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Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2004.
02/09/2004
ELLA (desde el sofá) - Dame ideas para un post.
EL (desde el escritorio) - Ya pensaremos en algo más tarde.
“Más tarde”. Cuestión de tiempo. Futuro. Otros piensan en un fondo de pensiones que les permita vivir su vejez sin apuros económicos. Ellos son distintos. Perderán facultades con el paso de los años, por eso hacen deporte intelectual.
EL -Por el Alzheimer; para que no nos pique.
Es un embaucador. Le arrolla a donde quiera que vaya. Con el sánscrito no ha podido con ella; pero hace un par de años se tiraron de lleno al griego clásico. No había más que ponerse los deberes mutuamente para que siempre hicieran más. Como una competición en la que gracias a adelantarse el uno al otro ambos llegaran irremediablemente a la vez. Reían.
La agónica existencia (en el sentido clásico del término)de él hace que vivan en jaque los dos. Es como un tornado engulléndolo todo a su paso. Cuando está en plena actividad recuerda a los héroes griegos; y por plena actividad se entiende aquel estado de lucha huérfana ante las adversidades que exige una concentración total. A cualquier pregunta contestará él con un futurible.
Hace un año comenzó a escribir un blog. No paró hasta que ella, más o menos dos meses más tarde, y a fuerza de insistir (con esa cabezonería propia de los niños), comenzó a escribir el suyo. Ahora le toca al esperanto. Ya lo hablaba su abuelo con un reducido círculo de amigos. No hay más que formularle a ella un simple interrogante del tipo ¿Te gustaría que pudiéramos hablar en esperanto tú y yo? ; y a continuación , como el mejor abogado que el diablo pueda imaginar, ensalzar las grandezas de su nueva empresa. Empresa que, cómo no, es la mejor que uno pueda soñar.
Entonces ella le responde que sí, que vale, que “déjame que lo piense y te digo”. Entonces él, sin respetar tregua alguna, aparece al día siguiente con una gramática y un diccionario español- esperanto /esperanto- español. Ella le sonríe. Comienza a vislumbrar la espada del héroe. Ella, que practica la templanza como virtud, le propone que se sienten en una terraza para tomar una cerveza. Ella, al tiempo que enciende un cigarrillo, contempla atónita cómo él, sxia hero , comienza a desplegar sobre la mesa del bar un sinfín de papelitos con una palabra escrita por ambos lados. Kiu, kio, kies, kiam... Ya está. Ya se la ha llevado otra vez con él. Si no fuera porque él la persigue por la cocina rectificando cada cosa que ella hace, parecería que no es humano. “Hiperión”, le llama ella en ocasiones. El Ulises que viaja siempre con su Penélope al lado. Porque como él dice, lo importante no es Itaca. Es viajar juntos.
El viaje, eso es lo que ambos desean. Y entre viaje y viaje, una escala para ver juntos una película de amor de ésas que a ella tanto le gustan; de ésas que el tanto detesta. Pero lo mejor de todo es cuando él, en silencio, en esos silencios que unen, le toma fuertemente de la mano cuando una lágrima empieza a pasear por su mejilla. En silencio. Con ese lenguaje que sólo él y ella dominan.
03/09/2004
 No me hagan excesos el fin de semana...
06/09/2004
La historia se repite. La primera vez como un drama. La segunda como una comedia. HegelLa fragata real “Medusa” había abandonado su puerto francés el 17 de junio de 1816 con destino a San Luis en Senegal. Era considerada como la embarcación más moderna y rápida de su tiempo, y tenía como objetivo tomar posesión de la colonia del Africa occidental que Inglaterra había restituído a Francia. A bordo se encontraban el nuevo gobernador de Senegal y su familia, el personal administrativo y un batallón de infantería de marina que protegería las posesiones de ultramar. El cartógrafo Alexandre Corréard formaba parte de un grupo de sesenta científicos que quería explorar el Senegal. Cerca de 400 pasajeros se encontraban a bordo de la fragata, muchos más de los posibles y demasiados para los botes de salvamento. Desafiando con insolencia sus limitaciones, como después ocurriría con el Titanic, en lugar de navegar con los tres navíos de la escuadra como establecían las ordenanzas, La Medusa se adelantó y, a toda vela, emprendió en solitario el largo viaje. Al mando de la fragata se encontraba Hugues Du Roy de Chaumareys, un hombre que tras huir de Napoleón, había ganado la confianza de los Borbones no por sus méritos en alta mar sino frecuentando durante 25 años los salones de emigrantes en Coblenza y Londres. La lealtad a la monarquía, pues, era más importante que los conocimientos de navegación y experiencia en alta mar. Su arrogancia aristocrática hizo que desoyera los consejos de sus oficiales durante la travesía a Senegal. Con más de un conflicto, los errores de navegación y la negligencia del capitán, hicieron que la fragata encallara en el banco de Arguin, cerca de las costas africanas, entre las Islas Canarias y Cabo Verde, para finalmente naufragar el 2 de julio, día aquel con buena visibilidad y mar en calma. Después de algunas tentativas para reflotar la nave, los responsables perdieron el poco control que les quedaba y dieron la orden de evacuar el barco. En medio del pánico, el egoísmo y la brutalidad, el nuevo gobernador, el capitán y los más altos oficiales ocuparon los seis botes de salvamento. 147 personas que no tuvieron sitio en los botes, se vieron obligadas a ocupar una balsa construida de forma precaria con tablones, fragmentos de mástil y cuerdas. Los ocupantes de los botes prometieron que los remolcarían hasta tierra firme, pero dos horas más tarde cortaron las cuerdas que unían los botes con la balsa. Fue entonces cuando la desesperación desencadenó la lucha por la supervivencia. Los 147 naúfragos tan sólo disponían de una caja de galletas que se acabó en un día. Las reservas de agua se cayeron la primera noche al mar y no quedaron más que algunas barricas de vino. Pero la brutalidad no vino por la falta de comida ni bebida, sino por conseguir los mejores puestos en la balsa, es decir, había que ocupar los lugares del centro para salvaguardarse de las olas. Los pocos funcionarios y oficiales que no pudieron obtener un sitio en los botes de salvamento, se hacían con estos puestos. Entre ellos también se encontraban, el cartógrafo Corréad y el cirujano de la fragata Henri Savigny. Estaban armados y la fuerza de “la razón” era indiscutible. Veinte personas que se habían quedado en el borde de la balsa, desparecieron durante la primera noche. Hoy les he mostrado el comienzo del infierno de una tragedia, mañana nos adentraremos en el infierno de la desesperación. Un saludo
07/09/2004
 Durante la segunda noche se desencadenó una lucha atroz por la supervivencia. Todos querían ocupar un sitio en el centro. Los oficiales acabaron con el motín y mataron a 65 hombres “borrachos y dementes por el miedo, y en legítima defensa”. Al cabo de una semana quedaban 28 supervivientes, pero claro está, todavía eran demasiados. “De esa cifra sólo 15 parecían capaces de sobrevivir algunos días, todos los demás estaban gravemente heridos y habían perdido la razón. Tras una larga discusión, decidimos tirarlos al mar” escribiría después Savigny. El cirujano procedió a seleccionar las víctimas y en su posterior tesis doctoral “Los efectos del hambre y la sed entre los naúfragos” contaba que el cuarto día, los pasajeros de la balsa de “La Medusa” se vieron obligados a completar la ración de vino con agua salada y orina y, que al tercer día ya aparecieron los primeros casos de canibalismo: ”Aquellos que habían conservado la vida, se lanzaron ávidamente sobre los cadáveres que cubrían la balsa. Los cortaron en trozos e incluso algunos los devoraron inmediatamente. Una gran parte de nosotros rechazó tocar aquel espantoso alimento, pero finalmente cedimos a una necesidad que es más fuerte que cualquier humanidad. Veíamos aquella horrible comida como un medio deplorable y único de prolongar nuestra existencia”El propio Savigny propuso cortar los cadáveres en tiras y secarlos al sol. El espectáculo de los cadáveres sangrientos horrorizó a los salvadores de la balsa que, confudieron en un primer momento las tiras de restos humanos por fragmentos de vela o de ropa hecha jirones. Después de 13 días navegando a la deriva, los hombres de “La Medusa” descubrieron un barco. El bergantín “L´Argus” había sido enviado para rescatarlos. Géricault quiso plasmar ese momento con el lienzo conocido hoy por La balsa de la Medusa en 1819, cuando tan sólo contaba 27 años. El joven Géricault expuso su monumental cuadro en el Salón oficial de París con el anodino título de “Escena de un naufragio”. El lienzo constituyó toda una provocación ya que todavía catástrofe y escándalo, estaban vivos en la memoria de todos, memoria que el nuevo régimen político hubiera querido olvidar. Géricault había conocido personalmente a Corréard y Savigny y había leído la obra en la que ambos relataban su trágica experiencia. El pintor quiso retratarlos a la derecha del mastil. Sobre las barricas y las cajas que apilan los naúfragos para que el Argus pudiera divisarles, Géricault sitúa a un hombre negro. Se llamaba Jean-Charles y era el único “plebeyo” de los supervivientes. Él era quien ejecutaba los acuerdos que tomaban oficiales y científicos; él era el encargado de echar por la borda a las víctimas designadas por Savigny. Al igual que otros cuatro supervivientes, Jean-Charles murió de indigestión a bordo del Argus, al ingerir demasiada comida con demasiada rapidez. Quiso Géricault que la monumentalidad del lienzo (491x716 cm) se correspondiera con la magnitud del drama. Con los datos proporcionados por el cirujano y el cartógrafo, mandó construir una maqueta de la balsa y alquiló un taller mayor que el suyo cerca de un hospital. Allí se le autorizó a pintar a los agonizantes y a los muertos e incluso pudo llevarse trozos de cadáveres para poder observar el color de la carne cuando comienza a descomponerse. Dispuso de todos los medios a su alcance para realizar una obra realista...pero no la pintó de este modo. Como en su lienzo, la vida del joven Géricault transcurría en medio de un mar bravo, intentando sobrevivir a la tragedia de su vida personal, sabiéndose superviviente fracasado de la misma y aterrorizado por la ausencia de redención alguna. Mañana, amigos míos, si ustedes quieren, pasearemos por ese otro infierno: aquél que impulsaba la mano de Théodore Géricault.
09/09/2004
 Poco antes de pintar La balsa, Géricault acababa de tener un romance con la joven esposa de uno de sus tíos. La joven fue expulsada al campo y el hijo ilegítimo, fruto de su relación con el pintor, fue dado en adopción sin recibir nombre alguno. Géricault consintió que todo esto ocurriera. Atormentado por su cobardía y su culpa, vivía solo en su taller alquilado. Igual que el capitán de La Medusa, había abandonado a aquellos seres de los que era responsable. Se rapó la cabeza y, aislándose de todos sus amigos, se condenó a 18 meses de reclusión que le sirvieron para crear su obra. Había tenido un hijo y había consentido que se lo llevaran con la misma ausencia de humanidad con la que los naúfragos devoraban los cadáveres. Géricault quiso que el canibalismo apareciera en La balsa. Pero no con el realismo que le habían contado sino recurriendo a la imagen clásica del padre que sujeta con el brazo a su hijo muerto. Fíjense en la parte inferior izquierda del cuadro. Esa figura alude al Conde Ugolino, aquel personaje que Dante quiso que estuviera en su Infierno. Los enemigos del conde lo encerraron en una torre, sin alimento alguno, junto con sus hijos. Cuando éstos murieron, el conde se mantuvo vivo comiéndose su carne: ”Dos días les llamé aunque estaban muertos: después más que el dolor pudo el ayuno” Canto XXXIIITodo el tiempo y el trabajo que dedicó en ejecutar La balsa no le libraron del sentimiento de culpabilidad ni de haber fracasado en la vida. Una vez que acabó la obra, sus tentativas de autocastigo y destrucción se multiplicaron hasta el punto de intentar suicidarse en varias ocasiones hasta que una caída del caballo le provocó heridas tan graves que no pudo resistir más. Como los naúfragos de su obra, Géricault no pudo conseguir un puesto en el centro de la balsa y no resistió lo suficiente para divisar, en un horizonte carente de esperanza, bergantín alguno que lo salvara. El más naúfrago de todos moría a la edad de 32 años.
10/09/2004
 Por fin.
13/09/2004
”Mar adentro, mar adentro, y en la ingravidez del fondo donde se cumplen los sueños, se juntan dos voluntades para cumplir un deseo. Un beso enciende la vida con un relámpago y un trueno, y en una metamorfosis mi cuerpo no es ya mi cuerpo: el abrazo más pueril, y el más puro de los besos, hasta vernos reducidos en un único deseo: tu mirada como un eco repitiendo, sin palabras: más adentro, más adentro, hasta el más allá del todo por la sangre y por los huesos. Pero me despierto siempre y siempre quiero estar muerto para seguir con mi boca enredada en tus cabellos.”Yo no quería ir a verla. Pero lo mismo que me ocurriera con La vida es bella de Benigni o con La lista de Schindler de Spielberg, fueron unos versos de Rilke los que decidieron por mí: ”Lo bello no es más que el comienzo de lo terrible que aún podemos soportar. Todo ángel es terrible.”Alejandro Amenábar va más allá de un mero comienzo y, sin embargo, ha creado una obra de gran belleza. Ha conseguido tensar de tal modo el arco que el esfuerzo se hace paradójicamente cómodo. Nos ha mostrado lo siniestro de lo irreversible, lo bello de la naturaleza del hombre que, como diría Kleist, es ángel y marioneta. Ha permitido que volemos desde el asiento, como el protagonista vuela desde su cama, inconscientes de la delicada condición del ser humano. El más frágil de todos los ángeles, el más ágil de todas las marionetas. Amenábar ha sabido poner los límites a tiempo para que el corazón no estalle. Ha recurrido al humor, el más difícil de todos los recursos que el hombre posee cuando su vida es miserable. La agónica sonrisa de un Javier Bardem; la inocencia de Rosa que busca en un náufrago su bote salvavidas; lo irremediable de la verdad de Julia; lo incontenible de la entrega de la cuñada; lo ignorante del cariño de un sobrino adolescente; el miedo a la pérdida de lo naturalmente establecido de un hermano mayor, recto y abnegado... y la amargura de un padre que sólo rompe su silencio para decir: ”Sólo hay algo más terrible que la muerte de un hijo. Y es que tu hijo se quiera morir”
14/09/2004
amer., 1789, “especie de chinche de gran tamaño”. Del quichua; probte. de uihchúcucc “que cae arrojado”, adjetivo verbal de uihchúcui “precipitarse, arrojarse”, porque así se lanza desde el techo sobre los durmientes.¡Qué mejor apelativo que éste para nuestro estimado Jose María Aznar! Le ha dado por viajar a lo largo y ancho de este mundo emulando no a Su Santidad Juan Pablo II (porque eso sería una osadía) pero sí recuerda a aquel personaje de tv. de mi infancia llamado Capitán Tan. Y es que ya se sabe qué ocurre con las chinches: además de ir de un lado para otro, no paran de joder. Y es que las venganzas nunca fueron buenas y una vez que el pueblo soberano arrojara a este indeseable, le ha debido de gustar esa sensación de “caída al vacío” e intenta arrojarse sobre nosotros creyéndonos dormidos. Las últimas declaraciones desde Alemania no tienen desperdicio: España se está encongiendo, señores, hasta tal punto que hasta los homosexuales se casan entre sí. Vaya, pues sí que estamos encongiendo. Claro, que visto desde la óptica de un hemíptero es mucho decir cuando el mundo le viene grande. Ya lo dijo un filósofo. España tiene la menta tan grande que los árboles nos impiden ver el bosque. Para eso tenemos nuestra vinchuca particular y patria que acompañada de Fragas y Carminas Ordoñez enseñan al universo que España iba bien. Menos mal que ya saben ustedes su final: Contra el chinche, Zapatazo.
15/09/2004
 Piensen ustedes, y echen imaginación al asunto, que seres de otro planeta, por supuesto más inteligentes que nosotros los terrícolas, escogen al azar un signo de la inteligencia humana. Como no saben por dónde empezar (ni ganas que tienen porque acaban de terminar de comer), deciden recoger la muestra tomando como referencia un programa de televisión en el que un terrícola formula unas preguntas y otros seres de la misma especie las responden. El programa es un juego y se emite desde el segundo canal de la televisión vasca. El título del programa les parece interesante para la investigación: Date el bote. - .,.-.,.-.,-.,-´ (esto significa en lenguaje extraterrestre: “esta muestra es la óptima, todos los datos apuntan a que por la temática y desarrollo del programa, vamos a obtener un resultado interesante para valorar la inteligencia humana en el planeta Tierra). Cuando el programa se encuentra en su recta final, cuatro concursantes de sexo masculino se enfrentan a otra concursante del género femenino. El terrícola que tiene el poder, un tal Carlos Sobera, formula a cada uno de los grupos una pregunta que la mujer deberá responder por sí sola y los hombres tendrán el privilegio de consultársela entre sí. En este punto, los extraterrestres llegan a la conclusión de que es obvia la supremacía del macho en esta especie, ya que la hembra no es capaz de mantener una relación de comunicación con seres de su mismo género (cosa que ya sabían por otros trabajos de campo: Crónicas Marcianas, p.ej.) y porque la hembra, en claro estado de acorralamiento, manifiesta signos de nerviosismo y alteración neuronal. Como digo, nos encontramos en ese momento culminante del programa, cuando el terrícola presentador formula la siguiente cuestión al grupo de machos humanos: - ¿Cuál es el único animal irracional que participa en unos juegos olímpicos?a lo que ellos responden tras un debate feroz que les lleva unos minutos de tiempo: - La JABALINAentonces, una vez que la respuesta queda reflejada en el bloc de notas de uno de los extraterrestres, y estudian la respuesta cotejándola con las anotaciones de su base de datos terrícola, llegan a la siguiente conclusión (les transcribo directamente el contenido obviando el lenguaje extraterrestre): - Sin ninguna duda, podemos explicarnos ahora, gracias a la muestra recogida, porqué el ser humano ha sido, es y será, la única especie de todo el universo capaz de crear poesía de la ignorancia. Por todo ello, concluimos que el HOMBRE es el único animal irracional que es capaz de participar en juegos denominados “de cultura” sin avergonzarse de su condición, a saber, la de ser olímpicamente irracional y encima, parecerlo.Y ahora díganme, ¿a qué nos les ha costado ningún esfuerzo realizar este trabajo de imaginación?
16/09/2004
No, no voy a hablarles de matemáticas, para eso visiten a Tio Petros y encontrarán matemática de la buena y contada de forma excelente... Yo quiero hablarles de cómo contemplar una obra de arte en cuanto a la organización de su espacio. La vertical central de un cuadro supone el soporte de la columna vertebral de la composición del mismo. Pero al mismo tiempo, cumple una función contraria, a saber, la de señalar la línea a lo largo de la cual es más fácil dividir en dos mitades la composición. No se preocupen, que me explico. La subdivisión de un todo en sus partes viene determinada por su estructura. En un rectángulo, la separación asimétrica, no puede dividir en dos la estructura de forma eficaz, porque el área de mayor superficie tiende un puente sobre el centro y con ello mantiene la unidad del rectángulo. Sin embargo, en la figura siguiente se escinde con facilidad a lo largo de la fisura estructuralmente prescrita, con lo que el rectángulo queda simétricamente dividido en dos partes iguales. Para ilustrar mejor lo que les quiero decir, recurriré al célebre cocinero del filósofo chino Chuang Tzu. El maestro restaurador (como se les llama actualmente) no necesitaba afilar nunca su cuchillo, porque había estudiado la anatomía del esqueleto de los animales de tal modo que un simple toque de cuchillo en el lugar adecuado bastaba para que las articulaciones se separasen por sí solas. Pues más de lo mismo pero en lugar de un pollo, tenemos un cuadro. En el momento en que dividimos por la mitad un espacio compositivo, su estructura cambia. Consta de dos mitades cada una de las cuales se organiza ahora sobre su propio centro. El espacio resultante representa una pareja simétrica dialogando entre sí, manteniendo el equilibrio a lo largo de su línea de contacto. Tenemos, pues, un todo separado entre sí parcialmente, tendiéndose un puente sobre la línea que los separa. ¿Qué mejor ejemplo que La Anunciación de Fra Angelico?  La pintura aparece subdividida por una columna frontal que separa el reino de Dios (ángel) del reino terrenal (virgen). Pero la división queda contrarrestada por la continuidad del espacio que hay detrás de la columna. La vertical del primer plano separa, pero no interrumpe el espacio. A este recurso, se le denomina pasador. Otros ejemplos conocidos de este tipo de recurso pueden ser las representaciones de Adán y Eva (recuerden la versión de Tintoretto), en la que el árbol ocupa el centro de la composición como si se tratase de una columna que separa a la mujer tentadora del hombre tentado. Del mismo modo, La cita de los gatos de Manet es otro claro ejemplo de la delicadeza necesaria para equilibrar adecuadamente separación y conexión. Fíjense que a pesar de la farola, la cabeza del negro y la cola del blanco se adentran en el espacio del otro para dar ese sentido de continuidad, de diálogo, del que estábamos hablando.  La subdivisión de una imagen, pues, en dos mitades permite explicar las variantes en que se pueden relacionar mutuamente los diferentes centros: como amigos o enemigos, complementándose o combatiéndose. Como tarea, les propongo que descubran “el pasador” y traten de averiguar su interpretación, en las siguientes obras de arte: “La educación de la Virgen” de Georges de la Tour “El violinista y la muchacha” de Edgar Degas “Minotauromaquia” de Pablo Picasso. Hasta mañana.
17/09/2004
 Incluso los viernes. Que pasen un feliz fin de semana y que el domingo a la tarde no me lloren demasiado.
20/09/2004
 Recuerdo que durante mi infancia y preadolescencia, llegado ese punto del interminable verano en el que un niño ya se aburre con todo, echaba mano de un tipo de novelas en particular, que me levantaban el ánimo y conseguían que las tardes del final de agosto se me pasaran en un ti-ta como diríamos en mi tierra. Para el resto de mis amigas, que con dolor las recuerdo leyendo “Sissi Emperatriz”, la bicho raro que aquí suscribe, se entretenía devorando unas infumables novelas que más tarde aprenderíamos que se calificaban de “picaresca”. Será porque mi ánimo se encuentra como en aquellos años, en pie de guerra o porque tengo que alimentar casi diariamente este blog cual lazarillo desprovisto de sustento con el que autoalimentarse, he retomado la idea y quiero contarles alguna cosilla al respecto para hacerles boca e invitarles a que relean alguna novela de este género que, quizás, hayan olvidado desde que en su infancia, su profesor de literatura la incluyera sin piedad en el temario del curso. La novela picaresca es la que crea y realiza el “Lazarillo”, y que escribe un anónimo autor allá por 1554. Desde esta fecha en la que sale a la luz El lazarillo de Tormes hasta que en 1599, Mateo Alemán escribe Guzmán de Alfarache no existe ninguna obra de este género. Lo curioso, es que de una a otra transcurre el reinado de Felipe II y así como podemos afirmar que ambas pertenecen al mismo género, también podemos decir que la concisión y frescura de la primera queda sustituida por la carga ideológica y moralizante de la segunda. Indudablemente, el verbo “vivir” adquiría sentidos diferentes si hubiéramos sido ciudadanos de España en tiempo de Carlos V o en el de Felipe II. Como les decía, el género “picaresca” viene definido por un caso individual que difiere sustancialmente de todos los demás. En sucesivos post, les iré mostrando algunas “peculiaridades” de la picaresca determinantes para sus protagonistas que, curiosamente, no son comunes para todos. Por el momento y, hasta la próxima, les dejo con el comienzo del prólogo de la vida del Lazarillo y aplícome lo que allí se narra y tengan a bien recompensarme con la lectura de este escrito llamado post. ”Yo por bien tengo que cosas tan señaladas y por ventura nunca oídas ni vistas vengan a noticia de muchos y no se entierren en la sepultura del olvido, pues podría ser que alguno que las lea halle algo que le agrade y a los que no ahondaren tanto, los deleite. Y a este propósito dice Plinio que no hay libro, por malo que sea, que no tenga alguna cosa buena. Mayormente que los gustos no son todos unos; mas lo que uno no come, otro se pierde por ello. Y así vemos cosas tenidas en poco de algunos que de otros no lo son. Y esto para que ninguna cosa se debería romper ni echar a mal, si muy detestable no fuese, sino que a todos se comunicase, mayormente siendo sin perjuicios y pudiendo sacar della algún fruto. Porque si así no fuese, muy pocos escribirían para uno solo, pues no se hace sin trabajo, y quieren, ya que lo pasan, ser recompensados, no con dineros, mas con que vean y lean sus obras y, si hay de qué, se las alaben. Y a este propósito dice Tulio: “La honra cría las artes”.”Hasta mañana.
21/09/2004
La forma de la novela picaresca por antonomasia es la autobiográfica. Salvo en raras y escasas excepciones, es el pícaro quien cuenta su vida en primera persona. Son muchas las justificaciones que sobre esta cuestión se han ido proporcionando, pero hay dos que destacaría sobre las demás. La primera es que la autobiografía justificaría literariamente una vida tan poco importante y elevada como la del pícaro porque ¿a quién iba a interesar una vida así? Evidentemente al propio desdichado. De esta manera habla sobre sí mismo porque otros no tienen motivo alguno para hacerlo. La segunda y, no menos importante, es como apunta Julián Marías, que el relato en primera persona consigue que aquello que en tercera persona sería distante y borroso, adquiera fuerza y evidencia si el personaje ficticio está “aquí”, entre nosotros, puesto que él mismo es quien habla.
Además de por su forma, si hablamos del tema, lo primero que nos viene a la cabeza es la causa de las desdichas y avatares de nuestro simpático protagonista, es decir, del hambre y si hablamos del atributo que caracteriza al personaje, diremos que actúa por resentimiento. Veamos cómo estos dos pilares por los que parece regirse este género no constituyen los móviles efectivos de la picaresca. La mayoría de los amos que tiene el Lazarillo no le dan de comer. El hambre, pues, se introduce como factor principal. Sin embargo, salvo en un caso (el del escudero), el hambre procede de la avaricia del amo y no de la escasez y la pobreza. Con Guzmán de Alfarache, pícaro por excelencia, ocurre incluso lo contrario, como el propio Guzmán relata:
”Era yo muchacho vicioso y regalado, criado en Sevilla sin castigo de padre, la madre viuda,..., cebado a torreznos, molletes y mantequillas y sopas de miel rosada..”
El joven sevillano no se lanza a la vida picaresca por hambre sino por hartura y por afán de novedad y aventura. Lo mismo que ocurriera con el pupilo del Dómine Cabra haciéndonoslo llegar de esta guisa el mismísimo Quevedo:
”Comieron una comida eterna, sin principio ni fin; trajeron caldo en unas escudillas de madera, tan claro, que en comer en una de ellas peligrara Narciso más que en la fuente”
¿Es esto hambre? ¿Es el hambre el leitmotiv de nuestros pícaros más queridos? Aquí les dejo con uno de mis pasajes favoritos del Lazarillo, para que se entretengan hasta que mañana, para finalizar, analicemos “el resentimiento” como el otro motor por el que se mueve la acción picaresca.
“Mi viuda madre, como sin marido y sin abrigo se viese,..., y un hombre moreno de aquellos que las bestias curaban vinieron en conocimiento. Éste algunas veces se venía a nuestra casa y se iba a la mañana. Otras veces, de día llegaba a la puerta, en achaque de comprar huevos, y entrábase en casa. Yo, al principio de su entrada, pesábame con él y habíale miedo, viendo el color y mal gesto que tenía; mas de que vi que con su venida mejoraba el comer, fuile queriendo bien, porque siempre traía pan, pedazos de carne y, en el invierno, leños, a que nos calentábamos. De manera que, continuando la posada y conversación, mi madre vino a darme un negrito muy bonito, el cual yo brincaba y ayudaba a calentar. Y acuérdome que estando el negro de mi padrastro trebejando con el mozuelo, como el niño veía a mi madre y a mí blancos y a él no, huía dél, con miedo, para mi, darme, y señalando con el dedo, decía: -¡Madre, coco! Respondió él, riendo: -¡Hideputa! Yo, aunque bien muchacho, noté aquella palabra de mi hermanico, y dije entre mí: “¡Cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mismos!” ”
Hasta mañana.
22/09/2004
Decía Camus que “ el hombre también segrega inhumanidad”. Para combatir el efecto devastador de su condición intermedia, es decir, tener consciencia de lo abstracto, de lo divino y saberse, por otro lado, limitado, lisiado, el Hombre (con esa mayúscula que nos engloba), digo, se revela de dos formas diferentes. Podríamos decir que una estriba en la búsqueda de la belleza mediante el empeño y la dedicación de construir las diferentes ciencias, las matemáticas (como nos lo ha dejado suficientemente demostrado Tio Petros), el arte en todas sus representaciones incluída la música, la ética y otra serie de disciplinas que los renacentistas recogerían bajo el término de “humanitas”. La otra forma de combatir y luchar contra nuestra propia naturaleza es la que apunta Camus. Aquella que hace que, cansados de querer ser dioses, nos olvidemos de ser hombres. Existen tantas manifestaciones de inhumanidad como hombres han existido. Curiosamente, en cualquiera de los dos casos; en el bando en el que uno se encuentre, se defina, o al que aspire, la insatisfacción nos persigue porque uno no puede dejar de ser hombre. De ahí la fatalidad. En cualquiera de los dos casos, también, necesitamos de los demás, del “otro”. El amor intransitivo del que hablaba Rilke sólo se da en las rosas, que nos ofrecen todo su esplendor sin esperar nada a cambio, para marchitarse después. Pero yo quiero ser Hombre, con mayúscula de saberme grande, como a lo que todo niño aspira. Por eso, para que mi existencia no sea sólo la casualidad de estar viva, pienso en la gratitud. En una gratitud que nada tiene que ver con religiones; en la gratitud casi intransitiva de la rosa; en la gratitud que me acerca a los dioses cuanto más Hombre soy. Dar las gracias al otro, recortar mi inhumanidad, reconfortarme. Generalmente nos da vergüenza. No solemos ser generosos. Algo así como si al dar las gracias nos arrancaran algo. Hoy quiero sentirme satisfecha, completa, como aquel ángel fieramente humano de Góngora. Hoy quiero agradecer: unas palabras, una actitud. Su tiempo. Un acto de otro ser humano. Gracias, E.B.
23/09/2004
Así como veíamos en el post anterior de esta serie que no podemos ver en “el hambre” un factor determinante de la actitud del pícaro, tampoco podemos afirmar que nuestros personajes se muevan por “resentimiento”. Más bien todo lo contrario. Cuando llegamos a la pobreza y miseria del escudero del Lazarillo, éste compadeciéndose de su amo, nos revela que el verdadero tema no es el hambre, sino la contraposición entre apariencia y realidad. El ressentiment se ha aplicado a la picaresca en el significado que adquirió en la filosofía alemana de finales del XIX y principios del XX, primero en Nietzsche y luego en Scheler, concepto ligado en ambos autores (y en Brentano) a la teoría de los valores. Si bien Nietzsche conectaba el resentimiento al cristianismo considerando que éste lo había introducido en la moral occidental, Scheler mostrando la injusticia de esta imputación, introdujo la noción de resentimiento como concepto ético:
el resentimiento es una autointoxicación psíquica
Cuando vamos más allá de sentimientos hostiles o más allá incluso de la negación del valor de personas o cosas, nos encontramos con la forma extrema y rigurosa de resentimiento, es decir, con la negación del valor mismo o con la inversión de la jerarquía objetiva de los valores. Dicho de otro modo, el resentido anula el valor de cualquier persona o cosa y/o prefiere lo inferior a lo superior. Se trata de una forma radical de falsificación porque el juicio de valor del resentido es verdadero, veraz y honrado ya que se ajusta a su escala de valores.
Formas de resentimiento las encontramos y, muchas, en novelas del género que tratamos. Sin embargo, en el Lazarillo, creadora del género, el resentimiento es sólo un ingrediente más, puesto que Lázaro no sólo no es un resentido sino que es uno de los casos más representativos del amor justo que diría Brentano. Lázaro en todo momento reconoce la lección y la estima en lo que tiene de valiosa, a pesar del brutal precio que tenga que pagar en algunos casos. Es más, su escrupulosidad llega a tal límite que considera “sinjusticia” no reírse del ciego cuando éste goza de ejercerle un castigo y contarlo después una y otra vez porque “...mas con tanta gracia y donaire contaba el ciego mis hazañas, que, aunque yo estaba tan maltratado y llorando, me parecía que hacía sinjusticia en no se las reir.”. Lázaro a la vez que odia al ciego por su maldad y dureza de corazón, reconoce y valora la gracia con que cuenta a otros sus penurias.
Homo homini lupus nos decía Hobbes. Pero no siempre. Ninguna fórmula puede agotar lo que es la condición humana. No es la violencia lo que caracteriza la convivencia del pícaro con el mundo, es más bien el engaño, la agudeza y el arte del ingenio. Y si no, vean, como muestra final, este precioso botón que protagoniza mi querido Pablos, de todos conocido por “El Buscón”:
Sucedió que el ama criaba gallinas en el corral; yo tenía gana de comerla una. Tenía doce o trece pollos grandecitos, y un día, estando dándoles de comer, comenzó a decir: -“¡Pío, pío!”; y esto muchas veces. Yo que oí el modo de llamar, comencé a dar voces, y dije: -“¡Oh, cuerpo de Dios, ama, no hubiérades muerto un hombre o hurtado moneda al rey, cosa que yo pudiera callar, y no haber hecho lo que habéis hecho, que es imposible dejarlo de decir! ¡Malaventurado de mí y de vos!”. Ella, como me vio hacer extremos con tantas veras, turbóse algún tanto y dijo: -“Pues, Pablos, ¿yo qué he hecho? Si te burlas, no me aflijas más”. –“¡Cómo burlas, pesia tal! Yo no puedo dejar de dar parte a la Inquisición, porque, si no, estaré descomulgado. -“ ¿Inquisición?”, dijo ella; y empezó a temblar. -“Pues ¿yo he hecho algo contra la fe?”. -“Eso es lo peor” –decía yo-; “no os burléis con los inquisidores; decid que fuesteis una boba y que os desdecís, y no neguéis la blasfemia y desacato”. Ella, con el miedo, dijo: -“Pues, Pablos, y si me desdigo, ¿castigaránme?”. Respondíle: -“No, porque sólo os absolverán”. -“Pues yo me desdigo” –dijo-, “pero dime tú de qué, que no lo sé yo, así tengan buen siglo las ánimas de mis difuntos”. -“¿Es posible que no advertisteis en qué? No sé cómo lo diga, que el desacato es tal que me acobarda. ¿No os acordáis que dijisteis a los pollos, pío, pío, y es Pío nombre de los papas, vicarios de Dios y cabezas de la Iglesia? Papáos el pecadillo”. Ella quedó como muerta, y dijo: -“Pablos, yo lo dije, pero no me perdone Dios si fue con malicia. Yo me desdigo; mira si hay camino para que se pueda escusar el acusarme, que me moriré si me veo en la Inquisición”. -“Como vos juréis en una ara consagrada que no tuvisteis malicia, yo, asegurado, podré dejar de acusaros; pero será necesario que estos dos pollos, que comieron llamándoles con el santísimo nombre de los pontífices, me los deis para que yo los lleve a un familiar que los queme, porque están dañados. Y, tras esto, habéis de jurar de no reincidir de ningún modo”.
Como han visto, el pícaro Pablos, hace suya la sentencia de Homo homini vulpes (el hombre es un zorro para el hombre) y con tanta gracia y donaire que al final de esta historia le sacó un pollo más a la pobre Cipriana. Espero, como siempre, que al menos hayan estado entretenidos un rato. Mañana es viernes y les contaré una historia de terror. A lo dicho, pasen buen día vuestras mercedes.
24/09/2004
”Quizá todo lo espantoso, en su más profunda base, es lo inerme, lo que quiere auxilio de nosotros.” Rilke, R.M.:Cartas a un joven poeta, Alianza, Madrid, 1982, p.85No, a pesar de que he tomado prestado el título de este post a Ambrose Bierce, no voy a hablarles de este relato corto de terror sino de otro, que no por ser mío, es menos escalofriante. Quizás la cita del encabezamiento surtiera efecto sobre el joven Franz Xaver Kappus, destinatario de la carta rilkeana. Al menos, a mí me da qué pensar. Les confieso que jamás descansaré en mi empeño para que a mis vástagos, todavía infantes, se les revuelvan las tripas con lo que mi ingenua pero tenaz voluntad considera “lo bello”. Sea en la disciplina que sea, intento (bueno, intentamos mi marido y yo), inculcarles –en vano, por supuesto- que deben trabajar la capacidad de emocionarse y sorprenderse. Los sentidos son el vehículo por el cual absorbemos la belleza de las cosas. Con ella en nuestro poder, experimentamos sensaciones nuevas que provocan, incluso, que el estómago nos dé un salto mortal con tirabuzón y medio en nuestro mecánico interior. ¡Cómo transmitirles que escuchar un aria de Bach surte el mismo efecto que el sabor de un beso! ¡Cómo expresarles que hay cuentos y novelas tan magníficos que son capaces de arrollar la vida de uno de tal modo que te hacen “ser otro” hasta que concluyes su lectura! ¡Qué maléfica estratagema se esconde en la pintura para que el pintor haya robado –sin que nadie se haya percatado de ello- un trocito de realidad al mundo! Me parece que nuestros Kappus ni tan siquiera piden auxilio. Considero más bien que somos nosotros los que lo necesitamos. Ahí radica el verdadero espanto. Ahora, como les he prometido, el relato corto de terror: Miércoles, 22 de septiembre de 2004 El señor y la señora Petros, sentados en una terraza cercana a su residencia, beben dos espléndidos “Cresta Rosa” mientras sus vástagos, todavía unos pueri cantori, juegan en una plaza contigua. El señor P. estudia un denso pero magnífico estudio sobre un tema relacionado con la matemática. La señora de P. lee de forma apasionada (no sabe leer de otra forma) un espléndido tratado de arte. Se deleita contemplando las reproducciones y, fumando un cigarrillo rubio abandona su tarea para darle un sorbo al vino que reposa sobre la mesa. En ese lapsus de tiempo, el primogénito se acerca hasta donde ellos se encuentran. Hace ademán de sentarse al mismo tiempo que despliega un objeto sobre la mesa. El señor y la señora P. fijan su mirada hacia la cosa. Al cabo de un momento el adolescente exclama:
- ¡El Real Madrid va de mal en peor!
El niño se va abandonando el MARCA sobre el metálico asiento de la silla. El señor y la señora P. se miran como sólo ellos saber hacerlo. - Te quiero. Dijo la señora P. - Yo también te quiero. Le contestó él.Por cierto, mañana Tio Petros y yo vamos a darnos un caprichito gastronómico en Saint Jean de Luz. ¿Alguien quiere apuntarse? Al menos, brindaremos por vosotros. Que paséis un buen fin de semana.
27/09/2004
”Hay momentos en que contra los sordos acantilados se estrellan desesperadas las olas.” Vincent Van GoghArlés, diciembre de 1889. Gaugin trabaja con Vincent, en la casita amarilla. La relación que comenzó en octubre del año anterior de forma tan feliz, familiar y “genial”, llena de esperanzas mutuas se ha convertido en un infierno. Por la tarde, Gaugin arroja un vaso de absenta a la cara de su amigo, en el café donde “uno se puede volver loco, cometer crímenes”. En un escrito titulado “ Avant et après”, Gaugin explica que tras este episodio, descubre que, en unos jardines públicos de la ciudad, Vincent le persigue con una cuchilla de afeitar escondida en su mano detrás de la espalda. Tras una mirada recriminatoria, Van Gogh huye... De este modo estaban las cosas entre los dos amigos. Aunque esta situación resulta ser una invención de Gaugin por causas que omitiré por no extenderme, sí que es cierto que Vincent se estaba volviendo muy raro y desconfiaba de él hasta el punto que el propio Vincent le confesara: “estás muy taciturno; yo también lo estaré”. Las palabras de Van Gogh constituían un adelanto de la lesión que iba a autoinfringirse. Esa noche Gaugin duerme en un hotel y hacia las siete y media de la mañana vuelve a la casita amarilla. Para su sorpresa, la encuentra rodeada de gendarmes y de una gran muchedumbre. En su interior yace Vincent Van Gogh: “He aquí lo que sucedió –cuenta Gaugin-: Van Gogh vuelve a casa e, inmediatamente, se corta la oreja a ras de cabeza. Debe haber empleado bastante tiempo en detener la hemorragia, porque a la mañana siguiente había numerosas servilletas empapadas tiradas sobre las baldosas de las dos habitaciones de abajo. La sangre había manchado las dos habitaciones y la escalerita que llevaba a nuestro dormitorio. Cuando estuvo en condiciones de salir, se fue con la cabeza envuelta en una boina, completamente embutida, directamente a una casa en la cual, a falta de una paisana, uno siempre encuentra a una conocida, y le dio al vigilante su oreja, bien limpia dentro de un sobre. ”Tenga –le dijo-, un recuerdo mío”.En realidad, el pintor demente llegado de Holanda (como lo calificó un periódico local), al pasar frente a la casa de tolerancia nº 1, regentada por una tal Virginie, había entregado un periódico abultado a su pupila Rachel que allí trabajaba. La oreja entera aparecía ante su mirada. Se demayó. Cuando la policía se presentó a la mañana siguiente, encontraron a Van Gogh en la cama sin dar casi signos de vida. Fue ingresado de urgencia en el hospicio.
28/09/2004
”con descuido, a medias”: no consta que esta palabra haya tenido otro uso que éste y se desconoce su origen. 1ª doc.: 1605, Pícara Justina:
...”le convirtieron en mona…no es posible este metamórfosis; mas quando mis culpas lo hizieran posible, sólo me consolara con que ay ya en el mundo tantas monas de medio mogate, que si yo lo fuera, fuera entre tantas monas, monarcha”¡Quién entre tanta mona de medio mogate no desearía ser monarcha! Pero la cruda realidad es otra: que siempre habrá una mona mejor que yo y que todo lo que una mona tiene puede perderlo por la ingratitud del 2º principio de la termodinámica. Y se preguntarán ustedes de qué demonios estoy hablando; que ésta no es mi Vailima, que me la han “cambiao”… Pues nada, que hoy me siento como la protagonista de un anuncio de compresas, que incluso me he propuesto saber a qué huelen las nubes y que hoy les voy a ofrecer el notición. Para empezar, hay varios enunciados de los que voy a echar mano así que prepárense: “ En todo sistema cerrado la entropía siempre aumenta y tiende hacia un máximo” o bien este otro: “ En todo sistema cerrado el desorden interno siempre aumenta”Para los que no disponen de un cónyuge enciclopédico, les diré que una y otra formulación quieren decir lo mismo, a saber, que todo con el tiempo se va a la mierda. Da igual de lo que estemos hablando, así que señoritas quinceañeras, ésta que suscribe les vaticina que un día las tetas se les caerán y aparecerán unos eufemismos alrededor de los ojos llamados “patas de gallo” y un tecnicismo comercial en el contorno de los labios denominado “código de barras”. Para el segundo principio de marras no hay nada de medio mogate, no hace nada por descuido ni a medias. Si es un mozalbete veinteañero el que, por casualidad, está leyendo este post, le diré que la segunda ley no hace distinciones y que así como en las mozas la piel del culo sufrirá su otoño particular y de llamarse “piel de melocotón” se agriará de tal modo que le iremos a llamar “piel de naranja”, así digo, los adonis de este tiempo, sufrirán la inevitable fuerza de la ley de la gravedad, y que tras ser poseedores de un badajo espectacularmente paralelo al suelo que pisan, pasarán a considerar la halterofilia como un deporte de masas. Me reconocerán ahora lo terrible de nuestro sino. Vivir como una mona, como mucho monarcha y saber que irremediablemente un maldito principio de la termodinámica ésa me va a hacer polvo de aquí a poco tiempo. Menos mal, que todavía encuentro consuelo en aquella frasecita de mi hermano que decía: “mal de muchos, epidemia”. En fin, que yo no digo nada, sólo por comentar... Hasta mañana.
29/09/2004
 Estarán de acuerdo conmigo en que todo en esta vida tiene un padre y una madre. No me refiero evidentemente, a que ese todo es fruto de la omnipontencia de ningún creador (¡Por Bach!, que diría algún amigo) sino consecuencia de un momento histórico en el que se dan unas cinscunstancias tales que no habría podido ser en otro. Por todo ello, creo conveniente que nos empapemos un poco de lo que se cocía en el momento histórico en el que surge el movimiento del que nos ocupamos hoy. Vamos allá. En la Alemania del cambio de siglo (del XIX, claro), el arte que se hacía al margen del academicismo oficial se orientaba en dos direcciones: por un lado el naturalismo, más o menos relacionado con el impresionismo y, el modernismo o Jugendstild. El foco del Jugendstild era Munich. Allí trabajaban Obrist, Endell y Eckam. Allí se publicaban revistas difusoras de las nuevas ideas como “Jugend” o “Pan” y allí abundaban las exposiciones de las últimas novedades: Munch, Gaugin, Van Gogh... El modernismo proponía la integración de las artes y como resultado de la fusión entre arte y vida, la regeneración de la humanidad. Aunque esta idea fuera acompañada a veces de serias preocupaciones sociales, nos encontramos con una contradicción de base. Les cuento. La exigencia de obras supremas en calidad y belleza, creadas a partir de la idea de regenerar el arte y rechazar cualquier producto industrial (antimasificación), llevaba a tal magnificencia que el uso y disfrute de las mismas se limitaba a una minoría. Tiene gracia, tan altos ideales surgidos como rebelión contra la alta burguesía y resulta que es ésta la única que puede sufragar los gastos de adquisición... Como vemos, el modernismo es el resultado de un juego de tensiones contradictorias: “popularismo (no del PP ¿eh?, no se me confundan)/aristocratismo”, “primitivismo/decadentismo”. Pero como ustedes ya sabrán por un post de mi cosecha (¡porque sabrán ¿no?), la segunda Ley hace de las suyas y a medida que la sociedad evoluciona, algunas de esas tendencias actuantes se reforzaron y otras se debilitaron. Venga, algún ejemplo que no venga mal: así como el “dandy”, figura elegante y refinada del movimiento desapareció diluido por la figura del “bohemio” apasionado y antinormativo, el gusto por lo germinal, lo originario será sustituido por la fascinación crepuscular, por el sentimiento de muerte y a su vez, este gusto por lo decadente dejará paso a la rebeldía. Mejor lo ilustramos: es el camino que va de El silencio de Khnopff a El grito de Munch. De esta misma manera, la relación entre el arte y la industria cambiará por lo que las nuevas circunstancias obligarán a fundir el ideal con la realidad. En Viena o en Munich no había ya solución de continuidad entre la severidad geométrica del modernismo tardío y la desnuda abstracción de Loos en arquitectura o Kandinsky en pintura. La forma externa sirve solamente para reflejar la “esencia interna”. Tal y como intuyó Endell en 1898, estaba naciendo un arte “ con formas que no significan, ni representan ni recuerdan nada, pero que emocionan tan profundamente y tan fuertemente el alma como sólo la música había sido capaz de conseguir.” Y para no acaparar todo su tiempo, dejamos el resto para mañana. Que por ser segunda parte no deja de ser interesante... 
30/09/2004
”Nunca hubo época más turbada por la desesperación y por el horror de la muerte. Nunca un tan sepulcral silencio ha reinado en el mundo. Nunca el hombre fue tan pequeño. Nunca estuvo más inquieto. Nunca la alegría estuvo tan ausente y la libertad más muerta. Y he aquí gritar la desesperación: el hombre pide gritando su alma; un solo grito de angustia se eleva de nuestro tiempo. También el arte grita en las tinieblas, pide socorro e invoca al espíritu: es el expresionismo.” H. BAHR, 1916, “Expressionismus”Si como decíamos ayer pueden apreciarse ciertos hilos de continuidad entre el modernismo y el expresionismo, no ocurre lo mismo con la relación de este último con el movimiento impresionista. Aunque el desarrollo del impresionismo fue muy limitado en Alemania, las posturas de uno y otro son totalmente opuestas. A principios del siglo XX, Berlín se había convertido en un hervidero cultural. Bien por las exposiciones de la Sezession (asociación que se fundó como respuesta al cierre oficial de una exposición de Munch y que se convirtió en el centro que acogía a todos los pintores impresionistas y antiacadémicos); bien por las nuevas ideas de P. Cassirer hablando de Van Gogh, Gaugin, Munch, Ensor, etc..., estaba claro que había nacido una nueva visión del arte que pasaron a denominar expresionismo . En 1911 ya circulaba este término que abarcaba indiferenciadamente todo el arte de vanguardia nacido en reacción al impresionismo que era en ese momento considerado como punto de referencia fundamental. ¿Por qué ese choque frontal entre ambos movimientos? Pues muy sencillo. La tradición naturalista concebía el arte como el resultado de un doble proceso: por un lado la percepción sensible y, por otro, su reelaboración racional posterior según las leyes establecidas. Es decir, veo y plasmo lo que veo según determinados cánones de los que no me puedo salir. A este respecto, los impresionistas representaban la culminación de esta tradición, por eso decimos que son opuestos a los expresionistas. Mientras que el impresionista es un arte optimista que encuentra su objeto en la materia y su principio en la experiencia inmediata de la realidad exterior; el expresionista, por el contrario, es pesimista, espiritual y subjetivo: ”El impresionismo fue el arte del golpe de vista. No se captó la esencia de las cosas ni su último significado, porque el relámpago de la creación sólo los había iluminado por un instante.(...). El expresionismo, en cambio, no mira, ve; no cuenta, vive; no reproduce, recrea; no encuentra, busca”A pesar de esta aparente contrariedad, el impresionismo constituyó un eslabón importante para comprender el expresionismo y el arte moderno en general. El impresionista no realiza una reconstrucción racional de la realidad, de las sensaciones percibidas, sino que se limita a transcribir la imagen fugaz que el artista percibe de dicha realidad. El artista impresionista desnuda la realidad y pone de manifiesto el carácter relativo de la misma. Evoquen por un momento, aquellas obras de Monet, en las que juega magníficamente con la luz en Le grand canal de Venecia (1908) o en la serie sobre Le portail de la Catedral de Rouen “temps gris, effet du matin, effet du soleil (1894)... La misma realidad en diferentes momentos del día. Unas y otras no constituyen la misma “cosa”. A este respecto, los expresionistas llevan hasta sus últimas consecuencias la “duda” de la realidad, y se comportan como enemigos de la naturaleza. El artista expresionista desconfía de la realidad y se rebela contra ella, hostil, amenazante. Pero la cuestión no es cerrar los ojos ante ella sino mirarla hasta el punto de traspasarla y desenmascararla. Se trata, pues, de recrear o demorfar la realidad para expresar con mayor intensidad el efecto anímico que le produce lo que ve. El pintor expresionista no es un observador sino un visionario donde la intuición se superpone a la razón y fusiona ética y estética hasta alcanzar una unidad. Pero el existencialismo está solo aunque existan otras tendencias vanguardistas tales como el fauvismo, el cubismo o el futurismo de las que incluso emplee aspectos y técnicas. Lo importante no es que consideremos al expresionismo como un movimiento artístico sino como el clima cultural de una época que absorbe elementos y orientaciones diversas. Del silencio al grito, al lamento, al desgarro y una realidad transfigurada en arte, toda para nosotros, aquellos que estamos acostumbrados a mirar y no ver; a contar y no a vivir; a reproducir y no a recrear, a encontrar y no a buscar. Espero que les haya entretenido. Al menos, esa ha sido mi intención y de paso, la próxima vez que roben El grito de Munch dispondremos de un nuevo criterio de juicio. Un saludo, blogueros, amigos.
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