DIETA SANA
Les aconsejo que se lo coman todo pero hagan lo propio y no me engorden. Este es mi consejo gastronómico para el fin de semana.
Sean felices.
Les aconsejo que se lo coman todo pero hagan lo propio y no me engorden. Este es mi consejo gastronómico para el fin de semana.
Sean felices.

Si son ustedes, como Tio Petros y una servidora, amantes de los viajes “a la piedra” seguro que sienten cierta inquietud tanto cuando contemplan un edificio cuyos sillares se han ido tallando por el polvo y la suciedad de su historia como cuando se enfrentan a un edificio recién restaurado. La inquietud de la que les hablo proviene de un mismo sentimiento, por lo demás romántico, que hace que nos inclinemos “afectivamente” por el primero más que por el segundo. La pátina producida por la suciedad, el paso del tiempo, el polvo, incluso la vegetación invasora, etc. concuerdan con el ideal estético que esperamos al observar un edificio antiguo. Como he mantenido y mantengo mi total repulsa hacia ciertas actuaciones humanas (eclesiásticas, por más señas) que han contribuido al exterminio o deterioro de verdaderas joyas arquitectónicas a lo largo y ancho del patrimonio patrio (y más allá), igualmente defiendo desde la razón –que no desde el corazón- que no es piedra todo lo que reluce. Me explico. Así como la “humanidad” de algún párroco ha producido abortos estéticos utilizando yeso, cerámica o, incluso, sintasol o falseando la estructura original del templo con la inclusión de paredes en ladrillo pintado u otras barbaridades de las que he sido espectadora, también les digo, que a la hora de ser puristas hay que serlo hasta las últimas consecuencias. Por ello, deberíamos (yo la primera) abandonar ese espíritu casi cinematográfico, muy próximo al gusto Friedrich, y aceptar que ciertos elementos de los templos se idearon para ser pintados. Policromías que el paso del tiempo se ha encargado de eliminar de nuestra memoria, memoria que sólo concibe una arquitectura antigua o medieval incolora y adornada (siglos después) por los colores naturales que le confieren sus materiales constructivos.
Sacar la piedra, sí, pero también el color para el que fue concebida. Lo perdido, perdido está, aunque todavía nos queda el consuelo de todo hombre: soñar y en su sueño compartido, gracias a la fotografía y al photoshop, Jose Manuel Ballester nos sumerge en su tecnológica paleta para rescatar del olvido los colores de la historia.

Eso sí, creando una imagen (no una obra en sí) de lo que fue o pudo ser. El hilo de la osadía es fino y sutil y otros, allá por el siglo XIX fueron menos finos, menos sutiles, más atrevidos. El sueño se convirtió en purpurina, en pesadilla, en visión terrorífica, en el mismo pecado. El corazón me puede y en estos casos extremos, es capaz de arrebatarme todo atisbo de racionalidad. La esperanza se pierde en la sinrazón. Ya oigo el canto de sirena y mi único deseo es no seguir soñando. Tarde para mí, para usted y, por supuesto, tarde para el capitel románico de la Abadía de Saint-Pierre de Blesle, Auvergne, Francia:
¿me estaré convirtiendo en esto?
Hoy les propongo hablar de arte pero sin hablar de él. Me explico. Lo que quiero decir es que hoy vamos a hablar de dinero y aunque este tema sea considerado por algunos como una ordinariez, es lo que mueve al mundo , señores, y como no podía ser de otro modo, también al mundo del arte. Así que estimados lectores, siéntense en sus butacas y presenciemos uno de los mayores espectáculos del arte desde las famosas casas de subastas Sotheby´s o Christie´s. Ya acomodados miren a su alrededor con ojos recelosos y contemplen con alma de mecenas y bolsillo de proletario las diez obras de arte más caras de la historia. ¿Quién da más?
1) Muchacho con pipa (Pablo Picasso): 104 millones de dólares
2) Dora Maar con gato (Pablo Picasso): 95,2 millones de dólares
3) Adele Bloch-Bauer II (Gustav Klimt): 87,9 millones de dólares
4) Retrato del doctor Gachet (Van Gogh): 82,5 millones de dólares
5) Le Moulin de la Galette (Renoir): 78,1 millones de dólares
6) La matanza de los Inocentes (Rubens): 76,7 millones de dólares

7) Centro Blanco (Amarillo, Rosa y Lavanda sobre Rosa) (Rothko): 72,8 millones de dólares
8) Green Car Crash (Warhol): 71,72 millones de dólares
9) Retrato del artista sin barba (Van Gogh): 71,5 millones de dólares

10) Rideau, Cruchon et Compotier (Cézanne): 60,5 millones de dólares

Un momento, no abandonen la sala. Todavía he de presentarles tres obras más en transacción privada. No me han andado finos y alguien ha pujado antes que ustedes. Concéntrense en los números, por favor:
TÍTULO: Adele Bloch-Bauer I (klimt)
RETÍTULO: 135.000.000 $

TÍTULO: Woman III (Willem De Kooning)
RETÍTULO: 137.500.000 $

TÍTULO: Número 5 (Pollock)
RETÍTULO: 140.000.000 $

Y ahora, mientras abandonan sus asientos, piensen en esto: ¿en qué mierda de mundo vivimos?
Como reza el título del post de hoy, si usted no es experto en arte, no continúe leyendo. Claro que siempre podrá preguntarse cómo demonios sabe uno si es experto o simplemente aficionado (amateur, que dirían los finos). Pues bien, si me prestan un momento de su tiempo les puedo iluminar el camino con algunas anotaciones al respecto.
1) Si usted contempla este Untitled de Anish Kapoor
y define a su creador como “escultor de los volúmenes, de los colores y de las texturas, aunque también recientemente ha exhibido sus pinitos pictóricos, a los que ha estado dedicándose durante años”

Si “pese a la contundencia de sus obras, (considera que) sus esculturas se mueven siempre entre la inmaterialidad y la espiritualidad y su particular imaginario”, entonces usted es un experto en arte.
2) Si usted contempla esta obra de Jeff Koons

“provocadora y glamurosa” y considera que el artista “pone el acento en la moralidad que (le) rodea y su quehacer cotidiano”, entonces usted es un experto en arte.
3) Si usted contempla esta Fat House de Edwin Wurm

y tras mucho meditar llega a la conclusión de que el austriaco es un gran “defensor de lo psicológico, de lo liviano –como sinónimo de poco intenso- y lo humorístico en la escultura” , entonces usted es un experto en arte.
4) Si usted contempla esta obra de Wim Delvoye

y a pies juntillas considera que “lo suyo no es el buen gusto, pero sí la fina ironía”. Si sabe, porque se ve y se nota, que “su tratamiento mezcla la atracción por lo kitsch, lo perverso de la artesanía, la elocuencia de lo monumental y la riqueza del ornamento (y la imaginería católica le da mucho)”. Si usted concluye después de haber disfrutado de esta obra que “el mundo moderno da signos de languidecer, mientras Delvoye dinamita intelectual y estéticamente sus cimientos”, entonces, necesariamente usted es un experto en arte.
Llegados a este punto, estimado lector, he de confesar que quien esto escribe no tiene ni zorra idea de arte. Por no hablar de mi mal gusto y de mi escasa e insignificante forma de ver y entender el mundo. Esta primitiva de intelecto que no ve más allá de sus narices no es capaz de ver cómo un cerdo pintado puede dinamitar los cimientos de un mundo moderno que languidece; no es capaz de emocionarse con el glamour de un globo reventón tipo feria; no es capaz de entender, siquiera, porqué cojones todo lo in es untitled.
Para purgar mi daño a la sociedad, ante tamaña ignorancia, permítanme que deje el post en blanco pues nada he de escribir que merezca la pena.
No, yo no soy una experta en arte.
Nota: el entrecomillado pertenece al nº 100 de la Revista Descubrir el Arte.
Se me ocurren varias genialidades más para hacer de un cuerpo una hermosa escultura. ¿Y a ustedes?
Pasen un buen fin de semana y séanme lujuriosamente felices.
En el capítulo de hoy…
Han transcurrido siete días desde que Nastagio presenciara la cruel escena de caza. Vuelve a ser viernes y el pragmático muchacho no deja escapar el momento. Organiza un gran banquete en el campo al que invita a Paolo Traversaro y su familia. Las mesas se disponen a la sombra de los pinos justo en el mismo lugar donde la doncella fue capturada y coloca a su escurridiza amada “frente al sitio donde debía desarrollarse la escena”.
A la hora establecida por el joven muchacho, justo cuando los postres acababan de ser servidos, aparece en escena una joven desnuda, sus cabellos revueltos e implorando piedad entre lágrimas desconsoladas. Junto a ella, dos perros de caza desgarran su blanca piel con sus terribles fauces. Todos los comensales quedan impresionados. Un caballero, furioso y gritando insultos atroces, blande su espada con la que quiere dar fin a la vida de la hermosa doncella. Los invitados no pueden guardar asiento, los músicos dejan de tocar y las damiselas gritan y sollozan ante el espantoso espectáculo. Todos parecen haberse vuelto locos de miedo ante la terrible matanza, todos menos uno. El joven Nastagio es el único que guarda la calma porque su plan ha surtido el efecto deseado: “todas las mujeres vertieron las lágrimas más amargas como si fuera su propia pena… pero la amada de Nastagio se dio buena cuenta de que, entre todos los presentes, era ella a quien iba dirigida la escena, también fue la que más se asustó. Ya le parecía huir de la ira de Nastagio y sentir a los perros a su lado. Fue tal su angustia pensando que podría sufrir un destino parecido, que se apresuró a informar a Nastagio que su odio había mudado en amor”
En el capítulo siguiente…
El domingo siguiente Nastagio degli Onesti celebrará su matrimonio rodeado de amigos y familiares. Y bajo una magnífica arquitectura renacentista, los dos jóvenes muchachos se jurarán amor eterno.
Y ... colorín colorado
este cuento de Boccaccio ha terminado.
FICHA TÉCNICA
Director: Sandro Botticelli
Guionista: Giovanni Boccaccio
Actor principal: Nastagio degli Onesti
Banda sonora: Carl Philip
En capítulos anteriores…
El joven Nastagio degli Onesti es el protagonista de la octava narración que Boccaccio cuenta en la quinta jornada del Decamerón donde se habla de “la felicidad que encuentran los amantes después de ciertos infortunios y percances”.
El infortunio del joven no era otro que el rechazo de la hija de Paolo Traversaro que bien por el orgullo de su belleza o bien por el de su linaje, habíase negado a contraer matrimonio con él.
Desesperado y contemplando como única alternativa el suicidio, se deja aconsejar por sus amigos que le proponen pase un tiempo de paz y tranquilidad en la soledad de un pinar a orillas del mar.
Un día en el que el joven Nastagio se encontraba paseando por el pinar se topa con una cacería inusualmente despiadada.
De entre los pinos surge la figura desnuda de una mujer que está siendo atacada por un feroz perro de caza. Nastagio queda atónito ante la escena que contempla. De cerca, un caballero montado en su corcel blande su espada furioso con la intención de dar caza a su víctima indefensa.
Cuando intenta defender a la dama, el joven degli Onesti es advertido por el malhumorado cazador:
- dejádme cumplir la justicia divina!
y tras lo dicho, el caballero que se presenta como Guido de Nastagi, pasa a contarle su triste historia y el motivo de su maldición: el cazador y la joven murieron hace tiempo y están condenados para toda la eternidad. En el momento en que el caballero alcanza la presa, la traspasa con el acero de su espada y le arranca el corazón que da a comer a los perros. Inmediatamente después, empero, la joven se levanta como si nada hubiera pasado y retoma la sísifa huida.
Nastagio no puede dar crédito a lo que ven sus ojos: el hombre ha sido condenado a vivir una y otra vez esta pena por haberse suicidado a consecuencia de un desengaño amoroso. La mujer sufre igualmente el castigo por poseer un corazón tan duro que no pudo albergar en su seno ni el amor ni la piedad de aquél que la amaba.
Con el rostro desolado, Guido de Nastagi, finaliza su relato diciendo:
- debo ejecutar sin descanso el castigo que merece esta mala mujer. Cada viernes a la misma hora la alcanzo en este lugar.
Por lo que una vez repuesto de lo vivido, Nastagio dispone sacar provecho de su insólita experiencia en el bosque y decide…continuará.
En estos tiempos que corren en el mundo del arte, se hace cada vez más difícil ser poseedor de una idea genial o de una técnica que valga para que después de muerto se acuerden de uno. Primero llegó el urinario de Duchamp que era y es un objeto de arte que es para mearse. Pero el rizo sólo se riza siendo más osado si cabe y la lata de Manzoni nos dejó un agrio sabor de boca, ¡dios no lo quiera!, porque esta vez el objeto era para cagarse. Y lo que era continente en el primero, en el segundo tornó contenido. Eso sí, contenido enlatado las veces en heces con nombre de artista y envasado o creado o vertido o hecesjutado en el año del señor de 1961. Poéticamente hablando me quedo con la fuente antes que con la caca dichosa de un hombre al que no conozco. Además, ¿para qué se quieren 30 gramos de mierda de artista si encima no voy a tener huevos para abrir el envase? Porque aquí como en todo, a uno le pueden dar gato por liebre pero no seré yo quien ponga el cascabel al gato. Si yo o la Tate Modern de Londres pagamos la suma de hasta 124.000 euros por esta delikatessen tan poco gastronómica ¿quién es el guapo que destroza la obra de arte para comprobar que lo que yace en su interior es mierda artística? Claro, que les voy a ser sincera, todavía no poseo conocimientos suficientes de arte como para poder afirmar que la mierda es propia y original del artista así que llegados a este punto no me arriesgo, así de frágil es mi carácter.
Sin embargo, cuando uno tiene un buen día siempre viene alguien que te lo jode y así hubiera sido si una servidora fuera la poseedora de un ejemplar de lata con mierda de artista. El alguien no es otro que un amigo del mismo Manzoni (como no podía ser de otra forma) que no pudiendo jugar a dar por el culo ha desvelado el secreto que guarda el interior de las latitas. Yeso, señores, yeso o peazo de 30 gramos de escayola que por no tener, ni tiene fecha de caducidad. Eso sí, envasado al vacío tan vacío, que los señores coleccionistas de arte, propietarios de esta –ahora sí- singular mierda, querrán (ahora más que nunca, también) cagarse en las redundantes heces del artista y vaciar su mala leche en perífrasis enlatadas.
Señores que guardan en sus vitrinas latas de este pelaje, aférrense al bastón de la fe y piensen en el milagro –como dice mi amigo Ender- de la transmutación del yeso en caca.
Y es que en estos tiempos que corren en el mundo del arte, más que arte o genio se necesitan un par de cojones para hacerse famoso. Lo dicho, un par y mucha jeta.
1) Delimitar el área de estudio.
2) Especificar condiciones óptimas.
3) Observación.
4) Estudio
5) Conclusiones.
Que pasen un feliz fin de semana y séanme naturalmente felices.
La polisemia del símbolo del león tiene, que yo sepa, los siguientes significados:
1.- Un enemigo al que batir.
Muy representado como un león que está siendo desquijarado, normalmente por Sansón.
Como animal poderoso, es un formidable enemigo a vencer, no un enemigo cualquiera. Sólo con unas condiciones especiales de fortaleza puede afrontarse la tarea. Se trata de una cita literal de lucha entre Sansón y el León, pero se trata de mucho más. Como pocas veces se evidencia la metáfora con la lucha contra el mal, un mal que muchas veces es interior al ser humano. Así pues, se simboliza una contienda entre dos fuerzas, el luchador es el propio observador el símbolo, y el León es el conjunto de peligros que intenta separarlo del camino de perfección.
2.- El guardián del templo.
Como en el caso de la puerta de los leones de Micenas, pasar entre las fauces de dos leones indica que tal paso no es cuestión baladí. Se necesita un permiso, que se da tácitamente, presuponiendo que el visitante tiene ganado el derecho a penetrar en el templo. El respeto y la humildad son las condiciones de entrada en este caso: no se trata de amedrentar a los leones ni de vencerlos, como en el caso anterior: se trata de conseguir la entrada, lo que nos lleva a preguntarnos si estamos en condiciones de conseguirlo. La respuesta tendrá relación con la disposición de cada uno.
3.- Símbolo de Cristo, el león de Judea

Existe un caso extraordinario de fuerza simbólica del león como elemento crístico en la catedral de Jaca. El crismón de la portada occidental está flanqueado por dos leones. El de la izquierda del observador (derecha del crismón) está sobre un hombre postrado mientras agarra una serpiente. Un texto ayuda a la interpretación: "El León se apiada del que se postra a sus pies y Cristo del que lo invoca" Este león por lo tanto representa el poder de Cristo, y el hombre sujetando la serpiente es el fiel reprimiendo sus instintos pecaminosos.
El león de la izquierda del crismón (derecha del observador) tiene, bajo sí, un oso y un basilisco y, la siguiente leyenda: "El poderoso León aplasta al imperio de la muerte"
La fuerza del león se aplica en un caso como fuerza salvadora y en el otro como justicia implacable. A este respecto, Jaime Cobreros nos recuerda las palabras de San Jerónimo: "Cristo es un león bueno para los buenos y terrible para los malos".
4.- Camino iniciático a través de sus fauces.

Ver un hombre desapareciendo (¿o surgiendo?) entre las fauces de un león sin el menor asomo de dolor, angustia o miedo es relativamente corriente en el románico.
Aquí no sólo es el león el animal utilizado, también puede ser un monstruo más o menos abstracto, como se observa en un capitel interior del monasterio de San Martiño de Mondoñedo, en el que un ser humano está siendo devorado desde la cabeza por dos bestias simultáneamente sin que se observe señal alguna de pavor o intento de defensa.
El paso a través de las fauces, como el paso a través del canal del parto, es un tránsito a otra realidad, un acceso a otro nivel de existencia.
Las dos últimas fotos fueron realizadas, con más que cuestionable acierto, por mí en 2005 y 2006 respectivamente. La primera, que presenta dos leones andrófagos, la hice en la Iglesia de San Martín de Elines el 30 de abril de 2005 en condiciones difíciles de luminosidad para mi pobre cámara digital, en Cantabria. San Martín de Elines es una maravilla para los sentidos hecha en piedra. Su párroco es un hombre ya mayor, perfecto conocedor del tesoro que custodia, y deseoso de hablar de ello, de explicar con sabias palabras cada símbolo y cada capitel. Muy diferente es la actitud prepotente de algún otro cura de otras iglesias, que parecen ser dueños absolutos de sus respectivos feudos. Merece ser recordado aquí el de Sos del Rey Católico, personaje desagradable en extremo que pretendía prohibirme fotografiar (sin flash) los capiteles interiores de la iglesia. Y no estoy hablando de los restos de pinturas murales de la cripta, sino de los capiteles del templo.
¿Sería porque vendían postales?
Tio Petros
Los símbolos tienen un significante y un significado, al igual que los signos. En los signos, la unión entre ambos es arbitraria, se trata de un consenso. El receptor del significado debe estar en posesión de una clave, con la cual unir significante a significado y poder comprender qué cosa hay detrás del signo. En los símbolos (una clase especial de signos) esta relación entre significante y significado es diferente: la expresión plástica del símbolo "representa" de alguna manera no arbitraria a su significado, de forma que cuando Cristo aparece como un cordero la arbitrariedad no es absoluta. Si lo fuera, podría ser representado por cualquier animal, cosa absurda e impensable.
Lo que ocurre es que la relación entre la expresión plástica (significante) y su significado sigue siendo oscura y difícil de apreciar. Precisamente cuando hay arbitrariedad absoluta las cosas son más fáciles: si conoces la clave, lo conoces todo. Yo sé que el signo m representa un sonido concreto, y ya sé todo lo que tenía que saber sobre el asunto. Sé que no hay una razón convincente para que esto sea así, pero no me importa: sé que es así por un convenio que hago mío. Como cuando aprendo una lengua nueva, no me pregunto porqué las cosas se llaman como se llaman, se llaman así y me basta(1).
Con los símbolos y, especialmente con los símbolos del románico ocurre todo lo contrario. Conocer la simbología en profundidad parece tarea vana e imposible a un profano como quien esto escribe, ya que lleva implícita la tarea de conocer pensamientos, creencias, vivencias e incluso penas y alegrías de la civilización que los realizó.
Un ejemplo de la complejidad del tema lo tenemos en la figura del león. Un león es un animal salvaje y peligroso, me imagino que raramente un europeo del siglo XII podía ver un vivo, (¿quizás en alguna exposición, feria o circo ambulante medieval?). Sin embargo es un animal perfectamente conocido desde antiguo en todas las culturas europeas como una personificación del poder y majestuosidad de la naturaleza, personificada en una espléndida fiera de terribles garras y dientes. Parece ser que la imagen de los circos romanos con leones devorando cristianos o luchando con gladiadores es una imagen bastante cercana a la realidad, con lo que el animal debió pasar al imaginario popular para quedarse instalado para siempre.
Partamos pues de un significante: el león, un animal poderoso.
¿Cuál es el significado?
Aquí comienzan las dificultades. Lejos de una univocidad en la relación entre significantes y significados, nos encontramos con una sorprendente polisemia: un león puede significar diversas cosas. Para empezar, un león es un excelso guardián, por un razonamiento redondo como éste: el templo (románico al menos) es la sublimación de la idea de la casa, el domicilio, como todos ustedes ya saben. Es la casa de Dios. Nuestras casas tienen perros guardianes, y la casa del Dios merece a su vez un guardián a la altura de las circunstancias. Sobre la figura humilde y rastrera de un can, se yergue la espléndida figura de un felino con cabellera y enormes dientes, guardián del templo. Por eso su situación debe ser a la puerta, para cumplir mejor con su misión de guarda.
Suele ser habitual la presencia de leones en las dos mochetas de las puertas de entrada. De esta forma, el visitante debe pasar entre las cabezas de ambos leones para entrar en el templo. El fiel sabe que los leones no le van a impedir la entrada, pero le están advirtiendo de que el hecho mismo de traspasar el umbral (2) es un acto no exento de importancia: entramos en la casa de Dios, y los leones nos preguntan si estamos en condiciones de hacerlo.
Esta primera función de los leones como guardianes de la puerta la tenemos en la vieja Micenas, en la conocida como Puerta de los leones, que pueden ver en la imagen que encabeza este post, de modo que podemos decir una vez más que el románico recoge tradiciones simbólicas pretéritas, incluso de civilizaciones alejadas.
Si me lo permiten, seguiremos mañana.
Tio Petros
(1) Nos basta para poder dominar la lengua, pero ciertamente puede seguir existiendo un interés genuino sobre el motivo por el cual una palabra es como es y no de otra forma: debajo de la arbitrariedad intrínseca de los idiomas la etimología nos da fecundas explicaciones a este respecto.
(2) El umbral, como plano separador de dos universos: el de fuera y el de dentro, tiene suma importancia en todas las mitologías. Recuerdo una preciosa leyenda vasca en la que un grupo de lamias, seres mitológicos con forma de bellas mujeres que habitaban en cuevas requieren los servicios del médico de un pueblo cercano, cosa extraordinaria porque las lamias no se relacionan con humanos. Como pago al servicio, le regalan una rueca de oro, y le despiden con la orden tajante de que vuelva a su hogar sin volver la vista atrás. Durante todo el viaje de regreso de la cueva a su casa, el médico lucha consigo mismo para no volver la cabeza, pero al llegar a su puerta, lo hace justo antes de entrar. Inmediatamente la rueca se deshace en polvo, cayendo al suelo el huso de la misma, de oro macizo. El huso era lo único que había traspasado el umbral de la propiedad privada del médico, y allí el poder de las lamias no existía.
Asimismo, en el ciclo mitológico vampírico, el vampiro debe ser invitado a traspasar el umbral de la vivienda de su víctima, al menos la primera vez.

Nos hallamos ante el mural de una de las salas del palacio veneciano de los Labia. El palacio acaba de ser restaurado y las pinturas murales, como no podía ser de otro modo, se han encargado al artista veneciano más célebre: Giambattista Tiepolo. Corre el año 1746 y el pintor decora para esta familia, nada más y nada menos que 500 metros cuadrados de murales convirtiendo el salón palatino en un gran teatro. La protagonista indiscutible es la dama que tienen ustedes ante sí. ¿Qué mejor que representar a la figura histórica por antonomasia del poder, el lujo y el placer para ser contemplada por una sociedad que tenía estos como verdaderos pilares de su naturaleza?
Cleopatra VII, reina de Egipto, asiste a un gran banquete. Sentados alrededor de la opulenta mesa se encuentran el general romano Marco Antonio y un tercer personaje que se nos muestra de espaldas. Conocemos su identidad, pero permítanme que antes de darla a conocer, les presente el motivo del encuentro.
Según nos cuenta Plinio el Viejo en su Historia natural nos encontramos ante el desenlace de una famosa apuesta. Cleopatra se había jactado ante el general romano de poder “comer en una sola comida cien veces cien mil sestercios” y estaba a punto de demostrárselo. El cónsul romano Lucius Munatius Plancus haría de árbitro entre las dos partes. La estupefacción del hombre más poderoso del mundo no se haría esperar: la exótica anfitriona mandó servir “una comida magnífica pero no excepcional” y en el momento en que Marco Antonio se disponía a pedir la cuenta, Cleopatra, quien aseguraba que “todo aquello no había sido sino un acompañamiento y que la comida valdría la suma convenida”, solicitó servir el postre. “Siguiendo sus órdenes, los sirvientes pusieron ante ella un único recipiente con vinagre”.
Para los lectores de este post que no hayan reparado en ello por no haber desviado la vista del terso pecho derecho de nuestra famosa reina, les diré que apenas un palmo a la izquierda, la soberana egipcia sostiene entre sus dedos el objeto que le acarreará la victoria en esta apuesta tan especial. El objeto en cuestión es un pendiente, una perla en forma de lágrima (tan típicas en Vermeer, recuerden) que acaba de desprenderse de su oreja izquierda. Sujetando, como digo, la perla, la introdujo en la copa de vinagre y, dejando que se deshiciera, bebió.
Esta forma de arte particularmente refinada, como sugiere el título del post de hoy, tiene un nombre que todos los venecianos del siglo XVIII conocían muy bien: derroche. La señora de la opulencia no había dudado en sacrificar una valiosa perla, de tamaño excepcional, para demostrar al mundo que viene de occidente, el tamaño también excepcional de todo su poder.
Curiosamente, un antepasado de la familia Labia había rememorado este episodio de derroche y despilfarro cuando el anfitrión, en el cenit de un banquete, ordenó tirar por la ventana que daba al Gran Canal, todos los platos de oro donde sus 40 invitados habían comido. No es de extrañar, entonces, que el episodio abordado por Tiepolo para decorar el palacio, fuera del agrado de esta familia poseedora de una similar tradición en su haber.
Sin embargo, me dirán ustedes, es imposible –en el caso de la reina de Egipto- que la perla se deshiciera en vinagre. Llevan razón, efectivamente, pero es sabido que además de belleza, la hermosa soberana poseía otras armas de mujer que la hacían inteligente y astuta. Lo más probable es que con una hábil maniobra (1) desviara la atención del romano y escondiera la perla como si de un truco de magia se tratara con tan buen resultado como la red que el antepasado de los Labia colocó en la fachada de su palacio tan ilustre para impedir que los platos de oro se desperdigaran, rotos, en el Gran Canal.
Espero haberles entretenido.
(1) por hábil maniobra puede entenderse, tal vez, dejar caer la seda del vestido que cubre su pecho. Vamos, digo yo, que podía tomarse como tal…
...condúzcanse bien, mirando a cada lado y sobre el paso de cebra. No se salgan y céntrense...
en ser, este fin de semana, lujuriosamente felices.

Jean Cocteau calificaba a Fabricio Clerici de príncipe del realismo fantástico del siglo XX porque “su tinta tiene algo de la lenta y negra corriente del río de los muertos”.
La fantasía de este italiano, tan impulsiva, tan personal, no nos habla de penumbras ni oscuridades, de juegos esotéricos ni de mágicos misterios sino que la suya se torna en visión exacta, por precisa, de una forma de mirar desapasionada.
La obra que les traigo hoy es un sueño melancólico que ya soñara Arnold Böcklin en 1880 cuando éramos transportados en una barca, entre los últimos rayos de sol, hacia un pequeño islote donde arropadas por cipreses, asomaban las losas de mármol blanquecino que serían nuestra última morada.

En el sueño de Clerici, por el contrario, la luz se apodera del islote y nos ilumina el lugar con un sol meridional. Las sombras y la oscuridad de la despedida de Böcklin abandonan la obra para recibir, sin miedo, las luces de nuestro destino. Siguen estando ahí aunque haya cambiado el escenario ahora más sutil, más somnoliento pero igualmente elegíaco. Nadie conduce la barca que parece ser llevada por la lenta corriente. Estamos a salvo. Hemos llegado.
“¿Qué es lo fantástico? ¿lo que no es natural, el ensueño, lo visionario? ¿lo absurdo, lo irracional, lo tabú? Quizá puede decirse que es todo lo que carece de la aquiescencia evidente de una época.”
W. Schmied
Tres figuras humanas de resina sintética, fibra de vidrio, pintura y cabello artificial ejecutadas por los hermanos Chapman. Tan humanas como monstruosas. Un tronco soporta el peso muerto de lo que sin duda sería un Cristo, amarrados los brazos, la cintura y los pies. Junto a él, otra figura pende también sujeta, apoyada su cabeza en el suelo, del tronco “cruz” eje de la escena. Del brazo, de la rama, surgen descuartizados los miembros de la tercera figura: el tronco sujeto e invertido, los brazos maniatados y la cabeza clavada en la punta. El final.
Tres cuerpos jóvenes y casi perfectos si no fuera porque han sido castrados. La mezcla de perversión y religiosidad convierten la escena en ambivalente y turbadora. El Hijo de Dios lo es todo menos hombre en la historia del arte porque hemos permitido que sea cubierta aquella parte de su anatomía que lo hubiera convertido en humano.
Entre 1810 y 1811, Goya refleja la misma escena en la estampa nº 39 de los Desastres de la guerra:
La crueldad del hombre por el hombre y para el hombre. La imaginación nos conduce a la más desoladora de las realidades. No hay redención posible. Sólo el fármaco subjetivo de observar que podemos perderlo todo. Y todo -esto es lo grave- es lo que precisamente nos hace ser hombres.
Mi querido amigo Remo de CPI me ha regalado esta preciosidad. Espero que les guste tanto como a mí.
Para decirte que te quiero, para reirme contigo, para darte placer, para susurrarte al oído, para decirte que siempre, para explorarte, para lo que desees...
Para muchas cosas.
Que pasen un buen fin de semana y séanme lujuriosamente felices.
Hay veces que una se descubre ante la maestría de ciertos escritores a la hora de plasmar una buena idea en pocas palabras. En este sentido Fredric Brown es uno de los indiscutibles maestros. Mago de finales sorprendentes, siempre con un toque de humor, nos sigue entusiasmando treinta y cinco años después de su muerte. Tras una semana entre bernardinas y forgianas, disfruten de este relato. ¡Ah! Permítanme darles un consejo:
APRENDED GEOMETRÍA
“Henry miró el reloj, a las dos de la mañana cerró el libro desesperado.
Seguramente lo suspenderían al día siguiente. Cuanto más estudiaba geometría, menos la comprendía. Había fracasado ya dos veces. Con seguridad lo echarían de la Universidad. Sólo un milagro podía salvarlo. Se enderezó.
¿Un milagro? ¿Por qué no? Siempre se había interesado por la magia. Tenía libros. Había encontrado instrucciones muy sencillas para llamar a los demonios y someterlos a su voluntad. Nunca había probado. Y aquel era el momento o nunca. Tomó de la estantería su mejor obra de magia negra. Era sencillo. Algunas fórmulas. Ponerse a cubierto en un pentágono. Llega el demonio, no puede hacernos nada y se obtiene lo que se desea. - ¡El triunfo es vuestro!
Despejó el piso retirando los muebles contra las paredes. Luego dibujó en el suelo, con tiza, el pentágono protector. Por fin pronunció los encantamientos.
El demonio era verdaderamente horrible, pero Henry se armó de coraje.
- Siempre he sido un inútil en geometría –comenzó…
- ¡A quién se lo dices! –replicó el demonio, riendo burlonamente.
Y cruzó, para devorarse a Henry, las líneas del hexágono que aquel idiota había dibujado en vez del pentágono”.
Cuando las barbas de tu vecino veas pelar...