa maldita realidad que tarde o temprano se manifiesta tanto en hombres como en mujeres).
Cuando ya llevaba un buen rato cantando, sintió que sus pechos ardían, que no podía respirar y el diafragma no le hacía el juego. No es broma, no es el chiste de la teta en la sopa ni nada parecido. El ardor, que era real, le propiciaba unos picores insoportables que pudo velar hasta el final de su actuación.
La tintorería a la que normalmente se llevaban los trajes para su limpieza había utilizado unos “polvos” diferentes a los de costumbre para conservar los vestidos y éstos, que no habían sido sacudidos por el personal de atrezzo de forma adecuada, habían producido una alergia de tamaño descomunal en los senos de la artista.
La maldición de la Diva:
¿alguna soprano envidiosa tal vez fue la artífice de semejante barbaridad?
¿algún admirador “des-pechado” quiso mostrarle gráficamente la magnitud de su pasión? ¿un fantasma aburrido habitante de la Opera que gustaba de hacer bromas a las primeras figuras?

No señores, no. Los polvos de la tintorería.

No se trataba pues, aunque literariamente nos hubiera complacido más, de una maldición que hubiera recaído en nuestra famosa soprano. Maldiciones han existido siempre, mirad si no las del Antiguo Egipto, ¡pobres de aquellos que intentaran usurpar las tumbas de los faraones, birlándoles sus pertenencias y perturbando su vida en el Más Allá!, o en la Biblia, o en Corán.

Maldiciones las ha habido de todos los tipos y la industria del cine norteamericana ya se ha encargado de darles “glamour”, incluso se dice que han existido y existen estrellas de Hollywood cuyas vidas se han visto truncadas por una maldición.
Yo, por mi parte, soy muy de casa. Y aunque no voy a negar que me entusiasman los filmes (¡qué fino queda!) éstos que cuestan una pasta, con escenarios maravillosos y momias de muy buen ver (tanto que siempre reviso si hay gasas en casa por si acaso), a pesar de toda esta escenificación faraónica, me quedo con lo mío, no sé, porque me llega más al corazón. Y para corazón, el de mi madre, que aunque no tiene cintura de avispa y la única jaula que posee es la del canario, tiene una maldición sobrecogedora:

Así engordes un kilo, cada día que te resta de vida

Admitirán que la crueldad del antojo es sublime. Bueno, tanto como aquella que idearon los hermanos Alvarez-Quintero (muy nuestros, por cierto) y que siempre recordaré con infinita ternura (por ser un recuerdo de infancia, no se vayan a pensar...) y que versa así:

Ojalá te hagan almanaque, para que todos los días te arranquen algo

Ni polvos, ni kilos, ni faraones, ni ná.
Tempus fugit.

PARA CLIO: UNA OFRENDA DANTESCA

PARA CLIO: UNA OFRENDA DANTESCA

Cuando ayer preparaba el post de Loos y Wittgenstein, hallé por casualidad en el interior de Dicho en el Vacío (¿será una premonición o una astuta artimaña por mi parte de la que no me acuerdo? Opto por lo segundo) un recorte de prensa fechado el miércoles 17 de febrero de 1988 en el diario ABC.
Me gusta encontrarme este tipo de “tesoros” casi o más que un billete de veinte euros en el bolsillo de una prenda de invierno de la temporada pasada.
Mi hallazgo no deja de ser un tanto siniestro porque, como decía Schelling, ”lo siniestro es aquello que, debiendo permanecer oculto, se ha revelado”, y os voy a explicar porqué.

En la espléndida bitácora “El triunfo de Clio”, aparecen varios artículos donde se pone en tela de juicio la valoración actual de la obra de arte. Pues bien, en mi amarillento descubrimiento, un ciudadano residente en Madrid, escribe lo siguiente:

CONFESIÓN DE PICASSO

Señor director: Con motivo de la exposición “El Siglo de Picasso”, me ha parecido oportuno el siguiente propósito, dejando a cada uno el formular su opinión al respecto:

Las revistas francesas “Poitiers-Université” (nº 120, avril 1978) y “Universidad Francesa” (nº 118, J.F. mars, 1984), publicaron los extractos de una carta de Pablo Picasso a su amigo Giovanni Papini (1952), en francés, que me permito traducir en español.


Dado que ya el arte no es el alimento que nutre a los mejores, el artista puede ejercitar su talento en todos los intentos de nuevas fórmulas, en todos los caprichos de la fantasía, en todos los recursos del charlatanismo intelectual. En el arte, el pueblo ya no busca consuelo ni exaltación, pero los “refinados”, los ricos, los ociosos, los destiladores de quintaesencia buscan lo nuevo, lo extraño, lo original, lo extravagante, lo escandaloso. Y yo mismo, desde el cubismo y más allá, he contentado a esos maestros y a esos críticos con todas las rarezas cambiantes que se me pasaron por la mente, y cuanto menos las entendían, más las admiraban. Y divirtiéndome con todos esos juegos, con todas esas patrañas, he conseguido la celebridad y muy rápidamente. Y la celebridad para un pintor significa: ventas, ganancias, fortuna y riqueza. Y hoy, como usted sabe, soy célebre, soy rico. Pero a solas conmigo mismo, no tengo el valor de considerarme como artista en el sentido grande y antiguo de la palabra. Fueron grandes pintores Giotto, Ticiano, Rembrandt y Goya: yo sólo soy un “amuseur” público que ha entendido su época, y ha agotado en cuanto ha podido la imbecilidad, la vanidad y la codicia de sus contemporáneos. Amarga confesión la mía, más dolorosa de lo que pueda parecer, pero con el mérito de ser sincera.

Pues bien, como se nos propone al comienzo del artículo, que cada uno formule su opinión. Yo, por mi parte, ya tengo la mía y que he extraído del Libro segundo (Analítica de lo sublime, cap. XLVIII) de la Crítica del juicio de Kant.
Para el filósofo de Königsberg, el arte puede tratar cualquier tema y hacer aflorar en el espectador de la obra de arte cualquier sentimiento, independientemente de la carga moral y del horror que el asunto despierte en él.
Sólo existe un límite, una restricción, un sentimiento que puede ser suscitado por la obra de arte y que produce, de forma fulminante, la pérdida de todo efecto estético.
Para dar más misterio al asunto, y dado que para ser fin de semana ya he trabajado suficiente, os dejo con la transcripción del texto para vuestro deleite.
Y es que Kant, era mucho Kant.

El arte bello muestra precisamente su excelencia en que describe como bellas, cosas que en la naturaleza serían feas o desagradables. Las furias, las enfermedades, devastaciones de la guerra, etc., pueden ser descritas como males muy bellamente, y hasta representadas en cuadros; sólo una clase de fealdad no puede ser representada conforme a la naturaleza sin echar por tierra toda satisfacción estética, por lo tanto, toda belleza artística, y es, a saber, la que despierta asco, pues como en esa extraña sensación, que descansa en una pura figuración fantástica, el objeto es representado como si, por decirlo así, nos apremiara para gustarlo, oponiéndonos nosotros a ello con violencia, la representación del objeto por el arte no se distingue ya, en nuestra sensación de la naturaleza, de ese objeto mismo, y entonces no puede ya ser tenida por bella.

p.d. espero que hayáis pasado un rato agradable. Mañana más y mejor.

LOOS Y WITTGENSTEIN: EL LENGUAJE DEL SILENCIO

LOOS Y WITTGENSTEIN: EL LENGUAJE DEL SILENCIO

”Buscar la belleza en la forma sola, y no hacerla depender del ornamento, es el objetivo al que aspira toda la humanidad”.
Loos, A.;”Dicho en el vacío”, 1897-1900

Adolf Loos y Ludwig Wittgenstein compartieron el mismo tiempo y la misma cuna: el Imperio Austro-Húngaro, una herencia de la que se quisieron deshacer cada uno a su manera: el primero en arquitectura y el segundo en filosofía.
Aunque a primera vista resulte chocante que estos dos personajes pudieran tener algo en común, ahora veremos que sus pensamientos, inquietudes y actitudes estuvieron muy cerca unos de los otros.

Loos supone la ruptura y el tránsito entre la arquitectura de comienzos del siglo pasado (la Secesión vienesa) y la de los años veinte (la vanguardia racionalista). Concibe la arquitectura como una creación técnica (”el arquitecto es un albañil con conocimientos de latín” y no estética (recordad los edificios del centro de Viena, donde la alta burguesía hace alarde de su poder) y pone en tela de juicio el verdadero sentido de la tradición y del progreso.

Durante su estancia en Estados Unidos trabajó como albañil, colocador de suelos, ayudante de sastre o pinche de cocina, trabajos todos que le ayudaron a afianzar su interés por los oficios manuales en lugar de encerrarse en un despacho de arquitectura. Su viaje constituyó una forma de liberarse de sí mismo.
Más tarde, Loos se relaciona con un grupo de jóvenes arquitectos, y otros modernos incorformistas como Klimt para formar la Asociación de Artistas Austríacos o Secession: al tiempo su arte y al arte su libertad. Sin embargo, la visión de Loos del mundo moderno y los artículos sangrientos que escribe, provocan su ruptura con dicha asociación.

Uno de estos escritos fechado en 1906 se titula Ornamento y Delito y en él Loos propugna que la evolución de la cultura se produce cuando eliminamos todo ornamento de los objetos utilitarios. El ornamento, el adorno, siempre ha determinado las señas de identidad de un estilo. Ve al tiempo en el que vive incapaz de realizar un ornamento nuevo y, esa incapacidad debe originar y desarrollar el nuevo hombre moderno. Si no existe ningún ornamento nuevo, no debe utilizarse ninguno. Así, adoptando su propia máxima elimina de todos sus proyectos todo elemento no estructural.
El espíritu moderno nos exige que el objeto de uso sea práctico. La belleza es perfección, por eso lo práctico, al no ser perfecto, no puede ser bello:

Todo lo demás, todo lo que tiene una finalidad, debe excluirse del reino del arte.

”Todo el arte que no va en contra de su tiempo, está a su favor. El verdadero enemigo del tiempo es el lenguaje. El lenguaje vive en unión armónica con el espíritu, en revuelta contra su propio tiempo. Mediante esta conspiración se concibe el arte. Por el contrario, el conformismo en la complicidad con el tiempo, roba al lenguaje su propio vocabulario. El arte sólo puede provenir de la negación, sólo de la protesta angustiosa, nunca de la sumisión tranquila. El arte al servicio del consuelo del hombre se transforma en un camino hacia la propia tumba. El arte verdadero alcanza su realización sólo a través de lo irremediable”
Karl Kraus

A L. Wittgenstein se le conoce como un hombre íntegro y honrado que no toleraba ni el fingimiento ni la superficialidad. Hasta tal punto quería vivir libre de las cargas mundanas que después de la I Guerra regresa a Viena, su hogar, y renuncia a toda su herencia (como dato curioso os diré que su fortuna era una de las más importantes de Europa) a favor de su hermana.
Vemos, pues, que al igual que Loos, Wittgenstein desprecia el adorno, el ornamento en aquellas cosas que verdaderamente resultan importantes. La publicación del Tractatus es una de ellas.

Tras mucho tiempo intentando que su obra se publique, por fin ve cómo sus deseos se hacen realidad. El Tractatus se va a editar tanto en Inglaterra como en Alemania y pide a su amigo, entre comillas, B. Russel que le redacte la introducción para ambas ediciones. El carácter de Wittgenstein sale una vez más a relucir en la carta, sangrante como los artículos de Loos, que dirige a Russel en Cambridge:

”En la traducción alemana toda la elegancia de tu estilo inglés está perdida, y lo que queda es la superficialidad y el malentendido”

Como Loos, Wittgenstein trabaja a lo largo de su vida en diferentes oficios. Después de estar mucho tiempo como maestro rural regresa a Viena en 1926. Su hermana Margarethe le pide que ayude a su amigo, el arquitecto Paul Engelmann, en el diseño y construcción de su nueva casa. Como arquitecto de un lenguaje formal, Wittgenstein se va haciendo poco a poco cargo del proyecto de la casa, concediendo la misma importancia al diseño de una cerradura como a los rasgos estructurales de la vivienda. El resultado fue una casa distinta de diseño sin adorno y ornamento alguno. Otra vez expulsamos lo práctico, lo útil, lo funcional, del reino del arte.

Para Wittgenstein, no es posible hablar de la experiencia excepto por medio de un lenguaje público. Puede que la experiencia sea privada pero todos podemos entender el lenguaje con el que se describe. Por esta razón, las palabras no pueden referirse a ningún objeto privado. Del Tractatus, reconocía el propio Wittgenstein que se dividía en dos partes: lo escrito, y todo lo que no había escrito que quedaba sin expresión. Esta es la parte importante.

Loos y Wittgenstein fueron presentados en el verano de 1914. Engelmann cuenta que una vez Adolf Loos le dijo a Wittgenstein, “Tú eres yo”. Se puede decir, sin lugar a dudas, que ambos fueron arquitectos de un lenguaje formal y conocedores de la existencia de otro tipo de lenguaje, más importante todavía que el primero: el lenguaje del silencio.

”De lo que no se puede hablar, mejor es callarse”
Wittgenstein

LA LECCIÓN SOBRE EL PLANETARIO DE MESA

LA LECCIÓN SOBRE EL PLANETARIO DE MESA

La lección sobre el planetario de mesa es un cuadro de gran formato pintado por Joseph Wright “of Derby” entre 1764 y 1766. Esta obra trata de la ciencia y la divulgación de los descubrimientos científicos, tema que por otra parte aparece raras veces en la pintura acostumbrada a plasmar en obras de grandes dimensiones (147,3 cm x 203,2 cm) como la que nos ocupa, acontecimientos históricos o mitológicos. Otro ejemplo de esta misma temática lo encontramos en La lección de anatomía del doctor Tulp de Rembrandt. En este caso el lugar central lo ocupa un cadáver, en la obra de Wright se trata de un aparato, un orrery que reproduce la trayectoria de los planetas alrededor del sol. Se puede distinguir la Tierra con la Luna además de Saturno y sus anillos. Quedarían ocultos el Sol, una manivela y todo el sistema de tirantes que ponen en movimiento los planetas.
Es interesante la situación que en el cuadro se nos muestra: un grupo de personas en un ambiente familiar (fijáos en los niños) en torno a la búsqueda del conocimiento (recordemos que estamos en el Siglo de las Luces).

El caballero que toma notas a la izquierda era Peter Pérez Burdett, amigo del pintor, hombre que dibujaba mapas y que se interesaba, se supone, por el cálculo de las órbitas celestes. La demostración que este personaje muestra a su público es una reproducción de aquellas organizadas por la Lunar Society de Derby (la Sociedad Lunar también existía en otras ciudades de Inglaterra). Su nombre le venía dado porque sus integrantes sen reunían una vez al mes, siempre el lunes más próximo al día que hubiera luna llena.
Entre los miembros de esta sociedad, se encontraba James Watt (máquina de vapor) y John Whitehurst, personaje integrante de nuestro cuadro: Relojero, fabricante de barómetros y otros instrumentos científicos en el que confluían por una parte, la destreza de un mecánico de precisión y, por otra, el razonamiento teórico del pensamiento científico.
Nuestro relojero era amigo del astrónomo James Ferguson, que además, construía planetarios en su taller londinense. Parece ser que Wright tomó prestada una de las demostraciones de éste último para concebir su cuadro.

Hermoso lienzo con un perfecto dominio de los claroscuros donde este inglés tiene la osadía de presentarnos un dios suplantado por las matemáticas.

LA HERMOSA TÉCNICA DEL ENGAÑO

LA HERMOSA TÉCNICA DEL ENGAÑO

Desde tiempos remotos, el ser humano practica el arte de la seducción en los diferentes ámbitos de su vida. Las mujeres, por ejemplo, utilizamos el maquillaje para seducir, para engañar al macho (y a las hembras de nuestra especie, para qué engañarnos). Baudelaire en su Elogio al maquillaje nos dice que todas las ventajas del individuo son las surgidas del cálculo, del artificio, de la falsificación voluntaria, intelectualizada. Lo natural corrompe.

En la historia del arte se da, igualmente, este mismo fenómeno. En torno a 1588 se acuñó un vocablo para designar aquella técnica pictórica por la que el artista intenta engañar la vista del espectador, de ahí el término trampantojo (trampa ante ojo) mediante el juego del claroscuro y la perspectiva. Los motivos pintados, en lienzos, muros etc, están tan logrados que el observador no lo diferencia de la realidad. Cuentan que un pintor de la antigüedad plasmó de una forma tan real unas uvas en un lienzo que hasta los pájaros acudían a ellas para picotearlas.

El engaño tiene algo que nos atrae. Para el artista que lo realiza no deja de ser un desafío. Nos presenta una realidad disfrazada de otra realidad. La técnica del trampantojo, que aún se conserva en nuestros días, no deja de ser un engaño limpio, sin mancha.

Existe otro tipo de engaño que viene desarrollándose desde que existe el arte y es la práctica de la falsificación. Según he podido leer, incluso los fenicios falsificaban cuencos de plata “egipcios” que luego vendían a los romanos (¡ingenuos, tanto imperio y tanta gaita!).
La cuestión de la falsificación no deja de tener un enorme atractivo ya que la figura del artífice del engaño (el falsificador) se nos presenta como un héroe capaz no sólo de darle gato por liebre al millonario de turno sino de dársela con queso al crítico de arte más pintado. Se dice que Corot pintó diez mil cuadros, de los que veinticinco mil se encuentran en los Estados Unidos.
Una falsificación no es una copia, más bien podría definirse como aquella obra de arte ejecutada de tal forma que lleve al engaño por considerarla o creerla como una obra de un artista diferente. Es decir, como siempre, lo que importa es la intención.
El artista-falsificador tiene que dominar perfectamente no sólo el estilo sino aplicar la misma técnica (de trazo etc.) y los mismos materiales (pigmentos, aceites, etc.) de su “víctima”. Fijáos si han existido buenos ejemplos de este tipo de destreza que uno de los grandes falsificadores de nuestro tiempo, Han van Meegeren, no se cansaba de repetir y publicar hasta la saciedad a los expertos críticos de arte el fraude cometido y todavía éstos no le creían.
Verdaderamente, todo un arte.

En este tiempo en el que nos ha tocado vivir coexisten dos tipos de engaño. El primero, como hemos visto, es un arte, una elegante destreza de guante blanco. El otro se produce cada vez con más velocidad y se reproduce cada vez con más intensidad.
Esta mañana escuchando la radio, un periodista ha hecho público el carácter altruista y solidario de una de nuestras figuras del fútbol nacional: mister Beckham. En una gala del Real Madrid para recaudar fondos para Cruz Roja, el rubito de oro hace entrega a la mujer del Presidente del Club de la suma de 1,00 € (UN EURO). En efectivo, eso sí, sin mariconadas de cheques que ya sabemos lo que se llevan los bancos en comisiones.
Este señor, es una falsificación, un engaño pero en el sentido más fraudulento del término. No es un imitador de un ser humano, es una mierda.
Por si el señor de las coletitas y el pendiente carece de conocimientos sobre los poetas que ha dado la tierra en la que evacua sus desperdicios actualmente, ahí va un regalo de esta que suscribe, para que lo recuerde todas las mañanas al levantarse:

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
qu'es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
e consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
e más chicos,
allegados, son iguales
los que viven por sus manos
e los ricos.


¡Va por ti!

ICONES SYMBOLICAE

ICONES SYMBOLICAE

Los atributos, así como otras características de las personificaciones, tienen sus raíces en la mitología. En algún momento se debió de ver la necesidad de explicar en términos simbólicos, no sólo la actuación sino también el aspecto exterior de los dioses en un intento de racionalizar los mitos en tanto que éstos no dejaban de ser fábulas que mostraban y ocultaban al mismo tiempo la verdad sobre la naturaleza. De cualquier forma, en la explicación simbólica de los atributos de un dios encontramos el origen de un género poético de innegable belleza.

Propercio, por ejemplo, explica la esencia del Amor cuando describe la imagen de Cupido en una elegía que a posteriori ha dado mucho de sí en la literatura y el arte:

"Quienquiera que fuera el primero que representó al Amor en forma de niño, convendrás sin duda en que tuvo una mano maravillosa. Fue el primero en darse cuenta de que la vida de los amantes carece de razón y de que se pierden grandes bienes por sus pequeñas preocupaciones. También le dotó de alas por sólidas razones, haciéndole volar por entre los corazones de los hombres, pues en verdad nos vemos sacudidos por las olas agitadas y el viento que nos impulsa es constante. Lógico resulta asimismo que su mano esté armada con flechas y que le cuelgue de los hombros la aljaba cnossia. Pues nos hiere desde lejos cuando nos creemos a salvo del enemigo, y nadie sale ileso de la herida que le infiere".

A lo largo de la historia de la literatura y del arte, esta técnica del simbolismo va adquiriendo mayor importancia dado que permite “hablar” (en el lenguaje que sea) sobre las características de cualquier idea o tema mediante una descripción ficticia.
A continuación, quiero compartir con vosotros un poema de Ausonio en forma de diálogo que es una imitación de un epigrama griego sobre el Kairos, el momento adecuado. La imagen representa a un ser del reino intermedio entre la divinidad y la abstracción, la Ocassio u oportunidad. Se trata de un texto bellísimo y espero que disfrutéis con él:

- ¿De quién es esta obra?
- Es de Fidias, que hizo la estatua de Palas y también la de Júpiter. Yo soy su tercera obra maestra; yo soy la diosa que unos pocos conocen por Oportunidad.
- ¿Por qué vas encima de una rueda?
- Porque no puedo quedarme en el mismo sitio.
- ¿Por qué llevas sandalias con alas?
- Porque vuelo. Cualquier cosa que Mercurio haga prosperar yo me la llevo si quiero.
- Te tapas la cara con cabellos.
- No quiero que me reconozcan.
- Pero ¿por qué en la parte posterior de la cabeza no tienes pelo?
- Para que no me puedan sujetar cuando huyo.
- ¿Quién te acompaña?
- Que ella te lo diga.
- Te pregunto ¿quién eres?
- Soy la diosa a la que ni siquiera Cicerón nombró, la diosa que impone castigos por lo que se hace y no se hace, y luego se lamenta; por ello me llaman Remordimiento.
- Explícame entonces ¿qué hace contigo?
- Cuando yo me voy ella queda, permanece con aquellos junto a los que yo paso, y tú mismo, mientras formulas tus preguntas y te dilatas en la conversación, acabarás por darte cuenta de que me he escapado de tus manos.


Espero, queridos amigos, que mientras leíais el poema Ocassio estuviera ocupada en otra parte. No obstante, no os aflijáis, Remordimiento, su eterna acompañante, estará abrazándoos en este momento.

LOS DOS VINCENT O LOS CAMPOS DE TRIGO

LOS DOS VINCENT O LOS CAMPOS DE TRIGO

Si hubiera alzado la voz desde el principio, en vez de callarme en todas las lenguas del mundo...

Como dijo César Vallejo “hay golpes en la vida,/yo no sé,/como de la ira de Dios” y uno de estos golpes recayó en la figura de ese “loco” pintor, del que hoy en día se subastan obras suyas por las que se llegan a pagar millonadas, llamado Vincent Wilhelm van Gogh.

El artista holandés de pincelada gruesa, larga, ondulante y circular nació un 30 de marzo de 1853, exactamente un año después (30 de marzo de 1852) del nacimiento y muerte de su hermano mayor del que sólo se pudo levantar un acta de nacimiento que fue la de su muerte.
Curiosamente, y por esos golpes de los que nos habla el poeta, el hermano muerto había recibido el nombre de Vincent Wilhelm.
Cuando, aún pequeño, nuestro Vincent pasaba ante la tumba de su hermano de camino para oír a su padre, el pastor, predicar en la pequeña iglesia de Zunbert en medio del cementerio, contemplaba allí la inscripción con su propio nombre y casi la fecha de su nacimiento y ya la de una muerte.

Nuestro pintor estuvo marcado por esa vida muerta de la que en el mejor de los casos él sería siempre el sustituto, el intruso, el fragmento. Como escribió él mismo, mantuvo durante toda su existencia una deuda impagable:

Pero, querido hermano, mi deuda es tan grande, que cuando la haya pagado, el dolor de producir cuadros me habrá ocupado toda la vida y me parecerá no haber vivido.

El 27 de julio de 1890, el segundo Vincent Wilhelm van Gogh se dispara un tiro en el pecho. Cuando su Théo, su hermano pequeño y querido va a visitarle dada la gravedad de su estado de salud, Vincent le confiesa que “ha fallado otra vez”. Un lamento.
No moriría hasta dos días después.
Hasta una vez muerto, la ira de Dios lo acoge. De su féretro, que estaba mal fabricado, comenzó a gotear un líquido pestilente. “Todo lo que rodeaba a ese hombre era terrible” llegaron a decir.
El cura negó una carroza fúnebre para el suicida. Buscaron la ayuda del alcalde de un pueblo vecino. Bajo un sol atroz, como el que tantas veces plasmara en sus cuadros, su hermano Théo sigue, llorando, el entierro en los trigales. Lleva consigo una carta encontrada en el bolsillo de su hermano. La última:

Pues bien, en mi trabajo arriesgo mi vida y en él mi razón se ha hundido a medias...

hay golpes en la vida, yo no sé...

EXTREMUM VITAE TEMPUS

EXTREMUM VITAE TEMPUS

6.373 El mundo es independiente de mi voluntad (Tractatus)

L. Wittgenstein vivió en el seno de una familia numerosa. Era el más joven de cinco hermanos varones y tenía tres hermanas.
En abril de 1902 su hermano Hans, el mayor de todos, se suicida en La Habana con tan sólo 24 años.
En mayo de 1904, Rudolf, el tercero de sus hermanos se suicida en Viena.
A finales de octubre de 1918, se suicida su hermano Kurt.
Se dice que el mismo Wittgenstein decidió suicidarse en las montañas de Salzburgo pero por casualidad lo encontró un tío suyo y se lo llevó con él.
En la casa de éste terminó la redacción del Tractatus.

EL LEGADO DE KANT

EL LEGADO DE KANT

En el capítulo primero de La Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres, Kant nos dice que ni en el mundo ni fuera de él es posible pensar nada que pueda considerarse como bueno sin restricción, a no ser la buena voluntad. Todas las cualidades del temperamento como el valor, la decisión etc., pueden llegar a ser extraordinariamente dañinos si la voluntad que debe de hacer uso de ellos debido a su carácter, no es buena.
Recuerdo que Fernando Savater ilustraba este concepto con el siguiente cuento africano:

Un escorpión que deseaba atravesar un río le dijo a una rana que por allí estaba:
- llévame en tu espalda.
- ¿qué te lleve sobre mí?, ¿estás loco? Me picarás y me matarás.
- ¡pero no seas tonta! ¿no ves que si te pico te hundirás y yo, que no sé nadar, me hundiré contigo?

Tras una larga discusión, la rana persuadida por el razonamiento del escorpión decidió cargarlo sobre su espalda resbaladiza y atravesar con él el río. A mitad de camino, el escorpión que estaba fuertemente sujeto, picó a la rana con su agijón.
- ¡pero qué has hecho! Dijo la raja mientras sentía que el mortal veneno recorría su cuerpo, ¿no te das cuenta que ahora nos moriremos los dos?

A lo que el escorpión contestó:
- ¡qué le voy a hacer! Así es mi carácter.


Estaremos de acuerdo en que comprendemos mejor la actuación del escorpión que la de la rana. Incluso nos preguntamos por aquello que llevó a la desdichada a acceder ante semejante petición. Es más, consideramos que la rana fue tonta.
En nuestra vida cotidiana estamos acostumbrados a confundir buena voluntad con estupidez. Deseamos que nuestros hijos sean buenas personas pero no tontos. Decimos que fulano es bobo porque se aprovechan de él, pero nuestra crítica no va dirigida, al menos, en un primer momento al causante de su desdicha sino al sujeto que la padece e incluso, lo despreciamos por ello. ¿cuántas veces disculpamos, entre comillas, el comportamiento de un ser despreciable alegando a su carácter? Señores, no somos escorpiones, no podemos permitirlo.

Esta tarde paseaba por mi ciudad. Hacía un frío de muerte y los transeúntes estaban convenientemente abrigados. Mi marido me ha hecho un comentario que me ha dado qué pensar:

los esquimales se visten con pieles. La piel de sus abrigos van por dentro, para abrigarles. Nosotros, sin embargo, las llevamos por fuera. Somos una especie de mierda.
Nos merecemos desaparecer.


Os deseo un buen fin de semana.

MENS SANA

MENS SANA

Recuerdo, hace ya muchos años que, tras la salida del colegio a las cinco de la tarde, volvía a casa y allí encontraba a mi madre cosiendo en la cocina y oyendo el programa radiofónico de Elena Francis. Entonces ella me preparaba la merienda mientras yo me lavaba las manos y me quitaba los zapatos. La merienda consistía en un bocadillo (con pan de la tarde) de chorizo de Pamplona o mortadela. A veces, incluso, de la mismísima Nocilla que me sabía a gloria bendita. Me comía el bocadillo partiéndoseme el moco con la historia de personas cuya vida transcurría en desgracia en desgracia, a las que yo no conocía pero de las que, gracias a la Sra. Francis, me sentía muy cercana.
Terminado el bocadillo hacía los deberes y bajaba a jugar al barrio con mis amigos: el escondite, la comba, la goma, a vivos y muertos, a mamás (a papás no porque los niños no se prestaban a ello) y otros más de los que no me acuerdo. Una vez que iba anocheciendo subía a casa, me ponía el pijama y a cenar.
La dieta alimenticia de esos años consistía en general, de estofados de carne a los que yo añadía kilos de mantequilla para aplastar las patatas y hacer un puré con ellas desterrando la carne porque no podía soportar que no estuviera frita. También mi madre me martirizaba con alubias, garbanzos y lentejas seguidos de una guarnición repugnante de chorizo, morcilla, tocino y carne, que me comía en silencio, como si de una penitencia se tratara por mi condición de infante. Era terrible, aunque lo peor eran los desayunos: un gran vaso de leche con cola cao que me revolvía el estómago como bajo el efecto de una gran montaña rusa. Todavía no entiendo por qué mi madre me decía que no iba a crecer si no tomaba leche puesto que desde que yo recuerdo, he medido 1,70 cm. Cosas de madres...
En cuanto a la bebida, agua, agüita rica y para de contar. La coca-cola para los americanos, en todo caso, un poquito de vino con gaseosa que lo demás era tirar el dinero.
Mens sana in corpore sano.

Telón de fondo: aparece en escena una nueva madre: yo.
Han transcurrido un carro de años.
Personajes principales: dos niños, una niñera.
Personajes secundarios: una madre
Descripción de la escena:


La niña de los bocadillos de mortadela ahora tiene dos hijos. Cuando son las cuatro y media de la tarde, una maravillosa mujer descendiente directa de Mary Poppins espera a la puerta del colegio que los niños salgan (el colegio está lejos de casa) porque la madre de las criaturitas trabaja ocho horas al día en una oficina. La merienda consiste en un pequeño bocadillo “a lo tradicional” y bollería plastificada que debe contener, sine qua non, un cromo de futbol, una pegatina de las tres mellizas o una chapa de no sé qué personaje infantil japonés. Los niños tienen que jugar en el barrio bajo la atenta mirada de la nodriza. No saben qué es el escondite, pero utilizan unas máquinas parecidas a un ordenador en miniatura que cuestan una pasta y son capaces de saberse de memoria las veinticinco mil evoluciones de un bicho (también japonés) que ataca a sus semejantes de mil formas diferentes. Todos viven en Pueblo Paleta (¡hay que joderse con el nombrecito del pueblo!). Los niños ya no juegan a mamás y a papás porque en casa tienen un tamagotxi que además se les muere constantemente...
Los niños no juegan en la calle todos los días porque tienen otras cosas que hacer ya que deseamos que nuestros hijos hagan lo que nosotros no pudimos hacer: se llaman actividades extraescolares

La dieta alimenticia varía de la secuencia anterior. Ahora aunque la madre quiere imponerse, se come hamburguesas, pizzas todo bien embadurnado de un tomate con nombre de personaje operístico. Pero no creáis, no sólo ha cambiado el mundo de los niños sino también el de los adultos porque estamos es un estado de bienestar.
Imagináos qué bien me siento, cuando después de haber llevado a los niños al cole, haber pasado toda la mañana en la oficina, vuelta a casa y recoger lo que no te ha dado tiempo, volver a la oficina por la tarde, llegar a casa y revisar si han hecho los deberes, hacer la cena, el baño de los niños, poner la mesa, quitar la mesa y fregar, acostar a los niños... me baja la regla y veo en televisión un anuncio idílico de compresas con alas en las que más o menos te dicen que en esos días del periodo si no sabes a qué huelen las nubes eres una gilipollas. A mí a esas horas todo me huele a cama y colchón.

Pero el estado de bienestar, que vela por nosotros, también es consciente de que la mujer de hoy, liberal y trabajadora, necesita una ayuda. Por eso ¿para qué seguir fregando los platos con el jabón tradicional si ahora Fairy te proporciona una fórmula denso-activa que no estropea tus manos? Si además la grasa se te resiste ¿por qué le vas a dar al estropajo cuando puedes emplear el detergente x con desincrustol-D? Y no digamos cuando tienes que fregar el suelo de la cocina, con Ajax pino con dicloroxilenol brilla como la patena.
Como veís, el asunto de la limpieza es fundamental en nuestros días, antes nos bañábamos una vez a la semana, el domingo, por supuesto, ahora los niños se duchan todos los días. Por eso hay que tener mucha higiene en el cuarto de baño. Con gel pato activo puedes comer en el inodoro de lo bien que queda...

Si después de todo, te queda un ratito libre, puedes tomarte un vaso de leche con omega-3 o un yogurt líquido con L-Casei immunitas y bífidus activo mientras decides si te pones un tampax con aplicador autoajustable o una compresa megaultrasuper con alas que te vale para el tanga.

En fin, resumiendo, ¿mens sana: in corpore sano o in corpore in sepulto?

MANÍAS, COSTUMBRES Y ELFOS DOMÉSTICOS

MANÍAS, COSTUMBRES Y ELFOS DOMÉSTICOS

Desde que nace hasta el final de sus días el ser humano acopia en menor o mayor medida, en menor o mayor grado, una serie de comportamientos y actitudes internas y/o externas que independientemente del número de veces que ocurran los hechos que las causan o determinan se repiten con idénticos efectos. Me explico: aquí la que suscribe es incapaz de ver un cuadro torcido colgando de la pared, incapaz de echarse a dormir si la puerta del armario está entreabierta o incapaz de no sacarse la lengua en el espejo de cualquier ascensor. Incluso, y esto que sigue es una íntima confesión, soy incapaz de abstenerme de contar los azulejos del cuarto de baño cuando lo visito (creo que nunca he terminado de contarlos porque siempre hay un niño que interrumpe la tarea).

Como animal social, el hombre observa a sus semejantes y, aunque dichos actos y comportamientos no son fáciles de descubrir a simple vista dado que intentan ocultarse a la comunidad, basta con convivir con otro especimen de tu especie para descubrir que no estás sólo en esto de las manías.
Cuando te consideras un bicho raro por sacarte la lengua ante el ascensor como un acto individual e íntimo, descubres que puede haber alguien que en el mismo lugar, se coloca detrás de un vecino y le hace muecas con la boca mientras tú intentas mantener el tipo hablando sobre lo limpio que está el portal o cuando en cualquier espectáculo tu marido aplaude en múltiplos de veintitrés veces exactas, que para eso es matemático. En este caso, la manía deja de ser un acto íntimo y personal para convertirse en espectáculo. No creáis, los animales también tienen sus manías, y en el caso de mi perro algo se le debió de contagiar del dueño porque en la calle con hembra cerca, se afanaba tanto en levantar la pata cuando meaba para demostrar su masculinidad, que vencido por el impulso siempre terminaba en el suelo. Pero bueno, una anécdota más.

Se dice también que el ser humano es un animal de costumbres. Me voy a centrar en el de género masculino porque es el que más abunda en mi entorno familiar y en el profesional (no penséis que es cuestión de feminismo ni muchísimo menos, pero cada uno estudia lo que tiene a su alrededor, es más barato y efectivo).
Solemos considerar como costumbre que el hombre (independientemente de su edad) deje su ropa tirada por doquier, entonces decimos que tienen la manía de no llevar la ropa sucia al cesto correspondiente. El tema de los calcetines lo voy a dejar a un lado ya que se sale de toda esta argumentación porque, como todos sabemos, su lugar natural es el suelo por definición. También es interesante el concepto “mando a distancia”. No es que tengan la manía de apropiárselo sin miramientos sino que es ya un derecho adquirido por la costumbre. El momento “no encuentro (...) en el cajón” no es manía ni costumbre, sencillamente son bromas que nos gastan los elfos domésticos. En cuanto tú, mujer, vas al cajón, aparece el objeto por arte de magia.
Los elfos domésticos gastan bromas tanto a hombres como a mujeres porque la jovialidad y el humor son intrínsecos a su naturaleza.
Son esos seres que dejan migas de pan sobre el sofá, dejan el envase vacío de la leche en el frigorífico, los que se olvidan de poner la lavadora cuando tú no estás o cuando después de comer, en sábado o domingo (únicos días de la semana en los que me lo puedo permitir) te dicen: vete, vete a echarte un rato que nosotros recogemos la mesa. Entonces, ocurre que cuando te levantas de tu minisiesta con miles de interrupciones, de gritos y ruido de puertas, y te diriges a la cocina, compruebas que los elfos se han olvidado de recoger el fairy, el estropajo y el agua chorrea por el fregadero. ¡ay, estos seres sobrenaturales!

En definitiva ¿sabéis una cosa?
que me quedo con mi marido y mis hijos, con sus manías y sus costumbres.

p.d. He descubierto que también en la web existen tales elfos. Sin ir más lejos el domingo pasado me encontré que las estadísticas de éste vuestro blog habían desaparecido. Se han perdido el número de visitas y el número de comentarios, pero por suerte me han permitido partir de cero.
¡Monada de criaturitas...!

LA DAMA DEL CONDADO DE BLOG

LA DAMA DEL CONDADO DE BLOG

Han transcurrido ya muchos años desde la última vez que la vi en televisión. Entrevistaban a una mujer, hermosa en otro tiempo, en un programa de TV2, de esos que se emiten a altas horas de la noche dado que alguien importante en este medio de comunicación debe pensar que los españoles interesados en cualquier forma de cultura no van a trabajar al día siguiente, pero eso es otro tema...

La mujer a la que dedicaban el espacio de esa noche no era otra que María Zambrano, una señora del saber (señora en sentido de propietaria, dueña) y de infinita delicadeza. Lo cierto es que el periodista sacó bastante jugo a la entrevista, cuestión ésta de enorme importancia dado que lo más habitual es que el entrevistador no salga de la superficie del personaje. Cuando la entrevista llegaba a su fin y ambos paseaban confiados el uno con el otro, el periodista interrogó a la Zambrano acerca de su parecer con respecto a la amistad:

- la amistad es la expresión más inequívoca del concepto de libertad.
- Pero eso ¿no es una contradicción en sí misma? replicó el periodista.


a lo que María Zambrano contestó:

- creo más en las paradojas de la vida, que en las antinomias del pensamiento.

Envidié miserablemente como no lo he hecho jamás.

¡Ojalá que este medio que se nos ofrece hubiera existido desde siempre!. Sin duda, María Zambrano hubiera sido la dama de este condado.

La caja negra o la recuperación de la memoria.

La caja negra o la recuperación de la memoria.

Hace unos meses mi librera, una gran profesional por cierto, me recomendó la lectura de Soldados de Salamina, tan de actualidad, a pesar de que la novela se apartara de mis preferencias habituales. No la leí de inmediato, al contrario de lo que suelo hacer, porque había algo que me frenaba y me distanciaba de ella.

Entre un libro y su lector debe de existir una confianza tal que uno y otro se entreguen como amantes. El placer que me ofrece será recibido con todos mis sentidos:
con la vista abarco a mi compañero en plenitud y me voy cayendo poco a poco en los detalles; con el tacto determino su forma, la textura de las hojas, la expresión del papel y lo recorro de arriba hacia abajo como en el juego del amor; con el olfato (confieso que me encanta oler sus hojas, en profundidad, a la manera que los perros se huelen entre sí) nos acercamos y nos presentamos, nos fundimos y se desprende de parte de sí mismo (sobre esta cuestión, os recomiendo un libro titulado Lo que Einstein le contó a su barbero, precioso por su frescura y su inocencia donde su autor, Robert L. Wolke, responde a un sinfín de cuestiones sobre fenómenos cotidianos que por serlo, creemos sabidos y cuya comprensión se nos escapa de las manos, al menos a esta humilde servidora). Con el devenir de sus páginas, mi oído evoca el susurro de mi playa en invierno y con el gusto... bueno, he de confesaros que todavía no he chupado ninguno pero me relamo con voluptuosidad y el estómago se me encoge.

Como todo acto amoroso, el comienzo de la lectura de un libro es un tanteo entre fuerzas, un entregarse lentamente, una ausencia de tiempo hasta que la historia te envuelve de tal forma que sucumbes precipitada e irremediablemente ante ella. Cuando llega el final, el vacío y la tensión te hacen dormitar. En mi caso, tiene que pasar un tiempo hasta que vuelva a enamorarme de otro. “Pasó el efecto...” suelo pensar.

Quizás eso es lo que me ocurrió con Soldados de Salamina , quizás no se me había pasado el efecto. Cuando un domingo (¡qué crueldad de día!) resolví acogerlo, ya no pude abandonarlo más. Me sorprendió porque se me ofreció una historia de vencidos y de desencanto, una historia que no esperaba encontrar: como la que he descubierto esta misma semana sobre mi propia historia.

Soy la menor de cuatro hermanos y la menor también de una trole de primos y por esta razón, pienso, siempre se ha tenido cuidado conmigo. De mi abuelo paterno sólo he sabido que murió junto con su primogénito después de la guerra. El desencadenante de que haya recuperado mi caja negra ha sido la publicación de un ensayo sobre el avance de las tropas franquistas desde Sevilla hasta Badajoz. La columna de la muerte se titula. En un listado infinito, de esos aleph-cero de los que habla mi marido, leo la relación de muertos, de personas anónimas, panaderos, jornaleros, albañiles, amas de casa... y encuentro los nombres de mi abuelo y de mi tío, un muchacho de 22 años al que fusilaron tres días después que a su padre una vez de haber sido ambos torturados.
Fueron enterrados en una fosa común.

Esta vez mi amante me ha dado una mala noticia, de ésas que sólo saben darte los amigos de verdad. Sin embargo, me ha regalado algo: la caja negra, la que no pudieron tener ni mi tío ni mi abuelo.

EL ORIGEN PERDIDO

EL ORIGEN PERDIDO

Última entrega de la escritora Matilde Asensi. Salvo alguna magufada sobre la teoría de la evolución en boca del protagonista, buena novela para pasar el rato.

El secreto de una niña

El secreto de una niña

Hannibal Lecter, el famoso psiquiatra de El silencio de los corderos, ofreció a la joven teniente del FBI, la primera pista para resolver el caso que le habían encomendado. El astuto antropófago iluminaba el camino de la deducción con un meritorio estilo socrático que nos puso a todos la piel de gallina.

- ¿qué es lo primero que nos mueve? La codicia.
- ¿qué es lo primero que codiciamos? Lo que vemos todos los días...

cuando yo era una niña (no recuerdo la edad exacta pero en torno a los siete u ocho años) había en el salón de casa una estantería repleta de libros. Allí aguardaban en silencio ordenados por categorías diversas: había nueve o diez “igualitos” de color rojo sangre, grandes y majestuosos, con todo el saber en su poder, mirando por el rabillo del tomo al resto; había otros, también igualitos entre sí, más pequeños que los anteriores, de un azul metálico, donde uno podía encontrar el secreto de todas las enfermedades; en un rincón, casi por la fuerza, vivía uno que llegó a gustarme mucho, y contaba las maravillas de las capitales europeas (todavía me estremezco al recordar lo que tuvo que sufrir el arquitecto del Kremlin a manos de Iván El Terrible); ...y más abajo se encontraban los modestos.

Los modestos ocupaban casi por completo la librería (desmontable, por cierto) pero no ostentaban el lugar preferente de las enciclopedias. Eran libros de diferentes tamaños, colores y espesores.
Entre esta comunidad bien avenida, vivían Stevenson junto a Lovecraft y Poe. Shakespeare era considerado un gran terrateniente pero Borges era el dueño de una balda entera. Tres amigos inseparables ocupaban un discreto adosado: Dante, Virgilio y Petrarca, la comidilla del barrio: se rumoreaba que dos de ellos habían hecho un viaje juntos, pero debieron de enfadarse porque uno de ellos regresó en la segunda escala del trayecto.
En copropiedad vivían poetas como Cernuda, Machado, Neruda, Celaya, Miguel Hernández y otros, que tenían que verse las caras con unos locos que se llamaban Sartre y Camus. Recuerdo que incluso había un miembro de la nobleza en una esquina (siempre hemos sido muy rojos) que se llamaba el Marqués de Sade, negro como la noche y tal como yo me imaginaba su capa.
Junto a Valle-Inclán y Pío Baroja vivía un personaje, de cuyo nombre no puedo acordarme, del que todos se reían. Parece ser que se volvió loco de tanto leer unos libros de los que llaman “de caballería”, pero a mí siempre me cayó bien porque era alto y delgaducho como mi padre, y un señor que me recordara a uno de mis seres más queridos no podía sino parecerme simpático.

Había muchos otros y todos cohabitaban en perfecta armonía. Hasta tal punto se querían, a pesar de cunas y condiciones, que cuando mi hermano cogía uno, enseguida se venían abajo los demás de lo mucho que lo echaban en falta.

Cuando mi estatura me lo permitió, ya podía ver todos los miembros de aquel edificio singular en un solo golpe de vista y, fue entonces cuando lo descubrí: solo, exiliado, prisionero de la nada.
Me apresuré hacia la cocina para hacerme con una banqueta que me permitiera coger el libro que había surgido de la noche a la mañana. “Quizás haya vivido aquí todo el tiempo y yo no me he dado cuenta” pensé. Sus tapas eran duras y resistentes, como la cabaña que resiste a los soplidos del lobo. Toda una gama de grises lo recorrían sin dar tregua a ningún otro color jugando a las formas.
Al principio no puede ver nada, concentrada como estaba en el propio descubrimiento y, para qué negarlo, intentando que no se me cayera de las manos.
Un hombre y una mujer reposaban con rostros satisfechos sobre un lecho deshecho.

Dejé el libro sobre el estante,
Dejé la banqueta en la cocina.
Nunca pregunté nada sobre el libro prohibido.

En muchas otras ocasiones fui a visitarlo y él, benévolo con la niña que lo acogía, me enseñaba su hogar por dentro.
Fue mi primer secreto y El Decamerón era su nombre.

HISTORIA DE UN ROTO Y UN DESCOSIDO

HISTORIA DE UN ROTO Y UN DESCOSIDO

Cuenta el dicho popular que siempre hay un roto para un descosido, y cuanto mayor es uno más grande se hace el otro. Este fenómeno tiene en el insulto uno de sus más claros exponentes.
En ocasiones el insulto posee la espontaneidad del estornudo y comparte con éste su carácter de irremediable. Existe el insulto en soledad, el autoinsulto, ése que nos dirigimos a nosotros mismos cuando hemos metido la pata, pero este tipo tiene una peculiar característica que lo diferencia del resto, a saber, su falta de violencia. ¿quién no se ha autoinsultado alguna vez? ¿quién no se ha dicho en alguna ocasión el famoso “seré gilipollas...” con esa cadencia final que te trae la paz y te amortigua el resentimiento para contigo mismo? Porque el autoinsulto tiene un efecto apaciguador que te impide autopropinarte una bofetada.
Sin embargo, el insulto por antonomasia, conlleva en su naturaleza un alto grado de violencia. Mi querida España, como diría la cantante, ha sido y es un país puntero en lo que a insultos se refiere. Como dato curioso he encontrado una página web que dedica uno de sus apartados al insulto para extranjeros
En el Siglo de Oro patrio, nos encontramos insultos como bellaco y malandrín que se resolvían elegantemente con un cruce de espadas. Incluso uno de nuestros grandes poetas dedicaba un magnífico soneto a la nariz de su enemigo en el arte de la pluma. Lo transcribo a continuación para deleite del lector:

Érase un hombre a una nariz pegado,
Érase una nariz superlativa,
Érase una alquitara medio viva,
Érase un peje espada mal barbado;

Era un reloj de sol mal encarado.
Érase un elefante boca arriba,
Érase una nariz sayón y escriba,
Un Ovidio Nasón mal narigado.

Érase el espolón de una galera,
Érase una pirámide de Egito,
Los doce tribus de narices era;

Érase un naricisimo infinito,
Frisón archinariz, caratulera,
Sabañón garrafal morado y frito.


Desgraciadamente con el transcurso de los siglos, el insulto ha perdido la musicalidad y el savoir faire de antaño. Ahora los tenemos del tipo gilipollas/cabrón junto con otros y su carácter multiuso hace que valgan tanto para un roto como para un descosido y la fuerza e intensidad con la que se pronuncian van acompañados de un deseo irrefrenable de hostiar al contrario. Cuanto más mamón es uno más maricón es el otro y, qué decir tiene cuando le recuerdan a uno la supuesta profesión de la persona que lo trajo al mundo.
Al contrario que lo que ocurre con su propia esencia, con el devenir del tiempo nos hemos vuelto más sofisticados a la hora de buscar el soporte donde reproducir el insulto: ahora hacemos pintadas en las paredes de los edificios de nuestra ciudad. Con dicho soporte cubrimos dos tipos de necesidades: una, la del propio insulto/pintada y, otra, la que soterradamente le propinamos al propietario del edificio, que es, a saber, “jódete cabrón y limpia mi mierda”. Pues bien, dentro de toda la vulgaridad que se ha apoderado de la figura que estamos tratando, encontré no hace mucho tiempo, uno que me llamó poderosamente la atención por su contundencia y solemnidad. Huérfano de hermanos en una pared blanca en mitad de la nada, aparecía inmisericorde lo siguiente:

BUSH
TONTO


¡qué placer!